24 de enero de 2021

Tras los viejos pasos


Al llegar al viejo barrio, antes tan habitual, su paisaje había cambiado por completo. Una visita rápida me había llevado allí de nuevo. Dejé el equipaje sobre la cama del hotel y salí en busca de algún lugar en donde tomar algo; pero la apacible noche, rota por el ruido del tráfico, me invitó a pasear. Quizás la fisionomía de las calles era la misma, como también el acento de los grupos de adolescentes caminando por las amplias aceras; paré, confuso, frente a una sucursal de Fnac, en la misma acera donde ya no estaba la vieja panadería en donde comprábamos pasteles algunos días, al salir del Instituto público en donde había dado clases Gerardo Diego. Tampoco el cine de enfrente existía ya, ni el de la semiesquina, en donde recuerdo haber visto Payback. Ni la taberna de tapeo en la que comprábamos bocadillos, cuando no íbamos al Burguer -ese sí resiste-. Creí no reconocer ya el lugar: la famosa tienda de bacalao islandés, cerrada; la tienda de lámparas contigua, ídem. Incluso la vieja tintorería junto al cine, que los días de frío exhalaba calor, es ahora una franquicia de moda pija y horrorosa -sin que lo uno y lo otro vayan unidos-. Probé suerte en dirección al Retiro: los dos o tres sitios de cañas, reconvertidos en efímeras franquicias, ya no tienen gracia. Giré, ahora Goya abajo; además de la iglesia en donde en 1936 mataron a los hermanos del cuñadísimo, queda el nombre de la vía pública, casi nada más. Las tiendas de ropa son otras y la música a toda pastilla impide hasta entender la etiqueta. Se ha salvado Viena-Capellanes, la vieja pastelería de Pío Baroja y el edificio rehabilitado tras un bombazo de ETA es ahora, irónicamente, la Audiencia Nacional; incluso el enorme y viejo Instituto de Antonio Domínguez Ortiz, Gerardo Diego o García-Posada parece realmente del siglo XXI -con el frío que pasábamos allí en el XX-. Pedí un bocadillo en un Pans y decidí volver al Hotel y, quizás, a otra época entre Leguina y Ruiz Gallardón, o entre Barranco y Rodríguez Sahagún. 

20 de diciembre de 2020

El silencio ya es decir algo


Hacía frío aquella noche en el andén de Calais, pero el tren ya estaba situado en su lugar, lo cual me facilitó subir de inmediato. Llegué con cierta antelación y un muchacho de la compañía me ayudó a acomodar el equipaje sobre mi asiento; me senté y anoté todas las ideas, recuerdos y circunstancias de esos días... A mi lado pasó un eminente investigador científico norteamericano junto a su nueva pareja: ambos me saludaron amablemente y siguieron hacia los Wagon-Lits. Al poco, una azafata bastante simpática y con un excelente español me ofreció tomar algo que rechacé y la vida se fue apoderando de aquel tren nocturno, con destino a algún lugar de Europa. Tiró con fuerza y los pilares de hierro de la estación se fueron alejando, mientras yo recordaba con insistencia las jornadas anteriores. En un momento dado, pero aún no de madrugada -creo recordar ahora-, advertí una mirada enfrente; unos ojos del pasado, mil veces entrevistos, pero ahora distantes y olvidados. Ocupaba unos asientos más allá y supongo que cayó en la cuenta, tras la mascarilla, de que en el otro extremo iba yo. Lo normal en estos casos, por cortesía supongo, hubiera sido acercarme y pronunciar alguna frase de circunstancias, de esas que no te salen bien, como "¿qué haces aquí?" o "¡Qué casualidad!", incluso un "¿Cómo va todo?" No quise decirle nada. El tiempo y el silencio son buen remedio y antídoto para todo mal, dicen; y en la vida, el silencio mismo ya es decir algo.

