
Cesé en Holanda y rápidamente el gobierno me envió a Londres, City of London, lugar en el que me encontraba algo empaquetado: no es lo mismo ejercer la diplomacia en los países hispánicos o en los árabes que en la vieja y pérfida albión, como decían nuestros patrióticos antepasados. Cierto es que en mi rara adolescencia yo era de los que decían que no aprendería inglés hasta que nos devolvieran Gibraltar. Y me tragué mis palabras.
Paseando por Hyde Park, en el centro de Londres, me encontré un día con mi vieja amiga Mamen, la cual montaba habitualmente en bicicleta -tenía el coche roto y poco dinero para arreglarlo-, cruzando el parque, hasta llegar a su trabajo: unas desvenciajadas oficinas de no sé qué asuntos económicos cotizantes en bolsa. Ella decía que era un trabajo por poco tiempo, que pronto regresaría a España y ejercería de no sé qué. En caso es que siempre a la tarde, a la hora del té más o menos, la veía cruzar aquel pulmón verde y agregarse a la piel algo de color y al trasero unas cuantas agujetas.
Hasta que un día en que se paró para hablar conmigo y mi mente se iluminó como en los mejores momentos de Sherlock Holmes -salvando las distancias, obvio-, recordé algo que sabía de ella y andaba dormido en mi subconsciente. Me armé de valor, la miré fíjamente a los ojos y le espeté:
- ¿Por qué no vas al trabajo en caballo?
4 comentarios:
te conozco de hace años; aunque nunca hablé contigo.
me encanta tu blog. se nota que tienes alma de escritor. soy un fanático de la lectura; aunque sin cultura. Espero no acabar de encontrarla nunca en los libros para seguir siempre leyendo cosas como las que los grandes escritores escribís.
Gracias... Pero deberías hablar conmigo :-)
no te quepa duda, en cuanto tenga ocasión lo haré...además somos de la misma hermandad.
Pues genial, entonces... :-)
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