27 de septiembre de 2010

Después de la vida...

Hubo una época en la que la inmensidad de la Península se hallaba habitada por gentes temerosas de mil y un miedos indefectibles, que habían pasado genéticamente de padres a hijos y se dirimían al calor del fuego del hogar. Hoy son lugares (lares) absolutamente abandonados, pueblos fantasma sometidos a la nada... como esos otros que Miguel Delibes dejó reflejados en El disputado voto del señor Cayo y, más tarde, Julio Llamazares en La lluvia amarilla. Cada generación tiene un error y el más abismal (o abisal) es desgajarse de la tierra, trasplantarse a otro lado con la consiguiente modificación (para peor o mejor) de una vida que, eso sí, hubiera sido de otro modo.