1 de agosto de 2019

Mirar atrás

La canícula aprieta y, bajo el sol mañanero, rebaso a la altura de Beteta (Cuenca) a un convoy de la UME, que se dirige a sofocar un incendio. Esto último lo sé por la radio, algo después: parece que la época que vivo está sumida en el desconcierto, o en el desconsuelo, según sonría o no cada cuál. Avanza el horizonte y paso Castillo de Garcimuñoz (Cuenca, también), el pueblo en donde murió Jorge Manrique ("cualquier tiempo pasado fue mejor...", dejó escrito), y quiero negar que así fuera: que hace cien, o simplemente cincuenta años, o los veinte que hace que muchos pisábamos la Facultad no necesariamente fueron mejores, solo que hemos dejado que pasen algunas cosas que no deberían haber pasado. Y cometer un error sirve para aprender con su enmienda, si nos ponemos a ello, claro. Nos asalta la necesidad de mirar atrás muchas mañanas, cuando el café aún se mantiene caliente en la taza que sostenemos con nuestras manos. ¿No es el presente la huella de aquel pasado? No puede ser que todo ahí afuera sea tan negro: necesariamente tiene que haber un atisbo de esperanza para caminar sobre la cuerda floja y, como siempre antes, no caer de ella. Quizás nos venga bien, pese a todo, recordar al gran Sherlock Holmes y pensar que cuando "todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por improbable que parezca, es la verdad". 

25 de julio de 2019

Carmen Jodra, la poeta de Clásicas

Es complicado hablar de una poeta como ella en pasado, sobre todo porque el presente aún no está transcurriendo hacia atrás. Ayer nos dejó Carmen Jodra, aquella chica de clásicas junto a la que me sentaba en Latín Vulgar, una asignatura cuyas traducciones me daban problemas y, sin embargo, ella apenas tenía que usar el diccionario. Carmen había ganado hacía poco el Hiperión con Las moras agraces un libro que, como dicen Ana Gorría y Yolanda Castaño, es ya un clásico; a pesar de la fama, ella era aquella mujer dulce, apartada de toda pompa, que iba a clase con su melena recogida, que leía y estudiaba... Desde entonces yo no he dejado de poner su nombre junto al de otras contemporáneas como uno de los nuevos nombres imprescindibles de nuestra poesía actual. Porque lo era. Una maldita enfermedad, esa maldita enfermedad, nos la ha arrebatado. Ella, una mujer de letras tan joven, que residió en la misma Residencia de la calle Pinar que Federico García Lorca; ella, que compartió algunas meriendas conmigo en un VIPS de Mateo Inurria, hace casi dos décadas, en las que aprendí tanto con solo escucharla... Esta mañana, hablando con Gracia Iglesias, con Vanesa Pérez-Sauquillo, con Carmen Gallardo, con Silvia Gallego... me han venido recuerdos de aquella década en la que todos buscábamos un sitio en la vida, en las letras, o en todo a la vez... ella era ya Carmen Jodra. La última vez que nos vimos, en una exposición de trajes de época, quedamos en ponernos al día: Carmen estaba ya en su biblioteca, feliz; yo, intentando ser el profe que soy. Me quedan sus letras y la suerte de haber sido aquella chica de clásicas que se sentaba a mi derecha y de la que, lo confieso, alguna vez copié un pedazo de traducción de latín vulgar.

22 de julio de 2019

Mientras sube el café

Mientras el café sube, ahora rápidamente en la cafetera italiana de la cocina, empiezo a darme cuenta de algunas cosas. A veces pasa cuando el silencio invade mi casa y, por poco que acierte, eso le ocurre a mucha gente. Mientras el café humea oloroso y la cucharilla desmenuza el terrón de azúcar en el fondo de la taza, empiezo a recordar los momentos de conversación; o como se me mira lentamente al escucharme: esas confesiones por lo bajo que quedan entre dos, toda esa sensación de compañía en otro momento que no es ahora. La más de las veces el ejercicio de la escritura, como el de la memoria, es en la soledad más absoluta, pero también es ahí cuando te das cuenta de lo que se quedó por decir, de lo que se te dijo y lo que ahora entiendes; de cómo la vida, en el fondo, no puede ser en soledad... Nos pasa a todos, creo, pienso; bueno, estoy seguro. Y es entonces cuando me digo: "mañana pongo dos tazas de café".

5 de julio de 2019

Una mirada

Suele ocurrir y, en muchos casos, a la misma gente varias veces... Entras en un lugar, ves a una persona, te toca el turno para algo y... no sabes qué decir. Ahí dentro, en el vagón del metro; o fuera, entre los asientos del bus, por ejemplo, la gente está pegada a su teléfono inteligente pero, en muchas ocasiones, cuando toca el cara a cara, la palabra, la frase, la emoción, la expresión... no sale, no te sale. Igual es humano, o quizás sólo ocurre a unos pocos y a otros no, vaya usted a saber; pero que pasa, pasa, eso también es cierto. Eso sí, algunos tenemos esa mala costumbre de articular palabras, mensajes, ideas o emociones... ¡¡con la mirada!! Dicen que sólo los ojos expresan la verdad que nace del silencio...

