
Una mañana fría como esta, caminando hacia la Biblioteca Nacional, se me presentaba el reto de entender hacia dónde va la sociedad actual y, además, qué escribir hoy, o no hacerlo. Entonces la he recordado; ¿o quizás fue por indicación de un mensaje? No sé. Es una chica a la que tengo un profundo cariño, a pesar de que habita algo lejos de mi radio diario. Tiene un poso de buena persona y un aderezo de mujer hermosa que la hace muy interesante, si no fuera porque tiene ojos de mujer fatal y ya se sabe cómo son las mujeres fatales (sonrisa).
Caminando calle Serrano abajo iba yo disertando esto; quizá con la tentación de enviarle un sms de buenos días, cuando, de pronto, he caído en la cuenta de la gente que iba a su trabajo, que ha hecho el esfuerzo de cumplir con su obligación a cambio de un salario bastante menos provechoso que el de los políticos. A parte de a Ella (valga la licencia de la mayúscula) he recordado a otras varias amigas: una mujer casada errante en el desamor; una madre soltera ucraniana que lucha de lunes a domingo por abrirse paso en el mundo laboral y darle estudios al niño de diez años y una antigua compañera que, a pesar de estos nueve años, conserva vigente su inteligencia (creo que fue con mucho la primera de la promoción) y su hermosura.
Sí; hoy he tenido en mente cuatro ases femeninos que, mientras yo iba de camino a la Biblioteca, estarían en diversos puntos de nuestro entorno comenzando, como yo, su día. Mientras cruzaba el paso de cebra que separa la calle de Goya de la plaza de Colón me ha venido a la mente un cuento, una historia realista sobre las cuatro; o quizás cuatro historias con un mismo final: hay gente maravillosa que nunca sale en la televisión.