4 de julio de 2020

Estar y no estar

La calle comienza a llenarse de gente; las terrazas, imperceptibles hace unas semanas, facilitan reencuentros hasta hace muy poco imposibles... Al pasar cerca se escuchan conversaciones de puesta al día, consejos, mensajes, alusiones a terceros ausentes... Antes, toda esa gente ha ido entrando y saliendo de nuestro yo: mensajes de ánimo, llamadas o videollamadas, o lo que fuera que hayamos estado haciendo mientras leíamos, teletrabajábamos, cocinábamos y hacíamos zapping ante una televisión asustadiza y repetitiva. Pero llegó el sol y a la calle... y es el momento de pensar: ¿habremos pensado para ponernos al día con nosotros mismos? En esos momentos duros hubo gente que no quiso estar, como comentan esas dos chicas de la mesa de aquel bar; gente que era preguntada, pero que nunca preguntó a quienes les concedían unos minutos de su vida... ese tipo de gente de la normalidad constante -ni nueva ni vieja-, sólo gente del ego. El yoísmo podría ser un partido político mayoritario: ¡cuánta gente se ha olvidado de tanto en tan poco tiempo! Decían en otro Café que algunos ya no se acuerdan de los médicos, ni de las enfermeras llorando de impotencia, ni de los amigos... porque esto ha sido un desafío desconocido. ¡Da igual! El instante más hermoso es la palabra: la de los reencuentros; la de los cafés; las del amor -mientras se juega-, las del qué-fue-de-ti-este-tiempo... El silencio, como dicen, es una respuesta y la mejor actitud ante ese silencio es la indiferencia.

21 de mayo de 2020

Viajero en confinamiento

He ido cumpliendo no poder abrazar ni dar un beso en cuarentena: quizás algún beso pendiente que se demora demasiado. Pero lo confieso abiertamente: durante el confinamiento he realizado varios viajes; he tenido la osadía de salir de casa, pese a todo, para visitar lugares desconocidos, aunque también he vuelto a otros que ya visité en el pasado. Como soy buen amigo de varios detectives privados, me he dejado caer por el Berlín de la República de Weimar junto al borrachín de Bernie Gunther; además he pasado por Nueva York, en el enorme coche del agente Pendergast, conducido por su fiel Proctor. Pero reconozco aún más: sin necesidad de la máquina del tiempo, el pasado me ha dejado pasearme por él. He ido a Guatemala, en Tiempos recios, con golpes y contragolpes de Estado y, quizás por interés histórico propio, he regresado a Buenos Aires, esta vez en los últimos días de Perón y de la mano de un médico apellidado Villa. Con más interés he visitado la Segunda República, entrometiéndome en los violentos sucesos de Yeste (Albacete) de mayo de 1936; claro que, volví hasta allí días después con Juan Goytisolo, pero ya en 1966, cuando apenas quedaban ecos de la tragedia. Incluso visité el Portugal de Salazar, más o menos hacia 1968, cuando fue apartado del poder. También soy de natural curioso y no me he perdido el Madrid de 1886, flipando por la suerte que tuvo el vago Santa Cruz con las guapísimas Fortunata y Jacinta. Ya puestos, contaré que hay que ver lo peligroso que es entrar en una comisaría de Chicago en estos tiempos, aunque en su Unidad de Inteligencia sean altamente efectivos. Entretanto, para mitigar el cansancio de tanto trabajo he releído algunos poemas de Gerardo Diego y, por reíme un rato, elegí las historias de una princesa y un dragón, que también ha gustado mucho a mis alumnos. Alguna gente se lamenta por no haber podido salir de casa en Semana Santa, pero yo sí lo hice: estuve en Marsella, siendo N. Sarkozy presidente de Francia, intentando comprender por qué fue tan lento un crimen de 2011. Quien no quiera viajar, ni soñar, que no lea... 
 
 

Imagen: ©Foto: Joaquín B.M. Modelo: Paola G.M.


