Entró estruendosa en el despacho, rompiendo el sonido ambiente con su taconear incesante. Vestido ceñido, collar de perlas (falsas) y un carísimo bolso negro de Loewe (quizás imitación también). Medias de seda y taconazos de aguja. Fumaba, pese al cartel: "Prohibido fumar en este recinto". "¿El detective Lowrey?", dijo con fingido acento sureño.
"Quiero denunciar la desaparición de mi novio", añadió sin mirarme a los ojos. Una persona que no sostiene la mirada miente o es, sencillamente, más falsa que Judas Iscariote. Ahí estaba: una auténtica mujer fatal, con pinta de prostituta cara, como las que solíamos detener antes de la administración Obama. "Esta está metida en algo", murmuró por lo bajini la detective Julie Andrews (sí, sí, como la actriz). "Bueno, describa a su novio", dije entre dientes mientras sacaba papel y boli. "Guapo, interesante, con conversación; metro ochenta, moreno, fuerte", metralleó mientra yo me partía la mandíbula de risa. "Señorita, con esos datos podemos buscar a toda la plantilla de los Lakers, así que sea precisa, por favor", dije mientras ella puso cara de mala leche.
En fin, reconozco que esta suerte de gente me repateaba entonces y ahora, algo impropio de un poli pero heredado de los tiempos del Village, cuando fui joven y estas chicas blancas de clase alta parecía que movían el mundo, se reían de quienes éramos pobres y nos menospreciaban. Pero no por ello dejé de ser profesional. "De todas formas, señorita, si quiere un café, acompáñeme al Sturbucks, estaremos más relajados", ofrecí.
-Por supuesto, pero quiero que sepa que no puede pagarme con su sueldo.
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