
Hubo un tiempo en que ir a votar era un ejercicio práctico. Uno veía la tele, escuchaba los mensajes, incluso iba a los distintos mítines y preguntaba… Luego recibía las papeletas en casa, la preparaba con esmero, tomaba el DNI y se acercaba al Colegio Electoral a depositar el voto. Reconoce que en aquel tiempo era adicto a UCD: esos señores que lo hacían todo rápido, deprisa, casi apresurados; la prensa hablaba de improvisación. Le daban bolígrafos, pegatinas, chapas, mecheros…
Ahora está cansado. Ya no pone la televisión; mucho mitin, poca sustancia. Políticos aficionado, de segunda; sin fuste; sin lecturas pero con buena cartera. Todos son los mejores, sin ejercicios de autocrítica. Los adictos son todos iguales: mítines llenos de gente afín que no te pone en un brete.
“Quererme menos y votadme más”, decía Adolfo Suárez por el 82. Eso le pasa a los buenos, que siempre pierden.
En el bar hay dos o tres paisanos jugando al dominó. Hablan en voz queda, sin apenas interrupción -se oye: “la blanca doble”, y otras más…- y a la televisión no le hacen ni caso. Pide un café bien cargado, porque no ha dormido. Mira los titulares de la prensa, con descuido, encima de la barra. La tele pasa a la publicidad.
Entonces oye la mitad de la frase: “… levantara la cabeza habría menos tontería”.
Él no va tan lejos: “no caerá la breva que volviera tal… con lo preparados que estaban”.
Ahora está cansado. Ya no pone la televisión; mucho mitin, poca sustancia. Políticos aficionado, de segunda; sin fuste; sin lecturas pero con buena cartera. Todos son los mejores, sin ejercicios de autocrítica. Los adictos son todos iguales: mítines llenos de gente afín que no te pone en un brete.
“Quererme menos y votadme más”, decía Adolfo Suárez por el 82. Eso le pasa a los buenos, que siempre pierden.
En el bar hay dos o tres paisanos jugando al dominó. Hablan en voz queda, sin apenas interrupción -se oye: “la blanca doble”, y otras más…- y a la televisión no le hacen ni caso. Pide un café bien cargado, porque no ha dormido. Mira los titulares de la prensa, con descuido, encima de la barra. La tele pasa a la publicidad.
Entonces oye la mitad de la frase: “… levantara la cabeza habría menos tontería”.
Él no va tan lejos: “no caerá la breva que volviera tal… con lo preparados que estaban”.
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