
La niña mala dijo alguna vez, frente a mí: “el amor no existe”; y tranquilamente continuó sorbiendo su infusión… Miré su hermoso rostro y le respondí que “sin tus virtudes y tus defectos no serías mi musa ni te querría como eres”. De pronto, todo giró sobre otro tema.
Suena mi móvil y detrás de la llamada, un frío dígito de nueve caracteres (es que se dice así), nace una voz femenina que me suelta: “oye, amigo, dime dos o tres canciones de esas que hacen historia, de amor”. Me quedo frío y entonces le digo, “pero es que la niña mala dice que el amor no existe”. “Déjate de gilipolleces de escritor novel y suelta algo, que tengo que escribir un artículo importante para ya” (ya se sabe, esas perentorias necesidades de los gacetilleros intrépidos y jovencísimos). Entonces hago memoria (dos o tres años más de memoria que los demás, aclararé el próximo 12 de diciembre).
Allá por el mil novecientos noventa y pico, cuando yo era un inadaptable adolescente, como todos los adolescentes inadaptables de toda la vida, de la época que sean; entonces, digo, cayó en mis manos un cassette (soy de aquellos, así es la vida: enrollaba las cintas con un lápiz), de canciones clásicas… Sapore di sale, de Gino Paoli; Una lacrima sul viso, de Bobby Solo; Il mondo, de Jimmy Fontana (¡menudo vozarrón!: “Il moooooodooooo"…) y… bueno, aquel My Way de Franki Sinatra. Entonces sí, entonces el amor existía, eran María o Ana o Teresa o quien quisiera que poblara los pasillos del Instituto Beatriz Galindo.
Es cierto que el tiempo pasa y el mundo sigue girando y uno adopta a la niña mala para que sea protagonista de un poema o de un relato; uno cree que tal actriz es un portento de la interpretación (Celia, un suponer...); uno mira por la calle unos ojos llenos de hermosura. Pero, definitivamente, se baila con Don Omar y su Danza Kuduro (que se lo digan a mi amiga Encarni que incluso la adoptó conmigo como himno oficial del verano).
Y es que el mundo (y nosotros con él) hemos cambiado. Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.
Suena mi móvil y detrás de la llamada, un frío dígito de nueve caracteres (es que se dice así), nace una voz femenina que me suelta: “oye, amigo, dime dos o tres canciones de esas que hacen historia, de amor”. Me quedo frío y entonces le digo, “pero es que la niña mala dice que el amor no existe”. “Déjate de gilipolleces de escritor novel y suelta algo, que tengo que escribir un artículo importante para ya” (ya se sabe, esas perentorias necesidades de los gacetilleros intrépidos y jovencísimos). Entonces hago memoria (dos o tres años más de memoria que los demás, aclararé el próximo 12 de diciembre).
Allá por el mil novecientos noventa y pico, cuando yo era un inadaptable adolescente, como todos los adolescentes inadaptables de toda la vida, de la época que sean; entonces, digo, cayó en mis manos un cassette (soy de aquellos, así es la vida: enrollaba las cintas con un lápiz), de canciones clásicas… Sapore di sale, de Gino Paoli; Una lacrima sul viso, de Bobby Solo; Il mondo, de Jimmy Fontana (¡menudo vozarrón!: “Il moooooodooooo"…) y… bueno, aquel My Way de Franki Sinatra. Entonces sí, entonces el amor existía, eran María o Ana o Teresa o quien quisiera que poblara los pasillos del Instituto Beatriz Galindo.
Es cierto que el tiempo pasa y el mundo sigue girando y uno adopta a la niña mala para que sea protagonista de un poema o de un relato; uno cree que tal actriz es un portento de la interpretación (Celia, un suponer...); uno mira por la calle unos ojos llenos de hermosura. Pero, definitivamente, se baila con Don Omar y su Danza Kuduro (que se lo digan a mi amiga Encarni que incluso la adoptó conmigo como himno oficial del verano).
Y es que el mundo (y nosotros con él) hemos cambiado. Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.














