25 de diciembre de 2014

"Cuento atípico de Navidad"

"Estos días afloran muchas emociones -dice quien camina junto a mí-; buenas y malas, no te creas". En la calle, la algarabía es enorme: abrazos, villancicos, copas... te fijas, de reojo, en algunas personas: hay quien, hasta en Navidad, saca a pasear miradas arteras. Tú sigues a tu rollo, porque, en definitiva, te apetece poner buena cara y no es preciso seguir a nadie si no te merece la pena. Pero... tienes en mente a otra gente que no está en ese lugar e instante: esa persona tan cálida y llena de pasión; a ella, que destila ilusión y que, además, te lo hace notar... quizás eso recompense viejas miradas que no merecen la pena. Sí, ella sí que merece la pena, aunque justo ahora esté a kilómetros de ti. Sigue la tarde y pides otra copa; saludas; vacilas una conversación; otro alguien te da un abrazo, otra persona un par de besos, pero tu mente no está del todo aquí: está en la palabras que te manda... De pronto, te llega un whatsapp suyo y lo lees, con la ternura que se merece y todo lo que hay junto a ti, de repente, se queda en silencio, o como en sordina. A lo mejor esta Navidad te ha traído como regalo una persona con la que tienes mucho de qué hablar y, de paso, se lleva por un tiempo -o para siempre- antiguos nombres que están cayendo en el olvido. Sonríes y miras la foto navideña, en la que parece que la firma es una sonrisa: justo lo que vas necesitando, una sincera sonrisa.

20 de diciembre de 2014

"Olores de pueblo"

El día amanece soleado y decido darme una caminata, acompañado de mis propios pensamientos e incertidumbres y de la música de un mp3 que no tiene relación alguna con el entorno... De repente, me vienen olores del pasado: de aquellos tiempos en que yo era pequeño y por estas calles habitaban personas nacidas en el 1900 o antes. A las cebollas que servían para la matanza, para hacer las morcillas que apadrinaban un año entero las despensas de las familias o al pan recién amasado a mano, en pleno siglo XXI y para lujo de todos, en una panadería cuya ventana da justo al camino que yo sigo... Al guiso que alguna mujer mayor está realizando unos cientos de metros más adelante y que me recuerda a los que mi abuela preparaba para un regimiento entero de convidados -algunos, de piedra-; o a la colonia clásica que lleva una mujer muy mayor, a quien saludo porque me conoce por el periódico... Ahora los pueblos huelen y son y aparecen y suenan de distinta forma; no tienen aquellas estampas clásicas de olores de hogar, en donde se cocinaban todas las cosas: desde menús hasta frustraciones en silencio, desde dulces de Navidad hasta lágrimas de frustración. Cuando llego a casa, después de todo eso, decido recoger estos olores que quizás en un tiempo, breve, ya no existan; como aquella gente de entonces, que dio paso a esas chicas de ahora que huelen a vainilla a la hora del café.

14 de diciembre de 2014

"Las agendas del pasado"

Suele ocurrir en días como este, lluviosos y de soledad necesaria; te viene a la memoria un algo como de sopetón y te lanzas sobre una agenda vieja de hace algunos años, anotada totalmente, buscando en ella cómo fue aquello o cómo se llamaba no-sé-quién... Mientras no aparece lo que necesitas aclarar en tu memoria -quizás has cumplido años hace dos días y el tiempo pasa-, comienzas a extrañarte de cosas que habías olvidado totalmente: gente que conociste y ya no frecuentas... que viste en el cine esa peli que te gusta tanto y que han pasado por la televisión docenas de veces... que tal escritor estuvo hablando contigo de la novela de posguerra y, de paso, te estampó su firma en su último libro de entonces... que escribiste un mail a... y no sabes si lo respondió... o que en un mismo año estuviste en Córdoba y Granada y Bilbao y Vitoria y Albacete y... resulta que tú pensabas que había sido todo eso en años distintos. "¿De dónde sacaba entonces la energía?", te preguntas ahora que hasta hacer una 'mini-maleta' -esta expresión se la copias a una viajera que te la dijo el puente pasado- te cuesta una barbaridad por las medidas y los contenidos... En fin, que en un día soleado te largas al campo a hacer deporte o a tomar un café -y te cruzas con gente- y no te pasa; esto pasa los días lluviosos en que caminas en soledad a por el periódico oyendo únicamente tus propios pasos o te paras a mirar por la ventana el solitario mundo de ahí afuera y caes, como siempre has pensado, que tienes agendas en el cajón y las abres y te das cuenta que todos los días nos pasa algo.

8 de diciembre de 2014

"Letras a quien no las lee"

Apreté el paso, pero me detuve ante una pintada que decía: No dediques letras a quien no las lee... Llegaba tarde al desayuno de trabajo y ya fue imposible quitarme esa frase de la cabeza; me senté al final de la sala y, mientras los demás hablaban, recordé cuántas veces había enviado mensajes sin respuesta y esos otros mensajes, a través de lo escrito, que siempre te dejan la incertidumbre de si habrán sido leídos y entendidos... "Despierta, tío, que ha acabado esto", me dice una chica morena que ha estado sentada a mi lado. Empiezo a caminar hasta mi mesa de trabajo, pensando en los silencios del mensaje no respondido; en la ausencia de sentimiento en algo que se ha leído y no se ha comentado; en el trabajo que lleva pensar y terminar un texto que llegue a otro; en convertir las letras en un medio para decir cosas -las que gustan y las que no-; en definitiva, transmitir lo que yo siento. La chica, que es nueva, me escruta y vuelve a hablar: "eso de que a veces escribimos letras a quien no las lee es cierto, aunque peor es que sean leídas cuando ya es tarde", reflexiona mientras me enseña su móvil, sin respuesta a un whatsapp que mandó hace dos horas. Creo entonces en que tiene razón, en que no es lo peor ponerte ahí a escribir lo que quieres que lean, sino escribir a quien usa el silencio como respuesta, situándose en una cómoda situación de indiferencia. Me paro a pensar en qué escribir y es entonces cuando me pregunto para qué dedicar letras a quien no las lee.

25 de noviembre de 2014

"Miedo"

Eso me produce miedo; me asalta con mayor fuerza las noches de insomnio. Tengo miedo a no recordar nada algún día: a que tu sonrisa frente a mí no te pertenezca ya; a que el sonido de tu voz ya no me despierte la ilusión de aquella primera vez que lo oí; a que la cadencia de tus pasos no me traigan la emoción de tu llegada; a que no sea capaz de escribirte un relato o un poema o incluso un whatsapp; que a ti y a tus cosas no os entienda... tengo miedo a no recordar nada, a perder la memoria... A veces cojo una fotografía en la que apareces y la miro fijamente; ahí estás tú con lo que representas: sonriendo, llena de poesía y, de repente, me sorprende la angustia de que un día te acerques a mí y no sepa a quién tengo enfrente. Antes no me pasaba eso, lo confieso; pero desde que tú eres un relato en sí, me asalta la congoja de pensar en las miles de palabras que te he escrito ya y que quizás un día no pueda leer, ni recordar; que no pueda hablarle a tus hijos de lo que escribí para su madre. Tiene que ser una putada muy gorda escribir pensando en alguien y que, al final, el escritor no sea capaz ni de leer en voz alta los sintagmas que forman parte de su historia, de ti como musa -si es que las musas existen, amiga mía-. Ahora, cuando de repente veo de nuevo tu foto, solo te pido que guardes contigo estas palabras, las historias que llevan el aire de tu viento y el día que yo me pierda y no me tengas tan cerca como hoy mismo, las leas en voz alta y digas a quienes te acompañen que yo existí y que tú lo hiciste posible siempre en mis historias. Porque tengo miedo y solo estas palabras ahuyentan mi miedo.

23 de noviembre de 2014

"Mentiras con decepciones"

Robert Morris llega a la redacción del periódico en que trabajamos mucho más tarde de lo acostumbrado, con cara de pocos amigos y ni saluda ni trae el café como siempre, nada. Cuando averiguo lo que le ocurre me dice, sencillamente, que es que una amiga le miente. Los demás callamos, pero después surge una lluvia de ideas: "hay que ser muy listo para ser mentiroso"; "las peores mentiras son las que encierra el silencio" -esta reflexión me parece hasta bonita-; "antes se pilla a un mentiroso que a un cojo"..., decimos todos en voz alta y ya ni trabajamos ni nada en ese tiempo. Robert, que es un chico estupendo y un periodista inteligente, no tiene suerte con las mujeres y ahora ha caído en que su amiga, cuando le dice que tiene mucho que estudiar o que trabajar, lo hace para tenerlo lejos; pero él, que es un tipo listo, se ha dado cuenta del juego: esa chica no quiere trato alguno con él, con otros sí... lo tiene como amigo por si lo necesita, nada más. Como se sienta en la mesa de mi lado, me pregunta que cómo tengo yo ese olfato tan bueno para pillar las mentiras. "Es sencillo; hoy preguntas o dices una cosa y mañana otra cruzada -en fin, para pillar- y como quien mienta no sea muy inteligente para hacerlo, se contradirá", le digo. Él se da cuenta de que tengo razón. "Y si no -añado-, es más fácil: por la boca muere el pez. O la mentira sale sola o como aquella vez que una chica me dijo que no podía quedar conmigo porque estaba muy ocupada y no saldría; dos horas después colgó en Facebook una foto tomando un café con otra persona", le explico, insistiendo en que la mentira tiene las patas -y el tiempo- muy cortas.



