6 de octubre de 2019

Mala música

Algunos momentos los envuelve una oscuridad tipo película norteamericana de los cincuenta, cine noir total; quizás sea entonces cuando te das cuenta que no... Entras en un lugar, algo tarde, pides un café solo con mucho aroma y sabor como quemado para matar el frío y al fondo ves a alguien con quien has quedado, después de tanto. Rituales añejos: un hola, un cómo estás, un pues yo estudié cualquier cosa con la que ahora me gano la vida -pese a la que cae-; incluso hablas de que te separaste, o te dejó no sé quién, o fuiste tú quien rompiste lo que parecía atado y bien atado... qué sé yo. Esos momentos en blanco y negro que, mientras te pones la camisa en tu casa pintan bien y que cuando entras en el sitio -que parece que en la barra están Richard Burton y Elizabeth Taylor con un martini seco- te das cuenta que no, que eso no lleva a ningún lado y que estarías mejor en otra parte de la ciudad, con una tapa y un vino blanco. Como en aquella peli argentina en que el amigo le dice al detective "tiene mala música". 

24 de septiembre de 2019

The sound of silence

Cuando llegué al lugar ella estaba fumando, ensimismada frente a un café. No sé si me esperaba o se trató de alguna de esas inercias que nos hacen necesariamente monótonos, como la necesidad de repetir momentos. Comentó algo, asentí y cuando tuve la ocasión de decir algo y de cambiarlo todo, callé, no sé por qué. Alguna vez he leído que los silencios ya dicen algo por sí mismos, pero no lo voy a definir filosóficamente. Hace un tiempo el periódico traía una vieja historia de 1914, cuando un muchacho anclado en el frente envió una carta a la mujer que lo esperaba tras la batalla; la carta se perdió por mil vericuetos y al cabo de varias decenas de décadas un señor del Servicio Postal entregó finalmente la carta a la ya no tan joven muchacha: en su nueva vida, ¿qué cara y qué cuerpo le quedaría al ver que el que nunca dijo nada simplemente es que había muerto en guerra? Tengo para mí que las palabras, a veces, para qué... sin embargo, el silencio siempre dice algo: o la mirada, quizás sea la mirada la que dice aquello que los labios nunca. 

9 de septiembre de 2019

La chica de anteayer

De pronto, en un tiempo globalizado, una red social me indica que quizás conozca a esa chica de la foto con un rictus sonriente que quiere traerme algún recuerdo que, incialmente, no llega... Pico dos veces sobre la imagen -no clikeo- y comienzo a mirar las fotografías de la muchacha en cuestión: lo poco que tiene son imágenes con un perro; en otra más, toca la guitarra, no sé si con destreza o no; observo alguna más, con un conjunto de chicas, brindando en un restaurante más o menos elegante... Datos pocos y un nombre que me-viene-no-me viene al recuerdo. Hago cálculos y creo que debe tener algunos años menos que yo, pero deduzco poco más: no todos los días soy un buen detective. Salgo a la calle, abro el paraguas y camino unos centenares de metros hasta unos grandes almacenes; ya allí, me dirijo a la sección que necesito. Al salir, arrecia más el agua y es entonces cuando caigo en quién es aquella muchacha: alguien que se sentaba cerca de mí en la Facultad, tan competente, tan simpática, con aquellos ojos cargados de alegría... y entonces me digo "joder cómo pasa el tiempo y cómo demonios cambiamos todos".

1 de agosto de 2019

Mirar atrás

La canícula aprieta y, bajo el sol mañanero, rebaso a la altura de Beteta (Cuenca) a un convoy de la UME, que se dirige a sofocar un incendio. Esto último lo sé por la radio, algo después: parece que la época que vivo está sumida en el desconcierto, o en el desconsuelo, según sonría o no cada cuál. Avanza el horizonte y paso Castillo de Garcimuñoz (Cuenca, también), el pueblo en donde murió Jorge Manrique ("cualquier tiempo pasado fue mejor...", dejó escrito), y quiero negar que así fuera: que hace cien, o simplemente cincuenta años, o los veinte que hace que muchos pisábamos la Facultad no necesariamente fueron mejores, solo que hemos dejado que pasen algunas cosas que no deberían haber pasado. Y cometer un error sirve para aprender con su enmienda, si nos ponemos a ello, claro. Nos asalta la necesidad de mirar atrás muchas mañanas, cuando el café aún se mantiene caliente en la taza que sostenemos con nuestras manos. ¿No es el presente la huella de aquel pasado? No puede ser que todo ahí afuera sea tan negro: necesariamente tiene que haber un atisbo de esperanza para caminar sobre la cuerda floja y, como siempre antes, no caer de ella. Quizás nos venga bien, pese a todo, recordar al gran Sherlock Holmes y pensar que cuando "todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por improbable que parezca, es la verdad". 

