14 de noviembre de 2008

"Cuernos retorcidos", de Joaquín Leguina


Joaquín Leguina (Villaescusa, Cantabria, 1941) es, además de político, retirado, escritor. Mi tesis doctoral iba sobre su obra literaria y fue leída en mayo de este año. Ahora ha sacado, en Ediciones Irreverentes, un nuevo libro de cuentos titulado “Cuernos retorcidos”; una imaginativa temática que ya puso en práctica en “Cuernos” (2003). Leguina es uno de esos políticos sobradamente preparados intelectualmente tanto para ejercer un puesto público como para escribir; lo hace cotidianamente y lo hace muy bien. El último cuento del libro es una brillante crítica al PP y al PSOE por no cambiar la Ley Electoral que tanto beneficia a los nacionalismos periféricos. Pero estos ‘cuernos’ son otra cosa: historias de infidelidades maritales que son la vida misma pero que nunca nos atrevemos a contar; vidas interesantes de políticos del pasado, desde el conservador Winston Churchill hasta el comunista Ernesto Guevara; una sucesión de interesantes relatos cortos que aportan al lector historias interesantes, irreverentes y retorcidas para aprender y aprehender. Joaquín Leguina es tan independiente en la escritura como criticando al gobierno socialista de Rodríguez Zapatero: lo primordial es la escritura, el arte de la palabra escrita por encima de convencionalismos; es, como dice su amigo Luis Alberto de Cuenca, un intelectual por encima de un hombre de partido. “Cuernos retorcidos” es un libro breve, que uno puede leer en dos ratos por la tarde, y en ello estriba su brillantez: en la inmediatez de lo breve, en la dificultad de moldear una palabra escrita en poca acción narrativa. Miembro de una generación de brillantes cuentistas encabezada por Luis Mateo Díez y José María Merino, Leguina nos traza un libro de cuentos imprescindible para entender el género en pleno siglo XXI. Así pues, recomiendo su lectura, pero más aún su relectura algunos días después. El martes 18 de noviembre se presenta este volumen en la Casa del Libro de la calle Hermosilla de Madrid, en pleno barrio de Salamanca.

12 de noviembre de 2008

La chica del Starbucks


Desayuno en Starbucks todos los días desde 2002. En Hanover, New Hampshire, había uno y un día entré; por todos lados había estudiantes con grandes vasos de café y muffins de chocolate o almendras; algunos de aquellos estudiantes cursaban lengua española conmigo. Luego, al volver a Madrid, vi uno de esos centros en plena calle de José Ortega y Gasset y decidí entrar de nuevo. Bueno, todos todos los días no voy, pero sí la mayoría. Por allí pululan cientos de ejecutivos (y ejecutivas, que son las que más café consumen y en las que más me fijo) y están fijos los mismos camareros. Una de ellas es Aroa. Un día iba yo al trabajo y ella estaba en la puerta de Starbucks aterida de frío porque la encargada estaba de resaca y se había olvidado de abrir (sonrisa). Ni corto ni perezoso la invité a desayunar un Cola-Cao en el vecino VIPS y allí fue donde la conocí. Ahora, cuando llego, por muy larga que sea la cola siempre me atienden el primero. También está María Eugenia, una chica de Ecuador que es compañera de Aroa. Siempre me pregunta qué tal estoy con la finalidad de adaptar mi tipo de café al estado de humor que yo tenga en ese momento. La verdad es que uno se siente a gusto en Starbucks porque lo tratan como ya no tratan a un ciudadano de la gran ciudad en este Madrid tan despersonalizado. Yo pago por un expresso un euro sesenta céntimos: no lo veo tan caro. Ahora sí, para un observador nato como yo el Starbucks es una fuente de inspiración literaria: desde la belleza de Aroa hasta las conversaciones insulsas de las ejecutivas del edificio Beatriz; desde los yanquis que ponen los pies en la mesa hasta los más mayores que no saben cómo pedir un café en un sitio tan americano. Un mundo distinto el del Starbucks.

