19 de febrero de 2017

People help to people

Quizás fue por lo de aquella mañana... El tipo del camión no miró por sus espejos; entonces, no sé cómo, reaccioné y viré con violencia gracias además a que el carril contrario no tenía circulación, de lo contrario me hubiera estampado. De poco sirve recordarlo, si no es después, con un nudo en el estómago y frente a un café. Antes éramos todos un grupo (people help to people), ahora ya no, entretenidos como estamos en juzgar, prejuzgar, clasificar y valorar sin conocer; así, sin medida, todos con la idea de que lo sabemos todo... Contaba un hombre ya anciano en un bar que antiguamente, cuando la gente era gente y las redes sociales no servían para alejar a unos de otros, todos se ayudaban: en una tragedia, en la cosecha, en el parto de un nuevo hijo... Ahora la frase es estupenda: "¿Y a mí qué?" Todo lo que no te toque en primera persona del singular (la primera persona del plural está prohibida) no existe, ya sea calentamiento global, educación, sanidad, violencia del tipo que sea la violencia, corrupción... Lo mismo da que nos necesiten niños en riesgo de exclusión social, nuestros amigos de ayer ante una eventualidad, tu pueblo... nada. La gente vive de su clasificación: "este es de primera, aquel de segunda, el otro acaso de tercera", así como los trenes de antes, o los fascismos, que la gente no ve que repite lo que siempre dijimos que nunca más repetiríamos. El día del camión, algo detrás, había visto cómo un automóvil se había estrellado con un quitamiedos y allí se andaban los guardias civiles, el ciento doce, los de carreteras... eso sí, si mi ombligo lo necesita que vengan todos, a cambio de nada. Esta sociedad tan individualista, tan egoísta que se entretiene en echar la culpa de todo a los otros... Menos mal que explicando una lección vi esperanza: un alumno pregunta "en 1936, ¿la guerra de qué?"; sonreí, porque minutos antes otro, al leer un relato fantástico de Galdós, había dicho "ah, sí, Benito Pérez Galdós, un escritor de hace cien años o más, mi calle se llama así". A ver si no los echan a perder los desocupados (o desocupadas) de siempre.

15 de febrero de 2017

El silencio de las piedras

Un día cualquiera, da exactamente igual. El coche me lleva por una carretera bien asfaltada, cómoda y, de vez en vez, me cruzo con otros vehículos de paso; la radio, además, recuerda que estamos en dos mil diecisiete: "Boletín de noticias; actualidad, en España, los partidos... bla, bla, bla". Al fondo, casas abandonadas; juntas, como sosteniéndose unas en otras; varias de ellas aún dejan ver persianas en alguna ventana; otra más, casi a su lado, tiene ya el tejado caído, la de la esquina recuerda que incluso tuvieron número y deja adivinar un cinco: imaginemos que es la calle de Albacete, por nombrarla de algún modo. Ahí, en ese pueblo o pedanía o aldea o caserío hubo un día gente; jóvenes que labraban las tierras colindantes -hoy olvidadas también- con sudor; mujeres que abarazaban a otros seres de corazón latiente; fiestas en verano y lágrimas en los entierros en algún camposanto olvidado por los deudos. La gente se fue, poco a poco, como sin darnos cuenta. Hace algún tiempo acudí a uno de estos sitios, ahora memoria de historiadores y poco más y fotografié su eco; una chimenea, decorada con pintura al fresco por un señorito con ínfulas de pintor; a la salida me dijo el abuelo: "pusieron el trasformador de la luz en el 61 o 62 y en el 63 ya no quedaba nadie aquí". Allí sigue el transformador, cortesía de Iberdrola, entre los cascotes de lo que un día fue caserío que albergó a trescientas personas, según un censo de 1916. Delante de mí un camión: reduzco, cojo velocidad y adelanto; así, contrapunto de la modernidad con el fondo de aquel pueblo de La Mancha, en que no quedan ni los ecos mudos en la noche; casas que en veinte o treinta años serán polvo; sitios en que hubo alguna tele y vieron al Caudillo irse, a Adolfo subir y bajar, a Naranjito o el petardazo de Chérnobil -en blanco y negro, eso sí-; aquellos días de frío hasta en los huesos, cortesía de las casas sin calefacción: hoy ni los reclaman los cazadores de herencias. Cada vez hay más pueblos abandonados, según las últimas estadísticas; cada vez hay más contaminación en Madrid o Barcelona, en los barrios que ya no son ni obreros, en opinión de la UE. Y digo yo...

