12 de mayo de 2019

No decirle nada

No sé si suele ocurrir a muchos, pero a mí tantas veces, tantas... Quizás sea la esencia de todos, o sólo la mía, no sé, pero muchas veces he estado frente a frente a alguien, sosteniéndole la mirada y con algo a punto de salir de dentro: quién sabe si una palabra puntual, una declaración de amor o un hasta luego, ni yo lo sé. Creí que le pasaba a los adolescentes de antes, nada más, pero no. Sí, frente a frente de alguien a quien te mueres de ganas por decir eso que estás pensando, eso que has ensayado decir durante largo tiempo y, al final, un resorte absurdo te hace permanecer en silencio (ese a ver si la cagas, que todos hemos aprendido de nuestros errores y que es, para mi gusto, excesivamente correcto; o una mierda, vaya) y te vas a casa como viniste. A veces te jode más si es con alguien que te gusta... El caso es que esto venía porque uno de estos días atrás, primaverales, estando ella allí tenía ganas de decirle algo, finalmente el tiempo pasó, me fui y callé. Con lo malo que es guardarlo todo para uno mismo...

31 de marzo de 2019

"Monoblock", de Karina Sacerdote


La narrativa que se adentraba en lo más profundo de la sociedad había quedado difuminada, en mi opinión, a partir de los años setenta para dar paso a temáticas más actuales, pero también más personales. Ahora, Karina Sacerdote (Buenos Aires, 1971) nos brinda la posibilidad de introducirnos, de nuevo, en los entresijos de aquella otra parte de la sociedad que no necesariamente aparece en la novela actual. Monoblock (2018) es su primera novela, después de haber tomado contacto con la narrativa a través de varios relatos hasta ahora aparecidos en antologías. Esta escritora argentina, que se inició como poeta (Terapia intensiva, 2009), hace comparecer sus personajes en el Edificio 69, una suerte de microcosmos en donde existen un mundo y unas vidas incompletas. Así, la trama es sencilla y atractiva: Germán debe volver tras sus pasos, o su hacia su pasado, hallando el lugar que habitó más sórdido que en el pasado. Ese submundo, insisto, en donde se dan cita el alcohol, el sexo, la mala suerte, los tipos mal encarados, la mujer que sobrevive apegándose a un hombre que acaba de conocer… La autora nos brinda, con ese presupuesto, una novela social entroncada con los efectos secundarios de la crisis o de la globalización. La estructura americana de Monoblock (capítulos cortos, flashes de la realidad, diálogos ágiles…) atrapa al lector que busca alejarse del best seller para acercarse a alguna apuesta personal, como la de Karina Sacerdote: si algo le falta es preguntarse ¿cuándo se jodió la Argentina?, como hizo para el Perú Mario Vargas Llosa. La autora se apoya en varios puntos fuertes en esta novela corta (poco más de cien páginas): el reflejo social-retrato de un lado sórdido de la realidad; elementos de la memoria (“El primer beso”, p. 29); el sexo (p. 49); un héroe y un antihéroe (Germán vs. El polaco) y, en general, el fracaso vital de un grupo de protagonistas bastante bien retratados, incluidas las fórmulas de habla de Argentina. En definitiva, con Monoblock asistimos al renacer de la perspectiva social en la novela.

3 de marzo de 2019

Recuérdalo a otros


Recuerdo de pronto cómo me fijo en su forma de mirar; a veces, incluso, sigo sus manos mientras escribe algo y me pregunto, literariamente, cómo sería ese mismo instante sin ella ahí, sin nuestra acción de mirar... Dejo ese flash para más adelante y extraigo de un estante un tomo concreto; en él aparece el nombre una mujer de letras, con una mirada y un ritmo escritor probablemente parecido a esta del siglo XXI. Cierro los ojos y parece que escucho la voz victoriosa de Fernández de Córdoba, leyendo un último parte de guerra y cómo aquella mujer, inteligente, joven y hermosa cierra su maleta, entorna la puerta de una casa que nunca más habitará y sube al Packard Eigth Sedán, que la dejará en Portbou para pasar a pie al sur de Francia. Son otros tiempos, dirá usted, claro; pero qué sería de nosotros si ocurriera algo similar, algo así como si de repente entro yo y no está esa mirada, así porque la política, la guerra, el encabronamiento nacional, o todo junto, se confabulara para que seamos solamente buenos o malos, o blancos o negros, sin opción a gris... Qué harían nuestros pasos en otra tierra, o nuestra mirada puesta en otros ojos que no serán tan poéticos como los suyos... Así, mientras escribo algo en un cuaderno para evitar el olvido, me repito como aquel historiador recuérdalo tú y recuérdalo a otros

