15 de diciembre de 2011

"Mujer imperfecta"



Siempre habrá un terrible abismo entre las letras y las ciencias...


En la cafetería de Recoletos en donde leí la noticia la entendí como una estupidez: “Unos científicos descubren a la mujer perfecta”. Así, sin más, parece como si hubiesen hallado a la mujer biónica o la hubiesen fabricado artificialmente en el laboratorio. Pero no, después de examinar a no sé bien qué cantidad de chicas han llegado a la conclusión de cuáles deben ser los diez parámetros que debe reunir una misma mujer para ser perfecta. Y claro, como yo soy de letras y soy literato y soy profesor y he conocido cientos de mujeres, únicamente me queda exclamar algo así como “qué gilipollez”.

Hace dos días que no duermo en casa, ni siquiera en el sofá. Tarifé con ella y decidí largarme, pero por supuesto, al rato, empecé a echarla de menos. Me pasa siempre que lucho por dejarla y olvidarla y cambio de humor a los diez minutos para pensar qué suerte he tenido en conocer a mi imperfecta niña mala. Digan lo que digan los científicos, que algunos se aburren como una ostra. No respondí sus sms ni luego ella los míos y como pilló un sábado por en medio se fue con las amigas de juerga, para darme celos; lo sabe y así disfruta, aunque finalmente ella me quiera sin decirlo y con mis propias manías.

Entro en casa y descubro la realidad de los dos días: nuestra cama sin hacer y los platos en el fregadero. Mi parte y la suya sin hacer. Un manojo de cartas -generalmente de bancos- sin abrir. Mis fotos boca abajo (ella lo hace así para no verme), sus zapatos tirados de cualquier manera y la nevera vacía. Es decir, yo creo que se ha quedado a dormir en el trabajo por si llego y tiene que verme… Nuestra bronca es similar, la de siempre, la que dice que entre un hombre y una mujer no hay comunicación o debería ser una comunicación de otra manera.

Yo no sé si estoy enamorado o no, puesto que el amor realmente no existe; pero a esta tía la quiero de una manera que no sé expresar y por ello convivo con ella, pese a sus imperfecciones, al mal genio que saca algunos días o que me toque a mí hacer lo que a ella en ese momento no le da tiempo, pues su agenda es un caos. Y fui yo, libremente, el que decidí que ella era ella. Y no me arrepiento más que los días impares, porque los pares me nace de dentro decirle que es estupenda. Imagino que ella podría decir de mí mil cosas por el estilo.

Y ahora salen los tontacos de los científicos a decirme que saben que hay una mujer perfecta. ¿Y a mí qué? Si yo quiero a las mujeres con sus imperfecciones, con sus cambios de humor, con sus malos genios, con sus manías, con sus… No quiero lo perfecto: lo perfecto quiero que lo vean mis ojos, incluso lo perfecto lleno de imperfección. Mis ojos deciden junto a mi alma, no la ciencia.

10 de diciembre de 2011

"Gran Vía"

Cuando llegué a Madrid, en la prehistoria de los años ochenta, cuando adormecía ya la movida y la gente quería entrar en la jet set (que, por cierto, salió rana) la luz era tenue, gris renegrida, velazqueña. Aún teníamos pesadillas con el Caudillo y algunas cosas se decían en voz baja (¡Chissssst!): habíamos nacido hacía cuatro días y no era cosa de enredar.

Si uno viene del pueblo como yo aquel día, como si llega de Vigo, qué sé yo, se encuentra la City así a lo grande, pasmosa, ruidosa, llena de gente. Unos que van, otros que vienen, nadie que mira, todo el mundo a su bola. Gente guapa, gente fea, gente del extranjero… Claro, uno no siempre ha sido observador, o plumilla como hoy que toma nota de todo en una Moleskine para luego ponerlo negro sobre blanco. Como me decía ayer la escritora Irene Rodríguez Aseijas: “Paco, que acabemos juntos en una Redacción”. ¡La de caña que iba a dar yo! Así es todo.

