Todavía es intenso ser un canalla. Como al escritor Arturo Pérez Reverte hace unos meses, hace unos días iba yo cerca de la Real Academia de la Historia, en la calle de León esquina Huertas, y había un grupo de escolares con su profesora frente al convento que habitó la hija de Lope de Vega. Y digo que es intenso ser canalla cuando te adentras en el mundo del escolar y les describes aquella vida del siglo XVII: un Quevedo cojo e ingenioso, pendenciero y espía al servicio del rey, en Nápoles; un Lope mujeriego y a la par católico en ciernes (la Iglesia de San José, frente por frente del Círculo de Bellas Artes lo vio cantar misa) y un Miguel de Cervantes paupérrimo que sí, sí, se cruzaba con Lope algún día, un Lope de Vega al que admiraba no por sus méritos, sino por el cortejo público al que lo sometía la fama de sus comedias. Y los niños ni se lo creen... “Oye, que sí -les digo- que se duchaban una vez por semana, como costumbre, eso, imaginemos, lo hacían Lope y Quevedo, que el vulgo ni eso... al que le pillaba cuando llovía” (carcajadas adolescentes). “¿Sí?”, inquieren cautos pero partiéndose de risa. “Anda, y se mataban por una dama”. “Y no tenían PC”. “Todo a mano que no se les entendía de la mala caligrafía”. “¿Y tú has visto sus letras?”, preguntan ya abriendo los ojos. “Pues algo, una vez tuve entre mis manos un libro de Bécquer... ese que copiáis y enviáis a una chica por sms haciéndoos pasar por poetas (muchos silban distraídos dándome la razón) y en los márgenes había pintado mujeres desnudas”. Uno me dice que lleva una foto erótica en el móvil y le sonrío. ¡Cómo han cambiado los tiempos! “Oye, chicas... ¿sabéis que en aquel siglo las mujeres no podían actuar en los teatros?” Resuena un largo... “¿Sííííí?” “¡Qué machistas!”, me dice una mientras la profesora se siente bien viendo que la clase la estoy dando yo, que soy un tipo entrometido que iba hacia la plaza de Santa Ana a ver que ponen en el Teatro Español. “Pues mañana es el día del libro y lo que conmemoramos es que se murieron ese día dos tipos grandes como fueron el inglés Shakespeare y el español Miguel de Cervantes”. “Y lo que os habéis perdido es que el inglés llevaba un piercing en una oreja”. Ojazos de incredulidad... “Pues sí, lo llevaba, y dicen que es un personaje que no existió, que el verdadero nombre era Christofer Marlowe, otro comediante”. “Vamos -les digo-, como si vosotros os abrís un perfil falso en Facebook y la gente cree que sois de verdad”. Los chicos se lo pasan bien conmigo... y les digo... “no sabéis lo que os perdéis no leyendo nada”, “porque si de verdad queréis saber de una historia porno de verdad ahí está una novela del siglo XVI que se tituló “La lozana andaluza”, que me río yo de la foto que llevas en el móvil” (digo mirando al susodicho que me la enseñó minutos antes). Alguno saca una libretilla y me dice: “¿la lozana qué?”. “En Cátedra, pídela en Cátedra que la tienen seguro y cuesta sólo 10 euros”, digo. “¿Dónde dice que Cervantes fue espía?”, pregunta otro muchacho. “Déjame tu libreta que te pongo mi mail y te mando la información”. Y una rubia tímida de quince años que no había dicho nada me dice: “Sabes que eres un tío mu enrollao”. “Por eso soy profe... -le respondo”.24 de abril de 2009
Una clase peculiar