5 de febrero de 2017

No tener tiempo

Le pasa a mucha gente: basta con escucharlos, con mirar sus estados del whatsapp o sostenerles la mirada. Sí, a ellos, a nosotros... hay gente que dice que "no tiene tiempo" (en la era de la comunicación esta, que crea más incomunicación y menos sociedad que en la Edad de Piedra). Nos engañan: nadie no tiene tiempo, porque lo tiene para otras cosas y para otras personas; les queda la pose esa de quedar bien: conmigo ya no cuela la trola, pero veo que con otra gente sí y cuanto más jóvenes son más duele la mentira. En la vida, la amistad y el otro tienen un valor fundamental: debemos tener tiempo para quien nos importa, para interactuar acercándonos a sus momentos malos, a sus momentos buenos; es natural, es humano estar ahí, verse, hablarse y ahora que un mensaje es absolutamente gratis hacerlo es sencillo. "No tengo tiempo", "no puedo", "no contesto a menudo...". Normalmente es mentira, con ese prurito occidental de irse a dormir con la 'mentira piadosa', que es la peor de las mentiras porque lleva premeditación y es una cabronada. Todo el mundo tiene tiempo todo el rato: para lo que quiere, para quien quiere y es normal que haya gente que sea excluyente, pero sin el derecho a quedar bien. Es mejor, creo yo, que la gente diga claramente que no quiere saber de ti, sin guardar en la recámara la posibilidad de quedar bien por si te necesita alguna vez (por el interés, eso que mueve a tanta gente): la gente clasifica, da prioridad y está en su derecho (recuerdo a una persona quejarse porque otra no le respondía y resulta que ella misma no respondía y clasifica por norma: a veces tragarse su propio purgante, jode, pero lo inventó ella). Ocurre que hay gente que se toma esto muy mal y al final le afecta (a todos nos afecta, seamos sinceros) pero no debemos dejar llevarnos por el pesimismo, no debemos considerar sus mentiras como algo factible; no necesitamos hacer creer a quien clasifica que su ego está por encima del resto, cuando es un ego mezquino: convencido quedo de que si necesita algo (apoyo, consuelo, ayuda, dinero) no vacilará en escribir. Es importante que en ese momento tú mismo estés fuera de línea. Ayer leí algo que me hizo reflexionar: quien no te atiende no te valora, quien no te valora no merece la pena porque, en definitiva, vivir en sociedad tiene doble dirección y para quien no vales, tampoco debe ser opción para ti. Una mentira duele un poco, la verdad prevalece siempre.

30 de enero de 2017

Callarnos

Es lo más fácil, es lo que hace todo el mundo; es más, es lo que ha hecho todo el mundo todo el tiempo. Pero yo no quiero: están pasando demasiadas cosas, durante mucho tiempo y muy rápido y mi yo social no puede callar, no. Hace poco alguien me decía, quizás algunos alumnos, que era mejor no ver el Telediario: "Paco, es muy deprimente". Obvio, del silencio y del volver la cabeza para no deprimirse se levantaron y se levantan muros; por eso mismo sube la luz pero, aunque haya más agua y más aire no baja, sólo existe la inercia de encarecer; del silencio y del mirar para otro lado surgen los populistas y sus populismos; del callarnos se valen aquellos que no tienen el poder, sino que usan el abuso como norma (económica, social, particular de tu pueblo, barrio o edificio) para joderte el día, la noche o la semana entera. España siempre ha sido un país algo silencioso... a la hora de la verdad, porque a la hora del café o la caña todos hablan de cómo debería regirse el país, de quién debería liderar a los socialistas o a los ciudadanos, de cómo debería ser el tipo de IVA más adecuado o de cómo deben tirar los penaltis Cristiano y Messi (por no decir que en el bar todos dicen ser buenos en la cama, sin especificar que será durmiendo). "Yo me callo", "Yo no quiero líos"... Sí, callarse, cerrar la boca y no decir nada cuando una situación es injusta a sabiendas; no decir nada aunque te afecte (desestimar el derecho a dar por saco, al menos) y de ahí lo que ocurre. Si los que fuimos la primera nación de Europa en el siglo XV-XVI y traspasamos la segunda cultura más importante del planeta a varios continentes seguimos con la norma de callarnos, algún día seremos nosotros mismos los que debamos volvernos desde las terminales de los aeropuertos de esos países cuyo líderes montan muros, rompen con la Unión Europea o tienen ventaja electoral en las encuestas y derivan de aquellos otros que debimos expulsar de Europa con "sangre, sudor y lágrimas". Yo, al menos, no me callaré.

