
Yo también soy una de esas personas que antes aprendió a escribir con una máquina de escribir, Olivetti por más señas, que con un ordenador; vamos, que fui cocinero antes que fraile. Y crecí perfectamente normal. Por aquellas fechas -últimos años ochenta o principios de los noventa- no había ni teléfonos móviles ni ordenadores personales -mucho menos portátiles- ni Facebook ni nada de eso: si te molaba una chica llamabas al fijo y suerte que te lo cogiera ella, porque si sonaba la voz del padre colgabas sí o sí. Y cuento esto porque escribir con una máquina de escribir tenía su encanto -y en esto coincido con Arturo Pérez Reverte, por lo que cuenta en su último artículo en XL Semanal-: el ruido, tener que aprender a concluir las líneas para que coincidieran, la jodienda de que si te equivocabas y no podías tachar tenías que empezar de nuevo, los dichosos acentos que, a veces, traspasaban el papel y rompían el folio, usar la x como tachón -otros lo hacían con la w que mataban con la m-, si usabas tipex y se te pringaba la letra quedaba rastro del tipex por toda la hoja y parte del carro... y esas cosas. En mi caso recuerdo una academia sucia y desvencijada en un extremo del barrio de Salamanca de Madrid, con cientos de máquinas de escribir que sonaban unánimemente y algunas chicas que estudiaban taquigrafía -en peligro de extinción ya por aquellos años, que serían 1990, 1991 o 1992-. Ahora ya no se fabrican y lo complejo va a ser encontrar de nuevo la tinta cuando a mi vieja Olivetti se le gaste la que tiene puesta.
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