(Ojo a los carteles que ilustran este post: no, esos por desgracia no se presentan...) Hoy se han convocado elecciones de nuevo, esta vez a concejales y diputados de los parlamentos regionales; son las novenas municipales y las octavas autonómicas de la reciente historia de España. La verdad es que se ha devaluado mucho el concepto de política y de elecciones, especialmente con la pésima imagen de ineficacia y corrupción que está dando la clase política española. Aunque, sinceramente, no es algo nuevo. Los españoles no hemos sido merecedores nunca de unas elites políticas a nuestra altura. Cuando hemos podido emprender épocas de prosperidad y desarrollo social (con Juan José de Austria, hermano y primer ministro de Carlos II; bajo el marqués de Esquilache, primer ministro de Carlos III; en cierta medida bajo el gobierno de José I, hermano de Napoleón; con el bienio progresista de 1820, aplastado por el nefasto Fernando VII; de la mano de la reina regente María Cristina de Habsburgo y Lorena; con Canalejas y Maura, etc...) las hemos cercenado en beneficio de experimentos que salieron mal, se llamaran repúblicas, pronunciamientos, directorios o dictaduras. Del mismo modo, hemos tenido en los consejos de ministros de mucho tiempo a gente con validez indiscutible, que al final se marchó a casa sin hacer ruido, sin poder trabajar y sin pena ni gloria. Ahora nos toca elegir... y no es una elección fácil ni las perspectivas sencillas, porque lo que necesita España no son aparatos políticos, partidos cerrados y programas electorales inamovibles, lo que necesita España (y con ella sus ayuntamientos y regiones) es una nueva clase política de gente preparada, con criterio, con independencia, con ganas y no las listas de cerradas de gente que sólo quiere vivir de la política.
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