25 de agosto de 2011

"Decir las cosas"



¿Cuándo fue que empecé a decir las cosas claras? Sí, antes de la terapia yo era de esos tipos, pese a ser periodista, que se guardaba para sí todo lo que le acontecía. "Señor, tiene usted una soberana úlcera de estómago, de origen nervioso", me dijo el doctor Mathews en la clínica de Manhattan en que me trató. "Quizás deba usted hacer una terapia sicológica que le permita controlar su sistema nervioso", añadió mientras me recetaba el brevaje que he de tomar para evitar vómitos.


La sicóloga fue profesional, de tal modo que primero me enseñó a decir que no y luego a decir de vez en cuando, de un extremo a otro. Está claro que mi sistema nervioso es poderoso y que lo que me ha ocurrido en la vida influye. Dos o tres mujeres que te dejan, un jefe capullo que te pide más a cambio de menos pasta; luego haber sido corresponsal de guerra en Bosnia y en Irak, con todas esas comidas asquerosas, fuertes y semicrudas que nos metíamos entre pecho y espalda. Una vida estresante. Juro que yo, antes de todo eso, me metía debajo de la cama, perdía el sueño... ahora no.


Un verano, todo un verano, jodido. De esas rachas en que uno se siente mal por algo y dentro de lo malo, lo tiene identificado. Recaída, le llaman los técnicos, esos tipos que te cobran por enterarse de tus jodidos trapos sucios. Hasta este momento: hoy he llegado a casa y he necesitado decírselo, confesar que me molestaba su silencio y que después de tanto tiempo no confiase en mí. Que no me haya tomado en serio y que últimamente ya ni un café ni una copa fuera de la rutina, como si yo fuera el culpable de sus males; y cuando le he dicho que la quería (lo cual aún es cierto, pese al paso del tiempo) me he quedado tranquilo, porque es una de esas querencias fuertes que no se explican. Luego, he pensado que quizás ello la lleve a engaño y he necesitado aclararle:


-Pero bueno, cariño, para el amor prefiero a Charlize Theron, no sufras.


(A Mamen)