17 de febrero de 2019

Antes del Whatsapp

En un momento de la cena alguien afirma, con rotundidad, que los ochenta fueron, quizás, la mejor década para la música y, entre bromas y veras, una melómana empedernida deja la caña en la mesa y busca en su móvil tres o cuatro datos, como que Sabrina y su Boys, boys surgieron en 1987, lo que nos lleva a reírnos. Ahora, ha caído la tarde cuando, recordando algo que no deja buen poso, me ha venido a la mente que en los noventa aún usaba yo el boli para retroceder la cassette hasta la canción (de Mike Oldfield o Jarabe de Palo, por ejemplo) que me gustaba; a veces le daba con tal ímpetu, que me iba a otra, así que ración doble. En esas estaba, medio intentando recordar en qué lugar están ahora las cintas y las cartas que escribía a las amigas, no necesariamente de amor, cuando ha aparecido uno de mis primeros cedés, de Alizée (L'Alizée), que debí coger por la sonrisa de la carátula. Aquella música, caigo ahora, acompañó de fondo algunos ratos de lectura. Busco algo en la red y se ve a la cantante cambiada, como los tiempos, quizás porque nuestros ojos ya no son los de aquella gente empezando algo que ahora continuamos; terminamos con las cassettes, las cartas a mano y los teléfonos ladrillo... pero yo, puestos a pedir, aún me quedo con el pop aquel y no con algunos nuevos derroteros musicales...

5 de febrero de 2019

Silencios

Es noche cerrada en una estación diminuta de provincias; se ha venido encima la oscuridad y, al final, creo que el mejor sistema para llegar a la capital es el tren. Saco el ticket junto a una pareja de adolescentes que no se despegan, despidiéndose así como eternamente, con esa pasión primera que ya se les irá con el devenir de los silencios... El amable jefe de estación me indica cómo llegar hasta mi andén, debe pensar el hombre que soy alguien importante, con un maletín lleno de papeles, un periódico hecho mil arrugas y un libro manoseado durante años... Al fondo, en un banco sentada hay una mujer, no sabría echarle ahora los años, como las ancianas a sus coetáneas. Intento acercarme, ya que, al fin y al cabo, faltan cuarenta minutos para partir y estamos casi a cero grados y no es cosa de pasear de punta a punta. Así, al principio, como que no; más tarde, me fijé que era ella, una conocida, conocida a secas, la misma que no respondió la última vez que le pregunté cómo le iba el curro, la misma que no respondió el día que la felicité por su cumpleaños, la misma que no saludó cuando coincidimos en aquella fiesta de no sé quién, ella, tan diva... He querido pensar que me miraba, que al fin y al cabo esta no es nuestra provincia y estamos los dos en un andén del mil novecientos, solitario, frío y ajado; quizás no le vaya mal un poco de conversación tampoco... Es el momento en que me giro en dirección contraria y paso de ella; al fin y al cabo, todos tenemos un día en que nos apetece ser un algo bordes...

