
Para Rosario y para Bea.
Cuando uno sale de casa en busca de un tema sobre el que escribir puede tener la mala suerte de no encontrarlo, o sí, según se tercie. En este caso iba yo predispuesto a dejar un post en blanco; quizás a poner una foto significativa (‘expresiva’, que se dice ahora: pero ya se sabe que uno debe buscar sinónimos facilitos para los políticos, no vayan a estallarles las meninges porque no comprenden), hasta que he visto en la calle a Rosario y a Beatriz, que en unos días se marchan a Polonia o, como yo les digo: Poland(ia).
Pues eso, entonces he recordado aquella vez que los nazis y los comunistas (los de Stalin, cuando pactaron con los de Berlín: por si se nos había olvidado ya) hicieron un sándwich con Polonia y ocurrió, por poner un ejemplo, lo de Katyn. Y que luego vino aquel señor que les espetó a los soldados, ante un millón de polacos deseosos de libertad: “yo sólo he venido a impartir misa”. Pues eso, que Shakespeare no me entra pero la memoria histórica… sí. ¡Ah!; y que los yanquis del Norte nos salvaron el culo.
“Spencer Tracy entra en la cocina de un chalecito de Nuremberg, en Alemania. Pide al ama de llaves que le haga un sándwich y un zumo; algo ligero, para pasar la noche rápidamente, que al día siguiente hay juicios contra los jerarcas del Reich. El anciano se queda en la cocina, para no molestar; el matrimonio también. Ese rostro bonachón, de abuelo de pelo blanco que mira fijamente al matrimonio de Vencedores y vencidos:
“¿Y ustedes no sabían nada; no sospechaban nada?”, dice el juez yanqui.
“No”, responden los guardeses.
“¿Ustedes no olían nada en el ambiente?”, insiste el juez interpretado por Tracy.
“No”, dicen de nuevo.
Es la memoria, que según para qué cosas nos falla.
Pues eso, entonces he recordado aquella vez que los nazis y los comunistas (los de Stalin, cuando pactaron con los de Berlín: por si se nos había olvidado ya) hicieron un sándwich con Polonia y ocurrió, por poner un ejemplo, lo de Katyn. Y que luego vino aquel señor que les espetó a los soldados, ante un millón de polacos deseosos de libertad: “yo sólo he venido a impartir misa”. Pues eso, que Shakespeare no me entra pero la memoria histórica… sí. ¡Ah!; y que los yanquis del Norte nos salvaron el culo.
“Spencer Tracy entra en la cocina de un chalecito de Nuremberg, en Alemania. Pide al ama de llaves que le haga un sándwich y un zumo; algo ligero, para pasar la noche rápidamente, que al día siguiente hay juicios contra los jerarcas del Reich. El anciano se queda en la cocina, para no molestar; el matrimonio también. Ese rostro bonachón, de abuelo de pelo blanco que mira fijamente al matrimonio de Vencedores y vencidos:
“¿Y ustedes no sabían nada; no sospechaban nada?”, dice el juez yanqui.
“No”, responden los guardeses.
“¿Ustedes no olían nada en el ambiente?”, insiste el juez interpretado por Tracy.
“No”, dicen de nuevo.
Es la memoria, que según para qué cosas nos falla.
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