16 de agosto de 2010

Malvadas y virtuosas...


Por el camino siempre te encuentras gente, de la cual sacas conclusiones que te sirven o no para valorarlas en su justa y necesaria medida, e incluso te arrepientes de no haber dado importancia a quien sí la tenía de verdad y de haber perdido tu tiempo con quien, a la postre, es mejor no mercadear en ningún patio de Monipodio. Como aquel (tipo y tipa, matrimonio sui generis, “of course”) que antepone siempre su ideología a todo: a la familia, al trabajo, a las vacaciones, a tomarse una caña... ¡Uf! ¡Menudo agotamiento! Pero lo que me ha venido a la mente en esta tarde de verano semi-lluviosa es esa mujer que vive subyugada bajo una relación rara de entender y que a mí, lo confieso, me atormenta no sé por qué; o esa otra persona continuamente atormentada (también) por todo cuanto acontece a su alrededor; incluso esas dos o tres mujeres fatales que me han decepcionado, mucho, realmente: menuda colección he acumulado de malvadas.

También, por supuesto, y si no se entiende mal, esas dos o tres pasiones que tiene uno llamadas Karina y Verónica y que habitan en Buenos Aires... y esa otra que, según la circunstancia, saluda o no (¡cuánto cuesta entendernos!); también quien oculta las fotografías... y quien, al cabo del tiempo, las saca a la luz para que recordemos que han pasado algunos años...

Claro está que todo eso no nace por que sí, sino porque uno anda metido en harina literaria y saca del trasfondo del alma todo aquello que, visto y vivido, sirve de materia prima del recuerdo. Como aquella película basada en la novela de Joaquín Leguina o aquel caluroso día de Santiago hace ya algunos años... O esa otra poeta; bueno, esa no, esa que siga muy muy al Norte. La gente va y viene y yo he tenido la suerte de conocer gente e, incluso, de conocer gente fantástica en el momento en que creía que la gente que merece la pena no habita en ninguna parte, o, al menos, sólo yace sepultada bajo el hielo polar de la Antártida.