8 de diciembre de 2020

Mask


Sin distraerme fui directamente hacia la parada del bus que une Boston con Hanover, New Hampshire. La gélida noche de noviembre apenas me permitió mantener firme la mascarilla y buscar el billete en el bolsillo. Pregunté a una joven delante de mí, sin duda universitaria por la tres maletas tamaño familiar que la delataban. En la parada quedaban carteles electorales, pero únicamente me fijé en los azules, más esperanzadores sin duda. El silencio se hizo absoluto, a diferencia del viaje anterior; algo así como si la mascarilla cortara de raíz el rollo, porque anda que no hablan los universitarios cuando viajan. El trayecto nocturno hasta el College me resultó absolutamente frío y descorazonador: en el interior del vehículo nadie habló, sin exceptuar a quienes hacían el viaje juntos. La pandemia confiere un halo de miedo absoluto cuando te ves en un lugar cerrado junto a desconocidos. De vez en cuando la chica de la fila, ahora arriba y sentada en impares, miraba hacia mí: leía Los santos inocentes, de Delibes, una de las lecturas que yo mismo recomendé antes del mid-term. Seguí avanzando sobre Tormento, de Pérez Galdós, pues las tres horas de trayecto -paradas incluidas- dan para mucho. Sonido de mensaje en mi móvil: "Profesor, ¿no me reconoce? Soy, Kate, su alumna". Levanté la mirada y, efectivamente, encima de la mascarilla esos ojos me recordaban la tercera fila, siempre tomando apuntes e interesada en la vida de los autores. "¡Qué alegría que vuelvas sana y salva!", respondí protocolariamente. Más adelante, añadió: "¿Sabe, profesor?, sus lecturas me ayudaron a pensar y me sirvieron para decidir mi voto", lo cual me alegró. En la puerta del Hanover Inn nos despedimos, hasta la primera clase, sin duda dura porque el nivel subiría. Quise ser cortés con ella y le pedí que algún día, cuando todo esto pase, me deje ver también la inteligencia de su sonrisa, sin la mascarilla, claro está. 

15 de noviembre de 2020

Al pasar de los años

Llegué a la reunión con cierta anticipación, me senté y me serví un café bien caliente. En la calle el termómetro no subiría esa noche de los cinco o seis bajo cero. Entró y, antes de mediar palabra, extendió frente a mí un diario. La vi allí, en una foto, sonriendo a la noticia. Creo que hablé con ella por última vez como quince años atrás, más o menos, según mi calendario. Efectivamente, no era la misma y es lo normal: un corte de pelo distinto, la mirada casi como en clase, las expresiones moduladas por el tiempo, supongo. Leí despacio y me mostré duro, aunque nada resentido: resulta que ha acabado haciendo justo lo contrario de lo que me dijo... Y a mí, ¿qué? Pasada la anécdota y concluida la verdadera reunión, salí a la calle, con el convencimiento de que si debo reconstruir mi antigua clase, a día de hoy habré olvidado ya cinco o seis nombres. Caminé bajo la noche, fría pero luminosa, intentando recordar algunas personas y, lo que es historia, cuándo fue la última vez que supe algo de ellas. Un coche paró junto a mí y cuando subí, ella preguntó el motivo de mi sonrisa: "¿Sabes?, quizás yo tampoco he acabado haciendo lo que dije, por eso siempre estoy de buen humor". Y nos perdimos en la ciudad. 

27 de octubre de 2020

Con tímida solvencia


Tras llegar a la vieja ciudad, donde debía participar en un tribunal universitario, irrenunciable a pesar de la pandemia, la encontré en silencio, apenas gente por la calle. Se vino la noche y en el hotel me indicaron un antiquísimo restaurante, en el cual aún servían tapas a la vieja usanza y te permitían el último bocado antes de las once menos diez. Entré al sitio y me indicaron un asiento de época; escasa parroquia, más allá de tres jubilados que rememoraban el Barça-Madrid del fin de semana anterior, una pareja de enamorados cenando algo rápido -quizás el amor apremiaba- y dos universitarias cargadas de apuntes y de libros. Tras de mí, un viaje somnoliento en un tren semivacío, los trabajos a calificar -bastante brillantes por cierto- y dos días de noticias apocalípticas, gracias a la inconsciencia de quienes se creen más arriba del bien y del mal. La madre que los... Mientras daba cuenta de un filete de ternera bastante decente, de unas patatas procedentes de la congelación y de un vino de la tierra espinoso al agarrarse a la yugular, creí descubrir tras la mascarilla de una de las jóvenes a una antigua alumna. ¡Figuraciones! Pensé que el tiempo me hace ya confundir las caras, además de los nombres que intercambio gratuitamente a la gente, como los cromos cuando era niño. Desistí. La cena bien valía su precio y el licor, obsequio de la casa. Cuando iba a abandonar aquel local, camino del hotel en busca de una buena lectura, las dos estudiantes salieron igualmente; una de ellas se giró hacia mí y con tímida solvencia dijo: "adiós profesor". Y sin pararse echaron calle arriba hacia la noche. 