10 de noviembre de 2008

Un viejo de Illinois y Papá Noel



Un viejo solitario de Chicago (Illinois) envió una carta a Papá Noel en diciembre de 1935, bajo la administración Rooselvet. En su carta hablaba de su terrible soledad y de las carencias por las que pasaba su vida. Requería del gordo nórdico cien dólares. Los funcionarios que recogieron la carta en la Post Office se apiadaron de él e hicieron una colecta para reunir los cien dólares solicitados y enviárselos al pobre anciano americano. Al cabo, sólo reunieron ochenta dólares. Al recibir la carta, el anciano de Illinois respondió con otra misiva a Papá Noel: “Querido Papá Noel: gracias por enviarme los cien dólares, pero la próxima vez, por favor, no lo hagas a través de correos porque me han llegado ochenta y seguramente los funcionarios se han quedado con los otros veinte”. Verídico.

9 de noviembre de 2008

A ti, una carta de amor...

Esta carta de amor va dirijida a ti, mujer, que ahora estás leyéndola. No te pido respuesta, aunque si te sientes aludida es que te reconoces en cada línea.
A ti, que me hieres con tu mirada o con tus palabras; a ti, cuyos ojos mirar con resplandor de dureza encarnada en el otoño; a ti, a quien amo preguntándome cada día por qué; a ti, que no respondes mis directas palabras; a ti, cuya hermosura me atormenta y me atenaza. A ti, sí, a ti, dirijo esta carta de amor con toda mi alma. Por que en el fondo te quiero, cada día que pasa me aprisiono más en ti, cada momento en que me vienes a la mente vivo junto a ti una tormenta de pasiones... A ti, que hacer que yo no crea en el amor pero que me rinda a él como un soldado cuando todo lo tiene perdido. A ti, que te quiero como nunca antes he querido y que me hierves densa en el deseo; por que sí, porque además de tu alma te deseo con todas las ganas que me reportan treinta años de experiencias. A ti, que me besas en otros extraños besos, pero que te arrimas mentalmente a mis pasiones desatadas a través de mis palabras. A ti, cuyo nombre no pronuncio pero que ahora estás leyendo estas palabras. A ti, amor, que te quiero, a ti, dirijo esta carta para que todos sepan que te quiero.

4 de noviembre de 2008

Delenda est Monarchia


La monarquía española nos cuesta mucho y, en mi opinión, no nos está sirviendo de mucho en los últimos años. Los reyes de España y su familia tienen una asignación en los Presupuestos Generales del Estado que les permite vivir holgadamente y realizar unos actos meramente protocolarios y, según mi criterio, poco rentables. El papel moderador que la Corona debe imprimir a la vida democrática española es inútil, puesto que las instituciones públicas funcionan y los enfrentamientos o se dirimen en los tribunales o se solventan en las urnas. Nada más. Me molesta profundamente que se llame al Rey ‘motor del cambio’, ya que sólo fue un mero indicador. El verdadero motor del cambio fue Adolfo Suárez acompañado de la batería que imprimió legitimidad al proceso: Torcuato Fernández Miranda. El Rey dejó en manos de dos de nuestros mejores políticos del siglo XX un proceso ejemplar que, si hubiese salido mal a los dos actores, hubiera costado muchos disgustos a los españoles. Pero es más; al carro del motor del cambio hay que apuntar a la inmensa mayoría de la sociedad española que, entre 1975 y 1982 actuó con la racionalidad y la madurez suficiente para sacar adelante este país. Bien, pero si aún debemos reconocer que el Rey escogió a Suárez, hoy nos sale caro, más aún la asignación a la Casa Real y a las extravagancias de la Princesa de Asturias, como aquello de ir a operarse la nariz en Suiza con médico español. Por estos días la Reina opina en un libro, y creo que debe hacerlo pues es una española más bajo un Estado de Derecho que le confiere libertad de expresión, pero... ¿por qué luego no se puede criticar a la Institución? No es el caso de que se quemen retratos y banderas por los ‘republicanos independentistas que al gobernar viven como reyes’, pero me gustaría que la prensa pueda opinar y, otro sí, que el Rey fuera otro Alfonso X al que no le tengan que escribir los discursos, pues no me gusta que lo que lee sea la opinión del gobierno de turno (del PP o del PSOE) si se supone que es neutral y representa a todos los españoles.

