17 de junio de 2011

"La huida de Carmen" (Cuento XII)



Creo que fue por la época que yo vivía en Washington, becado por el Post para realizar unas prácticas de dos meses y una suerte de artículos sobre España; ya se sabe, esos tan manidos de la tortilla, los toros, el Madrid y el Barcelona, la guerra civil, etc. Bien, muy bien para un tipo recién salido de la Facultad y necesitado de aventuras o sensaciones... no estaba mal. Me instalé en un apartamento bastante alejado del centro, del meollo de la capital política del mundo occidental, pero eso me hacía poder disfrutar del tiempo libre. Así fue como encontré a Carmen parada ante un semáforo; una española de pelo rizado, amante de los perros -tenía en su apartamento unos cuantos que impedían que nos entendiéramos- que estudiaba allí ciencias políticas: siempre me resultó complejo entender, si es que llegué a entenderlo, cómo una socialista que odiaba los aviones se había instalado en Estados Unidos bajo la administración republicana -entonces gobernaba allí George Bush, más o menos hacia 2002-. Así fue; y la verdad es que no me arrepiento de haberla conocido.


Carmen es una de esas dos o tres personas que te encuentras en la vida cada cinco o seis años y que permanecen junto a ti durante mucho tiempo, aunque solo sea en la memoria. Mientras estudiaba en Washington se había unido a una onegé dedicada a la búsqueda de desaparecidos de las dictaduras de Argentina y Chile, -"para matar el tiempo libre", decía-; incluso quiso que yo escribiera algo en el periódico, aunque discutimos por ello. Hubo un tiempo incluso en el que me consultaba las cosas, de tal suerte que formábamos un equipo estupendo: eso sí, fue siempre muy reacia a contar sus asuntos de España, como le llamábamos a hablar de nuestra familia. Eso sí, parece ser que los españoles cuando nos vemos lejos de nuestra tierra nos unimos mucho más que en suelo patrio.


Una tarde de mayo me acerqué dando un paseo hasta su casa, con la intención de invitarla a cenar, como muchos otros días anteriores. Toqué el timbre y me abrió una de sus compañeras de piso. Pregunté por Carmen y aquella me respondió:

- Hace dos días que se marchó sin dar explicaciones y sin dejar un teléfono.


Jamás he vuelto a saber de ella.