15 de marzo de 2010

Sobre Miguel Delibes y otros asuntos


En Valladolid, corazón de Castilla, se nos ha muerto Miguel Delibes, el gran maestro de las letras españolas de la segunda mitad del siglo XX. Un escritor de enjundia, con unas novelas que son el alfa y omega de las letras españolas de hoy; miembro por derecho natural de la RAE y heredero de la pasión castellana de Azorín. Un eterno merecedor del Nobel al que le adelantaron a Cela (que no era ni más ni menos, a pesar de los prejuicios y tontas comparaciones de Ansón). Un intelectual de verdad, de esos que sólo han hablado para decir cosas inteligentísimas cuando venían a cuento. Escritor de verdad de novelas como “El disputado voto del señor Cayo”, “Los santos inocentes” o “Las ratas”. Él es, también, el autor de una obra de obligada lectura para estudiantes de español como segunda lengua en Rusia: “Cinco horas con Mario”. Un monólogo genialmente trazado. En fin, se nos ha muerto, pero mientras lo leamos vivirá.

No, yo no siento miedo alguno: yo sigo la máxima de Adolfo Suárez de que el único miedo racional que no podemos ni debemos tener es el miedo al miedo mismo; algo que, por otra parte, ya había enunciado antes John F. Kennedy. Me refiero al miedo que dice la gente que tiene antes de hacer algo o “para” hacer algo y que, generalmente, esas mismas personas confunden con la falsedad, la poca vergüenza o el “lameculismo” (de momento, esta última palabra la he acuñado yo a la espera de averiguar si alguien la introdujo antes en algún Diccionario). Sí, vamos esos que dicen que no hacen algo porque tienen miedo “al que dirán” o “a que me vean...”. Estupideces de ese calibre que posibilitan que España no sea un país mucho más europeo y desarrollado. Como desafortunadamente (por lo poco común) siempre he dado la cara y a mí eso del miedo me da exactamente igual, pues no los entiendo y me empiezan a cargar un poco, ya que decir que tienen miedo, según la lógica filosófica, los equipara a ratas cobardes.

No tengo mucho ánimo masoquista. Me estoy cansando de esperar muchas cosas: sobre todo cuando alguien te dice que va a quedar contigo a tomar un café pero su agenda se lo va impidiendo. A mí, sencillamente, el café frío no me gusta y también pierdo el interés en las personas que se hacen las interesantes. Como tengo por sabido que la vida tiene que ser sencilla; vamos, que lo normal debe ser lo que a nivel normal es normal en la calle, pues eso, lo que se presente difícil, complejo, etc., no me inspira nada. Ya lo decía el gran Sherlock Holmes: normalmente la solución a las cosas es aquello que nos parece absurdo por sencillo. En fin, que me he cansado de esperar... así que voy a apagar la hoguera que no pienso enviar ni una solo señal de humo más a nadie.