28 de noviembre de 2022

De Alfonso XIII a Tierno Galván. Estampas del siglo XX español


La monografía De Alfonso XIII a Tierno Galván. Estampas del siglo XX español está ya a la venta; previamente obtuvo el III Premio Internacional Cuadernos del Laberinto de Historia (2022). El jurado acordó por unanimidad premiarlo, seleccionándolo de entre un total de 43 originales recibidos de 8 países. El libro aporta un retrato de la Historia del siglo XX a través del perfil de algunos de sus protagonistas más trascendentales, desde el “rey político” Alfonso XIII hasta el “viejo profesor” Tierno Galván. A partir de una visión documentada y creo que con un estilo ameno, en él se repasan las actuaciones y anécdotas de los jefes de Estado y de Gobierno más conocidos de España, Estados Unidos o Portugal. En sus seis capítulos aparecen las complejas relaciones personales de Alfonso XIII con el líder conservador Antonio Maura, la formación académica del general Franco y de Antonio de Oliveira Salazar y el mítico carisma del alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván. Entre sus páginas se analizan acontecimientos cruciales para España como la oposición antifranquista, los proyectos de transición a la democracia diseñados por fuerzas políticas del interior y del exilio o el trascendental apoyo para España de los presidentes republicanos de EE.UU. Junto a Eisenhower, Nixon o Ford se dan cita otros protagonistas de la Historia como Ramón Serrano Suñer, Alfredo Kindelán, Dionisio Ridruejo, José Luis Álvarez, Joaquín Leguina o Ramón Tamames. Lo puedes encontrar en las librerías de Tobarra (Albacete); Librería Libros, de Hellín; Papelería Castillo, de Almansa; Librería Circus, Librería Popular y El Corte Inglés de Albacete; Librería NeblíLibrería Antonio MachadoLa CentralPasajes Librería Internacional y FNAC en Madrid; Casa del Libro en varias provincias; Librería Cervantes, en Oviedo; La Librería Ambulante en Sevilla; Puvill Libros en Barcelona; AG Library de Málaga; Babelio, Amazon, etc. 

15 de septiembre de 2022

Buscando a las musas


Amaneciendo, la desierta playa del silencioso pueblo costero recogía la espuma del mar. En mi camino, las huellas de alguien que, muy poco antes, había transitado el mismo borde junto al Mediterráneo, se iban diluyendo, como los recuerdos, como las musas, como aquellos eternos veranos de hace unos años... La inspiración me había abandonado esas semanas, así como aquellas sonrisas que traían, al menos, momentos inevitables en la canícula de los noventa, o quizás de los dos mil, cuando éramos eternamente jóvenes, sin la contaminación ruidosa de estos tiempos inciertos que, cada día, nos traen los diarios. Sea quien fuere mi musa, se fue, atenazando la escritura en soledad silenciosa, en páginas en blanco, en inciertas dudas tachadas con bolígrafo rojo. El mar aprovecha hoy la mañana para lanzar algo de ruido sobre la playa y dos o tres jóvenes se suben a la tabla, buscando la mejor ola para el surf. En el momento de buscar un café abierto, recuerdo cuando tenía varias musas, con las palabras siempre brotando todo tiempo... Igual frente a un café humeante sea el momento de poner orden a las ideas, blanco sobre negro, pues como ha dicho siempre Joaquín Sabina: "mira que las musas no aceptan excusas".

8 de mayo de 2022

Cualquier tiempo pasado...


Me queda algún tiempo en la ciudad antes de tomar el tren y esta tarde he decidido pasear por los lugares en donde tomábamos unas cañas cuando fuimos universitarios. Encuentro el barrio algo cambiado; recordaba la plaza de Santa Bárbara o la calle San Mateo, incluso Hortaleza y Bárbara de Braganza, de otro modo: con pintas absolutamente del siglo XIX. Reconozco que me sigue resultando graciosa la placa de la "Casa de tócame Roque", entre Barquillo y Belén. Entro en un sitio al que íbamos, o era más o menos por ahí, pero ahora es otra historia: ni rastro de las consumiciones baratas ni de las chicas de letras o de los alumnos de económicas, siempre endomingados, con gomina ellos y tacones ellas. Nunca comprendí de dónde sacaban el tiempo, pues me recuerdo a mí mismo corriendo por los pasillos de las estaciones de cercanías, o de la Facultad. Me viene a la mente, como de golpe, tanta gente y tanta anécdota que parece una eternidad, aunque no lo sea del todo. Ahora, en este bar bullicioso, no atino a comprender cómo podía comunicarme con la gente, cómo pude hablar de libros con mis compañeras, cómo poníamos verde a tal o cual que sabe Dios dónde estarán hoy... Tantas horas de proyectos; tantos sábados sin un duro en el bolsillo; tantos amores no declarados; tantas noches caminando bajo otro Madrid... Cuando pago a la simpática camarera, que no se sabe mi nombre -al contrario que entonces-, empiezo a pensar que no me arrepiento de ese tiempo sin móviles ni Wikipedia ni cursos de digitalización; quizás me arrepiento ahora de lo que no me atreví a decir, porque éramos eternamente jóvenes y creíamos que la vida era un momento eterno... 

