Uno no se hace detective así porque sí. Mi maestro me lo decía ("Paco, observa; en mirar está el setenta por ciento del caso") y yo me lo apliqué desde el primer día. Otra cosa es que no ejerza y, si lo hago, sea por la confianza del cliente o para sacar mis propias castañas del fuego. Algo me dijo mi instinto acerca de la señorita Yock: una mujer que mira el móvil y envía un sms mientras se entrevista contigo se comunica con otro hombre que, con un poco de suerte, se presenta en el lugar a los pocos minutos. La señorita Yock era una choni, puesto que una dama bien educada jamás deja de prestarte atención para comunicarse con otro hombre y, por su puesto, no lo llama para estar presente en la conversación.
La señorita Yock había perdido una joya que le regaló su ex marido en uno de esos aniversarios de los que uno nunca se acuerda y, un día de verano, se presentó en un café bastante bien vestida con unos jeans caros, zapatos de tacón y un top blanco que hacía las delicias de los camareros ("Paco, si te fías de una mujer hermosa, está perdido", me reconvenía el maestro en las clases). Se pidió un café bombón y desenfundó un pitillo que se fumó en un santiamén (estábamos en una terraza de esas que te permiten ver el todo). La joya, por lo visto, valía una fortuna y quería recuperarla para venderla y seguir su tren de vida.
Hay personas que se enamoran de legañas y la señorita Yock era una de ellas. Pensé inmediatamente que quien me había metido en el asunto no me conocía: sólo investigo mentiras, asesinatos y robos de alto nivel, no aquella minucia. Pero bueno, como hubiese dicho Hércules Poirot, "sólo un café mueve el cerebro", y yo tomo muchos al día pese a ser hipertenso. Así que, cuando fui a su casa (para comunicar que su nuevo amado era un randa) y la hallamos muerta lo supe claramente. Tenía que limpiar las legañas de amor.
El gimansio estaba lejos, pero llegué pronto. El susodicho estaba sudando la gota gorda con una de esas camisetas de tirantes verdaderamente ridículas (a Poirot lo hubiese puesto de los nervios); se me acercó (era más fuerte que yo, con poco) y me plantó cara. Lo recordé: "Paco, si das arriba de una torre, no cae; a los cimientos, ve siempre a los cimientos". Y eso hice, le pegué una soberana patada en los huevos y lo tiré.
Sabe más el zorro por zorro que por viejo.
1 comentarios:
jajajaja. Interesante y curioso. Me encantó.
Besos ;-)
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