19 de agosto de 2011

"Viaje accidentado a Viena"



En sus cuarenta años, Romualdo (Romualdito para su mamá) no había salido del pueblo ni para ir a la capital de la provincia a hacer papeles, pues era su señora madre, doña Romualda, de ahí el nombrecito, la que llevaba en casa los pantalones, la cartera y el ordeno y mando. Así que, al fallecer esta de un constipado, Romualdo pensó que tenía que hacer un viaje largo y selecto, pues ya se lo decía su señora madre: "Romualdito, hijo, tú vales más que todas las muchachas del pueblo juntas; tú eres descendiente de la saga de los Romualdos, que se remontan a la pata del Cid y tienes un pasar, Romualdo, no te engorrinees con ninguna". Así le iba, solterón, barrigón, más bien fofo, atontado y miopito. Pero se fue a Viena con una oferta.


Lo primero que le sucedió en Viena a Romualdo (Romualdito para su avispada señora madre) fue que le mangaron la cartera, nada menos que en el Prater, ahí es nada, el parque más grande y concurrido de la ciudad. Carné, veinte mil duros (que hay que ser tonto para viajar por el mundo con veinte mil duros en la cartera), etc., etc. Como montó en cólera y no sabe alemán, se pasó toda la primera noche en el calabozo por resitencia a la autoridad.


Pero lo que más cuenta, y yo lo sé porque una vez borracho desembuchó, es que ligó en los jardines del Belvedere. Una señorita atractiva, que fumaba en boquilla, bolso elegante, taconazos, etc., etc., etc., se le acerca y le planta conversación. Él se deja querer pensando en el amor ("cuándo lo cuente en el pueblo pongo los dientes largos a la hija de la estanquera"). ¡Ay! Al finalizar el rato, la dulce señorita se expresó en perfecto castellano:


-Son quinientos euros.