20 de noviembre de 2014

"La enemiga"

Me había habituado a enviarle mensajes casi todos los días y, algunas pocas veces más, a tomar café con ella. Eran tiempos en que nos sentábamos juntos, frente a frente, y nos contábamos mil cosas... tiempos que, pienso, ya no existen... Entonces yo trabaja en asuntos públicos y un tipo que trabajaba conmigo me dijo que dejara de verla, de hablar con ella, de seguir sus pasos: "Es tu enemiga, es de ideología contraria y, con esa gente, no puedes ni hablar", exigió, más que sugirió. Claro está que, como hubiese hecho cualquiera, no le hice puñetero caso. Seguía viéndola, seguía hablando con ella de su pasión por los caballos, de la naturaleza o simplemente hablando de tonterías... qué sé yo, si entonces era estúpidamente más joven. El tipo habló con los jefes de más arriba; pretendía que ya que no había dejado esa amistad, dimitiera de lo que hacía; empezó a presionar, pero no cedí. "O te vas o te echamos, tú verás", dijo, conminativamente. De ese proceso la chica no supo nada: seguíamos hablando, seguíamos merendando café, seguíamos siendo amigos; yo, al menos, luchaba por ser su amigo. Decidí seguir mi tarea sin hablar nunca o casi nunca con el tipo que me decía que sentarse a hablar o a tomar un café o a comer con alguien que no piensa como tú es sentarse con el enemigo, como si se tratase de una guerra o de una batalla púnica. La enésima vez que me exigió que me fuera, respiré hondo, pensé en lo que más me convenía y le dije que el cargo era mío, intransferible según la ley, así que dejaría de hablar con él y seguiría mis pasos por dónde iban... y es que en la vida, o actúas o toman las decisiones por ti.

17 de noviembre de 2014

"Segundo plato"

Hasta que te das cuenta, vives de espaldas a ello. La chica entra en el sitio en que hemos quedado; se sienta frente a mí y le veo los ojos hinchados de haber llorado. Se serena ante el café. "Sí, a mí también me pasa", le digo, para solidarizarme; pero también porque me siento identificado. Algunas veces, para otros somos, sencillamente, el recambio, el plan b, lo que tiene que haber ahí por si me falla lo que quiero... La gente tiene sus intereses afectivos y tú, en muchos casos, eres un mero peón de ajedrez. "Que esté ahí, por si me la pego, que me ayude, que me escuche llorar o quejarme", debe pensar esa gente de sangre fría que juega con lo que los demás sienten. La muchacha no para de preguntarse qué falla en ella, qué ha hecho mal, qué tiene otra persona que ella no tenga... y, ante eso, complejo es quedar en calma. Me mira: es joven, hermosa, interesante en lo que dice... pero yo no soy psicólogo; soy un tipo de la calle que se toma el café en cualquier bar de enfrente. Efectivamente, en la vida hay gente que parece destinada para segundo plato, o casi. Vuelve a mirar y entonces le hablo: "Con defectos y aciertos, somos un primer plato nuevo; un entrante interesante", digo, pero ella no me entiende. Entonces decido pasar a la primera persona: "Deja que se harte del primer plato, para que se obligue a renunciar al segundo. En la vida, lo interesante lo pones tú: o entrante o postre", explico; me interrumpe, queriendo saber por qué postre: "Es muy sencillo: si soy entrante, daré lo mejor ante el apetito afectivo; para segundo que coja a otro y no se ría de nadie; prefiero ser el postre por lo dulce. Habrá que ver la cara de frustración cuando vea un postre dulce, sabroso, intenso, maravilloso y esté tan harta de picoteo que no se lo pueda comer... eso sí que jode", le digo; los ojos empiezan a chispearle, hasta que arranca una sonrisa.

13 de noviembre de 2014

"Estar plof"

Si me pagaran algo por ello, juraría que la palabra plof la inventé yo, en los años noventa o así, pero me olvidé de registrarla. Te levantas y te das cuenta de que te sientes distinta, por ejemplo; de que hay algo que no te cuadra, lo mismo da que da lo mismo, sea por amor o del trabajo o que no lleguemos a fin de mes..., eso es igual; empienzas a darle vueltas y te bloqueas. Ya están los días en que no sale el sol del todo y el ánimo baja a mínimos históricos. A veces piensas en cómo... quieres cambiar algo, o todo, o enfocarlo de otro modo. "¿Qué hago yo aquí?", te preguntas. Yo creí, antes que tú, que cambiando el final de la historia todo sería distinto, pero la vida no es una hoja en blanco que lleno de letras en negro: la vida es un pasillo y hay que ir abriendo puertas... No lo repites tú sola; ahora mismo hay no-sé-cuántos españoles que están exactamente igual -según las últimas estadísticas, claro-. No te has parado a pensar que te estoy escribiendo un cuento y... ¿cuántas veces eso te ha pasado? Es un decir, que tampoco voy a salir por esto es así y demás lugares comunes: tú eres , en singular femenino, por eso te escribo. Ahora podría estar lamiendo mis propias heridas, hablando mal de política o fregando los platos, pero me he sentido animado a escribirte; y, aquí sentado, me digo que también yo tengo la suerte de conocerte y sentarme a escribirte esto. Ya vendrán las preguntas sobre a quién le escribes que tiene días de desánimo, pero no sufras, sabré responder... literariamente. Te hablaré sinceramente -y todo el mundo sabe que no sería buen ministro de exteriores-: yo no creo que haya bache que tú no puedas saltar ni sonrisa que regalar; no creo que haya invierno en que no puedas sacar uno de tus jerseys y combatirlo, creo. Apúntate esto: detrás de cada revolución interna, viene el cambio externo... Espero que estar plof te dure poco -porque la palabra la inventé yo, recuerda-; párate a pensar, ahora, que lo que hay en este relato que vale la pena es la protagonista... precisamente , en femenino singular. Good luck.

10 de noviembre de 2014

"Salir de la cama"

"A veces no es tan fácil como uno prevé", me decía el viejo reportero tecleando en su Olivetti que, junto al cigarrillo, desafiaba la modernidad del 2014. Y es que, efectivamente, hay personas que no resultan beneficiosas para el futuro y si uno no aprende que, cuando les dedicas tiempo y no te devuelven ni la mirada, hay que olvidarlas, entonces tienes un problema. La Olivetti seguía sonando de fondo y el tipo se quejaba por lo bajo; mi rostro, desencajado por el desamor -si esa cosa existe-, me impedía responder mails y llamadas... "Oye, tío, que no existe una única persona en el mundo, menudo superávit de gente", animaba para consolar mi frustración al descubrir que la otra persona sólo se acordaba de mí cuando me necesitaba, o ni eso, que por lo demás siempre tenía algo que la ocupaba. De pronto, se levantó, trajo su silla junto a la mía en la Redacción y me interrogó. Me aconsejó la distancia y el olvido y, de paso, me explicó que siempre pasan estas cosas, hasta a quien no lo reconoce. Lo miré atento y aún quiso añadir algo antes de bajar al bar, a echarse un vino peleón: "Lo más difícil no es entrar, sino salir de la cama. Más vale dormir sólo que con la muerte", se encendió otro cigarrillo y me gritó desde el fondo que si quería un whisky me lo dejaba pagado. Decidí, ya con el whisky en la mano, que saldría de su vida y que le fuera bonito.

2 de noviembre de 2014

"Tener recuerdos"

Ahora, cada día, mi rutina me impide pararme a pensar; creo, sinceramente, que por las noches debería vivir con los recuerdos. Ella está lejos, porque a veces la distancia pueden ser kilómetros o unos cuantos metros, depende del silencio y de la sinrazón; pero siempre permanecen los recuerdos. Aunque... nunca olvido algo: la primera vez que la vi. Jamás podré borrar de mi mente aquel momento, aquella sonrisa; creo que eso fue lo que me perturbó, en el buen sentido claro; fue eso que otros llaman flechazo y que es una idiotez: sus ojos y su sonrisa no fueron un flechazo, fueron una tela de araña que me envolvió para siempre y ahí la tengo: una foto, esa sonrisa, el día que nos sentamos yo-qué-sé, a tomar un café, por ejemplo. Hay momentos que no recuerdo lo que he comido o lo que tenía que hacer esta tarde y debo mirar la agenda o abrir la nevera para recordar que comí una fabulosa tortilla de patatas o que debo mantener una reunión con la actriz que va a interpretar mi obra de teatro, una chica italiana que se apellida Rossi, por ejemplo; pero puedo asegurar que aquella primera mirada no deja de perseguirme, sobre todo en mis noches de insomnio. Un tipo me dijo que eso es una obsesión y yo le respondí que eso es tener recuerdos.

30 de octubre de 2014

"Dejarlo"

Entras en el café, arrasado por las prisas. "Un café bombón, muy largo, que hoy tengo sueño", dices a la camarera mientras buscas a los otros. Están ya allí y te aclaran que uno de ellos acaba de saludar a su ex y ésta estaba diferente. Ibas a gastarle la broma en plan "claro, sin ti no me extraña...", pero es algo gratuito y agresivo que no viene al caso. Sale el tema de quién deja a quién, cómo empieza la cosa... Tú, que apenas hablas nunca de eso, recuerdas: al recuerdo no se sustrae nadie, pero te callas. Hay cosas que no duran todo el tiempo, pero ahí están las realidades: el día que algunas cosas suenan distintas ('no puedo', 'no me da tiempo', 'no me apetece', 'no sé'... que tú sabes que sólo tienen dirección hacia ti) o son distintas (la sonrisa, la broma, el guiño, las manos...). El abismo de dos cuerpos que, de repente, se resultan extraños; las miradas que ya no se pueden sostener; la distancia abismal que hay en un único metro cuadrado... Estás a lo tuyo y te despiertan del ensimismamiento: te andas en los recuerdos... el primer día darías la vida por estar más tiempo con ella; te las ingenias para coincidir, para hacerte con el teléfono, para teatralizar que casualmente te encuentras pero, ahora, cuando decides dejarlo, te duele: ojalá no me escriba un whastapp, a ver si hay suerte y no está tomando café a dónde íbamos juntos. Cuando te hablan los otros del café, respondes: "lo que no cambian son los recuerdos, los puñeteros recuerdos, que van siempre contigo", dices casi gritando, y ellos asienten.