2 de junio de 2019

Cruzarte con alguien

Con el tiempo decidí volver por aquel lugar, pese a haberme prometido no hacerlo. Recibí un premio en una ciudad cercana y no tuve inconveniente en parar allí. El sitio, recogido y poco poblado -casi desierto-, contaba dos o tres centenares de habitantes. Entré en el único bar del entorno y pedí un café, tras esperar unos minutos en que el camarero discutió con un parroquiano sobre el Valencia-Barsa de la noche anterior. "Usted es el del periódico", me dijo con seguridad, lo asió y me lo mostró: allí estaba yo, siendo entrevistado por un periodista. Con poco entusiasmo le respondí que sí, sonreí y me volví para mirar la plaza desde la ventana. La chica, ahora algo mayor, vestía como en los veranos de los novena; supe que era ella por sus piernas -que alguna vez había acariciado-, lo confieso. Recordé otros tiempos, otras conversaciones... "Esa es María, la hija del herrero, que se ha divorciado y ha vuelto al pueblo", dijo el camarero, secando un vaso con parsimonia y como si hubiera adivinado lo que yo estaba pensando: "es buena muchacha", añadió mientras entraba en la cocina. Miré el reloj, avisé y pagué el café. Cuando iba a salir el hombre añadió un "a ver si no tarde usted tanto en volver por aquí". Subí al coche, aceleré y me dirigí a Barajas.

12 de mayo de 2019

No decirle nada

No sé si suele ocurrir a muchos, pero a mí tantas veces, tantas... Quizás sea la esencia de todos, o sólo la mía, no sé, pero muchas veces he estado frente a frente a alguien, sosteniéndole la mirada y con algo a punto de salir de dentro: quién sabe si una palabra puntual, una declaración de amor o un hasta luego, ni yo lo sé. Creí que le pasaba a los adolescentes de antes, nada más, pero no. Sí, frente a frente de alguien a quien te mueres de ganas por decir eso que estás pensando, eso que has ensayado decir durante largo tiempo y, al final, un resorte absurdo te hace permanecer en silencio (ese a ver si la cagas, que todos hemos aprendido de nuestros errores y que es, para mi gusto, excesivamente correcto; o una mierda, vaya) y te vas a casa como viniste. A veces te jode más si es con alguien que te gusta... El caso es que esto venía porque uno de estos días atrás, primaverales, estando ella allí tenía ganas de decirle algo, finalmente el tiempo pasó, me fui y callé. Con lo malo que es guardarlo todo para uno mismo...

31 de marzo de 2019

"Monoblock", de Karina Sacerdote


La narrativa que se adentraba en lo más profundo de la sociedad había quedado difuminada, en mi opinión, a partir de los años setenta para dar paso a temáticas más actuales, pero también más personales. Ahora, Karina Sacerdote (Buenos Aires, 1971) nos brinda la posibilidad de introducirnos, de nuevo, en los entresijos de aquella otra parte de la sociedad que no necesariamente aparece en la novela actual. Monoblock (2018) es su primera novela, después de haber tomado contacto con la narrativa a través de varios relatos hasta ahora aparecidos en antologías. Esta escritora argentina, que se inició como poeta (Terapia intensiva, 2009), hace comparecer sus personajes en el Edificio 69, una suerte de microcosmos en donde existen un mundo y unas vidas incompletas. Así, la trama es sencilla y atractiva: Germán debe volver tras sus pasos, o su hacia su pasado, hallando el lugar que habitó más sórdido que en el pasado. Ese submundo, insisto, en donde se dan cita el alcohol, el sexo, la mala suerte, los tipos mal encarados, la mujer que sobrevive apegándose a un hombre que acaba de conocer… La autora nos brinda, con ese presupuesto, una novela social entroncada con los efectos secundarios de la crisis o de la globalización. La estructura americana de Monoblock (capítulos cortos, flashes de la realidad, diálogos ágiles…) atrapa al lector que busca alejarse del best seller para acercarse a alguna apuesta personal, como la de Karina Sacerdote: si algo le falta es preguntarse ¿cuándo se jodió la Argentina?, como hizo para el Perú Mario Vargas Llosa. La autora se apoya en varios puntos fuertes en esta novela corta (poco más de cien páginas): el reflejo social-retrato de un lado sórdido de la realidad; elementos de la memoria (“El primer beso”, p. 29); el sexo (p. 49); un héroe y un antihéroe (Germán vs. El polaco) y, en general, el fracaso vital de un grupo de protagonistas bastante bien retratados, incluidas las fórmulas de habla de Argentina. En definitiva, con Monoblock asistimos al renacer de la perspectiva social en la novela.

3 de marzo de 2019

Recuérdalo a otros


Recuerdo de pronto cómo me fijo en su forma de mirar; a veces, incluso, sigo sus manos mientras escribe algo y me pregunto, literariamente, cómo sería ese mismo instante sin ella ahí, sin nuestra acción de mirar... Dejo ese flash para más adelante y extraigo de un estante un tomo concreto; en él aparece el nombre una mujer de letras, con una mirada y un ritmo escritor probablemente parecido a esta del siglo XXI. Cierro los ojos y parece que escucho la voz victoriosa de Fernández de Córdoba, leyendo un último parte de guerra y cómo aquella mujer, inteligente, joven y hermosa cierra su maleta, entorna la puerta de una casa que nunca más habitará y sube al Packard Eigth Sedán, que la dejará en Portbou para pasar a pie al sur de Francia. Son otros tiempos, dirá usted, claro; pero qué sería de nosotros si ocurriera algo similar, algo así como si de repente entro yo y no está esa mirada, así porque la política, la guerra, el encabronamiento nacional, o todo junto, se confabulara para que seamos solamente buenos o malos, o blancos o negros, sin opción a gris... Qué harían nuestros pasos en otra tierra, o nuestra mirada puesta en otros ojos que no serán tan poéticos como los suyos... Así, mientras escribo algo en un cuaderno para evitar el olvido, me repito como aquel historiador recuérdalo tú y recuérdalo a otros