
El otoño argentino de 1976 fue relativamente cálido, o a mí me lo pareció así. Después del Golpe desaparecieron algunos de mis amigos intelectuales de izquierda y jamás he vuelto a verlos. Al principio a mí me dio igual y ese fue mi error: cuando el terror se apodera del poder y cuando el que no piensa como tú desaparece es el principio del fin, pues luego el que ya nunca vuelve a casa puedes ser tú. Yo era joven y qué iba a saber.
Algunas de las mujeres que más he amado han sido militantes de izquierdas; algunos de los intelectuales que más me han valorado han sido de izquierdas; alguna de la gente que más quiero quizás sea argentina. Pero... yo siempre respiré un poco por la derecha, hasta que me dije a mí mismo que el centro es el lugar ideal en el que hacer equilibrios, como Suárez. Eso sólo lo supe cuando aquella noche sonó el timbre en mi apartamento de Corrientes, después del toque de queda. Juro que no me estremecí: yo no era argentino, no era peronista, no era de izquierdas y mi trabajo como profesor de Literatura Universal no me comprometía a nada. El timbre sonó y apareció una joven con el pelo inusitadamente largo, oscuro, unos jeans algo acampanados, acento porteño y una remera naranja. Y mucho miedo, mucho. "Vienen a por mí" -dijo en perfecto acento que yo no sabría reproducir porque soy sobrio castellano-; estúpidamente respondí: "¿Y qué?"... "Los milicos vienen a por mí, ayúdeme carajo". Me volví borde algo después, a los treinta.
Pateaban como caballos; no llamaban, golpeaban la puerta hasta derribarla; les importaba unas narices que fueras español o turco y no atendían a razones. Se llevaron a lo mejor de aquella sociedad, a jóvenes cuyo corazón palpitaba lleno de ideas, de cultura, de futuro. No respetaron nada, o casi nada:
-¿Usted?
-Soy español, profesor de literatura, llevo aquí un mes.
-¿Y esa?
-Esa es mi mujer, es griega y no sabe español.
-Dale.
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