27 de octubre de 2014

"El encuentro"

A veces pasa, aunque las casualidades no existen. Entras en un lugar público, con la intención de tomar un café o quizás para reunirte con alguien que acabas de conocer y, de repente, allí está tu ex o como se le diga. Alguien que fue y que ya no es, explícalo como quieras. No es algo propio, nos ha ocurrido a todos. En un café, en la fila para embarcar destino Praga, en un cine... en dónde sea. Historia de algo que medio fue y se rompió; lo mismo da que fueras tú o fuese la otra persona, c'est fini. Las cosas son como son: o te haces el desentendido o tienes que afrontar un saludo -esto en el caso de que la cosa, en definitiva, no acabase excesivamente mal-. Está claro que supone un mal trago, un rato de mal rollo; te corta la respiración y te inspira un punto de mala leche: ahí estás tú pensando en qué de decir a una persona nueva que tiene para ti más interés y..., o quizás estás entrando en el túnel de embarque para un vuelo -Praga, Tenerife o el fin del mundo, eso da lo mismo- y tienes que dibujar un rictus de sonrisa, balbucir un "hola-cómo-te-va"; una conversación fingida: "ya me dijeron que...", "¿quién es esa chica a la que le escribes en el blog?" y gilipolleces por el mismo camino. Así es el encuentro, o reencuentro. Y claro, si estás conversando con alguien: "¡ah! esta es la que..."; si estás en soledad te vienen los buenos y malos recuerdos y pensamientos como qué más le dará quién sea la chica a la que yo escribo, si ella no inspira más que una tragedia griega. Despiertas... "Chico -te dice quien te acompaña-, déjalo, nadie te dijo al nacer que la vida fuera a ser fácil". Y entonces tú, fiel a las normas, le dices al camarero: "cambia el café largo por un whisky solo con hielo, por favor".

23 de octubre de 2014

"El lugar más insospechado"

La terraza del bar está abarrotada; en la mesa del fondo están los periodistas y yo me acerco a ellos con la intención de tomar un café largo, a ver qué se cuentan. "Aquí viene el escritor -dice uno-, que nos va a sacar de dudas". Me siento y sonrío. El tema está entre los ex que la gente tiene en Facebook o el lugar más insospechado en dónde has conocido a alguien. La conversación sobre los ex desvaría; no reconozco si tengo agregadas en la red social, me abstengo y digo que yo no lo publicaría. "A mí también me va más lo del lugar", dice otro. Sea entonces. Si te pones a filosofar, cualquier lugar es idóneo para cruzarse con alguien y vete tú a saber si luego ese alguien es o no es, pensaba yo mientras los otros proponían ideas para el artículo. Tocaba mi experiencia: la cosa era apotar realidades, que para otros temas está la novela. "A ver, yo qué sé: me enamoraba diez o doce veces diarias en el cercanías de Madrid a la Autónoma en mis tiempos de Facultad", explico mientras se chotean y dicen que eso es menos original que el Telediario. Tomo aire, sonrío, cojo aire y disparo: "Jovenzuelos de letra impresa, poner por caso un vagón vacío; sábado de examen; una chica guapa que se sube al tren con su carpeta, la bicicleta, el bolso y móvil -que ya existían-; tropieza, se le cae una sandalia entre vía y andén, me tiro al suelo, meto el brazo, cojo el tacón, subo a cien por hora la sandalia, suena la alarma y se cierra la puerta. La muchacha abre los ojos como si fueran la Luna y su gemela, me sonríe y dice tu eres Pe, el de mi clase de Fonética, ¿no?". Miran con cara de gilipollas y les digo: "Ahora llamáis a Nicolas Cage a ver si lo supera". Ellos pagaron el café solo largo.

17 de octubre de 2014

"Lo que llevas dentro"

A todos nos pasa, que nadie se engañe... Dejar eso que sientes o que piensas, o las dos cosas, ahí adentro, pegado al alma, creyendo que al final se jode un sueño. No decirlo porque crees que te responderán como tú no quieres; mirar, sin que la mirada deje de decir; no atreverse porque piensas que a lo mejor... ¿y si...? Son cosas que mueren pegadas al alma: al final ves transitar tus sueños hechos realidad... en otros. Después del tiempo lo que tú pensaste se mitiga -es cierto: el tiempo y el silencio, te decían-, pero, ante la duda, siempre te quedará la incertidumbre de qué hubiera pasado si se lo hubieses dicho, qué vida tendrías si hubieras escogido esa opción, en lugar de dubitar. Dejarlo pegado al alma; lo oíste en una peli, también así como con aire romanticón y reivindicativo y de mano tendida y ya nunca lo olvidaste. Te tumbas en la cama -tienes por cuenta que siente así la gente- y piensas y decides -'voy a decirle', 'tengo que comentarle', 'cuando se lo cuente'-, pero no das el paso y si pides consejo, ya sabes: unos que sí, otros que no, que dónde vas... Y al final no terminas el cuento; no tiene final, ni feliz ni triste. Eso, se queda pegado al alma y quizás haya alguien que se muere de ganas porque se lo digas de una vez.

14 de octubre de 2014

Sueños políticamente incorrectos

En mitad de la noche despierto de una soberbia pesadilla; mientras me incorporo, enciendo la luz y me cubro el rostro con las dos manos: me asaltan retazos nítidos de lo soñado. He visto a un grupo de científicos españoles -cargados de ilusión y de dignidad- realizando un vídeo para obtener beneficios para sus proyectos y me veo diciendo que quizás con los 15,5 millones distraídos por ciertos infrascritos con 'tarjetas opacas' igual se podrían cubrir sobradamente esos gastos. Veo también a un grupo de universitarias veinteañeras, de Warwik University, posando desnudas para protestar contra cierto sitio que les ha censurado esas fotos -y que, no obstante, permite por ejemplo que te ofrezcan un crédito sometido a usura, lo cual es delito o que se registren indeseables- y ellas, ni cortas ni perezosas, han hecho un calendario solidario para obtener beneficios para la investigación contra el Cáncer, que donarán a Macmillan Cancer Support. También veía a cargos en materia de Educación vendiendo las excelencias de su gestión, especialmente, intuyo en los lugares de España en donde nuestros niños estudian en barracones prefabricados, con más calor que el Sahara en junio y más frío que en Siberia en diciembre. Como la pesadilla me desvela, enciendo el ordenador y leo las noticias, lo cual al final resulta tóxico. Resulta que, en un continente como Europa, siete de cada diez directivas ha sufrido acoso sexual... ahí es donde más flipo en colores -y me indigno- para empezar. Dejo lo que hago, preparo café y me oigo decir... "pues sí que estamos bien".

6 de octubre de 2014

Sobre la mujer... trabajadora

Me quedé helado, sencillamente. En mitad del Telediario apareció una señora analizando la situación económica y se despachó con una frase para los anales: "Prefiero a una mujer después de los 45 o antes de los 25 porque, por el medio, ¿qué hacemos con el problema?" Además de que se dice 'por en medio', nos salió con que una mujer que quiera trabajar y tener un hijo pues, como que no, que en España eso no es así. Este asunto no sería más que un chiste o la impresión de alguien -libre impresión, pero ilegal- de no ser porque es una práctica que en algunos sitios es frecuente: podría citar dos casos consumados. Pero... me molestó más todavía cómo fue destejiendo su pensamiento filosófico, porque, como toda norma, tiene sus claúsulas: la buena señora dijo algo así como que "a no ser que se case con un hombre al que le gusten los niños o sea funcionario", situaciones ambas con las que me identifico.

Pienso en alguien con 36 años, por ejemplo. Después de lo chungo que está situarse laboralmente en España -se sea trabajadora de la pública o de la empresa privada-, trazarse un plan de vida con alguien y tener un hijo no se puede porque, ahora, como medida contra la crisis está que una mujer se dedique a la empresa en cuerpo y alma: la vida privada para después de los 65 y de tener hijos nada. Es el pensamiento de alguna gente de este país, de la estirpe que dedicó preciosas tarjetas de crédito opacas a los caraduras de sus directivos y tuvimos que ser los españoles los que tapamos los agujeros, incluidas las mujeres que pueden tener hijos entre los 25 y 45. Así nos va. Hay otra cosa que me repatea un poco: cuando yo escribo -u otros-, a veces lo escrito tiene efectos secundarios; ahora, a raíz de esto, con una simple disculpa y la absurda gilipollez de "se han malinterpretado mis palabras" se intenta arreglar. 
 
A mí me parece estupendo que se tenga un trabajo, un sueldo por razón del puesto y permisos de maternidad; no sólo porque me gusten la igualdad y los niños, sino porque es lo normal. Pero aún hay unos cuantos que no piensan así y hacen ruido y, por ello, voy a terminar con algo que expliqué a la poeta sevillana Belén Olavarría, que es economista: una empresa se pone como objetivo ganar 100; es decir, obtener un 100% de beneficio. Se cierra el ejercicio y sólo ha obtenido el 50%: en Estados Unidos los directivos dirían que han obtenido sólo el 50% de beneficios e invertirían un 25% en intentar mejorar para el ejercicio siguiente; en España, algunos dirían que han perdido un 50% y arreglan el balance despidiendo a todos aquellos trabajadores cuya sueldo global suma el 50% que ellos consideran que han dejado de ingresar. Al ministro de Economía se le revuelve el estómago por lo de las tarjetas, yo lo tengo revuelto de sólo ver el Telediario.