Ya digo, luz negra. Hasta que toda una generación cambiamos los plomos, pusimos bombillas de bajo consumo y apareció el mundanal cosmopolitismo; luz y color, la sonrisa, el siglo XXI. Una copa aquí… ¡taaaaaaaaxi! Y todo aquello. Pero hay algo, seguro, que jamás cambiaré… ir de compras por Gran Vía.


(A don Agustín Rodríguez Sahagún, in memoriam).

"La chica del metro"



En Madrid hace frío un 10 de diciembre como hoy y en la Puerta del Sol aprecio vendedoras de lotería, que dicen llevar el gordo; unos jóvenes cogen firmas porque es el día internacional de los animales: las consignas están claras, hay que ser decentes con los animales, no más animales que las propias bestias. Más tarde, cuando salgo de la Casa del Libro decido entrar en el metro.

La Gran Vía bulle en Navidad. Mucha niña mona, al final de un puente, paseando palmito. Creo que los rostros más hermosos que he visto en mi vida los he visto en la Gran Vía. Jovenzuelas de la Universidad que van de compras… el Ayuntamiento ha limpiado lo que no puede ver el turismo. Tomo nota de algunas cosas en mi Moleskine verde, compro un manual del comentario de textos: algo moderno, algo in, made in France, y como está cayendo la mundial bajo al metro.

Me fijo en la universitaria tímida, que está claro que viene de prácticas. Lleva el bolso marrón conjuntado con las botas y esa bolsa de lona amarilla, chillona, que no le pega. Mira y me sonríe como hacía años no había visto una sonrisa así. Entra el cansino de la guitarra con una melodía desafinada, pidiendo perras en mitad de la crisis… ¡pero si estamos tiesos todos! Y tengo que apagar mi mp3 ante el estruendo guitarrero. A la chica mona de enfrente, la que lleva un bolso de imitación, la que escribe un sms probablemente al novio, le pone el tipo el platillo en los morros; ella ríe y saca unas monedas de esas rojizas y feas y se las echa.

La otra pareja son turistas. Él mira el plano y ella se sienta: es italiana, me digo, porque se parece una barbaridad a Laura Pausini, pero se bajan en Callao. ¡Mira que venir a Madrid para meterse en Cortylandia! Cuando salgo en Núñez de Balboa, mi parada, está el quiosquero, al que saludo, y en el semáforo se me pone al lado, de nuevo, la tímida del metro; con su bolsa amarilla. Entonces recuerdo la sonrisa de antes y pienso que igual me conoce del barrio.

Un día gris que se ha vuelto naranja por la sonrisa de la niña tímida de la bolsa amarilla.

9 de diciembre de 2011

"La rubia del antro de anoche"



Cuando entré en el antro aquel, un pub irlandés, todos íbamos de malditos. Una caterva de actores, actrices y músicos bohemios… Escritores del tres al cuarto que empiezan; los consagrados que hablan al whisky. Un antro de un lugar anglosajón imitado al modo español y plagado de la élite intelectual. Y allí estaba yo, buscándola a ella, aunque no la encontré. Fue cuando me iba, al pagar en la barra los veinte euros que costaron mis dos whiskys secos: un robo que dirían en Albacete.

Uno habla a medias en esos sitios: entre lo que uno debe callar y lo que entiende porque está embotado por el alcohol; se me acerca la rubia inglesa a la que he visto alguna vez en el cine. Se me acerca rápidamente y en un inglés que, realmente, entendía a medias, me dijo que si yo era el amigo de no sé qué otra chica, una pintura del Soho londinense –lo cual supe dos horas más tarde-. “No, te confundes, yo habito los mismos lugares, o casi, que Don Quijote; no soy tu hombre”. Y nos dieron las siete de la mañana, juntos, hablando en la plaza de enfrente, en un banco al frío de diciembre. Ella descalza y con mi bufanda. Yo diciéndome que a una mujer así no se la conoce tan fácilmente en Madrid y que si lo cuento no se lo va a creer nadie.

