26 de noviembre de 2009

Una despedida para comenzar

“Uno rojo”, el nuevo poemario de Andrea Cabel, evidencia que está lista para más complejas, cerradas y arriesgadas propuestas, sin que con esas características sacrifique la emotividad, la expresividad, la irreverencia repentina o inusitada y el efecto esperanzador.

Los versos que encontramos en “Uno rojo” me han gustado. Principalmente, por el vigor que hallo en ellos. Presentan mucha soltura y fuerza declarativa. Nos topamos con enérgicas sentencias, confesiones de diverso matiz e índole desde las que destilan agresividad hasta las que delatan una ambigüedad de significados. Andrea es una escritora espontánea y versátil. Ya ha desarrollado poemas en prosa que se publicaron en el número 7 de la revista “Fórnix” que correspondía a enero-junio de 2008.

Puntualizo lo de la escritura que aflora y ofrece una variedad, puesto que en su reciente plaqueta, Cabel explora el lenguaje poético pero en el derrotero dramático; sin más preámbulo, su pluma se atreve a realizar una creación teatral. La dramaturga acechaba hasta que finalmente asomó. El nombre de esta “obra sin telón”, como la califica la poeta, es el de “la eternidad de una esquirla”. Fantástico y demoledor título por la belleza que expresa y por la difícil y aparente sucesión de acciones o reflexiones (según el caso) que adelanta desde el saque el perturbador nombre. En esta “obra sin telón” noto la obligación de transmitir la frecuente imposibilidad que atraviesan las personas para comunicarse con el otro. Es terrible cuando constatas que no percibes con precisión al otro. Y ese panorama desalentador, sin embargo probable y recurrente, lo identificamos en el discurrir existencial planteado para los personajes de “a.” y “b.” Personajes que de manera esencial parecen resignados a la naturaleza de las vidas que les ha tocado encarnar. “a.” y “b.” no la ven fácil en la narración, a pesar del conflicto central: el de la ausencia de un diálogo cabal. Los dos se las ingenian para dejar un espacio mínimo con la intención de que cada quien descargue lo que piensa, intuya y pueda de ese modo posibilitar la llegada de un entendimiento futuro. No quiero sonar pesimista ni desilusionador, pero debo admitir que como está realizado el relato de “la eternidad de una esquirla” resulta complicado imaginar la comprensión de las partes actuantes. El único consuelo, para mí, radica en la satisfacción que origina el que cada uno se haya pronunciado.

Me quedo con una frase dicha en la “obra sin telón”: “las despedidas son recuerdos mutuos…”. Estupenda frase que me hizo meditar y emparentar el espíritu de esta obra con el cine del director francés Alain Resnais. Resnais habla, trata y juega con bastantes tópicos que de similar forma ha abordado Andrea en su pieza dramática. Dichos temas son: la soledad, el abandono, la memoria y el olvido, la incomunicación, la estructura de la vida y la percepción fragmentaria de ésta y lo que causa el amor. Yo pienso que el texto “la eternidad de una esquirla” hubiera atraído a un autor como Resnais. Alain laboró con distintos escritores e intelectuales para contratarlos de guionistas de sus filmes; exponentes de la talla de Marguerite Duras (“Hiroshima, mon amour”), Alain Robbe-Grillet (“El año pasado en Marienbad”), Jean Cayrol (“Muriel o el tiempo de mi regreso”) y Jorge Semprún (“La guerra ha terminado”). Todas las películas aludidas forman parte de lo mejor que filmó Resnais. No obstante, me detendré en detallar la colaboración que sostuvo con Alain Robbe-Grillet. Junto a él, rodó la que para muchos representa la obra maestra de Resnais: “El año pasado en Marienbad”. Es una cinta perturbadora que enfatiza en los alcances de las relaciones humanas y enarbola una experimental y filosófica disertación sobre la muerte.

Yo le dije una vez a Andrea que lo escrito en “la eternidad de una esquirla” denotaba un estilo francés. Esa afirmación, recuerdo que la desconcertó. Me refería con mi cultura cinéfila al ejemplo específico de Robbe-Grillet. Andrea sin saberlo ha elaborado líneas de una usanza y repercusión similar con las que podemos distinguir en el guión de “El año pasado en Marienbad”. Robbe-Grillet en un momento anuncia: “X: Pero es hora, creo, de ir al concierto. ¿Me permite que la acompañe? A no contesta a ninguna de las frases de X. Cuando le propone acompañarla, ella hace una seña con la cabeza, quizás incluso sin significación precisa. Y se ponen en camino más o menos juntos. X un poco en segundo término, pero guiando a A, a pesar de todo, a una cierta distancia. Se callan”. Y para que divisen semejanzas, Cabel expone: “a. dice: no importa cuánta puerta cerrada o ventana abierta, b. dice: no importa esa reja que me deja sin flores / tu sombra que se ríe y tu risa que / y tu risa / que / desaparece / y aparece / como la brisa, en todas partes”. Andrea sin sospecharlo ha heredado lo hermético de cierta tradición poética y dramatúrgica de Francia.

Felicito a Andrea por “Uno rojo”, un libro que juzgo necesario, fundamental para su obra, ya que enseña que puede otorgarnos a sus lectores creaciones de diferenciado registro y apuesta expresiva.
Alfonso González Vigil.