11 de junio de 2018

La chica del pupitre de al lado

Algunas veces me pregunto qué será de ella... Debió de ser en alguna de aquellas clases de la tarde, quizás francés, quizás historia de la lengua; aunque de lo que estoy completamente seguro es que fue en una de esas aulas con mobiliario moderno, probablemente hoy ya deshecho por el paso de otras generaciones. La muchacha aquella era tremendamente rubia y debía venir de uno de esos pueblos del sur de Madrid, que un día se denominaron 'cinturón rojo', porque coincidí con ella en el cercanías mil veces... La primera tarde del curso ella se sentó junto a mí y no pronunció palabra; la segunda, tres cuartos de lo mismo, pero algunos días después y con el pretexto de pedirme unos apuntes me debió decir su nombre, hoy totalmente inexistente en mi memoria. En aquel tiempo, a aquellas horas y con aquellos trenes de cercanías pasó el invierno y hubo tardes en que decorábamos el aula cuatro o cinco almas bien intencionadas, ella y yo incluidos, ávidos de apuntes que originaran un mediocre aprobado y a otra cosa, tengo para mí. Algunas veces me pregunto qué será de ella... porque con la primavera y el aprobado dejamos de compartir materia y, como se trata de aquel entonces, no le pedí un teléfono, probablemente porque en aquellos idus no proliferaban tanto como ahora. He mirado mis apuntes y mis agendas de esos años, en busca de su eco, sin suerte ni recuerdo...  El caso es que parece que aún resuenan sus palabras, tímidas y su sonrisa, meridianamente expresiva... y ese recuerdo de un cabello rubio, tremendamente rubio.

3 de junio de 2018

Es el tiempo...



La tarde invita a salir a la calle, quizás un instante, el justo para tomar el aire, ver cómo el sol de hoy muere y cómo la gente comienza a vivir de puertas hacia afuera. De pronto, pasa frente a mí un grupo de personas de las que disfrutan una merecida segunda juventud, siempre que de aquí a un tiempo les garanticen sus pensiones... Uno que, desde crío, tiene la fea costumbre de mirar hacia todos lados, hacia donde la vida invita a escribir una historia, hasta donde la ficción la tejen nombres y apellidos de un lugar ve a esa gente con el tiempo pegado a sus miradas; gentes de hace treinta años, cuando se veían altos y en ebullición... Ahora, simplemente, caminan, comentan, dicen, ven, anhelan y son conscientes de que, frente a ellos, ha pasado un tiempo, una historia, una vida que no se va, sino que les permite opinar, pongamos por caso. Caigo en la cuenta, entonces, que debo regresar a mis cuadernos y cuando escribo compruebo que mi letra tampoco es la de hace treinta años, ni el ímpetu tampoco, ni el pisar el acelerador cada día... ahora ellos, nosotros, tú y yo levantamos más el pie del acelerador, quizás, hasta pisamos algo el freno... Total, a veces lo mismo da correr que llegar tarde. 


27 de mayo de 2018

La chica de las preguntas

Llegué a aquella ciudad de provincias tan temprano como lo hizo el primer tren; a un lugar en el que la sensación continua es la de que nunca pasa nada. Estaba allí para impartir una conferencia e irme rápidamente, tanto como los horarios de tren me lo permitieran. Los recuerdos de unos años antes allí, junto a ella, me resultaban ahora incómodos, como si uno no hubiera debido protagonizar aquellos instantes. Los estudiantes universitarios fueron entrando pausadamente en el aula y una vez sentados todos y presentados comencé a hablarles de la guerra civil y de sus consecuencias sobre la literatura y la cultura. Tomaron notas, hicieron preguntas, especialmente una chica menuda, sonriente y mirada intensa. Mientras salía de la Facultad, la misma muchacha, con un ligero parecido a ella, me comentó que había leído acerca de mi estancia en el lugar y yo, amablemente, respondí con suma rapidez a un tema que no me llevaba a ningún nuevo camino. Los estudiantes me invitaron a un café y nos pusimos al día en bibliografía, cine, arte y hasta política de la memoria. La chica, poseida de una exquisita elegancia en el trato, me interrogó sobre cuánto hacía que habia sido profesor allí mismo: "diecinueve años hace que viví aquí y solo ahora he vuelto desde entonces", respondí, sonriendo como pude. "Justo hace dieciocho años que yo nací, qué casualidad", dijo la joven, mirándome de una impenetrable forma muy familiar.