27 de octubre de 2008

Luis Garrido Martínez

Luis Garrido Martínez (Madrid, 1926) es una de esas figuras literarias que pasan de puntillas, para no hacer ruido, por los manuales de Literatura. Tuve la fortuna de conocerlo allá por 2004, cuando pasé por su librería de la zona más humilde del barrio de Salamanca. Luis es un escritor autodidacta, hecho a sí mismo de lecturas bien asimiladas y prosa bien pergeñada por su inquietud literaria. De joven, mientras era cartero o electricista, apuntaba en una libreta, con letra redondilla, futuros proyectos de novelas y algún que otro drama teatral. La guerra civil fue para él el eje de su vida: por un lado rompió su familia y sus esperanzas de desarrollo personal, pero aunque él no comparta conmigo esa opinión, nos regaló un excelente escritor. Ya es memorable su novela ‘Los niños que perdimos la guerra’, editada en varias ocasiones y cuya lectura moral es que todos los niños de su tiempo perdieron la guerra; todos. El magnífico talante del escritor que es Luis Garrido le ha hecho ser amigo de variados escritores, poetas, políticos; entre ellos mi muy estudiado Fernando Vizcaíno Casas, de quien Garrido llegó a escribir su mejor biografía. La prosa de Luis Garrido es sincera, bien construida -él jamás ha estudiado nada de sintaxis-, con unos personajes perfectamente reconocibles en la sociedad; su barrio, el de Salamanca, es el microcosmos literario en el que transcurren las acciones de sus obras. Pero… ¡ojo!... no es el barrio que pinta Manuel Longares en ‘Romanticismo’, es el otro barrio, desde el que se oía el fusilamiento de los represaliados por el franquismo en los años cuarenta; el barrio en el que los porteros eran clave de la sociedad; el barrio pobre de Salamanca, el que se ocultaba a las señoras ricas de la ‘milla de oro’. Garrido tiene otros enjundiosos libros como ‘El caballo del malo siempre era blanco’, ‘El hombre del abrigo largo’, ‘La guerra civil se hereda’, etc. Parece que debemos mirar al siglo XVI para encontrar en nuestras letras autores autodidactas, hombres que dan a la luz de la imprenta obras literarias basadas en la experiencia y el aprendizaje de lo que somos, es decir, de lo que leemos. Luis Garrido, entre los siglos XX y XXI, es uno de ellos. Además de todo eso, y aunque no sea muy neutral el crítico que esto escribe, Luis Garrido es mi amigo. Un doctor en Filología aprende cada día de aquello que Luis guarda en su interior y, como buen humanista, comparte con todos los que nos acercamos a la trastienda de su Librería.

