23 de junio de 2009

La manía de prejuzgar


Una mañana intensa de verano. Por intensa entiendo fresca al principio y luego sofocante. Decido caminar por la calle Serrano en dirección a la Biblioteca Nacional, puesto que tengo un par de libros que consultar y hoy es un buen momento. Eso intento, independientemente de que hay una chica rubia muy interesante que no para de hablar por teléfono en el vestíbulo de ordenadores y ya sé que se va a presentar a una beca. El caso es que Serrano abajo he ido pensado en cuántas ocasiones hemos sido todos prejuzgados. No sólo ello es frecuente en la red, en donde la gente únicamente nos conoce por lo que escribimos y opinamos; también en el mundo real de nuestras andaduras eso es lo habitual: prejuzgamos según la apariencia física del otro, según su ideología, según su empleo, e, incluso, según su procedencia territorial. Prejuzgando nos posicionamos, e incluso si se tercia, nos apiadamos. La gente suele ser más sencilla y, a la vez, mucho más distinta de lo que parece. En varias ocasiones he prejuzgado muy positivamente a varias amigas mías que me han acabado traicionando o hablando mal de mí (que es el eterno deporte nacional español) y cuando he iniciado una relación (de cualquier tipo) con cierto resquemor, al final he acabado encontrando una gran persona detrás. Prejuzgando por el aspecto físico nos pasa igual: metemos la pata de cabo a rabo. Fundamentalmente eso nos pasa a los hombres cuando se nos van los ojos detrás de cualquier mujer más o menos aparente y este se destapa sátrapa, creída e incluso hiriente. También pasa todo lo contrario. Intento valorar a cada quien sin prejuzgar, porque no os imagináis quién se muestra tu amigo de verdad al principio y quien no. En cierto modo me molesta profundamente, para concluir, que se prejuzgue en la red, porque la gente al fin y al cabo no te conoce, te valora mal y lo que se pierde es a la persona con la que jamás antes se había cruzado ni después tampoco. Eso pienso yo, que cada día soy más escéptico salvo en la mirada.

2 comentarios:

Delfin Córcoles dijo...

Pues, me confieso culpable de ser un maniático de prejuzgar. Intento evitarlo, pero de vez en cuando...

Y también he padecido, padezco y padeceré, los efectos de los prejuicios de los demás. Estoy en política, va con el cargo.

Esto es así.

Saludos.

J dijo...

Prejuzgar es un ejercicio divertido e inevitable. Lo jodido es cuando el juicio acarrea sentencia y castigo.