25 de julio de 2019

Carmen Jodra, la poeta de Clásicas

Es complicado hablar de una poeta como ella en pasado, sobre todo porque el presente aún no está transcurriendo hacia atrás. Ayer nos dejó Carmen Jodra, aquella chica de clásicas junto a la que me sentaba en Latín Vulgar, una asignatura cuyas traducciones me daban problemas y, sin embargo, ella apenas tenía que usar el diccionario. Carmen había ganado hacía poco el Hiperión con Las moras agraces un libro que, como dicen Ana Gorría y Yolanda Castaño, es ya un clásico; a pesar de la fama, ella era aquella mujer dulce, apartada de toda pompa, que iba a clase con su melena recogida, que leía y estudiaba... Desde entonces yo no he dejado de poner su nombre junto al de otras contemporáneas como uno de los nuevos nombres imprescindibles de nuestra poesía actual. Porque lo era. Una maldita enfermedad, esa maldita enfermedad, nos la ha arrebatado. Ella, una mujer de letras tan joven, que residió en la misma Residencia de la calle Pinar que Federico García Lorca; ella, que compartió algunas meriendas conmigo en un VIPS de Mateo Inurria, hace casi dos décadas, en las que aprendí tanto con solo escucharla... Esta mañana, hablando con Gracia Iglesias, con Vanesa Pérez-Sauquillo, con Carmen Gallardo, con Silvia Gallego... me han venido recuerdos de aquella década en la que todos buscábamos un sitio en la vida, en las letras, o en todo a la vez... ella era ya Carmen Jodra. La última vez que nos vimos, en una exposición de trajes de época, quedamos en ponernos al día: Carmen estaba ya en su biblioteca, feliz; yo, intentando ser el profe que soy. Me quedan sus letras y la suerte de haber sido aquella chica de clásicas que se sentaba a mi derecha y de la que, lo confieso, alguna vez copié un pedazo de traducción de latín vulgar.

22 de julio de 2019

Mientras sube el café

Mientras el café sube, ahora rápidamente en la cafetera italiana de la cocina, empiezo a darme cuenta de algunas cosas. A veces pasa cuando el silencio invade mi casa y, por poco que acierte, eso le ocurre a mucha gente. Mientras el café humea oloroso y la cucharilla desmenuza el terrón de azúcar en el fondo de la taza, empiezo a recordar los momentos de conversación; o como se me mira lentamente al escucharme: esas confesiones por lo bajo que quedan entre dos, toda esa sensación de compañía en otro momento que no es ahora. La más de las veces el ejercicio de la escritura, como el de la memoria, es en la soledad más absoluta, pero también es ahí cuando te das cuenta de lo que se quedó por decir, de lo que se te dijo y lo que ahora entiendes; de cómo la vida, en el fondo, no puede ser en soledad... Nos pasa a todos, creo, pienso; bueno, estoy seguro. Y es entonces cuando me digo: "mañana pongo dos tazas de café".

5 de julio de 2019

Una mirada

Suele ocurrir y, en muchos casos, a la misma gente varias veces... Entras en un lugar, ves a una persona, te toca el turno para algo y... no sabes qué decir. Ahí dentro, en el vagón del metro; o fuera, entre los asientos del bus, por ejemplo, la gente está pegada a su teléfono inteligente pero, en muchas ocasiones, cuando toca el cara a cara, la palabra, la frase, la emoción, la expresión... no sale, no te sale. Igual es humano, o quizás sólo ocurre a unos pocos y a otros no, vaya usted a saber; pero que pasa, pasa, eso también es cierto. Eso sí, algunos tenemos esa mala costumbre de articular palabras, mensajes, ideas o emociones... ¡¡con la mirada!! Dicen que sólo los ojos expresan la verdad que nace del silencio...

2 de junio de 2019

Cruzarte con alguien

Con el tiempo decidí volver por aquel lugar, pese a haberme prometido no hacerlo. Recibí un premio en una ciudad cercana y no tuve inconveniente en parar allí. El sitio, recogido y poco poblado -casi desierto-, contaba dos o tres centenares de habitantes. Entré en el único bar del entorno y pedí un café, tras esperar unos minutos en que el camarero discutió con un parroquiano sobre el Valencia-Barsa de la noche anterior. "Usted es el del periódico", me dijo con seguridad, lo asió y me lo mostró: allí estaba yo, siendo entrevistado por un periodista. Con poco entusiasmo le respondí que sí, sonreí y me volví para mirar la plaza desde la ventana. La chica, ahora algo mayor, vestía como en los veranos de los novena; supe que era ella por sus piernas -que alguna vez había acariciado-, lo confieso. Recordé otros tiempos, otras conversaciones... "Esa es María, la hija del herrero, que se ha divorciado y ha vuelto al pueblo", dijo el camarero, secando un vaso con parsimonia y como si hubiera adivinado lo que yo estaba pensando: "es buena muchacha", añadió mientras entraba en la cocina. Miré el reloj, avisé y pagué el café. Cuando iba a salir el hombre añadió un "a ver si no tarde usted tanto en volver por aquí". Subí al coche, aceleré y me dirigí a Barajas.