19 de abril de 2018

Vivir en despoblado

El coche no pasa de cuarta, en el mejor de los casos, porque la carretera esta está imposible; debo haberme perdido en este territorio que me tiene en vilo, sinceramente porque creo que si tengo un problema con el coche, aquí no me va pasar nadie en semanas. Quizás el lector creería que estoy en Siberia, en Laponia o en mitad del desierto de Arizona, lo mismo da... pero circulo entre las provincias de Guadalajara y Cuenca; en el último pueblo, el hombre mayor que se veía a la puerta de la única casa que aparentaba vida, me ha dicho que tire por aquí: o termino en Molina de Aragón o, si hay algún indicador, posiblemente en Cuenca. Tampoco la radio ayuda: suena un pedorreo insoportable que mezcla a Alfredo Menéndez con Pepa Bueno y, en agún momento, parece que se quitan la palabra Carlos Alsina y Carlos Herrera, así que estamos buenos. Pienso que tanto abandono, esta sensación de páramo, no ha debido de tener esta pinta siempre, ni cuando estudiábamos aquello de la emigración del campo a la ciudad del XIX, que habría que ver la pinta de las cercanías de Carabanchel y Moratalaz, pueblos madrileños hasta después de la guerra. Voy evitando que una rueda se me quede en uno de los agujeros que el tiempo, la erosión y la mala calidad del asfalto han hecho en la carretera, por llamarla de alguna manera. ¡A buenas horas mangas verdes!: dice el de marras que van a destinar pasta contra la despoblación, a ver si el voto rural ayuda a recuperar la memoria que permitió enladrillar Madrid hasta la cencerreta, como si el hacinamiento y la especulación fueran la metáfora más perfecta de la corrupción. ¡Qué paciencia! Paro en un pueblo de 151 habitantes, cerca de los ríos Cabrillas y Tajo, a ver si me dan un café y me repongo de la visión, de la dejadez y del cabreo.

2 de abril de 2018

Poses equidistantes

Iba a escribir acerca de los saludos no respondidos por los egos del mundo (¡cuánto tonto por el mundo suelto!), cuando he borrado y me ha venido a la mente aquella mujer... cuando la era de la posverdad se denominaba vida, así, aprendiendo de tortas y algunos éxitos. El primer momento iba caminando delante de mí, de espaldas, pausadamente, con su cabello rubio o moreno, no voy a dar pistas ahora; se movía como tentando el pasillo aquel, tal como lo había hecho yo momentos antes. Si no lo prohíben pronto por real decreto, así es como he conocido a la gente que más he querido y a las personas que antes he olvidado, súbitamente. Ocurre que alguien como yo, a quien lo políticamente correcto no le da para un soneto y debe quedar un verso suelto, de vez en cuando recuerda. Aquellos pasos encierran aún hoy tantas incógnitas que sólo la poesía podría hablar de ellas, así de sencillo; siempre, claro está, que se puedan tener musas, discursos, recuerdos y que la posverdad nos permita escribir con adjetivos, sustantivos, verbos, adverbios y algo de corazón. Estaba yo con que hay gente que no saluda porque el no viajar, el no leer, el mucho aparentar y el tanto ver la tele le ha secado el seso pero, con permiso, he cambiado el tono para hablar de aquella mujer en que me fijé aquella tarde, o sería la del alba, que no quiero dar pistas... y ahí está...

17 de marzo de 2018

Lo que queda después...