20 de agosto de 2020

La mirada nunca miente

Entras en una cafetería, por escribir un lugar (qué sé yo, o en una tienda de ropa quizás, algo habitual en un verano atípico, estarán conmigo). En cualquier sitio -salvo las excepciones excepcionales- aparece alguien tras una mascarilla y te pregunta, si puede y siendo correctos a una distancia de dos metros. Accedo a ese lugar, escojo mesa a indicación del dueño, me siento y mientras llega el café entreveo a una muchacha (no sé yo calcular los años con mascarilla, aunque sin ella tampoco) cuyos ojos son hermosísimos, así como azul intenso; una mirada Mar Mediterráneo, diría yo. Conversaba con otra persona y a cada expresión sus ojos adquirían un matiz distinto: crítica, alegría, duda... Si somos sinceros nunca antes habíamos prestado la más mínima atención a los ojos de otros, a la mirada de enfrente. Ahora, con esto de la mascarilla todos decimos que sí, que nos fijábamos en los ojos; lo políticamente correcto, vaya. Creo que el cuerpo expresa aquello que la palabra esconde, así como la mirada nunca miente por mucho que la pongamos boca abajo. Aquella joven del Café, parloteando y manoteando, me mostró de lejos que la mirada va por camino distinto al de las palabras: si es cierto lo que se dice por ahí, la mirada es la palabra del alma y esta, tengo para mí, nunca contradice a la verdad. Pagué un café excelente, intenso, rápido, caliente, nada quemado y dejé una propina que compensaba la rapidez, la amabilidad y el lugar escogido: la mirada de la camarera, tras una mascarilla de diseño, mostró sorpresa. Acaso hacía tiempo que no le dejaban encima de la mesa tal propina: otra costumbre que se está perdiendo.

15 de julio de 2020

Recuerdos

Cuando paso frente a la solitaria terraza de aquel Café observo a una joven estudiante consultar su teléfono móvil. Creo que es estudiante por los dos o tres libros de alguna árida materia universitaria, el cuaderno pequeño pautado a cuadros y un Pilot al que le están entrando ganas de acabar su tinta. Recuerdo de inmediato y de golpe todas esas conversaciones frente a un café, en otras mesas llenas de gente: allí salían todos los temas, pero al final acababan en la poesía. A veces pienso, firmemente, que la poesía no nació para ser cantada al son de la lira, sino frente a un café con crítica intelectual y afinada. También me llegan ecos de esas otras conversaciones con mujeres interesantes y de ojos expresivos; advierto que no necesariamente todo el tiempo palabras de amor; ecos del decir que ahora son ya recuerdos pero que, en su día, eran esperanzas que en cada uno -tú, yo...- han transcurrido por senderos bien distintos. Es el jodido paso del tiempo, la necesaria evolución de los años, la improrrogable llegada de la madurez... Me paro entonces en el Café, me siento en la mesa contigua a la de la joven -separados ambos por más de dos metros y una mascarilla-, pido un café, saco mi dietario y comienzo la escritura: "La conocí en... y a los dos días quedamos en el Café de..., cuando llegó llevaba..." Los recuerdos lo mismo te joden que te arreglan el día, según te vengan. 

4 de julio de 2020

Estar y no estar

La calle comienza a llenarse de gente; las terrazas, imperceptibles hace unas semanas, facilitan reencuentros hasta hace muy poco imposibles... Al pasar cerca se escuchan conversaciones de puesta al día, consejos, mensajes, alusiones a terceros ausentes... Antes, toda esa gente ha ido entrando y saliendo de nuestro yo: mensajes de ánimo, llamadas o videollamadas, o lo que fuera que hayamos estado haciendo mientras leíamos, teletrabajábamos, cocinábamos y hacíamos zapping ante una televisión asustadiza y repetitiva. Pero llegó el sol y a la calle... y es el momento de pensar: ¿habremos pensado para ponernos al día con nosotros mismos? En esos momentos duros hubo gente que no quiso estar, como comentan esas dos chicas de la mesa de aquel bar; gente que era preguntada, pero que nunca preguntó a quienes les concedían unos minutos de su vida... ese tipo de gente de la normalidad constante -ni nueva ni vieja-, sólo gente del ego. El yoísmo podría ser un partido político mayoritario: ¡cuánta gente se ha olvidado de tanto en tan poco tiempo! Decían en otro Café que algunos ya no se acuerdan de los médicos, ni de las enfermeras llorando de impotencia, ni de los amigos... porque esto ha sido un desafío desconocido. ¡Da igual! El instante más hermoso es la palabra: la de los reencuentros; la de los cafés; las del amor -mientras se juega-, las del qué-fue-de-ti-este-tiempo... El silencio, como dicen, es una respuesta y la mejor actitud ante ese silencio es la indiferencia.