
Las últimas semanas, según las estadísticas, me ha mentido dos veces al día; posiblemente sea una terapia o la concepción subsacra de la amistad, que algunos ven como una enfermedad que les dice que han de nutrirse de los despojos de otros para sobrevivir y ser más fuertes. Según la prensa, además, me ha mentido a conciencia, como si hubiera de despistarme con sus historias, como si yo no debiera saber cuál es el camino que toma o como si el premio a mi lealtad sea la traición.
Lo dice la gente "te miente porque así es la mejor manera que tiene de reírse", te equivoca, intuye que la información que recibes, si está contaminada, te matará, y así siempre podrá decir que no sabía nada, o lo que es peor en estos casos: "pero es que tú creías". Si tuviera dinero huiría al extranjero dejando detrás una porción de tierra quemada, la nada, para jamás volver, así también le dolerían sus propias mentiras.
Quise ser su amigo y me equivoqué.
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