19 de julio de 2009

Los de entonces... y el tiempo que pasa

Segundas partes nunca fueron buenas y, por ello, es mejor no probar nunca lo mismo dos veces. Hace doce años me encontraba en la Universidad rodeado de determinada gente; estudiantes con los que compartía carrera y, con algunos, amistad, ratos de ocio en la cafetería, incluso cenas. Estamos en julio de 2009 y de la inmensa mayoría no sé nada; se perdió el rastro a inicios de esta década y nunca más he vuelto a saber de ellos. A veces tienes la oportunidad de encontrarte por las amplias calles de Madrid con alguien que te da noticia de algunos otros: la madre soltera que es profesora de instituto; la casada que es funcionaria de un ayuntamiento de la comunidad de Madrid; la que mantiene una relación sentimental con un profesor; la que se ha ido a vivir a Asturias; la que se ha casado hace dos años; la que trabaja en una empresa que edita libros de lingüística; la que aún está con la tesis doctoral en ciernes; etc. No mucho más. El 50% de mi vida, premeditadamente, sigue siendo igual que en 1997; el otro 50% ha cambiado radicalmente. Tú ves el progreso vital de los demás y los demás ven el progreso vital tuyo, aunque te sientes anclado en un círculo vicioso del que no sabes si es mejor salir o no salir. Pero de todo esto lo que se colige es que durante unos años estuvimos agrupados bajo un mismo sueño: ser filólogos. Lo demás, lo ha ido modificando el paso del tiempo a su antojo. No me quejo, pero fuimos una extraordinaria generación: Alejandra Aventín, Teresa Grande, Ana Santiago, Ana Cabezas, Natalia Chinarro, Silvia Mancebo...