26 de octubre de 2008

El vicio crítico



El valor de la palabra escrita es incuestionable provenga de donde provenga y se realice con el sentido que se realice. Gracias a Internet se está produciendo una eclosión de la crítica literaria que deriva en un mayor conocimiento de los autores en boga o en el rescate de los nombres de siempre, pero afortunadamente con una mayor enjundia crítica y valor reivindicativo. ¿Por qué soy crítico? Únicamente no porque colabore con varias revistas literarias de varios países, sino porque mi perfil filológico más que un maestro, que también soy (y no profesor porque me gusta enseñar a los alumnos la Literatura y la Vida), me ha convertido en un crítico con nuestra Literatura. Es aquello que se denomina el vicio crítico (Vid. Miguel García-Posada, ‘El vicio crítico’, Madrid, Espasa-Calpe, 2000) y lo es más si además te apadrinan nombres como Miguel García-Posada, Francisco Caudet, Luis Alberto de Cuenca, Joaquín Leguina, etc. Yo, sin embargo, acepto que todo el mundo colabore en la tarea crítica, no como desafortunadamente ocurre entre los miembros del gremio, excesivamente corporativistas y trabajadores dentro de un círculo concéntrico. Como siempre he intentado rescatar nombres que merecen la pena se me denomina anticanónico. Verdaderamente la tarea crítica está pensada para que la realicemos todos y que la pluralidad de voces críticas nos permita un mayor conocimiento de nuestras letras. Echo de menos, por otro lado, y sin que tenga hilazón con lo anterior (puesto que jamás pondría en duda la alta capacidad analítica de ambas), que, por ejemplo, las webs de Fátima Fernández Méndez o Lauren Mendinueta recojan críticas sobre nuevos nombres que ellas mismas conocen y con los que comparten en algunas ocasiones eventos; su mirada crítica sería interesante para ir conociendo las relaciones entre poetas. El valor de sus webs es altísimo y referente y por ello las reto a sacar de su fuero interno el vicio crítico que llevan dentro. También echo en falta que en www.literaturas.com saquen más literatura de aquellos que yo denomino los nuevos nombres o nos traigan a colación aquellos que las antedichas poetas rescatan del olvido, porque a veces en España desconocemos algunos valores seguros de allende los mares. El crítico debe estar dispuesto a enjuiciar la literatura de un autor y de un tiempo, pero no con benevolencia. La crítica debe ejercerse con la neutralidad que exige el valor exegético de unas letras impresas con una intención comunicativa y lúdica, y en nuestros tiempos estamos cayendo en el error de sacar a la luz todo lo que consideramos bueno: a nuestros amigos, nuestros libros favoritos y aquello que nos gusta. Por ejemplo, detesto el modo de escribir que tiene Javier Marías y el endiosamiento en el que ha caído, pues habla ‘ex cathedra’ cada vez que los plumillas de ‘El País’ lo sacan para que no patalee... Debería realizar yo, y esto es una autocrítica, un post en el que enjuiciara con perfil crítico y filológico porqué la copia de William Faulkner que es Marías es inferior al original. Y como eso todo. Hace unos años el valor de la crítica teatral de Alfredo Marqueríe era incuestionable, aunque injusto a veces, pero en nuestros días la crítica descafeinada es lo que se lleva. Aún no he leído una critica sobre Andrea Cabel en España y, eso sí, afortunadamente ‘ABCD’ se hizo eco de Lauren Mendinueta pero no de su magnífico libro ‘La vocación suspendida’. Eso es. Tampoco hay que separar al escritor humano y relacionado con un entorno y en una época de su obra: no sería justo separar al Borges vanguardista y conservador del Borges poeta y narrador, pero sin caer en el grotesco morbo de inmiscuirse en la vida privada de un autor que lo es puertas afuera de su casa.

25 de octubre de 2008

Tzvetan Todorov


Tzvetan Todorov (Bulgaria, 1939) es uno de los más grandes intelectuales europeos y de nuestro tiempo. El año pasado fue para mi uno de los más duros que he podido tener y en un momento de desazón recurrí a un libro suyo que ‘robé’ de una biblioteca privada. Ante mí apareció entonces el gran pensador que ha sido merecedor del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2008. Un gran estudioso de la sociología de la lengua y, por tanto, de la Literatura. Todorov ha publicado este 2008 ‘El miedo a los bárbaros’ (Galaxia-Gutemberg). Ese ensayo nos pone de manifiesto cómo en Europa, rotos los moldes del antagonismo entre Occidente-Oriente (tomando este último por los países del Este europeo), nos enfrentamos a la inmigración como los nuevos bárbaros. Un lúcido trabajo que recomiendo a todos para salvaguardar los principios del europeismo frente al anquilosamiento de las ideologías y los estereotipos. En caso es que el gran pensador que es Todorov y los quebraderos de cabeza que me dio tener que estudiar en la carrera a sus seguidores y no a él, tiene bien merecido el premio que los españoles le damos por estos días. La Literatura, en definitiva, puede y debe ser un compromiso personal del escritor con la sociedad a la que pertenece el lector (y esto es mío a partir de Todorov) y por tanto un medio de desarrollar una sociedad. Estas y otras cosas dice Todorov y yo lo secundo con gran interés. ¡Felicidades!