4 de octubre de 2014

"Como un teatro"

Ese ejercicio lo vi claro y lo resolví yendo a un café, no en las aulas de Arte Dramático donde me preparaba para ser director teatral. Entrar y ver a alguien que en un pasado me fue cercana; sentarte con tu periódico y fingir -es eso, por parte de ambos- que no has visto o que eres miope o que no reconoces a esa otra persona que hasta hace tan poco era habitual... Es un resorte psicológico, te dicen, autoprotección. Ante algo que sale mal, olvidar pronto. Para muchos esa persona quizá supone sueños, caricias, besos, aromas; ahora, en la realidad de los posos de café -nunca mejor dicho-, es distancia. Es una tarea teatral: como ir por la calle y evitar un saludo y decir después, si se da el caso, 'no te he visto'. Puro teatro, solo que ya sabemos que la realidad tiene la jodida costumbre de superar a la ficción. A mí me da igual, estoy aquí frente al café y no suelo fingir: ciertos silencios los escribo en una agenda verde, a modo de terapia; otras veces, me quedo fíjamente mirando para que desde enfrente sepan claramente que me he dado cuenta de su presencia, pero que paso de decir algo. Sencillamente, entre la persona que disimula y tú mismo, sólo puedes administrar tus sentimientos y, sinceramente, es demasiado trabajo.

29 de septiembre de 2014

"Algo que se desvanece"

Al final, todo será un sueño. Aquellas cosas que pretendías: un abrazo, un beso nada furtivo, la realidad de un viaje; la emoción de una cena para dos, con un buen vino blanco; quizás un viaje aderezado por el mar... Esos flashes no eran otra cosa que ritmos del sueño: ahora no te pares a pensar si fue bueno o malo; el caso es que te mantuviste en la vida mientras eso fue un guión de cine... Los ecos de sus pasos, la forma de sus manos, el timbre de su voz -con el debido acento incluido- o los rasgos de su letra, eso era; realidades que perduran mientras te vas dando cuenta de que estás dentro de la vida, planificando algo que desde mañana será el futuro, tu futuro nada menos. De repente, el ritmo y la intensidad se rompen; ya lo sabes: silencios, ausencias, puntos suspensivos... ahora caes en que alguien debió haberlo dejado escrito: las cosas ni se generan ni se destruyen, sólo cambian y únicamente dentro de un tiempo sabremos en qué sentido. Está claro: mirar y querer tener, esperar, la emoción de una palabra, la tristeza de un silencio. Su imagen ahí puesta, como una foto, en tu mente: con su sonrisa perfecta. Y zas... de repente suena el despertador, se te jode el sueño y te das cuenta de que es puro teatro, sin un final concreto y de que sientes frío, un terrible frío.

21 de septiembre de 2014

Cartas que enviaste

Termino de escribir un whatsapp, me paro en seco, pienso y parece que no fue hace tan poco tiempo, no más de quince años. La otra noche, durante una cena, alguien dijo que aún guardaba las cartas que le envié desde otro país en el que viví; yo, de igual modo, también guardo las suyas. Pero la cosa tiró por lo nostálgico cuando otra chica dijo que también guardaba mis cartas... quizás Elena o Belén o María no recuerden otra cosa que el whatsapp, el e-mail o Facebook; pero hace algo de tiempo -no excesivo ni mucho ni lejano-, si querías estar en contacto con alguien a quien no vieses exactamente todos los días, la única opción era enviarle una carta; alguna vez, incluso, alguien te enviaba su foto dentro. Aquello, tengo para mí, tuvo y tiene en el recuerdo cierta emoción: la de esperar la respuesta -ahora todos o casi todos enviamos el whatsapp y todos o casi todos intuimos si se ha leído o no y si tendrá o no tendrá respuesta-... claro está que guardar tanta carta requiere espacio; muchos whatsapp por bonitos o intensos o interesantes que sean, se pierden; como se pierde la intensidad y el romanticismo de la letra escrita -para eso hacíamos caligrafía-... A veces, en clase, alguien pregunta: "¿Y tú qué hacías para ligar?" La respuesta deja descolocado al personal: "escribir una carta". Y te miran como si tú fueses Charles Dickens y en tu escritorio, en lugar de un ordenador, hubiese un tintero y una pluma de ganso. La vida...

18 de septiembre de 2014

"Cuando íbamos en tren"

Antes de este tiempo, cuando íbamos en tren a la Facultad y las miradas furtivas eran un juego divertido, estábamos menos preocupados por el futuro; claro está que entonces nadie nos tosía, ni nos bombardeaba con noticias malas. Esta mañana, mientras escribía a mano algunas notas, suena el teléfono: uno de esos números desconocidos que siempre pienso que no debo coger. De fondo, una voz femenina que no me suena de nada; pero cuando dice el nombre, el lugar, la época y dos o tres nombres más... digo que sí. Le falta la chispa y la energía de entonces, pero sin duda es familiar. Veinte minutos apocalípticos: todos o casi todos parados, con proyectos vitales rotos, divorcios, cuernos o rupturas complicadas, deudas de cierto nivel... "La crisis", concluye, así como dando por supuesto que unos tiempos como estos son lo normal. Explica que me llama porque, en definitiva "tú siempre fuiste el más optimista de todos". Necesita hablar con alguien y pedir ayuda. "¿Te acuerdas que siempre dijismos de ti que si venían tiempos malos, serías el único que sobrevivirías?", me pregunta, pero yo no lo recuerdo. Otro alguien habló con ella un día en un parque de Madrid, mientras tomaban una caña para dos, porque resulta que son más pobres que entonces... "¡Cuánto me gustaría verte bajar del tren y oírte decir que serás ministro de Educación!" -rememora mientra yo escucho en silencio- "o bromear en clase de morfología con tus palabras de argot" -se le quiebra la voz mientras escucho y me pone la carne de gallina- "y que me acompañes a casa por la noche y yo no te premie con un beso, que ahora sí te daría", continúa... Te quedas helado e incierto, porque en definitiva tú también has cambiado. Cuando cuelga se produce la sensación de que en el fondo todo aquello fue estupendo, pero lo habías olvidado. 

16 de septiembre de 2014

"Engañada"

Algunos días el café adquiere un tono ácido, que produce dolor de estómago; tengo para mí que no es por culpa del propio café, sino del entorno. En la mesa de al lado hay dos chicas que hablan de cómo alguien las ha borrado del Facebook y ellas se lo toman como una derrota atroz: a punto estoy de decirles que eso muestra inmadurez en quien procede al borrado. También estoy a un paso de decirles lo que Napoleón ("a enemigo que huye, puente de plata"), pero prefiero permanecer en mi sitio: yo también tengo mis fantasmas, como cualquiera, sólo que el resto prefiere hablar de lo bueno, incluso inventando. Aunque lo más extraño me llega cuando casi estoy a punto de pagar el desayuno para irme al ordenador. Entra ella, con los ojos vidriosos, como de haber llorado; me ve y pide permiso para sentarse... Hasta el día de hoy era una de esas mujeres que te califica en función del físico o el dinero -lo demás no cuenta-, luego no sé si tomarlo como un cumplido. Hablamos de lugares comunes hasta que sale el tema, que yo esperaba porque tiene pinta de ser de las que sacan algo a cambio; de lo contrario tiene otra gente para el café. El quid de la cuestión está en que el novio -con el que se va a casar pronto, pues viven juntos no sé cuanto-, se fue tal noche a la Feria de tal sitio y se lió con tal persona -cama incluida- y ella, enterada, está que se muere. Como llevo las gafas hoy, las pongo casi en la punta de mi nariz y me digo "¿ehhhh?", con tono de a mí qué me importa. O sea, un lío de cuernos que no me interesa nada de nada. Luego pienso que, desde Calderón hasta nuestros días, ha existido eso que se dice justicia poética... cuando se va, el camarero recita un 'pobrecica', al que yo le respondo que no le vendrá mal a la chica empezar a mirar a la gente como seres humanos y no como seres inferiores.

13 de septiembre de 2014

"La excusa del maletero del coche"

A veces creo que el ingenio español aún tiene mucho que decir. Cojo el coche y me voy a otra ciudad: allí he quedado con una amiga y, frente a un café, nos vamos a poner al día de nuestras vidas y milagros. Cuando llego, frente a la cafetería en que hemos quedado veo su coche aparcado y el maletero totalmente abierto, con una salvedad: dentro no hay nada. Primero pienso en no decir nada, puesto que el café se alarga, nuestra conversación también y la complicidad ante el fracaso y el acierto... pero, justo cuando voy a marcharme me surge la duda -la inquietud y el cotilleo, seamos sinceros- y, entonces, le pregunto. "Es sencillo -responde-, como apenas hay aparcamiento en esta zona, lo dejo en la puerta, abro el maletero, entro y me tomo un café contigo y, si por casualidad viene la Policía, les digo que estoy descargando", concluye, con su sonrisa de niña buena y sus ojos de mujer fatal.

