
En este tiempo lo que realmente necesitamos son héroes, porque lo que ha ocurrido (al menos en la explicación filológica de nuestros días) es que sobran antihéroes; esos prototipos de hombres y mujeres ineficaces, que como Lázaro de Tormes evolucionan sicológicamente pero no mueven para nada los hilos de su vida y no cambian tampoco la sociedad. La novela española contemporánea, como fiel reflejo de una sociedad apocada e inhábil ha dado maravillosos antihéroes, desde el Antonio Azorín del escritor de Monóvar (es decir, José Martínez Ruiz) hasta Pascual Duarte o algún detective de magnífica novela negra. Los héroes de antaño quedaron reflejados en la épica medieval: Rodrigo Díaz de Vivar, Valtario, Roldán... Quizás haya héroes anónimos, pero de esos no hablan ni la prensa ni la calle. En la clase política, como abundan los mediocres, apenas hay héroes (ya lo dije hablando de Adolfo Suárez manteniendo el tipo imperturbable frente al teniente coronel Tejero y sus huestes: él era un buen actor, un político de raza, de los que trabajan las veinticuatro horas por y para ello y sin poner precio de sueldo al cargo como hacen ahora los que sueñan un silloncito preferiblemente sin presentarse a elecciones -o sin haberlas ganado aún- o yendo en el número putomil de la lista; Suárez fue el héroe de aquella noche...). Estoy por pedirle a Arturo Pérez Reverte o a Antonio Muñoz Molina que se inventen un héroe de verdad, de novela; que le creen un partido y que lo presenten a La Moncloa...
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