Algunos días se produce confusión. Abres el correo electrónico y te llegan infinitud de mensajes, desde los spam que te ofrecen alargar el pene (sic) hasta las sugerencias y quejas más variopintas de tus contactos. Me gustan los finales de los correos de Verónica Idiart, porque destilan dulzura. Si me llega alguno de Galina Abrahamovich es directo y va al grano: contesta, sugiere o da idea del requerimiento previo. En las últimas décadas había caído en desuso escribir cartas; incluso yo mismo había caído en la abulia al no escribir como en los tiempos en que nos carteábamos, por ejemplo, Patricia Barreiro y yo. Recuerdo un concurso en la Universidad: una compañera me retó a que le escribiera una carta de amor más intensa que la que le escribiría su novio. Lo conseguí y no cobré el premio porque entonces resultó, según dijo la muy cabrona que ‘era broma’. Lo siento por el novio pero en aquel caso no se trataba de expresar la forma de querer sino de dotar de emoción al lenguaje amoroso y eso, aunque yo no sea un ligón precisamente, se me da muy bien. Lo que sí intento es no entrar frecuentemente en el correo electrónico y no dedicar a Internet mas que el tiempo preciso cada día. Sé que hay gente que ya no puede ni sabe vivir sin el móvil ni el correo electrónico ni el ordenador ni la agenda. Yo sí: aún creo que merece la pena colgarse de las orejas el mp3 y darse una vuelta por el barrio de Salamanca para pasear, algo que, por cierto, es mi único deporte. Lo que sí procuro es contestar a la gente de forma rápida y puntual, una exigencia propia que no tiene porqué remedar nadie, pero me gusta la puntualidad: de hecho considero tan impuntual al que se adelanta como al que se retrasa.30 de mayo de 2009
Mails; correos electrónicos...
Algunos días se produce confusión. Abres el correo electrónico y te llegan infinitud de mensajes, desde los spam que te ofrecen alargar el pene (sic) hasta las sugerencias y quejas más variopintas de tus contactos. Me gustan los finales de los correos de Verónica Idiart, porque destilan dulzura. Si me llega alguno de Galina Abrahamovich es directo y va al grano: contesta, sugiere o da idea del requerimiento previo. En las últimas décadas había caído en desuso escribir cartas; incluso yo mismo había caído en la abulia al no escribir como en los tiempos en que nos carteábamos, por ejemplo, Patricia Barreiro y yo. Recuerdo un concurso en la Universidad: una compañera me retó a que le escribiera una carta de amor más intensa que la que le escribiría su novio. Lo conseguí y no cobré el premio porque entonces resultó, según dijo la muy cabrona que ‘era broma’. Lo siento por el novio pero en aquel caso no se trataba de expresar la forma de querer sino de dotar de emoción al lenguaje amoroso y eso, aunque yo no sea un ligón precisamente, se me da muy bien. Lo que sí intento es no entrar frecuentemente en el correo electrónico y no dedicar a Internet mas que el tiempo preciso cada día. Sé que hay gente que ya no puede ni sabe vivir sin el móvil ni el correo electrónico ni el ordenador ni la agenda. Yo sí: aún creo que merece la pena colgarse de las orejas el mp3 y darse una vuelta por el barrio de Salamanca para pasear, algo que, por cierto, es mi único deporte. Lo que sí procuro es contestar a la gente de forma rápida y puntual, una exigencia propia que no tiene porqué remedar nadie, pero me gusta la puntualidad: de hecho considero tan impuntual al que se adelanta como al que se retrasa.
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1 comentarios:
Esas bonitas y estupendas cartas de antaño. Con el e-mail y su caracter instantáneo se ha perdido gran parte de la emoción que nos proporcionaban aquellos sobres del buzón.
Cartearse era todo un rito: esperar la carta mientras ocurrían multitud de cosas en nuestro día a día, leerla con tranquilidad, releer al contestar, sacar tiempo para ir escribiendo nuestra respuesta, mandarla...
Ahora se esperan respuestas casi al instante de darle al botón de "Envio", no hay encabezamiento, a veces no hay ni nexos de unión para que la otra persona sepa a qué nos referimos, con dejar su párrafo escrito en la respuesta es más que suficiente.
Es otra manera, claro está, que ayuda a la comunicación de otra forma y que muchas veces mejora la misma. Eso sí, un amigo y yo (aún con e-mail, webs, tlfs etc.) seguimos escribiéndonos cartas, mirando el buzón y tratando de sorprendernos con ellas.
El papel tiene un encanto indescriptible.
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