
Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Debemos tener en cuenta que España es, esencialmente, un país en el que no se habla claramente. Hacemos uso constante de los eufemismos para evitar llamar a las cosas por su nombre; obviamos, por tanto, la significación. Más hoy; con la que está cayendo, nadie quiere decir lo que es obvio, visible y evidente. Lo principal para superar la crisis económica es cortar (no recortar) de raíz todos los gastos superfluos de nuestros políticos y de las Instituciones en las que ejercen, que tienen un nivel de gasto vergonzoso gracias a las medidas políticas. Hay que empezar a definir la actividad política como un servicio o, si se quiere, como una tarea, pero no como un negocio. No se puede vivir bien, muy bien, de la política cuando en la calle hay gente en el paro o, más grave aún, cuando los dos principales miembros de una misma unidad familiar están en el paro. El voto, creo yo, no justifica el tren de vida de muchos próceres, de todos los niveles institucionales; el voto sirve para que quien detente el poder ponga soluciones a los problemas o agilice el ingenio para modernizar la sociedad y quien no pueda, no sepa o no esté preparado, que se vaya y deje a otro antes de que sea demasiado tarde. Y si nadie es consciente de ello, no debería dedicarse a la cosa pública. No hay argumento posible para explicar el descenso de la renta de los jubilados después de una larga vida laboral si no hay un consistente ejemplo en un aguerrido descenso de la renta que perciben los políticos. Lo ideal y decente sería adecuar los salarios de sus señorías al nivel de la calle y que se practicasen un descenso del 50% al 75% del sueldo, algo que debería aprobarse por unanimidad para evitar que el que entre nuevo en una institución, con las vacas gordas, vuelva a vivir bien. La crisis moral es otra cosa. Durará más y tiene peor solución. Pero nada es imposible.
A mí, en los últimos días, lo que me provoca hipertensión son todas las mujeres fatales que conozco. ¡Uf!
A mí, en los últimos días, lo que me provoca hipertensión son todas las mujeres fatales que conozco. ¡Uf!
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