A medida que aumentaba la velocidad de mi automóvil la lluvia fue arreciando. Para mí fue una sorpresa, después del congreso de Oviedo, recibir su llamada. Desde los años de la Facultad, en Madrid, apenas tenía noción de ella: una mujer joven, inteligente, experta en poesía hispanoamericana y, para más inri, triunfadora. Ahora yo, el extravagante y rebelde alumno de literatura peninsular estaba citado con la mujer fatal que había amado años atrás y con la misma mujer que un día me había escrito un mail con la escueta frase: “lo siento, lo nuestro es imposible”. En su breve llamada me había contado su fracaso matrimonial con un profesor chileno, sus años de dar tumbos por medio mundo y cómo ahora daba clases en la Universidad de Oviedo, justo en la ciudad en la que yo había ido a dar una conferencia sobre una poeta argentina que acababa de obtener el Príncipe de Asturias de Humanidades. Los sentimientos y los pensamientos se agolpan al paso de cada kilómetro, mientras la lluvia arrecia y el paisaje asturiano se hace más digno, más evidente y más fértil. Dicen las mujeres de la España rural que las segundas partes nunca fueron buenas, pero el reencuentro frente a un café (sobre todo después del frío que cala los huesos) no compromete el futuro. Había pasado el día en un pueblo de Cantabria, Potes, en donde había ido a un colegio a hablarles a los niños de literatura juvenil y ahora regresaba al Hotel, preparándome para el café y para la posterior cena con los colegas de congreso. La carretera estaba encharcada por la tromba de agua momentánea que había descargado el nubarrón que había cubierto Asturias en la última jornada. En una curva, justo cuando rememoraba el primer beso que nos dimos, perdí el control del coche y me estrellé contra un árbol centenario, robusto y, por lo tanto, rotundo. Perdí el sentido antes del incendio del vehículo y no recordé nada más hasta que el Servicio de Emergencias del Principado de Asturias estuvo allí. Aquel día, aquel sueño, aquel reencuentro acabó contra un árbol, a ciento veinte kilómetros hora y bajo una lluvia impasible, monótona y nostálgica. Nunca más volví a saber de ella. Nunca más volví a ser el mismo. Nunca más volvía a Asturias.18 de mayo de 2009
El reencuentro
A medida que aumentaba la velocidad de mi automóvil la lluvia fue arreciando. Para mí fue una sorpresa, después del congreso de Oviedo, recibir su llamada. Desde los años de la Facultad, en Madrid, apenas tenía noción de ella: una mujer joven, inteligente, experta en poesía hispanoamericana y, para más inri, triunfadora. Ahora yo, el extravagante y rebelde alumno de literatura peninsular estaba citado con la mujer fatal que había amado años atrás y con la misma mujer que un día me había escrito un mail con la escueta frase: “lo siento, lo nuestro es imposible”. En su breve llamada me había contado su fracaso matrimonial con un profesor chileno, sus años de dar tumbos por medio mundo y cómo ahora daba clases en la Universidad de Oviedo, justo en la ciudad en la que yo había ido a dar una conferencia sobre una poeta argentina que acababa de obtener el Príncipe de Asturias de Humanidades. Los sentimientos y los pensamientos se agolpan al paso de cada kilómetro, mientras la lluvia arrecia y el paisaje asturiano se hace más digno, más evidente y más fértil. Dicen las mujeres de la España rural que las segundas partes nunca fueron buenas, pero el reencuentro frente a un café (sobre todo después del frío que cala los huesos) no compromete el futuro. Había pasado el día en un pueblo de Cantabria, Potes, en donde había ido a un colegio a hablarles a los niños de literatura juvenil y ahora regresaba al Hotel, preparándome para el café y para la posterior cena con los colegas de congreso. La carretera estaba encharcada por la tromba de agua momentánea que había descargado el nubarrón que había cubierto Asturias en la última jornada. En una curva, justo cuando rememoraba el primer beso que nos dimos, perdí el control del coche y me estrellé contra un árbol centenario, robusto y, por lo tanto, rotundo. Perdí el sentido antes del incendio del vehículo y no recordé nada más hasta que el Servicio de Emergencias del Principado de Asturias estuvo allí. Aquel día, aquel sueño, aquel reencuentro acabó contra un árbol, a ciento veinte kilómetros hora y bajo una lluvia impasible, monótona y nostálgica. Nunca más volví a saber de ella. Nunca más volví a ser el mismo. Nunca más volvía a Asturias.
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3 comentarios:
Joooo,vaya tela...menudo viajecito q mala suerte... :(
Francisco José Peña Rodríguez.
Le saludo muy afectuosamente, en la oportunidad de comunicarle que hemos tenido el privilegio de otorgarle a su excelente Blog "El Premio Inconfidentes 2.009", que más recientemente recibiéramos de la prestigiosa periodista venezolana Martha Colmenares. Esperando sea de su satisfacción.
A sus gratas órdenes.
Y es la verdad. Segundas partes no son buenas. La mayoría duelen, como los buenos libros que tras una segunda parte hecha a carrerilla pierden toda su magia.
De hecho, lo mismo que pasa con los libros pasa con las personas.
Tu rapidez posteadora es tal que no me da tiempo a seguirte :P
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