Con la resaca aparecí en su Hotel a desayunar por la mañana… pero no fui capaz. Se lo dije claramente: “no, yo no soy de esos que se toman un continental, soy un medio escritor sin un duro, y prefiero cruzar al Sturbucks e invitarte a un americano con un muffin de vainilla”. Dos desconocidos que apenas se entienden por la escasez del inglés; una rubia soñolienta sentada en una butaca, bostezando y yo con dolor de cabeza. “Tú tranquilo -me dice-, lo bueno se hace esperar”, mientras me mira, sonríe y me toma una foto con el móvil.

“Sienna -respondo con una voz de no sé de dónde-, a un Sagitario no le puedes hacer esperar”. Y comienza a sonreír como solo saben hacer las actrices ante la cámara. Prometo que la llamaré…

7 de diciembre de 2011

"Gente por sorpresa"



Siempre, siempre. Cuando el mundo cierra sus puertas en tus narices. Como entonces, como siempre. Surge de la vida una sonrisa nueva y descubres que entre tantos miles, entre tantos millones de personas como ves cada cierto tiempo, nace una sonrisa. Sí. Smile. La sonrisa suficiente de alguien distinto. Entonces me lo digo… Cuanto más cosas malas vivo y veo, más hermoso me parece todo lo bueno.


"Su habitación estaba helada"



El maestro decía siempre que el tiempo y el silencio son los mejores aliados para curar las heridas; lo decía él que tanto había sufrido en su vida: una república convulsa, una guerra civil cruenta, una posguerra plagada de hambre… me lo decía aquellas tardes de hastío del pueblo, cuando en el aula dormitábamos porque la sangre había abandonado nuestros obsoletos cerebros para alojarse en el estómago. Éramos críos. Yo ya no tanto.

Eran esos mensajes a destiempo, esas frases inconclusas, esos tiempos muertos sin decirnos nada, todo eso, lo que me hizo pensar que lo nuestro no iba bien; es más, que lo nuestro se había acabado… Me apliqué el cuento, me prometí ser feliz y hacer de todo; comerme la vida por los pies y olvidarla del todo.

Diez años después, sentado en la butaca de la consulta, ese chico viene con mal de amores, o con un trauma que le curaré pronto. Uno olvida lentamente a una mujer: el primer día es duro, el segundo piensas algo menos en ella, el tercero acabas recordando algún retazo y al cabo de un mes es simplemente un recuerdo atenuado por el Lexatin.

“No te preocupes, amigo, tengo la experiencia de que siempre se arrepienten de haberse equivocado conmigo”, dije mientras me ponía la chaqueta, en busca de un whisky y unas piernas bonitas.

25 de noviembre de 2011

Reflexión sobre la Violencia de Género




Sin ocupar tu aire, respiraré por ti (Ella Baila Sola)

Hay una forma de violencia de la que apenas se habla o sobre la cual se pasa de puntillas: la violencia verbal o violencia psicológica. Muchos hombres, con sus palabras, con sus actitudes verbales, con sus ironías (especialmente ironías en público), con sus gritos y sus manos a medio levantar, menosprecian y humillan a la otra persona. Por desgracia, prestamos más atención a la violencia física (que aparece en los medios de comunicación) que a la psicológica, que mina tanto o más, que desgasta y que derrumba a la persona cada día, poco a poco.

En la actualidad he podido observar cómo se está volviendo a usos amorosos que eran habituales a inicios del siglo XX, pero que mirados con la perspectiva de nuestros días y la modernidad consecuente suponen un retroceso significativo en la mentalidad de los jóvenes; es decir, he percibido una regresión generacional hacia cómo actuaban nuestros abuelos. Esto se traduce en algunas actitudes que se vislumbran de la siguiente forma:

1.- Se cuestiona la forma de vestir y de actuar de la pareja en sociedad; a veces, incluso, se hace ver a esta las cosas que no gustan en público, menospreciando delante de gente a la mujer: se suele hacer con ironía, con palabras hirientes pulcramente escogidas, o montando un ‘pollo’ (v. gr. ‘escenita’) en la que sale triunfante el hombre dominante sobre la mujer equilibrada. Tengo que añadir que esto es fruto de un complejo, inseguridad o trauma.

