
Como todas las mañanas, mientras su mujer prepara el café y las tostadas en la cocina, Juan se afeita mientras escucha las noticias en la radio. Ya se sabe, noticias del tipo "el presidente de Castilandia del Sur implicado en la trama de expropiaciones ilegales"; o "el alcalde de Villaburros de Abajo imputado por colocar a dedo a su amante"; incluso "el IVA sube otro 2% y el gobierno baja los sueldos otro 7%". La locutora, mecánicamente y sin sentimiento, continúa leyendo: "el recorte sanitario afecta a doscientos hospitales"; "el gobierno de la comunidad Perejil asegura que no ha recortado nada en Educación, sólo el 50%". Otra voz, esta vez masculina, releva en la lectura a la periodista anterior: "los diputados, que tienen agujetas de tanto herniarse, trabajarán un día menos y cobrarán un día más"; "un senador se ha leído un libro en dos meses"... Y, de repente, las mejores: "un grupo de revolucionarios pacíficos y buena gente roba el perro de un diputado ciego, ya que como es diputado no importa que se la pegue"; "los alemanes tiran al suelo los productos agrícolas españoles y nosotros ponemos la tercera mejilla". Y asuntos de ese cariz que es mejor no seguir enumerando para no llenar de ira al lector.
Juan, después de dos cortes, por culpa casi incontenible del cabreo, piensa que ese día tiene que despedir a dos trabajadores más, Pedro e Ignacio, de cincuenta años cada uno; dos de los hombres que entraron en los ochenta con su padre y que ahora no tiene más remedio que llevar al INEM porque la empresa tiene pérdidas y, como el banco no le da crédito, tiene que cerrar. Ya tuvo que vender el apartamento de la playa para ir tirando. Su hija, María -se llama como la madre- está en el paro, con 24 años y el pequeño se ha tenido que ir a Estados Unidos, aburrido de no encontrar trabajo a pesar de tener el Premio Nacional de Fin de Carrera. Intentará que el del banco le prorrogue la letra del piso y cree que en dos o tres días podrá vender el coche para poder pagar el finiquito de Pedro e Ignacio.
María entra en el baño metiéndole prisa, porque se acerca la hora de ir al notario y aún no ha desayunado ni se ha vestido.
- Cariño, han dicho en la radio que vuelven Aznar y Felipe.Juan, casi cortándose la nuez, sonríe:
- No caerá esa breva.
(A Fernando Vizcaíno Casas, in memoriam)
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