Para todos los de Dartmouth College.
La primera vez que impartí una clase universitaria, hace ahora diez años, fue en un lugar muy frío de Norteamérica, casi pisando la raya canadiense. En unas clases al uso, poco habituales en el cine: no, no es eso. Mis estudiantes tenían por aquel entonces entre dos y cuatro años menos que yo, es decir, eran de mi propia generación y como tal me trataban, aunque con la corrección que les infundía saber que la calificación la ponía yo y que algunos de ellos, si no sacaban el maldito 7 perdían la beca. Aún tengo las fotos: todos, incluido yo muy sonrientes, muy jóvenes, muy alegres, carentes de quebraderos de cabeza.
Aunque ha pasado el tiempo y las nuevas tecnologías que no dominamos nos han traído Facebook, en donde habitan algunos de ellos, sus caras siguen siendo las mismas. Ya trabajan, se abren hueco en la inmensa vida que es Estados Unidos; todos y cada uno en parcelas que yo ya me recelaba por entonces; incluso con sorpresas agradables en muchos casos. Están en la treintena y el College les queda, como a mí, en la prehistoria. Nada más; es el tiempo que pasa.
Incluso me he dado cuenta que algunas de mis alumnas ya tienen hijos… ¡qué recuerdos!

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