2.- Se registra el teléfono móvil. El individuo toma el aparato celular y revisa las llamadas, los sms, los textos recibidos, las fotos…, violando de esta suerte la intimidad de la pareja. A veces, la pareja se ve cohibida y no suele responder con normalidad esas llamadas o mensajes para evitar el doloroso trance de la ‘escenita’ que le producirá dolor por encima de cualquier otro síntoma.

3.- El chico tiene permiso (psicológico y social) para hacer cuanto le venga en gana en sociedad; la chica, por el contrario, debe recibir ese permiso (por ejemplo: salir con las amigas, asistir a una cena navideña,…) y si no lo obtiene debe renunciar en aras de la relación (que se esgrimirá como un todo por encima del cual están ambos) a la independencia que se tiene como ser humano, se esté emparejado o no.

4.- El individuo está autorizado para interactuar con otros de su especie; la chica no, la chica debe reprimirse de hablar con el sexo opuesto, por ejemplo. Y si lo hace debe estar presente su pareja, que supervisa la conversación.

5.- Los celos. Nadie ha descrito aún los celos como “la falta de respeto del individuo hacia la pareja”, es decir, la duda ofende y sobre todo ofende a quien se quiere, puesto que se pone en duda el respeto, la lealtad y la confianza. Los celos se usan como arma arrojadiza. Generalmente el maltratador es un celoso compulsivo, teniendo los celos como la actitud que desencadena los cuatro puntos anteriores que he descrito. Añado que desde el punto de vista psicológico los celos son un problema, pero no todos los celosos son maltratadores.

Parece absurdo que de esto se esté hablando en pleno siglo XXI, pero es así. Indiscutiblemente en los institutos hay un poso de este tipo de actuaciones que son fácilmente modificables mediante la educación y el fomento de la igualdad a través de tareas y actividades conducentes a establecer la normalidad de la convivencia. Lo peor en todo ello es la falta de solidez en la educación de casa y la mala imagen que se desarrolla por la televisión (eso que denominamos “telebasura”) en la que las mujeres se presentan casi como objetos y prácticamente como ‘algo’ sexual y los hombres como ‘macho dominante’.

Hoy, Día Internacional Contra la Violencia de Género, no sólo debemos educar en valores sino también reflexionar sobre el estado de cosas en nuestra sociedad y cómo combatir de forma efectiva esa lacra que nos sitúa más cerca de la Edad Media que del siglo XXI.

(Hoy, como se ha escrito, se celebra el Día Contra la Violencia de Género).

23 de noviembre de 2011

"Peatón versus conductor"



Un día de lluvia, tal como el de hoy. Tengo la monótona costumbre de salir a comprar el pan recién hecho y el periódico, esto último indisciplinado (un día El Mundo, otro El País; algún otro ABC; casi nunca ningún otro) y claro, viene de ello el problema.

Tú vas con las bolsas y observas que los conductores te salpican a mala leche; imagino que piensan “jódete capullo y mójate”, y es obvio que yo no tengo la culpa de sus frustraciones. Normalmente suelen circular sin luces, lo que es obligatorio. No respetan las señales de Stop y de Ceda el paso. Cuando salen (y esto es verídico: me sucedió tal que ayer) no tienen la obligatoria costumbre de mirar por los espejos: me barrunto que muchos piensan que los espejos sirven únicamente para mirarse mientras uno se hace la toilette.

Y es más, esas velocidades. En un día soleado y seco los automóviles van por el casco urbano a la velocidad que se denomina “pisando huevos, es decir, mirando hacia las aceras para ver a alguna chati mona (de tal guisa los trompazos, minichoques y demás temas de chapa y pintura); pero, claro, un día lluvioso, a toda pastilla, para mojar al personal y, de paso, frenar de mala manera y estamparse contra otro automóvil (que es, generalmente, el que circula bien).

Si yo fuera Guardia Civil, con la recaudación de un día lluvioso acabaría con el problema de la prima de riesgo.