(A Mapi, si ese es su verdadero nombre)
Cuando trabajé, hace tiempo y a mis veinticuatro años, en la CIA, apareció Mike O'Brien por enmedio, un extraño asunto que te dice que aún hay cordura en el mundo, aunque la mayoría de la gente viva inmersa en una vida de mierda y autodestrucción. No todo es un campo de rosas, lo aseguro, y muchos traumas son culpa del pasado.
"Peña, O'Brien no coge el teléfono", dice John Johnson mientras termina su texas burguer y sorbe ruidosamente un café fuerte. "Buah, estará borracho, como siempre", le respondí mientras archivaba los documentos del 'Caso Willis'. Estábamos destinados en la sección de seguimiento de ex miembros que habían sido expulsados por conductas impropias, un trabajo bien pagado pero peligroso. La mayoría delinquía de nuevo, se volvía a corromper y todo eso. Por mucho que molara viajar por los USA con un Cadillac inmenso y una pistola reglamentaria, además de pasta por un tubo, no dejo de ser un tipo medio español, con un inglés superable y otras metas. "Pues te toca ir a Illinois y buscarlo en su mierda de roulotte y decirle por enésima vez que o coge el teléfono o lo enchironamos", continúa Johnson. "¿A mí? Tengo entradas para el cine con Sabina y no me viene bien irme al inmundo estercolero en el que vive O'Brien", le respondí.
Pero no, tuve que ir y soportar la bronca de Sabina, que había ido desde Praga a verme y se quedó compuesta y sin plan. Mike O'Brien vivía por aquel tiempo en una roulotte sucia dentro de un camping en mitad de Illinois, una vida inmunda para un tipo al que tuvimos que cambiar el nombre por lo cabrón que había sido en el pasado. "O'Brien, soy Peña, con eñe, ya te dije la última vez que vine que si volvía te vendrías conmigo o te metería una bala por el trasero", le dije en el lugar en que cualquier otro hubiese dicho 'buenos días'. Mike O'Brien tenía cara de rata, estaba leyendo una novelucha y me dijo que no, que iba a recuperar a su hija, que estaba jodido de que lo rechazara todo el mundo, que quería empezar de nuevo y que estaba hasta las narices de la CIA.
"Mira tío, ese es tu problema, yo sólo sé que tengo que empaquetarte para Whasington", le advertí. Pero apareció pronto una niña de seis años a la que traía una norteamericana de mediana edad, guapa, sin maquillaje. Las saludé: "me llamo Mary y tengo seis años", dijo la pequeña. "Hola, soy Francisco Peña, con eñe, y tengo veinticuatro años", añadí. Cuando la ex se fue y vi a O'Brien que le ayudaba con los deberes y le preparaba la merienda pensé en volver a casa y recuperar a Sabina de su cabreo.
"¿Y qué?", dijo Johnson en Whasington unos días más tarde. "¡Bah!, ha huído. Rompe el expediente y olvidémonos de O'Brien", le dije mientras sacaba dos cafés de la máquina.
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