11 de septiembre de 2014

"Decirlo de una vez"

Estoy prepararlo para decirlo, sencillamente porque es el momento; el instante de afrontar la realidad, de explicarlo; de analizar cierto egoísmo de la gente... Hay personas que tienen miedo a intervenir en público: yo no. No me molestan los nervios en el estómago ni la mirada penetrante del auditorio; mucho menos si voy a decir la verdad. En este caso debo dejar claro que me molestan sus jueguecitos, la indiferencia y la mentira. Jugar a parecer siempre me ha parecido -valga la redundancia- una estupidez y una máscara de teatro. Las personas podemos aguantar los juegos y las inercias de las personas durante un tiempo, pero no todo el tiempo. Quien quiera estar conmigo, que lo esté; quien quiera que yo esté sólo para los malos momentos o en las soledades de otros, debe entender que no, que eso lo decido yo. Quien tenga amigos de primera y conocidos de segunda, que los tenga; si soy conocido -o somos- de vez en cuando, desaparezco y punto. Mosquea esa gente que se considera sublime y clasifica a los otros, así como estableciendo categorías; porque ese mismo hecho ya implica inseguridad y no somos los demás los que estamos cuando se nos llama después de haber ignorado nuestra llamada, sino cuando queremos estar. ¿Qué derecho hay en criticar a los poderosos -con sus vanalidades, injusticias y gilipolleces- si hay gente que es como ellos? Si tú no tienes ni tiempo ni ganas para mí, ¿de qué te extrañas si me olvido de ti?

10 de septiembre de 2014

"Solo de piano..."

A veces, las mejores decisiones -o las peores, según el resultado final-, las tomo con música de fondo; y si es con un solo de piano, mejor. ¡Tanto tiempo!; tanto, de espera, que ahora cuando decides dar por perdida la partida -nunca la batalla, eso jamás...-, necesitas de la música porque si no te invade la duda. Cuando ella nació, yo ya quería ser John Kennedy, pero me quedé por el camino: nadando entre la esperanza y la poesía. No está mal para un aprendiz de norteamericano, no queda mal en tu haber pretender ser un todopoderoso político con pase a ciertas camas de Hollywood; ...y quedarte atrapado en unos ojos de mujer. Ojos que, después de un tiempo, sabes y tienes claro que miran hacia otro lado. "¿Y a ti qué?", resuena al fondo -quizás es la voz de tu conciencia-. Pongo una sesión dance de los '90 y eso sí que sube el ego: uno no puede parar por los jueguecitos de nadie, lo mismo da que sea una carta de Hacienda que unos labios que jamás vas a besar. Quizás lo que nadie sabe es que el beso recíproco se lo pierde ella también, sobre todo el día que necesite un tipo que la despierte de verdad, cuando las arrugas dibujen la parte más baja de sus ojos. ¡Ay!, ahí se necesita un poeta... pero tú ya estarás lejos, terriblemente lejos -a veces, como el solo de piano, por suerte-. Sí, esta música me describe una realidad distinta y debo escribirlo, porque hay miles de personas que deben romper lazos, ataduras, toxicidades que no las llevan a puerto bueno. La diferencia es que yo, con música, lo digo; otros no: quizás hasta lo lea quien tiene que leerlo.

6 de septiembre de 2014

"Deslumbrar"

Al principio creí que la inteligencia y la conversación me servirían; pasó el tiempo y creo que me equivoqué aquella tarde en que dije que no quería pertenecer a la gran masa que duerme o que bosteza. "Mucho me temo -comenté en aquel café- que el mérito, el encanto y la conversación ya no sirven de nada: o haces ostentación del dinero o la gente no te tomará en serio". Los presentes fliparon; un escritor, frente a su whisky, nunca puede aseverar eso, sencillamente porque no nunca tendrá un puto duro. A no ser que... (decía un diplomático conocido mío que hablar de dinero es una ordinariez). Recuerdo cómo en un pequeño pueblo de La Mancha, hablando de Historia con unos amigos, un tipo que había cerca de mí en la barra soltó: "tú saca a la calle el coche bueno que tienes, no ese Renault Clío que llevas a todas partes y entonces se fijarán en tí las tías...", así de burro, así de directo fue el susodicho. Quizás fuese una rabieta, quizás que uno se siente perdido en el marasmo de nuevas generaciones cada vez más metidas en las redes sociales, yo qué sé... el caso es que deslumbrar, lo que se dice deslumbrar con la inteligencia, con la conversación ya no sirve para abrirse paso en cualquier situación. Pero es igual, los escritores seguimos siendo los viejos roqueros que pensamos que el libro en papel tiene aire romántico, que una buena conversación vale más que mil whatsapp o que mirar fíjamente a los ojos a una mujer -y sentir esa timidez que se siente- todavía vale más que mil mensajes...

4 de septiembre de 2014

"El horóscopo"

A la hora del desayuno -café, obvio- me cruzo en el diario la sección del Horóscopo. Verdaderamente nunca reparo en ella; es más, para mí pasa siempre desapercibida, pero hoy he decidido ver de qué va la cosa: "Sagitario: procure no mantener relaciones sexuales hoy, tendrá problemas", escribe el periodista a cargo de la columna. Vaya, pues sí que estamos bien... El café se va a enfriar mientras proceso la r-e-c-o-m-e-n-d-a-c-i-ó-n. "Tauro: tenga cuidado con los Sagitario, son moscas cojoneras"; después de leer esto último, empiezo a pensar que el periodista se ha levantado con el pie izquierdo contra los nacidos en diciembre. Claro, que si uno sigue...: "Cáncer: no preste dinero a los Sagitario, nunca lo recuperará"; "Aries: déjese agasajar por los Sagitario, son extraordinarios aduladores" y así todos... Llegados a este punto, uno se lo toma por el amor propio y empieza a indagar en cómo los astros pueden determinar que se puedan tener problemas por mantener relaciones sexuales un día laboral, bajo el calor sahariano que impera, con setenta mil facturas y recibos que abonar, con la tensión por los suelos, con sueño, etc; o en qué se basan los astros para saber que uno no devolverá sus deudas... En esto el que más debería opinar es Rojas Marcos, el hermano psicólogo, no el político, porque si uno no tiene la cabeza serena, no hay horóscopo que valga... Total que decido seguir otros veinte años sin mirar esa sección, a cuenta de cuando era adolescente y el horóscopo tampoco acompañaba; así el café será más reposado.

1 de septiembre de 2014

"Pesadillas"

Quizás sea por el sabor de la derrota que queda al despertar, pero jode tener una pesadilla; nos dicen que los sueños pueden hacerse realidad, pero sería una cabronada que las pesadillas pasasen del subconsciente a la vida... A mí que no me jodan, pero gracia no me hace despertar empapado en sudor, vencer la monotonía de un cuerpo ausente al lado y, encima, que la tía del sueño se haya ido con otro, o haya mentido, o ambas cosas juntas. Y encima si vas a un psicoanalista te va a sacar la pasta por decirte que eso es algo que llevas en el subconsciente. Ni subconsciente ni leches: me jode tener pesadillas y punto. Se te fastidia el sueño y, ya despierto, oyes al fondo un perro ladrar, la sirena de la poli, los ronquidos de algún tipo que duerme con la ventana abierta y, para colmo, te pasas todo el día siguiente dándole vueltas al puñetero sueñecito de las narices: ¿por qué mentiría la tía en el sueño?, ¿a ver para qué oculta esas cosas si son lo más normal del mundo?, ¿por qué me mentirá con la confianza que hay? Así vas por la vida el día después, no digas que no; rayándote a tope, que ni el café te salva del bajón. "Oye, tío, que sólo es una pesadilla; no juzgues a los demás por un sueño", te dice la de la oficina. "Claro, como ella es mujer: dándole la razón encima", sueltas en plan machista; después te avergüenzas. Y cuando vas a tomar la cuarta taza de café -peor que los yanquis, te lo digo yo-, la misma chica de antes, que es inteligente de verdad, te dice desde el fondo: "menos mal que habías decidido olvidarla para siempre, porque si fuese lo contrario y encima por un mal sueño, invades Polonia"; con razón ríe.

29 de agosto de 2014

"Fijarse mal"

La sensación es rara cuando, de repente, descubres que te has equivocado de persona... Eso, sin duda, descoloca. Sentado delante de un café esperaba la llegada de una vieja amiga escritora, la cual me iba a contar que su chico la había dejado o engañado o... y yo tenía que hacer de psicólogo, como siempre me ha tocado. Tampoco uno es maestro en eso, pero dicen ciertas mujeres que sé escuchar; debe ser esa mezcla entre detective y escritor que llevo conmigo. Las relaciones pesonales son jodidas y, quien afirme lo contrario, no tiene puñetera idea. Ahí estaba ella, con su llanto, con sus problemas, con la soledad esa que queda después de una relación truncada; que parece que el mundo se hunde y lo que realmente ocurre es que te da una nueva oportunidad. "Pues anda que no hay ahí labios que besar, abrazos que dar, emociones nuevas que vivir", le dije. Nada, caído en saco roto. Ya sé que los egos se recomponen despacio; que el orgullo de haberse fijado mal en alguna persona permanece, pero la vida te sale al encuentro, como el título de aquella novela. De poco le serví, creo; de poco mis palabras y mis consejos -los de un inepto, como cualquier escritor-, pero parece que un resorte se le encendió cuando se me escapó un "anda mujer, que hay ojos que se enamoran de legañas". Sonrió y entonces le conté cómo en un pueblo de Segovia, al que huí refugiándome de un desamor, un viejo del sitio que no me conocía, me dijo: "anda muchacho, que eres tú mucho pollo para tan poco arroz". Y es que, ciertas cosas, las llevamos escritas en el alma y se nos leen en la mirada.

