4 de abril de 2011

Vivir otros lugares, vivir otras personas...


A veces te embarga una terrible sensación de soledad, que va acompañada de una necesidad de escapar viajando a lugares que hay que conocer antes de morir y que hay que vivir antes de que el tiempo sea demasiado tarde e impida la movilidad que la libertad y la independencia te da; sin apego a nada ni a nadie. Quizás que una persona haga la maleta y no mire hacia atrás sea la respuesta inmediata a la sensación de provincianismo en que se vive cuando uno lleva más de cincuenta días haciendo mecánicamente lo mismo. Vivir otros lugares con otras personas, dando respuesta a la palabra que alguien afortunadamente generó e introdujo en el diccionario: ‘cosmopolita’. Renunciar al ombligo del mundo y caer en la sensación de que la Tierra es mucho más amplia y que más allá de mares, nubes y océanos hay otro horizonte, otro futuro, otros brazos y otros labios indisolubles que dicen y que besan y que atenazan quizá con mayor fortuna y dulzura y menos empaque y ridículo. Sí, es esa sensación que uno tiene algunos lunes nada más sonar el despertador y encender la radio. La necesidad de trascender y ser uno mismo en otro lugar, evitar lo provinciano y llegar a lo futuro.