25 de agosto de 2011

"La llamada perdida"



(A Mamen, donde quiera que esté)




Tenía su encanto: cuando estuve enamorado de María (a mediados de los noventa), llamaba a su casa con la intención de oir su voz; si descolgaba el teléfono alguien de su familia, inmediatamente colgaba. Si era ella esperaba: "Diga, diga...". Ahora que me he instalado en Boston, Massachussets, existe eso que se denomina móvil (celular en América) y, al menos, si se pierde una llamada, se queda registrada. Aunque, verdaderamente el encanto de aquellos días no lo cambio por la dependencia (sí, soy adicto al móvil, ¿pasa algo?) de hoy.



De todos modos, estar controlados por el móvil es una jodienda. Recuerdo, también, una perturbada que me llamaba a las tres o las cuatro de la mañana, hace seis o siete años, para contarme sus cuitas. Unos rollos patateros de mucho cuidado que a mí, sinceramente, ni me iban ni me venían. ¿Por qué nací chico bueno? Consejo: mejor ser hombre fatal, por lo menos no te agobian.



Pues ello; me instalé en Boston, City, aunque no como Nueva York. Todos los días me paso por un Sturbucks que hay cerca de mi apartamento, en esa parte de la ciudad que se parece a Roma, a una Roma americana, y me dedico a leer The Boston Globe y a escribir. Como nadie sabe que estoy aquí, los únicos sms que me llegan son de Verizon ofreciéndome ofertas suculentas y baratas que no voy a contratar; a la voz mecánica ni la entiendo ni nada, "wachi wachi nein jandenaguer". Eso sí, a la dependienta del Sturbucks sí la entiendo. Esto es huir.



El día que me rompí, que eché a llorar, que sentí todo el dolor que se puede sentir, decidí vivir de otro modo. Había que hacer las cosas de otra manera, porque también es cierto que, aunque escritor, algo vale uno, incluso aunque se vendan poco mis libros o se lean menos mis artículos en The New Yorker. Al rato ocurrió: sonó el móvil y era ella. Lo siento, no fui lo suficientemente fuerte como para coger la llamada.



Otra llamada perdida.