26 de agosto de 2014

Corredoras

Cae la tarde en un pueblo de la España interior y salgo a caminar por ese retazo de lugar que separa la pureza de la civilización, con todas sus indiferencias y sus rencores. Es el momento de escuchar música, de poner en regla las ideas, de caminar solo con mis pensamientos, recordando de fondo los versos de Lope: "a mis pensamientos voy...". Ellas se cruzan mientras corren, con ese aparato adherido al brazo, que yo pensé que servía para contar pasos, pero que, como me ocurre a mí, introduce en sus almas la música. Algunas me saludan, son conocidas, quizás hasta me leen o, simplemente, se alegran de que el circuito de carreras a pie está concurrido. Otras pasan a lo suyo, como corresponde a deportistas. No es ninguna moda, es un hecho: atrás quedaron los días en que una mujer, después de casada, se encerraba a cuidar de la casa y de los hijos; tiempos de sombras, letras escarlatas que son ya Historia. Es un momento concurrido, más que muchas noches de sábado, por parajes que el invierno borra de la memoria. Corredoras similares a las de otros sitios; apenas se diferencian de las que a la misma hora y bajo el mismo ocaso hacen idéntico ejercicio en Central Park, en el Retiro o en Hide Park; con una salvedad: estas tienen apellidos más cercanos.

22 de agosto de 2014

"Mujeres de entonces"

Mientras espero el inicio del ensayo, dentro del camerino y frente a un café, suena el teléfono; alguien me dice que tengo una entrevista con una dama de noventa y pico años que vivió la guerra civil... es un reportaje para el periódico. Entran y salen las actrices (también los actores, claro está, pero ellos no son parte de esta historia) y a mi mente me vienen incluso y de golpe mis mujeres vividas, con más o menos desacierto; empiezo a pensar en aquellas otras mujeres de entonces... Nada más terminar la guerra tuvieron que callar y las que llevaban un muerto pegado al alma no podían hablar, ni de llanto ni de depresión ni de amor siquiera; 'depresión' era, incluso, sinónimo de rechazo y ostracismo... y más para una mujer. La señora de noventa y tantos años se quedó sin el marido a los dieciocho, porque lo fusilaron por rojo. Me dice que aún recuerda, algunas noches, su respiración y su olor, pero que del paso del tiempo quizás se confunde. No tuvieron hijos, pero ella le guardó luto eternamente: "nadie se hubiera casado después con una roja, viuda de rojo y menos conmigo, que ni me daban trabajo en el campo", dice sorbiendo su descafeinado. Voy tomando nota, mientras la alegría de sus ojos va contando el paso del tiempo; yo, además, le pregunto por Suárez: "ojalá hubiera llegado antes el muchacho, que se portó muy bien", me dice, entristecida porque hace poco que murió. Del hambre, de los insultos y de los trabajos que tuvo que hacer para salir adelante habla poco, así que le hago un par de fotos y nos vamos. Pago y cuando salimos la espera una sobrina; es el momento que ella elige para decirme algo: "búscate una chica de esas tan estupendas de hoy y no dejes de quererla como si fuera el último día que vas a compartir con ella...", dice, tras darme un sonoro beso en la mejilla. Me quedo frío y pienso que no quiero que nunca el olor de ninguna mujer sea sólo un recuerdo.

19 de agosto de 2014

"El día después"

Antes o después tenía que pasarte. Un día, de pronto, te levantas y todo te es diferente: imagino que debe suceder en el momento de mirarte al espejo. Esas bolsas debajo de los ojos, bajo la vista cansada; el sabor del café ahora eternamente distinto y de igual modo las calles no te parecen las mismas, como la neutralidad de los centenares de caras que te cruzas. El sabor del alcohol nocturno es indefinido, tirando a malo y lo que antes no te gustaba de una mujer ahora te parece eterno. Hay quien lo llama hastío de lo monótono (piensas el nombre de quien lo oíste), pero crees que esto no es más que dar ahora el paso adelante o morir. Coges un bolígrafo y lo que vas a escribir no te vale; de repente te has vuelto más exigente. Antes, incluso, oías el sonido del teléfono móvil de vez en cuando y ahora decides que muchos mensajes son para más tarde. Vuelves a la música de los noventa y quieres engañarte a ti mismo pensando que es la que más te gusta, pero no es así; sencillamente quieres volver a los dieciocho otra vez, con el rodaje que tienes hoy y, en definitiva, eso es tan imposible como que tú consigas el Nobel: estás aquí y ahora y todo empieza a cambiar para ti, de formas, de olores y de sabores... Ni siquiera es la vejez, porque tus manos se conservan firmes... es el momento de renovarse o morir, de decir lo que ayer callabas y de callar lo que ayer decías. Supones, mientras buscas un libro de psicología, que es la madurez, pero el libro dice que estás sereno y en el momento de dar el paso adelante. Nada del miedo al miedo mismo, sencillamente.

17 de agosto de 2014

"Chicas con alas de demonio"

Esta fría mañana de agosto, en Praga, el café está casi desierto y, de pronto, me llega del alma el recuerdo de sus manos. Después de todo, nadie puede decirme que no fue un sueño y que sus pasos y su sonrisa apenas fueron una ilusión. Que no digan que no: una jodida mañana, como esta fría de agosto en Praga, despiertas del sueño y caes en que ni todo es tan hermoso ni todo está aún hecho... El café va bajando, pero ya está frío. Anoche en el Hotel Piramid, con un whisky en la mano y la compañía de escritores checos, caí en la cuenta del poco tiempo que dedico a mucha gente importante y el mucho rato que gasto en prestar atención a gente que no vale la pena: lo confieso, a veces elijo las novelas y las compañías por la fachada y descubro que dentro no hay nada, absolutamente nada, que me interese de verdad. Es como la sensación de vacío que queda cuando la conversación telefónica ha sido una mierda y piensas que a ver para qué has perdido el tiempo en mantenerla a desgana. El café de la mañana me pone las pilas, me hace pensar y decido que la próxima vez que me fije en una chica hermosa, con alas de demonio en la espalda, me cojo un tren al infierno y la dejo plantada.

13 de agosto de 2014

"Días de engaño"

Uno no puede creer que, a veces, después de tanto tiempo, pueda reencontrarse con algunas personas del pasado. Él, el alma del grupo, el tipo que lo organizaba todo, estaba cariacontecido en aquel bar; le brillaban algunas canas en el cabello y su mirada era una mezcla de distracción y amargura. Repasamos a los demás del grupo: tal se ha casado, cual tiene ya dos hijos, no sé quién se fue a vivir a Segovia... en fin, cosas así. "Mi chica me engaña: creo que no me dice la verdad y de entre lo que dice, nada es claro ni sé a qué atenerme con ella", comenzó, para proseguir sin dejarme musitar al menos: "Soy su segundo plato; creo que ella sólo quiere tener claro que yo estoy ahí y si le sale mal con el otro, que voy a recoger sus pedazos y la voy a ayudar a recomponerse", continuó. Claro, ante eso y por mucho que uno se haya sentido igual alguna vez, no hay palabras que valgan: el café me raspaba la garganta al oír al jefe del grupo convertido en un tipo hundido. "Me contesta de mala gana, apenas hacemos cosas juntos, muchos ratos ni habla y siempre dice estar ocupada; creo que esto se acabó", musitó triste mientras terminaba su café con leche. Y yo ahí, sin decir ni saber decir nada, por muchas letras que sepa. "Igual es demasiada mujer para mí", zanjó. Como me tocaba hablar, pensé que lo mejor era optar por la psicología: "Amigo, es más posible que tú seas demasiado hombre para ella que al revés", comencé. Entonces la poesía me echó un cable, como siempre: "también es cierto que un amigo poeta siempre ha dicho que el precio del engaño es el olvido".

11 de agosto de 2014

"La otra mitad"

La sorpresa te atrapa en la persona más insospechada. Aquel día el periódico me envió a cubrir una noticia de segunda categoría, en un pueblo alejado de las vías principales. Cuando llegué, el resto de chicos de la prensa ya se había instalado en lugar privilegiado y mi originalidad y mi éxito vino de su mano: una chica hermosa, terriblemente joven, inteligente y tímida. Fue ella la que me indicó cómo llegar al lugar oportuno, para ser yo el primero que hiciese la fotografía. Nos hicimos confidentes, delante de un café y de sus labios oí palabras sobre mí que jamás podría esperar de una mujer. Supe, más tarde y después de que saliese corriendo para que nadie se enterase de que ella y yo fuimos aquel día los primeros reporteros del país, que es una escritora en ciernes, una mujer cuyas historias atrapan a cualquiera... Desde entonces la llevo en el recuerdo; aunque todavía me turban sus palabras: "que nadie sepa que tú y yo somos sólo uno, o de lo contrario jamás volverás a saber de mí". He cumplido la promesa y muchos días creo verla entre la gente de un tren, en un avión, en la Gran Vía... quizás entre esa gente de playa que sale en el Telediario... Otras veces creo que es sólo un fantasma, aunque me envíe en sobres color azul esas fotos suyas, de espaldas, sin mostrar el rostro, con las que quizás me recuerda: "no olvides que yo soy tu otra mitad".