24 de abril de 2022

La chica del premio

 

 
Algunas veces pensamos cómo será el momento en que nos reencontraremos con nuestros demonios personales, pero ese día te sorprende siempre sin avisar. Aquella misma mañana los demás miembros del jurado calificador del premio de investigación más importante del Ministerio decidieron que, dado mi desparpajo verbal, yo sería el presidente. Cuando la entrevista a los candidatos hacía aproximadamente quince años que no sabía nada de ella; de hecho, habíamos acabado mal, sin hablarnos siquiera después de la intensidad de los años universitarios. Confieso que estaba enamorado de ella y si no lo dije a tiempo fue porque al mismo tiempo lo estaba de otra persona. Allí estaba ella, en mitad del aula magna, con todos sus méritos, su elegancia natural, su forma de gesticular... Cuando leí su nombre y mi voz le volvió a la memoria fue cuando se quedó completamente blanca, pero pronto prosiguió su explicación con titubeante solvencia. El resto del jurado le hizo preguntas, yo sin embargo me abstuve, pero le hubiera preguntado por su silencio, algo fuera de lugar. Finalmente, la premiamos. Al día siguiente me marchaba a mi pequeña ciudad de provincia y se me avisó de que en la cafetería del hotel me esperaban; bajé y en la mesa del fondo estaba ella, asiendo una copa de vino tinto. Me invitó a sentarme, me dio las gracias -quizás porque me imaginó quitándole su premio- y me pidió una copa, que rechacé inmediatamente: "señorita, usted ha sido la mejor y lo positivo de esto es que yo no la conozco de nada". Salí sin girarme.

24 de marzo de 2022

Le atendió...


En aquel momento y en aquella ciudad escribía de noche; cada día acudía al Murphy's pasadas las once post meridiem, pretendiendo acabar allí mi primera novela. Atendía la mesa Jenny, una chica procedente de algún lugar de Europa con intención de probar suerte en ese norte aristocrático que era la ciudad. No recuerdo día alguno en que hubiera ni media docena de personas, cada una a su manera, arracimadas en la barra; en una de las mesas, únicamente mis folios, la Parker y yo. Aquella camarera no tendría más de veintipocos años y me dejaba anotado su nombre en el ticket ("le atendió Jenny"), algo popular actualmente en este lado del océano, pero no entonces. Yo no conseguía dar forma a mi novela, menos aún supe burlar las formulaciones del New Criticism; pero tampoco la muchacha ganaba más de un puñado de dólares dejados como propina por insomnes como yo, Arthur Miller o un director de banco que abría su sucursal a las siete en punto de la mañana. Ella tenía un medio novio italiano que conducía un camión por la Ruta 66 y al que nunca veía, cuidaba de un gato enfermo y vivía en un caro apartamento sin ventilación del Upper East Side, más o menos cerca de mi casa. Confieso que una noche de nieve, solos ambos en el Café, confesamos nuestras penas con un café rebajado con whisky. Entonces yo no tenía un centavo ni había publicado más de dos o tres críticas teatrales sobre Miller en The New Yorker, pero estuve a punto de pedirle que se viniera a vivir conmigo. El día que lo supe fue una mañana sin preaviso en que su compañera Dorothy me dijo inexpresiva que había sido deportada.