4 de mayo de 2020

Sin el ruido ni la furia

El silencio entra por mi ventana y me resulta extraño: es como si el ruido y la furia hubieran desaparecido y nos quedase únicamente la necesidad de escucharnos; de escuchar a los demás, hasta cuando callan. Voy anotando pequeñas cosas para ser recordadadas dentro de algún tiempo y caigo en que, últimamente, he prestado mucha atención a la imagen, como si alguna gente hubiera hablado mediante una instantánea... Qué sé yo, Paola, Sole, Ascen, Raquel, Silvia... con sus perfiles y estados, condensando de ese modo un mensaje en un segundo. Lo anoto así en mi diario, con más de mil palabras. Pero esa imagen me lleva a otras y, sobre todo, a esos otros instantes en que fijé la mirada en unas manos que escribían; en unos ojos que decían algo indescifrlable para mí; en una sonrisa a punto de estallar en un mensaje... Me levanto y tomo un álbum al azar: viajes universitarios, cumpleaños, fotos de grupo; alguna foto profesional de Paola, Laura o de Sabina, a cuyo trabajo presté atención antes de este silencio y, ahora, observo de otro modo... pero no, tampoco es eso. Es el recuerdo de alguien cuando escribo; repito lo aprendido mirándola -no sé si ahora estará prohibido mirar-, que es el trabajo de los detectives y de los escritores, si es que acaso no son lo mismo. Una musa es una imagen con nombre y apellidos... Cojo uno de mis cuadernos, al azar, del dos mil y..., me trae recuerdos de alguien y, cuando paso el dedo por la tinta seca descubro que tanta dedicación escondía algo así como una pasión; pero no lo es, porque ese recuerdo hecho ficción es más importante: es convertir en eterna una mirada, con frenesí y sin el ruido ni la furia. 

13 de abril de 2020

Días confinados en casa

Los días pasan y algunas cosas no cambian, como los ruidos maniqueos de las redes: la sobreinformación, la desinformación y los bulos... Lo esencial -menos mal- no cambia, como los silencios y las voces, los aplausos, la extrañeza del piar de los pájaros o la soltura de algunas lecturas, que creía de peor interés. Hay quien dice, quien escribe, quien pregunta y... quien calla, pero el trabajo de los sanitarios sigue siendo sobresaliente, como el de los transportistas, el de los agentes del orden, el de los farmacéuticos, el de los limpiadores o el de los científicos... todos ellos generan confianza, que no es poco. Con el papel en blanco, el bolígrafo por empezar y las ideas en blanco compruebo que Sabina me felicita el Easter, en su magnífico inglés de Praga, como siempre; Sole sigue tirando de fotos y no se cansa; tampoco los del grupo se cansan de poner fotos de sus comidas de Cuaresma, maridadas con vinos buenos; Rebeca juega al Scattergories creo que con la perra, con ventaja de esta; a Noelia no le iría mal teletrabajar menos; Raquel está terminando su TFM y Silvia se ha puesto con Galdós; Paola ha caído en un silencio absoluto y Yolanda sigue imparable en las redes. Además, estos días la gente ha puesto fotos de su infancia: así es como advertí la picardía de Pilar, junto a su hermana; a Amalia, en la Maestranza de Albacete; a Raquel con su perro, pequeños los dos; o Anais buscando algo por el suelo... entonces no había selfies, pero salíamos todos guapos a más no poder. 


 Modelo: @freckledteacher

30 de marzo de 2020

Días en cuarentena

Mientras los días transcurren y la parrilla televisiva no mejora, nos damos cuenta que nuestro día a día continúa en torno a rutinas ya monótonas. Salimos poco y los comercios, por cordura final, están bien abastecidos y carecen del gentío de aquellos días... Los mensajes de autoapoyo siguen igual de intensos, pero carentes de tanta rapidez... Las tareas de lengua, de mates, del grado o del máster ocupan parte del tiempo, mientras otros trabajan para nuestra seguridad, en todos los aspectos. Se destapa, en esencia, lo bueno y lo malo de cada uno... Ahora echamos más de menos ese rato adicional de café no satisfecho; esos segundos de más en un abrazo necesario; la necesidad de un beso cuando toca... Esto pasará, sin duda, más pronto que tarde. Nos estamos poniendo todos al día, de muchas cosas pese a los bulos y las mentiras: ¡qué le vamos a hacer! Los buenos, incluso, adelantamos lecturas... y nos seguimos enterando de las cosas de los demás: la reclusión de casi todos; las nuevas fotos de Paola; o las videollamadas de María Jesús; del exceso de teletrabajo de Noelia; de la gimnasia casera de Rebeca, con su perra; del nueve con cinco del examen de Selene; del bizcocho perfecto de Ascen; de los planes de Enrique para cuando esto pase y pueda hacerse quinientos setenta kilómetros de coche; de las mil tareas de Raquel, a cuenta del máster; o de las interminables clases online de Silvia... Un mundo que gira, dentro del salón, pero que asumimos con disciplina, pensando en el día siguiente y las horas que vamos a pasar en la calle, como si no tuviésemos casa. 

