
He tenido como norma pensar que la gente, en esencia, es mala (homo hominis lupus) y que nada bueno ha de encontrtarse en el otro, es decir, en esa gente que conoces una noche y te exprime o te supera hasta el límite y luego desaparece, como las cucarachas. Generalmente los hombres -en genérico, en el que entran las mujeres, y desde mi experiencia de psicólogo- nos creemos que todo el mundo es bueno, pero no.
Conocí a esa chica cuando la trajeron a mi oficina desde la sucursal de Palencia, en el Norte. Al principio me pareció una pija insoportable, mojigata y pánfila y no le presté demasiada atención; para qué, me dije a mí mismo, esta es otra de esas arribistas que en pocos meses se liará con el jefe y conseguirá que nos echen a todos. Pero me equivoqué... Dice mi amigo John que todo el mundo merece el beneficio de la duda. Y ella me lo demostró.
Aquella mañana vino directa a mi mesa, saludó, sonrió, miró mi foto con los Scouts de Albacete, volvió a sonreir y fue entonces cuando dijo:
-Necesito que trabajemos juntos en el proyecto de nueva planta.
Y desde entonces dormimos juntos.
1 comentarios:
Francisco, ese sí que es un buen principio y mejor final; enhorabuena por estos nuevos relatos.
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