11 de marzo de 2011

Dar guerra...


Hay que subir esa escalera. Sin problema; sin miedo ni complejos...

Me han venido a la mente, esta mañana, dos o tres tipejos y tipejas que se dedican a la cosa pública y se me ha puesto cara de mala leche. Luego, indudablemente, me ha sobrevenido una alta carcajada: yo tengo (y muchos otros conmigo, of course) lo que a ellos les falta y les duele, o sea, independencia, libertad y la palabra. Y el cuerpo me pide guerra...

Los intelectuales, como aquella Generación del 98, hemos de levantarnos, a una sola voz, contra el actual estado de cosas y contra quienes lo han originado, incluso, si se me apura, contra quienes con sus actuaciones persisten en el error. La voz intelectual, de centro, democristiana o socialdemócrata, tiene la obligación de hablar claro, con las propuestas de regeneración que a todos compete. Y lo vuelvo a decir, no son los de los sueldazos en mitad de la crisis los que nos van a sacar del lío, somos nosotros, y el próximo 22 de mayo tenemos, en un momento crucial, la voz, la palabra.

Y sí. ¿Por qué no decirlo de nuevo? Se requieren actores nuevos, gente con formación y conexión con la calle, no esos seres de despacho, coche, móvil y tarjeta visa que se dicen sabelotodos de todo y que no hacen ni arreglan nada, pero cobran mientras cuatro millones de españoles están en el paro y alguno más vive por debajo del umbral de la pobreza. Daría nombres, pero... ¡son tantos!

Yo sé que somos también muchos los de buena voluntad, los de independencia probada y espíritu crítico y por eso no pido la palabra, que nos corresponde por derecho propio, consustancial y natural, sino que pido acción.

Pido que demos guerra, alto y claro. Y caiga quien caiga.