10 de agosto de 2014

"El mal sueño"

El pueblo me cogía de paso, así que giré el volante, viré hacia el cruce y entré al pueblo en que me crié y del que me fui para estudiar, veinte años atrás. La vieja pensión, frente a la casa familiar, seguía allí, solo que no la administraba la misma gente y ahora, en lugar de una barra de linóleo, la adornaban el mármol y una televisión plana; un cartel indicaba que, con una clave, podías acceder gratis a la Wifi. Después de cenar quise tomar un whisky en un viejo tugurio en el que nos emborrachábamos los estudiantes que íbamos a irnos a estudiar a la gran ciudad o a la mili. El desvencijado edificio aún seguía allí, con su letrero a punto de caer al suelo y la suciedad inmemorial de su fachada. Entré y, al fondo de la barra, quise reconocer a una antigua novia que me dejó para irse con otro que, a su vez, la dejó para irse con otra... Estaba guapa, pese a esos veinte o veintidós años transcurridos. Me acerqué un poco y como unos diez minutos más tarde ella cayó en la cuenta: "¡Ah!, el escritor... He leído en algún sitio que te han dado un premio hace algunos días, ¿no?", me dijo, con ese aire de superioridad que ponen los que siempre sienten complejo de inferioridad. Cerca de la mañana nos dimos un beso, pendiente supongo: cada uno se fue por donde había venido. Al día siguiente iba a pagar cuando caí en la cuenta de que no recordaba su nombre. La muchacha que atendía la pensión me miró como a un bicho raro: "¿El Pub? Creo que está usted confundido, señor: ese edificio lo derruyeron hace años y ahora es un parque", dijo, como si se dirigiese a un loco. Como insistí, empezó a tomarme por uno de esos poetas malditos de la Francia del siglo XIX: "La hija murió en un accidente de coche el dos mil, así que se debe confundir usted con otra persona, señor...", añadió mientras me pedía que firmase el recibo de la VISA. Salí... y al subir al coche empecé a comprender que estaba caminando entre un mal sueño y una pesadilla.

7 de agosto de 2014

"Mis letras y tus ojos"

Hay demasiado silencio entre mis letras y tus ojos. Hace un año, por idéntica canícula, de vez en cuando tú me decías algunas cosas que yo iba tomando prestadas para la novela de tu vida; entonces, cualquier cosa que me contases era materia literaria. Ahora, cuando mejor me conoces y yo aún sigo sin saber quién eres, hay una evidente distancia entre tus pasos y aquello que anoto en mi agenda verde. Ahí afuera la gente sufre las consecuencias de unos tiempos dominados por la lluvia ácida y, sin embargo, me paré a ver en ti a una chica de novela. Confieso que a ratos me oigo decir "cuando se lo cuente a..." y, al instante, tú no estás, pero la historia de paro, o de desamor, o de fracaso que me cuentan sigue ahí y yo debo sacar una palabra de ánimo, una sonrisa de cariño para esa gente que lo pasa mal... tan mal como que exista un oscuro silencio entre mis letras y tus ojos. Ni siquiera sé si me lees, pero yo sigo saliendo a la calle y es allí en donde me encuentro una realidad social que me desborda, un panorama que a veces quisiera contarte en primera persona frente a una copa, que es cuando tus ojos se ponen fijos en mis labios y me escuchan... Quizás hayas dejado de ser tú o yo me esté volviendo más duro, o quizás es que la realidad cambia las cosas y el deseo se queda para otros tiempos. Ya no es lo mismo, porque existe un nítido silencio entre mis letras y tus ojos.

4 de agosto de 2014

"El silencio de tu ausencia"

He olvidado el sonido de tus pasos y el dibujo de tu rostro, con la sonrisa incluida. La vida tiene estos extraños giros, de pronto, alguien como tú, se va, sin decir adiós y sin cerrar la puerta... No sé qué pusiste en la maleta ni qué fue lo que te infundió indiferencia, pero ya casi no existes: no oigo tus palabras ni recuerdo tus ojos mirarme fijamente; apenas sé ya cuál es el sonido de tu nombre; ni siquiera, a destiempo, suena un mensaje tuyo... ¡Nada! Te fuiste y tu respuesta es el silencio de tu ausencia. Ya no te espero, no debería esperarte: posiblemente jamás nos volvamos a ver, frente a frente, tú y yo; quizás ya nunca sepamos el uno del otro esas cosas que queremos saber y aún ignoramos; es probable que algún día, en un sueño o una pesadilla, se aparezca tu cuerpo y quedes relegada a esos instantes de ansiedad tan malos, que pasa uno en soledad. Tú fuiste tan importante, que cada letra que escribía entonces llevaba tu perfume y ahora, no sé por qué el destino tiene estas cosas, apenas nos hablamos. No sé si es que tú has huido, o yo estoy muerto, o simplemente el calor del verano ha roto la cuerda que nos unía. Ya sólo me queda el silencio de tu ausencia.

1 de agosto de 2014

"Mentiras"

No, el mundo ya no es puro teatro: el mundo ya es pura mentira; falsas apariencias, las caretas del Carnaval que te presentan a una persona que es quien tú crees que es, pero no quien realmente es. Las mentiras que son el silencio y el silencio que los poetas llaman indiferencia; jugar con las palabras, para hacer creer simplemente, no para creer en realidad... Es como esa foto en blanco y negro que me pasa María: yo sé que es María, pero cualquier otra persona puede decir que no es ella; otra mujer, con el mismo cabello largo: así es la realidad, nada de teatro, mentira... Decir algo, o contar algo a medias, intentar asegurarse la aquiescencia de todos con los que, realmente, no se puede quedar bien... "No puedes amar plenamente a dos mujeres; a una sí, con la otra la engañas...", dijo un personaje en un relato. Así es... No puedes hacer creer que te vas a América a trabajar si realmente vas a huir de la realidad, que no es tu deseo, por ejemplo. Mentiras; mentiras por todos lados y, las que más duelen, mentiras de gente que tú quieres o crees que te quieren a ti y, simplemente, mienten: en silencio, con palabras, en la distancia, con indiferencia... ¿Y ante eso? Únicamente esperar...

31 de julio de 2014

"Miradas"

Lo bueno que tiene viajar en verano son las miradas que te cruzas. Uno coge un vuelo, o un tren... y allí existen miradas. Es cierto, dicen, que hay miradas que engañan y personas que se engañan con las miradas; pero los ojos de la gente, mientras te dicen o te hablan, son la alerta de quien tienes delante. Junto a ti, en un vuelo, se sienta una muchacha que, de vez en vez, te mira de soslayo; otras ocasiones, eres tú mismo quien la miras... o en la fila para acceder al vuelo, con destino Hungría, por ejemplo; en un tren en Atocha... Ojos de mil colores, con la intensidad de la mirada, con el mensaje que te dice ("te he visto", "te conozco de algo", "me suenas", o... "me gustas": parecen decir esos ojos azules o verdes o de intenso marrón) o, simplemente, el chequeo de alguien a quien pegarse, para que el viaje no sea tan aburrido, con la canícula en la calle y mil historias de verano. A veces, dicen los poetas, esos ojos parecen pedir "ven, que aquí espero" y tú, como si nada, das una vuelta hasta que ecuentras la frase exacta para iniciar la conversación... Lo peor, añaden los que saben, son las no-miradas, la gente que no te mira... Al fin y al cabo, si quien te mira te envía un mensaje, quien no lo hace dice lo contrario.

27 de julio de 2014

"En otros labios"

Hay gente que no sobrevive al silencio; hay seres humanos, en fin, que no soportan el cambio de pareja, besar de nuevo, incorporar a su cama un cuerpo desnudo nuevo... Hay quien cree que cuando la monotonía se convierte en una enfermedad crónica se cura con Aspirina... Tú te crees que si no vuelvo a escribirte jamás no podré seguir siendo sin ti; que mis historias no tendrán la misma vibración o ritmo o lo que narices tengan, si algo tienen. Lo que jamás has pensado es que hay más ojos que me leen y labios que me besan; quizás ahora mismo haya alguien que esté leyendo esto mismo y piense que lo mejor es coger la maleta y cambiar de región; o que esté haciendo un pastel para mí; o que me mande un emoticono por whatsapp que demuestre su conexión... Es posible que no duermas pensando que yo no duermo por tu recuerdo, que tan lejano queda: quizás es en el momento en que someto en mi cama el cuerpo terso y joven de una nueva amante, con besos que saben a vino nuevo en sábanas nuevas... Quizás te rías sentada en un café, pensando en que un escritor se desnorta sin ti -y otros sin otras como tú- justo en el momento en que me sorprende la chica de mi cama, que además me pide agua al amanecer y quien quizás sea infinitamente más hermosa y más leal que tú y su cabello y sus manos me envuelvan en poesía, la poesía que tú jamás habrás leído.

20 de julio de 2014

"Una sonrisa y un café"

María; se llama así, no sólo porque lo ponga la placa que lleva puesta, sino porque lo ha dicho ella misma. La misión de un escritor es mirar la realidad... por eso, como María no deja indiferente, el primer día que me atendió, con esa sonrisa suya que pone cuando la mañana casi aún no ha comenzado, miré el ticket ese que te dan en Starbucks cuando pagas... y lo comprobé. Después, mientras que ella prepara un café estupendo, uno se entera qué estudió; qué hace en un lugar como ese, a esas horas tan intempestivas en que solo pululan por la calle los brokers que provocaron la crisis y que van estirados como si jamás hubiesen roto un plato... Es cierto que jode un poco que mientras todo el mundo dice estar de vacaciones, María y yo estemos ocupados, pero no está tan mal, después de todo, empezar el día con una sonrisa y un café... Hay días que buscamos aislarnos, no dejarnos ver, olvidar algo o a alguien... y, sin embargo, otras mañanas a uno le resultan distintas, con esa sonrisa de María y el café que prepara...

19 de julio de 2014

"Pensar tu nombre"

En las noches de insomnio; a pesar de que los días van caminando contra el calendario y yo con ellos y con el esfuerzo por olvidarte... En esas noches, cuando me levanto, aún recuerdo perfectamente tus ojos y las líneas de tu rostro; el aire de tus pasos y el acento de tu voz; cómo mirabas hacia mí o cómo gesticulaban tus manos al hablar... El dolor del recuerdo, como el dolor del recuerdo de la historia de cada se humano; como la decepción de no ganar una apuesta... Así, en esas noches que camino hacia la nevera y me sirvo un vaso de agua bien fría, con la ciudad al fondo, tras la ventana; con la intensidad del tiempo y de las ganas por borrar de la memoria todo eso que supone un nombre determinado; a pesar de ello, podría dibujarlo todo de ti... Y lo obvio de la noche es, como dijo Luis Cernuda, que pensar tu nombre envenena mis sueños.