15 de enero de 2017

El teléfono móvil

Aquel día salí del lugar pensativo: las palabras que reivindicaban el derecho a consultar el móvil en un centro educativo (pese a las restricciones que marca la ley) habían sido muy bien escogidas, quizás un argumento que venía pensado de casa, o que había sido consultado desde el móvil. Porque, claro, es evidente que si tú estás frente a frente con alguien, explicando algo importante para su vida personal o quizás hablando de algo que cae en un examen, eso, sinceramente, puede ser ignorado por la respuesta a un whatsapp que lleva un meme de broma. Y digo que salí pensativo porque en ese caso todo el mundo tiene derecho a usar en cualquier momento del día (cien veces, en plan adicción... o más) su teléfono móvil (pese a las restricciones que marca la ley), sin importar dónde estés ni con quien estés. Vamos a suponer que a un cirujano cardiovascular le llega un whatsapp en mitad de una operación a corazón abierto, a vida o muerte para el paciente: ¿por qué no iba a responderlo y, mientras, dejar al paciente olvidado como si la intervención tuviese más importancia que responder un meme? Digo yo... igual antes está el derecho a usar el móvil que el deber de salvar la vida del paciente. Supongamos que te han robado el móvil, con todos tus datos, tus fotos, tus contactos y, rápidamente, vas a Comisaría: ¿por qué razón el policía no tiene derecho a ignorarte si le llega un whatsapp y quiere responderlo? Es más, imagina que vas en un avión y al piloto, en el momento de aterrizar y de estar en conexión con la torre de control, le llega un whatsapp de su hija con una duda sobre sus deberes: ¿por qué no tiene derecho a olvidarse del avión y contestar a su hija? Estoy convencido de que todo el mundo ha pensado que esos trabajadores (profesor, cirujano, agente de policía, piloto) no pueden usar el móvil en sus horas de trabajo, porque tienen una obligación, una responsabilidad con los demás; sin embargo, es como si el que está al otro lado tuviera el derecho a todo (incluso a lo que no hay derecho) porque vive en un país libre, en el que unos deben asumir la ley tajantemente y otros saltarla. El mismo absurdo que tener delante a la persona que te gusta y no decirle nada (face to face) y, sin embargo, escribir un mensaje sin mirar a los ojos: ¿le darás un beso también por whatsapp? Esto de creerse más que nadie es como cuando erupciona un volcán: tras los días de llamas, vienen los días de humos.

11 de enero de 2017

Chernóbil

Perfectamente, lo recuerdo perfectamente. La televisión me acercó a la Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov (la sonrisa roja) cuando pegó el petardazo el reactor nuclear de Chernóbil, aquella noche rusa en que un tipo se atrevió a experimentar su resistencia. Si no es por Suecia, que detectó la radiación inmediatamente, mucha perestroika y muchas risas pero no nos enteramos de la mayor catástrofe nuclear de la historia. Así, jugando, como jugando, un tipo y sus adláteres provocaron el aumento indescriptible de radiación y, mucho me temo, que unido a ello, de casos de cáncer en toda Europa. Una catástrofe medioambiental de la que no hemos aprendido nada, tan concentrados en pasar olímpicamente de la naturaleza y del planeta: no sé qué puede ser más importante que el hecho de que el lugar en que vives sea medioambientalmente saludable. A mí, lo de Chernóbil me puso los pelos de punta (mi madre y yo nos preguntábamos si serían solterones los miembros del Politburó; allí, en la Plaza Roja, todos hombres, todos soldados... hasta que llegó Raisa Gorbachova, tan maja la mujer); algo me debió impactar porque después compré y leí ensayos (así, el plural pluralísimo) sobre el tema y cada uno que me leo entre pecho y mente me pone los pelos más de punta: los testimonios, las condiciones, las repercusiones... Aquello fue una aberración, sin paliativos, sin endulzar nada... por esa razón me opuse después al cementerio nuclear, lo cual me supuso caras de pocos amigos... de algunos. Me recuerdo en 1986 (aún no habían nacido muchas de las poetas que ahora leo o estudio como crítico, por ejemplo) ante la televisión, con sus dos canales y el color incipiente en muchas casas, explicando lo de Chernóbil y entendiendo que aquello era algo gordo, como tres años después cuando Informe Semanal nos puso la caída del Muro. Una aberración lo de Chernóbil... solo que yo, treinta años después, no lo he olvidado y, mientras escribo, aún se me ponen los pelos de punta. 

