
Desconozco la formulación y la derivación de los apellidos de otros países cuya lengua sea la inglesa, la francesa o la alemana, entre otras. En Lengua Castellana tendríamos que hablar de tres tipos primarios de formación de los apellidos desde el punto de vista lingüístico: 1) por derivación de nombres propios, 2) por asimilación de topónimos y 3) por adaptación de sustantivos o adjetivos. Respecto del primer caso sostenemos muchos filólogos que en la Edad Media y la Edad Moderna, al menos (dejando al margen cómo funcionaba la formación de patronímicos en épocas anteriores), lo fundamental era denominar al individuo por su nombre de pila (‘Martín’, ‘Sancho’, ‘Rodrigo’) y a sus descendientes se les nominaba en función del cabeza de familia, p. e.: “Mencía, hija de Rodrigo”. La Lengua Castellana, como he mantenido en ocasiones anteriores, tiende por inercia a la economía lingüística, del tal modo que la última frase que he citado “supone” una denominación larga fonéticamente, por lo que la derivación daría paso a que, en lo sucesivo, se dijese “Mencía de Rodrigo” o “Mencía Rodríguez” (el sufijo -ez de los apellidos españoles entendemos que viene a decir “de”) y de igual modo el resto de casos: ‘Sanchez’, ‘Martínez’, etc. La RAE, al respecto, es escueta y dice, en el diccionario, que es el “apellido que antiguamente se daba en España a hijos, formado del nombre de sus padres”. Esta denominación que se ha explicado afectaba generalmente a los miembros de familias aristocráticas (entendiendo por tales la realeza, la nobleza, el ejército y el alto clero), quedando el segundo caso que indicaba para familias inferiores. La asimilación de topónimos denominaba fácilmente a un ciudadano de un determinado lugar para distinguirlo del habitante de otro distinto pero con su mismo nombre, p. e.: “Juan de Segovia”, “Miguel de Madrid” (donde hoy queda “Juan Segovia” o “Miguel Madrid”); incluso esos topónimos eran menos concretos y hacían referencia a lugares del entorno, no únicamente del núcleo urbano, p. e.: “Lope de la Vega”, “José de la Sierra”. Las familias aristocráticas, para distinguirse entre sí, también formaban sus patronímicos con la unión de la derivación y la asimilación: “Rodríguez de Vera”, “Martínez de Castilla”, “Fernández de la Vega”, etc. La última de las formas de creación de patronímicos en lengua castellana es la adaptación como apellido de un sustantivo o adjetivo que se une al nombre propio, p. e.: “José Luis Moreno”, “Yolanda Castaño”, “Celia Blanco”, “Luis Herrero”, “José Hierro”… Los notables, del mismo modo que en la formulación anterior, también adaptaban su apellido a esta última modalidad con el fin de distinguirse de otros patricios, p. e.: “Ladrón de Guevara”, “Pérez-Pastor”, “Sánchez de las Brozas”, “García de la Concha”.