
Lo decían esta mañana varias personas, acertadamente en mi opinión; cada vez hay más gente que empieza a tener la costumbre de “mirar por encima del hombro” a otros; ese tipo de gente que te pide ayuda y después te niega el saludo; ese tipo de gente que tiene el ego excesivamente subido y tiene por costumbre pensar, en su fuero interno, que cualquier cosa que le concierna a él o ella (incluso la mediocridad, el cinismo o la doblez) está por encima del común. Vaya, ese tipo de gente que contradice a Enmanuel Mounier, creyendo que la sociedad es una cosa y él o ella otra distinta. Y acentúo lo de “él o ella” porque esa forma de actuar es consustancial a todo el mundo, independientemente de su credo, raza, sexo, etc.
A mí, personalmente, las manías de la gente me importan poco, así como la vida personal de cada uno; lo que me agobia es empezar una conversación y tener que escuchar siempre el “yo” y no temas que realmente sean interesantes. También es cierto que hoy por hoy hay pocos temas interesantes. Siempre he sostenido y ahora más que nunca que existe una crisis brutal de valores en España que empezó un poco antes que la económica y que únicamente se puede solventar mediante una apuesta fuerte y firma por la Educación y por la Cultura (pero esto, sabemos, le importa poco a los políticos).
Escribo esto sencillamente porque uno sigue sorprendiéndose cómo la gente que forma su misma sociedad en su mismo entorno, siendo de parámetros idénticos según los datos fiables del INE, basados en estadísticas constatables, miran al resto por encima del hombro por cuestiones tan banales como tener un automóvil de una marca tal (¿Quién establece cual marca es superior a otra?), un piso con elevada hipoteca (¿Quién establece qué es un piso de lujo y qué no lo es en un mismo entorno?) y cosas por el estilo. Antes, hablar de dinero era síntoma de mala educación, hoy establece quién se dice a sí mismo de la elite y quién decide ese mismo que no lo es.
Así pues, como decía aquel y quedó por refrán, “no hay mal que por bien no venga”.
A mí, personalmente, las manías de la gente me importan poco, así como la vida personal de cada uno; lo que me agobia es empezar una conversación y tener que escuchar siempre el “yo” y no temas que realmente sean interesantes. También es cierto que hoy por hoy hay pocos temas interesantes. Siempre he sostenido y ahora más que nunca que existe una crisis brutal de valores en España que empezó un poco antes que la económica y que únicamente se puede solventar mediante una apuesta fuerte y firma por la Educación y por la Cultura (pero esto, sabemos, le importa poco a los políticos).
Escribo esto sencillamente porque uno sigue sorprendiéndose cómo la gente que forma su misma sociedad en su mismo entorno, siendo de parámetros idénticos según los datos fiables del INE, basados en estadísticas constatables, miran al resto por encima del hombro por cuestiones tan banales como tener un automóvil de una marca tal (¿Quién establece cual marca es superior a otra?), un piso con elevada hipoteca (¿Quién establece qué es un piso de lujo y qué no lo es en un mismo entorno?) y cosas por el estilo. Antes, hablar de dinero era síntoma de mala educación, hoy establece quién se dice a sí mismo de la elite y quién decide ese mismo que no lo es.
Así pues, como decía aquel y quedó por refrán, “no hay mal que por bien no venga”.
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