4 de enero de 2017

¿Estamos en 2017?

Lo más importante en este nuevo año parece ser el vestido, bañador o lo que fuera que llevó el 31 Cristina Pedroche; en su defecto, lo importante será la temporada enésima de la serie que vas a ver o la gente que vas a mandar a la mierda, según se oye en los cafés cada mañana. Algunos piensan que es prehistoria aquello de la guerra mundial, el telón de acero, la descolonización, la transición, los golpes de Estado y todo aquello que nos metían con calzador en el Bachillerato. Pero... ¿estamos en 2017? ¿En serio? Me da la sensación que no, así, con mala leche: niños que pasan hambre o no tienen un techo bajo el que cobijarse y, de además, niñas que tienen prohibido ir al cole en muchas latitudes; unos cuantos países aún viven bajo dictaduras, algunas casi medievales... Cuando nos quejamos de que hay pueblos sin wifi (y lo hacemos con razón), se nos olvida que hay otros sin agua, sin luz, sin carreteras ni escuela o consultorio médico en África, América o Europa, es lo mismo. Además, parece como que no sabemos que hay ancianos sin pensión; niños cuyos padres, al divorciarse, los catalogan como a la tele, la planta y el collar de pedida; empresarios que pagan salarios de esclavitud para poder hacer frente a sus viajes de placer, yates o al palco del fútbol; gente que se divierte maltratando animales, personas o quemando bosques así, que se nos ocurra... Paro, contratos basura, emigración obligatoria de gente altamente cualificada, salarios de antes de la guerra y precios de hacérnoslo mirar; extremismos que dan miedo, agresiones o atentados irracionales... Asimismo, mientras comentamos la casa del vecino, las piernas bonitas de Nochevieja de no-nos-acordamos-quién, el año ha comenzado con varias mujeres muertas, a manos de presuntos: algunas de ellas realizaban en vida trabajos por los que cobraban menos que si fuesen hombres haciendo exactamente lo mismo. Parece como que no pasa nada, cuando pasa todo lo que como generación no hemos sabido, aún, resolver. Eso sí, mientras el año comienza valorando a la inteligentísima Cristina Pedroche y su escaso vestido, nuestros líderes, los que presuntamente tienen que resolvernos todo aquí y en otros lugares, están ocupadísimos en congresos, primarias, tomas de posesión, elecciones, votaciones internas, bloqueos... para ver quién es el líder y a quien echan a la calle, con esa indiferencia hacia la realidad que, como poco, genera mala leche.

2 de enero de 2017

Falsas apariencias

Alguna vez caes en la cuenta de que alguien ha cambiado su imagen de perfil y te paras a mirar la nueva foto; así fue como hace unos días vi que una escritora amiga mía había puesto una nueva imagen. La típica cena navideña de amigas, todas muy sonrientes, todas elegantísimas, todas celebrando el reeencuentro, todas muy sanas puesto que sólo se ven cocacolas y fantas... Como quiera que me pareció expresiva, en sí misma, pensé que todas aquellas chicas podían ser lo que mi imaginación literaria les atribuyera, como a seres inanimados de ficción. ¿Acaso en una foto no hay algo de ficción? Pero no, aunque es mejor que sepamos cómo empezó la cosa: escribí a la propietaria de la foto y le manifesté mi positiva impresión del grupo, respondiendo ella con una electrónica sonrisa. Acto continuo, aproveché para atribuir a las jovencísimas amigas, en torno de aquella mesa de restaurante, una serie de cualidades que me devolvieron una puntualización cargada de más risas. No, no eran lo que yo creí (ni lo que cree toda la gente que juzga sólo con mirar de lejos, que es un grupo mucho más amplio de lo que el lector cree, pues vivimos en el país del juzgar y vivir las apariencias) sino que ella, con paciencia, me fue explicando. Me nació la idea de escribir la historia de la foto, aunque que para evitar posibles reclamaciones vía novios (muy español también), no puede el que esto escribe hacer uso ni de fotos ni de nombres, pero ahí quedan ellas, con sus sonrisas para siempre, la impresión del primer momento (¿para qué voy a cambiar yo, si soy quien escribe?) y su juventud andaluza postulándose para la posteridad; también este cuento, puesto que si no se escribe de la realidad y el deseo, la noticia y la ficción, se muere el momento, la libertad y el decir las cosas...