16 de julio de 2014

"Sola tú"

Sola tú, de espaldas; ahí. Quizás el día que se supo que una mujer de 17 años es capaz de decir cosas que jamás dirá una chica de 37... Sola tú, en mi memoria, como en el poema de Panero; una mujer que transmite cariño y ternura en el instante preciso, como el flash de una cámara de fotos. Ahora que todos creemos que no existe gente así como tú, estás tú; sola tú, para decir cuando es preciso escuchar, cuando necesito que me escuchen... No; no creas que eres la mejor sólo porque lo repito yo: lo eres porque no hay muchas más como tú; eternamente tú, revolviéndote en mi memoria. Ahí, de espaldas, para que nadie te sepa, para que nadie te envidie, para que este cuento sera eterno y lo lean los hijos de los hijos de tus hijos, recordando tu sonrisa y tu saludo, siempre la palabra precisa en el instante oportuno (no como otro mundo; tú sola, singularmente única). Ahí, en el recuerdo, en mi memoria sola. Hoy, una noche de verano, poco shakesperiana, en mi memoria sola; tú en mi memoria, tus palabras siempre, siempre tu voz y sus mensajes.

13 de julio de 2014

"El pantalón corto"

Quizás haya sido ese paisaje humano captado por Vanessa Winship en sus fotografías; o el paseo Recoletos hacia abajo; o la poesía en movimiento bajo mis brazos; quizás sea la joven de la Brasserie Lipp de París, allá por 1969; a lo mejor mantener una conversación por whatsapp entre Madrid y Albacete con alguien interesante; o los hombros de la mujer de la fotografía, de espaldas y sentada en su escritorio... Todo ello o nada, lo que te ha traido a la memoria el aire del viento de aquella persona que habita en lo lejano... Eso de ahí afuera nos invita a los finales felices, al optimismo de que no hay gente que debe aprender del error o de la derrota: no siempre fue así y bien sepultado quede en el recuerdo. Hay una exposición de Cartier-Bresson y otra de Vanessa Winship; en un punto horario, la sala se queda vacía y se te acerca una chica rubia y joven, de no más de veinte o veintidós años; te pregunta por qué te detienes en la foto de dos mujeres rusas esperando el tranvía, en 1954. "Parecen modernas, son guapas; pero las delata ese horrible y tercermundista calzado y vestido, justo en el momento en que les toman la foto: disimulan", respondes. Ella se para y tú continúas... Ya en la librería se te acerca de nuevo y dice que por qué compras la postal de la Brasserie Lipp con la señora cotilla y la joven en minifalda. "Lo viejo contra lo nuevo; la chica con minifalda, calcetines y zapatos representa la modernidad y la ilusión", le dices, mientras se la regalas. A la salida, despedida y dices, finalmente, que hasta para llevar un pantalón corto o una minifalda la mujer luchó hasta el infinito... "¿Eres feminista?", pregunta, con unos enormes ojos verdes y tú respondes: "Yo lo que defiendo es la libertad y si ahí entra elegir entre París o Moscú, la respuesta está en la postal que te he regalado", dices mientras ella va a Cibeles y tú a Colón.

12 de julio de 2014

"Las fotos del móvil"

Una tarde de verano, como la de hoy, fue cuando quedaste con ella... ahora, olvidado su recuerdo y a ratos hasta su eco, mientras revisas el teléfono móvil aparece una fotografía de ella. Quizás es lo poco que tienes suyo, o lo mucho, según lo mires. Mientras vas pasando imágenes, empiezas a recordar los feos de algunas redes sociales; es otro hilo que te viene de pronto. Hay gente que cuelga su vida y cuelga su vida sólo para escogidos; sí, hay veces que das un me gusta y parece que les jode que hayas cliqueado tú y no esa otra persona que ignora ese estado o esa foto. "Que no lo pongan", te dice alguien a quien le consultas esta inquietud y que es mucho más práctico. El caso es que todos guardamos fotos de todos, de todos aquellos que nos interesan, claro; lo malo de esas fotos es el tiempo y el recuerdo: hay días que guardar esas fotos hace que te venga a la memoria un pasado interesante; otras, un mal rollo que mejor que se largue. Sigues con tu bebida on the rocks y mientras escribes en tu cuaderno verde el hilo de algo, que más tarde será o no será, recuerdas aquel momento con ella y, a pesar de todo, decides no borrar la fotografía del móvil... "Que borre ella las mías", le pides al silencio.

6 de julio de 2014

"Sus ojos"


Sus ojos, la primera vez que se cruzaron con los míos, estaban acompañados de esa sonrisa que ella siempre pone para aderezar la conversación... No tengo la obligación de decir sus cosas buenas o sus cosas malas; total, yo no la juzgo, yo soy un simple tipo que la mira cuando la tiene enfrente y luego escribe cosas que salen o no salen. No todas las personas del sexo opuesto que se han cruzado contigo, al menos desde que ibas a la Facultad, se han portado bien; algunas fueron malas y bien están donde el olvido las tenga... pero ella se puso frente a ti y sonrió y empezó a hablar, con esa soltura que tiene. Diría entonces ella que maldita la falta que hacía de estar allí y tú únicamente buscabas comprobar que hay conversaciones que merecen la pena, como hay otras que después de desarrolladas piensas que a ver para qué has perdido el tiempo... Allí ella, con sus ojos impactantes, su cuerpo majo y la sonrisa... ella dice y tú escuchas. Además, te recuerda a una de esas actrices de cine en blanco y negro, que dominan la escena, que abarca la cámara, que sabe mirar y sabe pisar... y que sabe sonreír De ese tipo de gente que triunfa... Anoche fue cuando, al ver a la brillante Bianca Guaccero en la miniserie esa que no pudiste acabar de ver -porque terminó a las tantas-, la recordaste y dijiste que ya estaba bien de inspirarse en musas que ni hablan ni cobran vida -literaria o de la otra- ni ná y que era el momento de escribir algo para ella y para todas como ella; por lo menos podrán decir a sus amigas que sí tienen alguien que les escribe.

5 de julio de 2014

Gente indiferente


Estoy subido en un tren que une Jaén con Madrid; de repente, una chica de La Mancha cambia su asiento, a contramarcha, por el libre que hay junto a mí, a favor del paisaje. Me pide permiso, como si el asiento fuera mío. La muchacha, morena y elegante, al principio no dice nada, hasta que al rato rompo el silencio y muestra que tiene ganas de hablar... y habla. Tras un buen rato hablando de cosas, se baja en la estación anterior a la mía, que es la final. "Suerte", dice al coger su maleta. Es una desconocida que en el anonimato queda, ni siquiera le pregunté su nombre, pero ella sí sabe el mío. Entonces comencé a pensar para mí que conocemos otro tipo de gente: la estirpe del no tener tiempo para interrelacionarse con los demás, con algunos de los demás; unen su indiferencia a la selección... gente por la que tu muestras cierta atención en sus malos momentos -pongamos por caso- y te develven la más absoluta indiferencia... dicen los psicólogos que es por la individualidad de nuestra época. Yo lo denominaría de otro modo más crudo, pero no voy a desdecir a nadie... Cuando llego a casa me pongo a escribir sobre ello y pienso en la actriz Elizabeth Gillies, que bordaría el papel de una protagonista distante que se sitúa por encima de los demás, o en el centro de atención. También pienso en Elena y su turbadora sensatez, detrás de sus ojos, tan hermosos como ella misma; o en la inestimable sensibilidad de Belén y sus espontaneidades; o en lo maravilloso de compartir un café mañanero con Mariángeles -que muchos confunden con una hermana casi gemela que es la que nos pone el café- y es entonces cuando, de este pequeño ejemplo, saco la conclusión de que la gente indiferente, que otros llaman tóxica, tiene que estar ahí para que aprendamos que somos tontos por prestarles atención algún instante y que además de gente superficial como ellos hay gente deliciosa, como esa inesperada chica del tren, o como Elena, o Belén, o Mariángeles... o tantas otras personas que no valoramos como merecen.

29 de junio de 2014

Decir adiós


No, no nos han enseñado a decir adiós o a entender el adiós. Nos han acostumbrado a los finales felices, a que todo salga bien; incluso hay cosas que la prensa no saca, para que todo parezca idílico y perfecto a nuestro alrededor. Pero no, todo no es lo deseado y deseable: quizás Paul Auster o Philip Roth me entiendan mejor; quizás ellos sepan que no siempre el chico se liga a la chica ni la chica acierta con el chico; que no siempre la entrevista de trabajo termina en un contrato; que no siempre tu voto sirve para construir el futuro; que no todas las veces el hotel de las vacaciones es perfecto ni apruebas el carné de conducir a la primera ni te pilla la lluvia con un paraguas en la mano... Eso es; decir adiós a veces es lo que acontece, que se va esa persona, que quizás no la vuelvas a ver o que regrese de su viaje cambiada o, sencillamente, que tú conozcas a otra gente en el mientras tanto. Eso es; lo que no nos han dicho es que el adiós es parte de nuestra vida, dejar detrás parte de nosotros, cambiar una cosa por la otra; en definitiva, que mil veces las pelis no terminan bien o ni siquiera tienen final. Que no siempre sabemos decir -o asumir, que es peor- el adiós. Goodbye.