Todavía es intenso ser un canalla. Como al escritor Arturo Pérez Reverte hace unos meses, hace unos días iba yo cerca de la Real Academia de la Historia, en la calle de León esquina Huertas, y había un grupo de escolares con su profesora frente al convento que habitó la hija de Lope de Vega. Y digo que es intenso ser canalla cuando te adentras en el mundo del escolar y les describes aquella vida del siglo XVII: un Quevedo cojo e ingenioso, pendenciero y espía al servicio del rey, en Nápoles; un Lope mujeriego y a la par católico en ciernes (la Iglesia de San José, frente por frente del Círculo de Bellas Artes lo vio cantar misa) y un Miguel de Cervantes paupérrimo que sí, sí, se cruzaba con Lope algún día, un Lope de Vega al que admiraba no por sus méritos, sino por el cortejo público al que lo sometía la fama de sus comedias. Y los niños ni se lo creen... “Oye, que sí -les digo- que se duchaban una vez por semana, como costumbre, eso, imaginemos, lo hacían Lope y Quevedo, que el vulgo ni eso... al que le pillaba cuando llovía” (carcajadas adolescentes). “¿Sí?”, inquieren cautos pero partiéndose de risa. “Anda, y se mataban por una dama”. “Y no tenían PC”. “Todo a mano que no se les entendía de la mala caligrafía”. “¿Y tú has visto sus letras?”, preguntan ya abriendo los ojos. “Pues algo, una vez tuve entre mis manos un libro de Bécquer... ese que copiáis y enviáis a una chica por sms haciéndoos pasar por poetas (muchos silban distraídos dándome la razón) y en los márgenes había pintado mujeres desnudas”. Uno me dice que lleva una foto erótica en el móvil y le sonrío. ¡Cómo han cambiado los tiempos! “Oye, chicas... ¿sabéis que en aquel siglo las mujeres no podían actuar en los teatros?” Resuena un largo... “¿Sííííí?” “¡Qué machistas!”, me dice una mientras la profesora se siente bien viendo que la clase la estoy dando yo, que soy un tipo entrometido que iba hacia la plaza de Santa Ana a ver que ponen en el Teatro Español. “Pues mañana es el día del libro y lo que conmemoramos es que se murieron ese día dos tipos grandes como fueron el inglés Shakespeare y el español Miguel de Cervantes”. “Y lo que os habéis perdido es que el inglés llevaba un piercing en una oreja”. Ojazos de incredulidad... “Pues sí, lo llevaba, y dicen que es un personaje que no existió, que el verdadero nombre era Christofer Marlowe, otro comediante”. “Vamos -les digo-, como si vosotros os abrís un perfil falso en Facebook y la gente cree que sois de verdad”. Los chicos se lo pasan bien conmigo... y les digo... “no sabéis lo que os perdéis no leyendo nada”, “porque si de verdad queréis saber de una historia porno de verdad ahí está una novela del siglo XVI que se tituló “La lozana andaluza”, que me río yo de la foto que llevas en el móvil” (digo mirando al susodicho que me la enseñó minutos antes). Alguno saca una libretilla y me dice: “¿la lozana qué?”. “En Cátedra, pídela en Cátedra que la tienen seguro y cuesta sólo 10 euros”, digo. “¿Dónde dice que Cervantes fue espía?”, pregunta otro muchacho. “Déjame tu libreta que te pongo mi mail y te mando la información”. Y una rubia tímida de quince años que no había dicho nada me dice: “Sabes que eres un tío mu enrollao”. “Por eso soy profe... -le respondo”.
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Literatura
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7 comentarios:
Madre mía, si que tienes el ego bien, si.
Te dicen, (no dudes ni un instante que haciendote la pelota), que eres un tío muy enrollao y flipas en colores colega.
Cuídate mucho.
mola tu rollo cultural. no lo hubiera pensado después de verte en tantísimos blogs de sexo comentando picardias. ya sabes, ponte de seguidor si quieres q te contesté ya a tu comentario.
Cómo disfrutas enseñando, ¡eh!
¿Has cambiado el aspecto del blog o es que me lo parece a mí?
con que pervirtiendo a los chavales, eh? je je. Parece que lo de ser profesor lo llevas en la sangre. Seguro que las clases contigo serian muy divertidas. Besos
Vaya, eso es dedicación pura y dura.
Si es que cuando a alguien le gusta lo que hace...
Un saludo.
precioso, precioso, PRECIOSO :DDDDDD
¡Quizás por eso no debí leer La Religiosa de Diderot a los 13 años!
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