Mostrando entradas con la etiqueta Maya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maya. Mostrar todas las entradas

4 de julio de 2015

Cosas de mujeres

Uno de letras ha dicho, sin motivo ni razón, que la poesía escrita por mujeres no vale nada desde el año que él ponga: para tal estupidez más vale que hubiese callado. Claro que escribo desde el otro lado, pensando que la valía -en todos los sentidos- de toda mujer es infinitamente incalculable. Esta mañana, mientras tomaba un café en Starbucks, miraba una fotografía de Belén Olavarría en Portugal, con su mirada de no haber roto un plato y el detalle de unas manos hermosas con las que escribe poesía, por cierto; de ahí he pasado a mi universo literario y vital, que está lleno de mujeres, con algunas de las cuales he tenido los conflictos más gordos que entre dos egos se puedan producir y de ello no sólo saco inspiración, sino certezas. Maya, esa chica tan alegre del Este -cada mensaje suyo tiene la costumbre de alegrar el momento-, tiene tal destreza con el idioma español, sin ser su lengua materna, que si uno no la admira debería ir a Galeras y, lo confieso, tiene además una sonrisa que en sí es poesía, como diría Bécquer. Alicia me hablaba el otro día, mientras me enseñaba su colección de Arte -por cierto, mayoritariamente por mujeres- de la creatividad de las mujeres: así que ignorarlo o menospreciarlo, si no eres tan genial como Quevedo, es algo así como ser poeta maldito, pero sin poeta ni maldito. Al llegar a casa había una joven de largas piernas en la puerta de mi casa y con la inercia que Paula me atribuye como innata al mirar (ahora que caigo: creo que mi Musa me abandona, está como queriendo cortar sus lazos conmigo...), me ha venido a la mente toda la poesía escrita por mujeres que he leído, con todos sus poemarios, premios y recitales; todos los amores y desamores que he tenido -tormentas incluidas-; la pasión de buscar una foto artística en la que la modelo mire o diga con unas manos elegantes o unas piernas hermosas como las de Maya; fotos como las que hace Elena, por ejemplo; en fin, así, mezclando ese mundo de mujeres del que dependemos, al tipo le respondería con aquella frase del gran novelista Philip Kerr: cuando los hombres nos empeñamos en poner en peligro la Humanidad, son siempre las mujeres las que lo tienen que arreglar.

30 de junio de 2015

Maya y los días de verano

La primera vez que vi a Maya --"mi nombre se escribe como el de la abeja", insiste ella-- iba vestida de azul; después, siempre que la he vuelto a ver va pegada a su mp3, así como destapando una pasión musical que yo también comparto. Su acento del Este --creo que si Sabina hablase español en Praga, sonaría con la voz de Maya-- es tan sutil que su español me parece el primer idioma que aprendió. Da igual, el caso es que si uno se la cruza por la mañana, ella ya trae puesta la sonrisa, como si al sonarle el despertador le naciese el gesto y unos leves hoyuelos en sus mejillas. Cuando yo era algo más joven, a veces me cruzaba con alguien como ella solamente en el metro y en hora punta; entonces yo, que empezaba a dar pinceladas en estas cosas de las letras, imaginaba quién y qué sería cada cual. Esta tarde le decía a la interesantísima Alicia que mi universo literario está lleno de mujeres, como lo tuve en la Facultad o en las clases de idiomas, o en las novelas policiacas o leyendo poesía... Además de mi musa y otros temas, está Maya. Si olvido las cuatro o cinco veces que he coincidido con ella, se convierte en un personaje de novela: podría ser una heroína romántica, una espía, una hacker intrépida, una exiliada política o, simplemente, lo que es: una mujer hermosa que trabaja de ocho a dos en la oficina de enfrente, se sienta mal ante el ordenador --y acabará por dolerle la espalda-- y que con su acento hace que el saludo o la despedida sea, simplemente, un rato interesante de los días de verano.