 Modelo: @freckledteacher

24 de marzo de 2020

Diario en cuarentena (II)

Mientras la cosa se pone seria, la vida sigue. El silencio se impone en las calles y la gente que hace recados va rauda, sin mirarse, a más de dos o tres metros del otro; quizás un saludo rápido, de circunstancias: probablemente un 'hola' y un 'adiós' como nunca antes. La vida sigue, sí, impasible. Te sientas a escuchar a Alexia (la italiana, no la artificial) y ves el correo electrónico de una antigua alumna, preguntando cómo te va; una amiga te dice que su hermana está recluida; otra, que está haciendo un curso de fotografía online; los estudiantes intercambian correos con trabajos, siempre que el sistema no caiga; y a las ocho la gente sale al balcón a aplaudir bajo los compases del Resistiré, de El Dúo Dinámico. En las redes la gente hace cadenas de fotos atrasadas o de canciones con mensaje positivo; las pelis de la tele son tan malísimas como siempre antes; el tiempo está lluvioso -según el último parte- y Los Alcázares se han inundado por quinta vez en siete meses, lo que nos faltaba para el duro. También hay quien se dedica a actualizar su estado de whatsapp cada cinco minutos, o su foto de perfil: estoy descubriendo gente hermosa a tutiplén, sino que se lo digan a Noelia, a Alba o a Carmen. Lo bueno de quedarse en casa, con el tiempo por delante, es que uno se puede dedicar a los pequeños detalles, a la vida en pequeñas cosas... o en pequeñas dosis. 

 Modelo: @freckledteacher

18 de marzo de 2020

Diario en cuarentena

Tras los aplausos, entras en casa y te toca otro rato de apuntes, esa es la rutina. Más tarde, quizás, una peli y un rato de conversación virtual y, mañana, otro día más. Quizás dentro de un tiempo alguien, que no eres tú, lea este diario, pero mientras tanto te toca anotarlo, con esa sensación de estatismo y extrañeza que sólo una situación anómala produce. Y te enteras de mil detalles: la poeta autónoma que deja de ingresar dinero por un tiempo; tu compañera profesora de clásicas que se inventa refranes; la joven filóloga en parón intelectual, sin concentrarse apenas; otro inquieto enviando tutoriales para mil cosas, desde preparar croquetas caseras crujientes hasta realizar flexiones en el salón sin tirar los adornos del mueble de la tele; también quien te confiesa que su perra está como extrañada de verla todo el día en casa (creo que es prima de Rex o algo así); luego está la joven profesora de inglés que lleva un fotodiario; e igualmente la modelo extremeña cabreada de que la gente no cumpla las observaciones de las autoridades... Cada cual lo lleva como puede, más o menos. Antiguamente, si se producía algo así, después de echar la culpa a quien correspondiese te desvivías por saber dónde se hallaban los tuyos tras los toques de queda... por suerte, ahora todo se lleva mejor con lo electrónico. Cosa aparte es que algunos alumnos (en genérico) te digan que la situación es "rara", "un desastre" o "un agobio", lo cual hace que su juicio crítico sea de una asombrosa madurez. De momento, me quedo con la foto de hoy en el fotodiario... y mañana más.  



Modelo: @freckledteacher

9 de marzo de 2020

Saber mirar

Es difícil saber mirar; mucho más lo es saber posar la mirada... A veces el frío de la calle, o la irracionalidad de los sentidos, nos impiden fijar la vista en lo importante. Como entrar en un café, por ejemplo, en la oscura tardenoche de una gran ciudad -no sé, quizás NY-; sentarnos en la barra del lugar para pedir un vino europeo -español, por qué no- y, después de la mecánica comanda, observar el bullicio de la gente entrando y saliendo después de un día duro en la City, igual tras originar la enésima crisis económica. En definitiva, buscar con la mirada la vida junta en un mismo sitio. Son esos lugares en donde puede que encuentres un rostro amigo, esa compañera del curro ahora frente a ese café aguachirle que no sube la tensión ni quita el sueño. No sé. Se trata de saber mirar, de comprender una mirada. Las miradas hablan miles de veces, pero no siempre sabemos qué nos dicen, por dónde van los tiros: las miradas de amor son de un modo; las de odio de otro; las de reprobación tienen otro estilo, como las cómicas; posiblemente las miradas de ternura sean las más hermosas y, en otro lado, las de pena deben ser tristísimas. Hay una que he visto algunas veces: la mirada de timidez, últimamente menos de moda. Comprender las miradas es saber mirar, porque si no comprendemos cuando nos miran, menos cuando nos dan explicaciones. Pago el vino, me pongo el abrigo y salgo al frío marzo neoyorquino, con la incógnita de si quien me veía ha sabido entender mi forma de mirar. 
 
 
©Photo: Carmen Sánchez Lices / Model: Paola García