
Otra gente desaparece detrás del miedo...

Tengo que reconocer que una de las novedades más valientes y más interesantes de la Literatura Española del siglo XXI son los editores; los nuevos e íntegros editores. Y, como he expresado en otras ocasiones, uno de ellos, y muy significativo, es Miguel Ángel de Rus (otro día hablaré de otros).


Es muy posible que, ayer, hablando sobre las lenguas de España y la “normalización lingüística” que ejercitan las CCAA, pecase de injusto en la valoración de los años de humos que vivieron el gallego, el catalán y el vasco. Es preciso que aclare que, efectivamente, institucionalmente hubo un férreo control censor sobre el uso normativo de la lengua y con más mecanismos en el caso de la Literatura (y a pesar de la creación de revistas, periódicos e instituciones como la Academia Gallega, para el caso galaico), que perjudicó un uso normal de esa lengua especialmente en los núcleos urbanos más castellanohablantes. No obstante, la tesis que sostuve o quise enunciar es aquella que incide en que las lenguas romances (o no) cooficiales en España no murieron gracias a que se siguieron hablando (sobre todo en el medio rural, pesquero, etc) contra corriente. Y que, por ello, más que una normalización férrea (gramática, ortografía, etc.) también debería realizarse una normalización académica (asunción de nuevos términos, etc) que permita que esas tres lenguas se conviertan en elementos comunicativos preferidos por los hablantes, más que sugeridos por los mismos.


¿Por qué tiene ojos de mujer fatal? ¿Por qué tienen las cosas tanta intriga? Es cierto que yo tengo el ego un poco subido; es cierto que la información vuela a velocidades indeterminadas; también es poco normal que alguien como yo no entienda de matemáticas o sea sólo competente en historia contemporánea pero... es que me bloqueo cuando miro unos ojos de mujer fatal, que son el peligro de que mi vanidad se olvide, son el lugar donde se estrellan mis incendiarias señales de humo, son, con el permiso de la audiencia, un nuevo horizonte.