
La maledicencia es el ejercicio público número uno de los españoles. Es decir, hablar mal de otros, difamar sin pruebas a otros, acabar con la credibilidad de otros; en definitiva: hacer daño gratuito a otros es la ocupación más frecuente de las tertulias de taberna españolas. Y en nuestros días, por desgracia, lo que conocemos por Internet se presta a ello con total impunidad e, incluso, bajo un cierto anonimato (a priori). El ejemplo, a modo de punto de partida, nace en la televisión actual, cuya programación viola diariamente la Constitución y las leyes varias veces, sobre todo en esos programas que la crítica ha denominado “rosas”. Es común oír hablar a los tertulianos (por lo general gente poco formada, lindando con lo que educativamente podríamos denominar “analfabetos funcionales”) de “querellas criminales”, “querellas por difamación”, etc., que luego el vulgo aplica a su ombligo según le va o le viene y que lo ‘criminal’ y la ‘difamación’ es lo que ellos creen que es y no lo que realmente es. Nadie tiene constancia ni experiencia de que, afortunadamente, en un ordenamiento jurídico no basta con presentar una denuncia, sino que hay que demostrar los hechos con pruebas para que un juez de primera instancia admita a trámite la denuncia. Este es uno de los vicios ocultos de España, que espero que a partir de 2010 cambie.
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