8 de mayo de 2022
Cualquier tiempo pasado...
24 de abril de 2022
La chica del premio
24 de marzo de 2022
Le atendió...
En aquel momento y en aquella ciudad escribía de noche; cada día acudía al Murphy's pasadas las once post meridiem, pretendiendo acabar allí mi primera novela. Atendía la mesa Jenny, una chica procedente de algún lugar de Europa con intención de probar suerte en ese norte aristocrático que era la ciudad. No recuerdo día alguno en que hubiera ni media docena de personas, cada una a su manera, arracimadas en la barra; en una de las mesas, únicamente mis folios, la Parker y yo. Aquella camarera no tendría más de veintipocos años y me dejaba anotado su nombre en el ticket ("le atendió Jenny"), algo popular actualmente en este lado del océano, pero no entonces. Yo no conseguía dar forma a mi novela, menos aún supe burlar las formulaciones del New Criticism; pero tampoco la muchacha ganaba más de un puñado de dólares dejados como propina por insomnes como yo, Arthur Miller o un director de banco que abría su sucursal a las siete en punto de la mañana. Ella tenía un medio novio italiano que conducía un camión por la Ruta 66 y al que nunca veía, cuidaba de un gato enfermo y vivía en un caro apartamento sin ventilación del Upper East Side, más o menos cerca de mi casa. Confieso que una noche de nieve, solos ambos en el Café, confesamos nuestras penas con un café rebajado con whisky. Entonces yo no tenía un centavo ni había publicado más de dos o tres críticas teatrales sobre Miller en The New Yorker, pero estuve a punto de pedirle que se viniera a vivir conmigo. El día que lo supe fue una mañana sin preaviso en que su compañera Dorothy me dijo inexpresiva que había sido deportada.
23 de enero de 2022
El pasado sobre la mesa
11 de diciembre de 2021
Las viejas cartas
29 de noviembre de 2021
En una gélida noche
Cuando el tren se deslizó lentamente por esa estación de provincias intuí que pasaríamos la noche tirados en mitad de la nada. La nive aún caía tímidamente y el frío calaba nuestros huesos como nunca antes. El jefe de Estación nos pidió calma y a continuación explicó la situación: más allá de los montes el temporal impedía seguir ruta. Sería cosa de una única noche y en la pequeña sala habilitada para los cinco o seis pasajeros había espacio suficiente. Me acomodé junto a la chimenea, al lado de una chica más o menos joven. Se presentó como adjunta a la dirección de una compañía de Bohemia-Moravia, no recuerdo bien. Hablaba perfectamente castellano y la noche se nos pasó entre libros, comidas, viajes y otras conversaciones más o menos amenas. En aquella estación rural, cuyo nombre era algo así como Bastilia, o por el estilo, nos dieron café, pastas y varias cosas más durante la gélida madrugada. Me gustó mucho su acento, pero también sus ojos me impactaron... Cuando llegué a la capital, con tiempo suficiente para enlazar con el avión a Madrid, adquirí un mapa e intenté comprobar el lugar en donde había pasado la noche: no aparecía. Pensé que el pequeño pueblo era poco más que una aldea, nada importante. Sin embargo, la duda o la sorpresa me atenazó cuando alguien de Información del Aeropuerto me explicó que la compañía anotada en la tarjeta de mi compañera nocturna de viajes no existía. Al subir al avión y escucharlo, apenas pude creer el mensaje del comandante: "Señores viajeros, la temperatura actual en Bohemia y Moravia es de treinta grados, propia del verano local. Abróchense los cinturones y...".
21 de septiembre de 2021
A contracorriente
Mientras espero, advierto ser el único que ha leído la indicación de la entrada ("máximo dos personas"), pues en el comercio debe haber, en ese instante, seis o siete individuos. ¡Qué más da! Además, en tiempos de dedo fácil y lectura radicalmente incomprensiva, tampoco sigo la corriente a las dos fumadoras que se ríen de la metereóloga Isabel Z. por no haber dicho lo que los memes dicen que sí dijo. Como suelo hablar con algún dato -a veces incluso con media docena-, la chica preguntó para los bomberos: "bueno, ya no como se apaga un volcán, obviamente, sino cómo
se apagan los posibles incendios que se puedan producir a su alrededor,
qué consejos les daría". ¡Qué sacaría con reíme de una persona que sabe más física que yo, por ejemplo! Sigo adelante con mi paseo, casi bajo la lluvia, saludando poco después a algunas personas, entre otras a una chica con El sí de las niñas en las manos; como me relaciona con la literatura, me explica que "está muy chulo", aunque su madre cree que los 8,74 euros que cuesta son un dineral, no así los 659 del móvil que se ha comprado tras el último, que se le cayó descuidadamente al váter. Al fin y al cabo, pensará, la Cultura está a un click de su dedo, ese del 40% de españolitos de a pie que no saben si una noticia es falsa o real o medio manipulada, por eso Reuters resalta con asombro que el estar informado cada vez va a menos, así como la indiferencia ante los ataques de la prensa. ¡Lo que estarán disfrutando algunos poderes fácticos! En esas, paro en el kiosko, compro el periódico en papel y me siento a leerlo, lentamente, tomando un café, porque la más de las veces sienta bien ir contracorriente.
28 de julio de 2021
Noche en el tren
Confundí mi billete y el tren partía en mitad de la noche, como antaño viajaban los jóvenes sin dinero, regresando a sus pueblos después de la suerte, el infortunio o la mili, yo qué sé... El andén estaba casi completamente desierto, más allá de las risas sinceras de dos estudiantes que habrían firmado esa misma cálida mañana de verano sus últimos exámenes del curso; el jefe de Estación fumaba, alejado, un pitillo necesariamente atiborrado de nicotina. Otra persona leía un best seller, el último de no sé qué famoso autor... Mientras, yo terminaba mi bocadillo de jamón y dejaba reposar el café con leche en un vaso de papel con tapón de plástico. El comboy entró diligente, ruidoso, iluminado, desierto: apenas unas pocas cabezas de perfil, como las caras de las monedas de antes, cuando además de paisajes europeos había en ellas líderes. Yo qué sé, era de madrugada en aquella estación de cualquier lugar de Castilla. Subí rápido, pues el pitidito de partida no perdonó ni los dos minutos que indica el billete que, por fea costumbre, suelo imprimir en papel. Me senté frente a la chica taciturna -o adormilada, vaya usted a saber si soy imparcial ahora describiendo- que resultó ser habladora, estudiante de letras, lectora como yo de Philip Kerr e inteligente hasta el paroxismo... Así el viaje, además de aventura, resultaba de inmejorable compañía. Paramos dos o tres veces en ciudades en duermevela y con la luz baja, perdidas entre las dos castillas y la capital del país. Cuando de amanecida me tocó bajar en una estación de La Mancha, cálida y ya medio despierta a voces, la muchacha dormía. La miré, me despedí en silencio y bajé. Poco más tarde, cuando buscaba en mis bolsillos la llave del coche, no sin antes interrogarme cinco veces cuál era la letra y el número y la zona exacta de su ubicación, me apareció una nota con un nombre, un teléfono y un "llámame, por favor".






