En aquella oficina compartíamos mesa los dos y, aunque la redacción del
periódico no era gran cosa, publicábamos noticias interesantes, e incluso alguna
vez dimos la primicia de algo con escaso recorrido. Confieso que hacíamos una
buena pareja, profesionalmente al menos, pero nuestras formas de ser, y sobre
todo de actuar, eran bien distintas. No sé si sentí algo por ella, ahora creo que sí,
pero opté por no confesarlo. Sé que mi mirada dice mucho más que mis palabras.
Casi siempre nos hablábamos poco; nos comunicábamos escasamente, reduciendo el
contacto a mirarnos fijamente. Únicamente cuando hacíamos trabajo de campo conectábamos bien. La admiraba, sí, pero entre ella y yo habitaba un
abismo enorme, pues nos separaban la edad, las lecturas, ciertos gustos y no sé
qué cosas más. La vez que publicamos el "Caso Smith" -el fingido incendio de
unas oficinas con la finalidad de ocultar pruebas de un crimen a puntos de
prescribir- fue cuando estuve más a punto de confesarle mis sentimientos... pero
no lo hice. Ni siquiera el valor que da una copa me facilitó la causa. Cuando
tres años después el periódico comenzó con sus problemas económicos, yo mismo
corté con ellos, decidido a abandonar el país y regresar a Europa. A ella no se
lo dije, no le avisé, no supe hacer lo correcto. Probablemente el miedo escénico
a que ella me pidiera que me quedase allí me hizo dejar una escueta nota sobre
su mesa, justo la tarde anterior a tomar mi vuelo en el JFK de Nueva York. Ahora
estoy aquí, sentado en otro escritorio, algún tiempo después, introduciendo su
nombre en un buscador cualquiera...
