
La crítica literaria académica actual, por un lado, tiene la inercia de no ocuparse del análisis y exégesis de la literatura posterior a 1990 o, a lo sumo, se adentra temporalmente hasta 1995, repitiendo tópicos y cánones excesivamente trillados. Ningún filólogo se atreve a trazar un análisis de los inicios del siglo XXI quizás con el miedo a la parcialidad o al establecimiento de un canon incompleto. Por otro lado, depende de los manuales que uno consulte para darse cuenta de que el planteamiento del mismo es generoso pero el desarrollo discutible. Así, la “Historia de la literatura fascista española”, de Julio Rodríguez Puértolas, por ejemplo, antepone la censura ideológica frente al análisis estético. Si uno echa una hojeada a la “Historia de la literatura contemporánea española”, de su homólogo y compañero de Departamento en la Universidad Autónoma Óscar Barrero Pérez, se encuentra prácticamente con todo lo contrario, esto es, el análisis de las virtudes literarias en España entre 1939 y 1990. Las dos son útiles y necesarias en la bibliografía actual, pero también son demasiado personalistas.
Soy consciente de que es muy arriesgado lanzarse a leer, estudiar y analizar la literatura actual y dar el valor presencial de los nombres de hoy a nuestra tradición contemporánea. A ningún crítico le gusta que lo censuren o que lo critiquen en otros ensayos, pero hay que ser más ambicioso. No es el caso, ahora, repetir los nombres de siempre, pero sí que hay que englobarlos en su contexto temporal y literario. Otro caso: la mayoría de los autores proclaman el final del teatro; esto es, la no-presencia de nuevos nombres, sin siquiera dar a Paloma Pedrero, por ejemplo, la pertinente importancia que tiene en el panorama español desde los años noventa, al menos. Todos tendemos a equivocarnos en el momento de ejercer como filólogos: yo al menos estoy seguro de haberme confundido con dos escritoras en el momento de realizar el análisis de sus obras que, a medio plazo, apenas encajan bajo ningún parámetro mínimamente defendible. Pero hay que arriesgarse y, de ese modo, relanzar la crítica actual, demasiado acomodada en cátedras universitarias o en suplementos literarios demasiado parcos.
Tampoco el crítico de hoy se arriesga con las editoriales, cuyo papel es imprescindible. Todos nos quedamos con la idea de línea editorial de Planeta de José Manuel Lara padre sin estudiar la línea editorial de esa misma casa hoy. O lo mismo con Alfaguara. Menos aún anotamos en los manuales la labor de otras editoriales como Impedimenta, de la mano de Enrique Redel y su proyecto de reedición de clásicos con traducciones profesionales. O de otra editorial novedosa, arriesgada e impulsadora, como es Irreverentes, de la mano de Miguel Ángel de Rus, un editor infatigable que da cabida en sus colecciones a autores actuales.
Considero imprescindible que la crítica actual empiece a cubrir analíticamente el tiempo literario posterior a 1990. Prácticamente han pasado veinte años que se resuelven precariamente en notas a pie de página y en los que sociohistórica y literariamente han pasado muchas cosas y han desarrollado nuevos nombres que deben empezar a cubrir el espacio racional que van dejando por lógica las generaciones anteriores y en el que se va relanzando la literatura. Yo, al menos, estoy en ello.
Soy consciente de que es muy arriesgado lanzarse a leer, estudiar y analizar la literatura actual y dar el valor presencial de los nombres de hoy a nuestra tradición contemporánea. A ningún crítico le gusta que lo censuren o que lo critiquen en otros ensayos, pero hay que ser más ambicioso. No es el caso, ahora, repetir los nombres de siempre, pero sí que hay que englobarlos en su contexto temporal y literario. Otro caso: la mayoría de los autores proclaman el final del teatro; esto es, la no-presencia de nuevos nombres, sin siquiera dar a Paloma Pedrero, por ejemplo, la pertinente importancia que tiene en el panorama español desde los años noventa, al menos. Todos tendemos a equivocarnos en el momento de ejercer como filólogos: yo al menos estoy seguro de haberme confundido con dos escritoras en el momento de realizar el análisis de sus obras que, a medio plazo, apenas encajan bajo ningún parámetro mínimamente defendible. Pero hay que arriesgarse y, de ese modo, relanzar la crítica actual, demasiado acomodada en cátedras universitarias o en suplementos literarios demasiado parcos.
Tampoco el crítico de hoy se arriesga con las editoriales, cuyo papel es imprescindible. Todos nos quedamos con la idea de línea editorial de Planeta de José Manuel Lara padre sin estudiar la línea editorial de esa misma casa hoy. O lo mismo con Alfaguara. Menos aún anotamos en los manuales la labor de otras editoriales como Impedimenta, de la mano de Enrique Redel y su proyecto de reedición de clásicos con traducciones profesionales. O de otra editorial novedosa, arriesgada e impulsadora, como es Irreverentes, de la mano de Miguel Ángel de Rus, un editor infatigable que da cabida en sus colecciones a autores actuales.
Considero imprescindible que la crítica actual empiece a cubrir analíticamente el tiempo literario posterior a 1990. Prácticamente han pasado veinte años que se resuelven precariamente en notas a pie de página y en los que sociohistórica y literariamente han pasado muchas cosas y han desarrollado nuevos nombres que deben empezar a cubrir el espacio racional que van dejando por lógica las generaciones anteriores y en el que se va relanzando la literatura. Yo, al menos, estoy en ello.
1 comentarios:
Eres un héroe... sólo con ponerte a quitar de la lista de autores a seguir todos aquellos que son protegidos por los suplementos culturales de los periódicos que pertenecen a grupos empresariales con editoriales propias...
Todos los escritores de esos grupos empresariales son fantásticos, según los medios de comunicación de esos mismos grupos.
Publicar un comentario en la entrada