23 de enero de 2022

El pasado sobre la mesa

El pasado, a veces, se convierte en un incómodo presente. Aquella tarde intuí que, tras tantos años de olvido, me correspondería ocupar un lugar a su lado en la mesa del tribunal de oposición ad hoc. Mi tren había llegado con retraso a la ciudad de provincias y yo a la Facultad tras sortear un inmenso atasco. Saludé a los diez o doce opositores, ocupé mi lugar a su lado y con gesto competente fui escuchando las disertaciones orales de todos los candidatos. Mientras, recordé las horas que había pasado, años atrás, en la biblioteca junto a ella; los momentos de estudio; el brillo de sus ojos al explicarme cualquier cosa; el singular sonido de sus pasos cuando llegaba tarde y corría hacia mí... Observé cómo ahora anotaba algo en su cuaderno y me vinieron a la mente los post-it con su singular letra indicándome cualquier cosa, incluidas las fotocopias que necesitaba para sus trabajos. Cuestiones del pasado, en fin. Quince años sin saber nada y ahora, sin dirigirnos la palabra, debíamos decidir el futuro profesional de algunas buenas personas, competentes en lo suyo. En un receso necesité enviar un mensaje a otra persona, quizás para espantar los fantasmas de ese incómodo pasado. Acabó el proceso, firmé el acta y observé en sus manos el paso del tiempo, como para mí. Me despedí de todo y fui en busca de un taxi. En la puerta, la opositora número uno me pidió colaborar en mi investigación sobre... Me sentí incómodo porque algo similar pasó en... En fin, quise decirle que no, "para no cometer de nuevo el mismo error de hace quince años". Pero quince años lo cambian todo... o igual nada.

11 de diciembre de 2021

Las viejas cartas

Después de muchísimo tiempo vuelvo al pueblo y percibo que la casa guarda el frío de diez o quince años sin habitar: los demás herederos me han encargado cerrarla definitivamente, pues apenas tienen interés en ella y yo no reúno el dinero suficiente para quedármela. Enciendo la chimenea decorada con ciertas ínfulas, pues la caldera dejó de funcionar más o menos antes de la Revolución Gloriosa y me sirvo uno de los magníficos vinos de la bodega. Es el momento de sentarme en el codiciado sillón de los veranos de mil novecientos... De un cajón del salón saco antiguas cartas: aquellas misivas que intercambiaba con las compañeras del Instituto y, más adelante, de la Facultad. Noticias, vaivenes, cotilleos y buenos deseos de cuando no existía internet ni tampoco whatsapp. Confieso que me ha costado recordar algunos nombres, más claros tras salir su aspecto actual en el buscador del móvil. A pesar del tiempo, el papel está aún blanco, los sellos visibles... y el recuerdo de ir al buzón y recoger la carta o la postal; responder y esperar... Se me hace aquel un tiempo lento, pero hermoso. Aquellas letras, íes con un círculo arriba, mayúsculas adornadas... la premura del amor, la incertidumbre del reproche, guardar la carta junto a las otras... De una de ellas cae una foto de carné, con una dedicatoria por detrás: ahora caigo en que es X, casada creo y con hijos. No sé qué estudió, pero se fue a una ciudad de provincias y apenas se deja ver desde entonces... Otra me recuerda una cita para septiembre, tal día a tal hora en tal sitio: "allí nos vemos y lo hablamos". ¿Fui o no fui? ¡Joder!, aseguro que no lo recuerdo. Cogidas con una goma hay un montón de cartas de la que fue mi mejor amiga y ahora ni nos hablamos por algo que no recuerdo. La primera inercia es acercarme a la chimenea y quemarlas todas; total, no soy nadie tan importante como para que sean leídas dentro de treinta o cuarenta años... Cuando me acerco al fuego paro, lo pienso, respiro hondo, tomo un sorbo de vino y...

29 de noviembre de 2021

En una gélida noche

 

Cuando el tren se deslizó lentamente por esa estación de provincias intuí que pasaríamos la noche tirados en mitad de la nada. La nive aún caía tímidamente y el frío calaba nuestros huesos como nunca antes. El jefe de Estación nos pidió calma y a continuación explicó la situación: más allá de los montes el temporal impedía seguir ruta. Sería cosa de una única noche y en la pequeña sala habilitada para los cinco o seis pasajeros había espacio suficiente. Me acomodé junto a la chimenea, al lado de una chica más o menos joven. Se presentó como adjunta a la dirección de una compañía de Bohemia-Moravia, no recuerdo bien. Hablaba perfectamente castellano y la noche se nos pasó entre libros, comidas, viajes y otras conversaciones más o menos amenas. En aquella estación rural, cuyo nombre era algo así como Bastilia, o por el estilo, nos dieron café, pastas y varias cosas más durante la gélida madrugada. Me gustó mucho su acento, pero también sus ojos me impactaron... Cuando llegué a la capital, con tiempo suficiente para enlazar con el avión a Madrid, adquirí un mapa e intenté comprobar el lugar en donde había pasado la noche: no aparecía. Pensé que el pequeño pueblo era poco más que una aldea, nada importante. Sin embargo, la duda o la sorpresa me atenazó cuando alguien de Información del Aeropuerto me explicó que la compañía anotada en la tarjeta de mi compañera nocturna de viajes no existía. Al subir al avión y escucharlo, apenas pude creer el mensaje del comandante: "Señores viajeros, la temperatura actual en Bohemia y Moravia es de treinta grados, propia del verano local. Abróchense los cinturones y...".