Cuando entro a la tasca aquella y me lo veo hablando, así como si la verdad absoluta fuera de su propiedad, me entró un no-sé-qué y no pude callarme. Tiro la moneda allí, sobre el mostrador aquel de chapa pulida y pego la oreja a la conversación: que si el amor, que si el sexo, que si tanto y que si cuanto... Ahí, sí; en la barra del bar todos estamos listos para arreglar el mundo. El tipo aquel, que no sé cómo España va tan regular con tantos que saben tanto dentro de los bares y en las tertulias: 'ya lo dije yo', me decía uno el otro día. Yo nunca le oí ni media... En fin, este, que el amor, que el sexo, ahí se metió en el berenjenal y el del bar que si quiero otro vino y le digo pues oye, sí, ponme un Rueda de esos de ahí. Lo miro -al tipo cansino de la lección, claro, al del bar no- y le espeto: 'te quieres callar ya de una vez que como sigas va a llover, so enterao'. Te digo yo que se quedó pasmao, te lo digo; para verlo allí. Y se lo dije al lumbreras aquel: "mira el amor dura diez minutos y medio y no sé si el sexo algo más, pero como sepas hacer reír a la otra persona... eso dura, te lo digo yo, eso dura".

25 de febrero de 2018

El sonido de las cosas

Es como si, de repente, algunas cosas sonasen así como "el teléfono al que usted llama no corresponde a ningún abonado". Ese es, entonces, el momento en el que lo cotidiano empieza a tener un sonido distinto... La habitual acción de apagar un cedé de música de los años noventa me lleva a fijar la mirada en una orla universitaria: allí está una promoción cualquiera (con más mujeres que hombres, anoto), de una determinada especialidad; descuelgo el cuadro y voy uniendo el rostro de cada quien no con su nombre, abajo firmante, sino con el recuerdo que tengo de ellos y entonces caigo en que posiblemente no tenga un recuerdo nítido de muchos de ellos; tampoco la ciudad que nos acogió es ya la misma, ni todos habitamos sus largas avenidas, unidas por autobuses y líneas coloridas de metro. Fueron saliendo de la escena, como del teatro, dejando paso a otros que llegaron con la misma sutileza con la que se marca el mutis, por el foro. De pronto, lo cotidiano de una quedada, de un café en el centro, de un paseo por el Retiro, de una noche en Alonso Martínez, de un par de besos, de un congreso en que se confundían los apuntes suyos con los míos... todo ha cambiado, incluida la factura del teléfono, la mirada en el espejo y los amores que vinieron y quién sabe si ya vendrán nuevos. Dejo en su sitio el cuadro y voy contando con los dedos los años transcurridos, con los sonidos de sus cosas, con los murmullos de sus gentes y tengo para mí que no es tanto... ¡Pero ha pasado tan rápido!

27 de enero de 2018

La prueba definitiva

Cuando detuvieron a Mike, este no imaginó lo concienzudo que sería el inspector, quien tras interrogarle le aconsejó someterse a un análisis de orina para descartar, "como usted dice", que fuera al volante bajo los efectos de las drogas. Sinceramente, se asustó. La noche había sido intensa y sabía que el lío sería gordo: "perderé mis estudios, el carné de conducir y, además, probablemente mi relación con Diana", pensó para sí. Acudieron su hermana y un abogado, un tipo gordo, desaliñado y sin salsa: le pidieron que sí, que se lo hiciese, ajenos a lo que él sabía, obviamente. El inspector Jones se puso pesado, arrogante y él tuvo entonces una idea genial: pidió a su hermana que llenase el bote con el pis suyo, así quedaría libre de cargos. Ella lo hizo, sin pensarlo, por solidaridad, por hemandad, por lealtad. El poli Jones interrogó a Mike con cara de mala leche, le gritó, le dijo que si es que se creía que él tenía cara de gilipollas. El muchacho puso cara de póquer y escuchó: "vienes aquí, tras atropellar a una anciana, borracho y drogado y nos tomas el pelo; te crees muy chulito, te haces un análisis y..." Mike flipó, no entendía nada: él simplemente era un quarterback de instituto, guaperas y fumeta, poco más... El inspector continuó: "me parece genial que seas un niño de papá que se quiere librar de esto, pero traerme esta orina es lo último". "¿Pero qué le pasa a mi orina, señor?", preguntó Mike. El policía se puso negro, verde y, finalmente, morado antes de responder: "¿Que qué pasa? Pues que estás embarazao, chaval, sencillamente, que estás preñado hasta las cejas", respondió mientras salía dando un portazo.