
Pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.
Luis Cernuda
Hablar del pasado, en mi opinión, no es un ejercicio dramático, siempre que el pasado haya dejado de ser un mero acontecimiento personal para adentrarse en el intelectual mundo de la Historia, que no es mas que la ciencia de contar lo que ya ocurrió tal y como sucedió, sin modificar punto o coma alguno. Lo que pasa es que, al hilo de la Memoria Histórica, los familiares cumplen con aquello que acabo de definir y los políticos y algunos intelectuales (que no ejercitan el intelecto en sí) usan a los muertos como arma arrojadiza.
Ayer quise exponer mi opinión sobre la polémica suscitada por Almudena Grandes con Joaquín Leguina al contestar con un artículo otro artículo previo del ex presidente de la Comunidad de Madrid. Si bien ambos escritores han leído, tengo para mí, la maravillosa novela de Juan Iturralde, “Días de llamas”, no se puede usar como propiedad de uno mismo -tal como hizo la autora de "Las edades de Lulú"- la memoria del excepcional poeta del ’27 Luis Cernuda.
La opinión política, por desgracia, ha condenado en nuestro país a una serie de escritores por haberse postulado por uno u otro bando de la guerra civil. Es el caso de Segundo Serrano Poncela, escritor y filólogo, que murió en el exilio y que no ha cosechado buena prensa por haber sido el ayudante de Santiago Carrillo cuando lo de Paracuellos. Lo supiera o no lo supiera el político comunista en su bunker del barrio de Salamanca, Serrano Poncela puso su firma a aquellos documentos de “puesta en libertad” que llevaron a los presos, entre ellos a Muñoz Seca y a Maeztu, a las fosas de Paracuellos y alrededores. No se recuperó su memoria tras la muerte de Franco pero tampoco se pudo defender cuando su ex jefe le cargó los muertos a él.
Otros dos intelectuales padecieron idénticos olvidos: Dionisio Ridruejo y Mercedes Formica. Como fueron intelectuales cercanos a José Antonio y luego se enfrentaron dialécticamente a Franco, incluso yendo a la cárcel como el soriano, ni fueron estudiados mientras duró el régimen anterior ni después de muerto Franco. O eran opositores conniventes con los rojos o eran fascistas irredentos.
¿Y Ángel María de Lera? Lo mismo: hizo la guerra como anarquista y como le dio por publicar novelas de gran calado intelectual y excepcional prosa bajo el franquismo, o era un rojo o era un colaborador de los fascistas. Lo que escribía ayer que le pasaba a Cela: como ahora ya está muerto pues a quitarle mérito y a decir que se ofreció a los nacionales en 1936, sin recordar lo mucho que hizo por la literatura del exilio a través de “Papeles de Son Armadans”.
Lo peor de apropiarse a los muertos, en este caso escritores, es que unos y otros jamás los han leído ni se han acercado a su biografía ni han intentado comprenderlos, porque de lo contrario no se aherrojaría nadie la capacidad de establecer quien traiciona la memoria de Luis Cernuda.
envenena mis sueños.
Luis Cernuda
Hablar del pasado, en mi opinión, no es un ejercicio dramático, siempre que el pasado haya dejado de ser un mero acontecimiento personal para adentrarse en el intelectual mundo de la Historia, que no es mas que la ciencia de contar lo que ya ocurrió tal y como sucedió, sin modificar punto o coma alguno. Lo que pasa es que, al hilo de la Memoria Histórica, los familiares cumplen con aquello que acabo de definir y los políticos y algunos intelectuales (que no ejercitan el intelecto en sí) usan a los muertos como arma arrojadiza.
Ayer quise exponer mi opinión sobre la polémica suscitada por Almudena Grandes con Joaquín Leguina al contestar con un artículo otro artículo previo del ex presidente de la Comunidad de Madrid. Si bien ambos escritores han leído, tengo para mí, la maravillosa novela de Juan Iturralde, “Días de llamas”, no se puede usar como propiedad de uno mismo -tal como hizo la autora de "Las edades de Lulú"- la memoria del excepcional poeta del ’27 Luis Cernuda.
La opinión política, por desgracia, ha condenado en nuestro país a una serie de escritores por haberse postulado por uno u otro bando de la guerra civil. Es el caso de Segundo Serrano Poncela, escritor y filólogo, que murió en el exilio y que no ha cosechado buena prensa por haber sido el ayudante de Santiago Carrillo cuando lo de Paracuellos. Lo supiera o no lo supiera el político comunista en su bunker del barrio de Salamanca, Serrano Poncela puso su firma a aquellos documentos de “puesta en libertad” que llevaron a los presos, entre ellos a Muñoz Seca y a Maeztu, a las fosas de Paracuellos y alrededores. No se recuperó su memoria tras la muerte de Franco pero tampoco se pudo defender cuando su ex jefe le cargó los muertos a él.
Otros dos intelectuales padecieron idénticos olvidos: Dionisio Ridruejo y Mercedes Formica. Como fueron intelectuales cercanos a José Antonio y luego se enfrentaron dialécticamente a Franco, incluso yendo a la cárcel como el soriano, ni fueron estudiados mientras duró el régimen anterior ni después de muerto Franco. O eran opositores conniventes con los rojos o eran fascistas irredentos.
¿Y Ángel María de Lera? Lo mismo: hizo la guerra como anarquista y como le dio por publicar novelas de gran calado intelectual y excepcional prosa bajo el franquismo, o era un rojo o era un colaborador de los fascistas. Lo que escribía ayer que le pasaba a Cela: como ahora ya está muerto pues a quitarle mérito y a decir que se ofreció a los nacionales en 1936, sin recordar lo mucho que hizo por la literatura del exilio a través de “Papeles de Son Armadans”.
Lo peor de apropiarse a los muertos, en este caso escritores, es que unos y otros jamás los han leído ni se han acercado a su biografía ni han intentado comprenderlos, porque de lo contrario no se aherrojaría nadie la capacidad de establecer quien traiciona la memoria de Luis Cernuda.
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