2 de enero de 2019

A primera vista

Todas esas ciudades históricas de media Europa tienen alguna librería con algo que decir; así que, casi sin querer, entré en una de ellas buscando una de esas novelas españolas de los años noventa que hoy estarían prohibidas y que leí entonces, cuando leer era el mayor lujo que uno podía elegir... Junto a un anaquel del fondo había una muchacha que me recordó, serenamente, a otra cuyo nombre es preciso callar; una joven lectora, supongo a esta, por los dos tomos de poesía: "una mujer exigente con la lectura", me repetí. Como hice aquellas otras veces en las que en el momento de decir lo que se esperaba de mí, callé; la observé con disimulo, miró ella de nuevo -con un eco de otras miradas similares- y yo... callé. Elegí las Rimas de Bécquer y pagué; volví a curzar la mirada con ella, que tenía aún fija en mí y salí al frío de la calle: "áspero... liberal... esquivo... vivo... que un cielo en un infierno cabe", como había escrito Lope; cada uno es como es, mas "quien lo probó, lo sabe", como remató el Fénix de los Ingenios.

18 de noviembre de 2018

Un plato de lentejas...

Aquella mañana me planteé hablar seriamente con el dueño del restaurante americano en donde solía comer ese invierno del dos mil y... Sinceramente, me resultaba interesante ir a Molly's -por ejemplo- y que me recibiesen con un vaso de agua con limón, mientras me ofertaban todo tipo de platos típicamente norteamericanos. Al fin y al cabo me tenía que adaptar al entorno ('donde fueres haz lo que vieres') y disfrutar la ocasión. Aquel invierno me resultó fascinante descubrir que existen noventa y seis tipos diferentes de kétchup (yo adopté la costumbre de comprar el de la empresa de Paul Newman; sí, sí, el del mismísimo Paul...) y de igual modo resultaba espectacular conocer mil maneras de preparar una hamburguesa. Ahora bien, un día y otro y otro y otro... ¡Te saturas, qué narices! Así que me armé de valor, entré en Molly's y le dije a la simpática y hermosa camarera de todos los días que hiciese venir a su jefe, lo cual sucedió dos o tres minutos más tarde: "Quiero un plato de lentejas; unas lentejas, me muero por unas lentejas, el plato que nunca me como en casa... ¡Ese! Pídeme lo que quieras, pon el precio, pero quiero saber qué hay que hacer en Nueva Inglaterra para comer un plato de lentejas..." El jefe me miró fijamente, sonrió primero y más tarde rompió a reír a carcajadas: "Te prometo que mañana tendrás lentejas para comer". Y así fue cómo me comí el plato de lentejas más caro de mi vida (20 dólares USA) y, al mismo tiempo, el más fascinante de todos cuantos he comido nunca. También me quedó claro que en los States, con varios billetes de veinte pavos en el bolsillo encuentras lo mejor...

6 de noviembre de 2018

Sin poesía no hay ciudad

Entro en una cafetería, me acomodo en un sitio alejado con un café en la mano y observo cómo una chica joven lee y subraya Las cien mejores poesía de la lengua castellana, lo mejor de lo mejor. Dos colegas suyos, que se hacen un selfie, la miran como a un bicho raro; ahí ella, leyendo, en la era de la tecnología, cuando con un click está todo, incluso lo erróneo y delictivo. Escuchándolos me veo a mí mismo en el siglo XIX, cuando en las tabernas que frecuentaba Galdós, allá por la Gloriosa del 1868, se pensaba que poetas y gacetilleros eran gentes demasiado bohemias, casi de mal vivir. Supongo que eso es lo normal: no saber que cada canción que escuchamos tiene un poema en su letra; que el amor, como mejor se expresa, es desde la poesía ("Es hielo abrasador, es fuego helado"); que cada refrán que nos decimos es un pareado (y "Ande yo caliente y ríase la gente"); que como mejor hablamos los españoles es en octosílabos ("Recuerde el alma dormida") o en endecasílabos ("España toda aquí, lejana y mía"); o que incluso hasta suspirar suena mejor si es con poesía "(Si me llamaras, sí/si me llamaras"). Ese menosprecio de la poesía es como pensar en mover un coche sin gasolina o electricidad... Me dan ganas, como don Juan, de vociferar "¡Cuál gritan esos malditos!/ Pero mal rayo me parta/ si en acabando la carta/no pagan caros sus gritos". Y tan ancho...