27 de agosto de 2017

Por encima del hombro

En todos sitios, imagino, hay gente así; bueno, gentecilla; es más, gent... La estirpe esa de la persona altiva -chulitos o chuleras de toda la vida- que mira por encima del hombro, de la que siempre te preguntas tú cuál será el mérito que se atribuye para ser así; porque mirar por encima del hombro es una forma de vida. Cuando se sale por ahí lo ves claro: siempre hay alguien que, en su fuero interno, establece cómo es otra persona: las perras que tiene en el banco y, obviamente, influida -o influido- por los dioses del Olimpo establece también los cánones de belleza; digo yo que esto es el efecto secundario de la posverdad, el hipsterismo, la televisión basura y el populismo rampante. Vaya, que toda esa gente que clasifica, estratifica, separa o, simplemente, mira por encima del hombro nunca son científicos, premios nobel, deportistas de élite... no, no, suele ser el mundo choni, el colectivo ni-ni, la pandilla de los tontos del pueblo -o del barrio de la ciudad, según-, etc. Es más, me paro a poner ejemplos y hay que ser muy valiente -o valienta, ahora que se dice así en la tele- para ir de listo suspendiendo todo, de pija sin un duro y de guaperas.... uf, mejor no seguir por ahí. Gente que, normalmente, toca mucho las narices, sobre todo a la gente de la secundaria, en esa edad tan moldeable. Ahora bien, me entra cargo de conciencia y pienso que igual que hay cardos borriqueros en las cunetas, contendores en las calles con su dosis de pestuza, polvo en el desierto y nieve en el Ártico, tiene que haber gente que disfruta creyéndose Zeus en una terraza de café. ¡También yo!

17 de agosto de 2017

Lo que se fue...

Supongo que será igual para todos: un buen día, despiertas y al instante compruebas que hay cosas que ya no son igual, exactamente igual. Qué sé yo: aquella persona que no soportabas ahora tiene algo interesante; o lo contrario, ya no encuentras nada especial en la persona con la que hablabas todo; quizás tus manos tienen una fisionomía diferente, tus ojos requieren unas lentes para leer la jodida letra pequeña... De pronto, posiblemente, empiezas a entender cosas que hasta entonces no y, además, te dejan de gustar las tonterías que te gustaban desde adolescente. Igual, hasta dejas de cogerte un berrinche por las nimiedades que ponderabas desde los quince años, por ejemplo. Es como cuando miras las fotos del instituto, o las de la universidad: cuántos que no ves desde hace años y qué sensación tan distinta al darte cuenta de que la chica de la orilla no era la única mujer del mundo, con las que conociste después con sus bellezas interiores... Ahora las chicas de tu edad tienen cuarenta y las de treinta quizás dicen "hola y adiós" por la calle. Incluso cuando viajas ya no eres capaz de dormir en el tren, como cuando íbais por cuatro perras a cualquier lado. Cualquiera con una copa en la mano te dirá que es el paso del tiempo, pero realmente tengo para mí que es la madurez esa en la que todos caemos... nos damos cuenta de cuánto tiempo hemos perdido en nada, pudiendo haberlo ganado en todo.

14 de agosto de 2017

El círculo vicioso...

Todos llevamos la agenda pegada al móvil... En ella, contactos que habitualmente dan señal de vida, gente con la que nos comunicamos como fórmula social; luego, además, están esos otros que un día nos hacen pensar que no existen, que han cambiado el número -sin preaviso- o, sencillamente, gente que se fue y ya no hubo nada: teléfonos que piensas que hace años que no marcas... Hay días en que te piensas dos veces escribir, quizás porque lo que tienes que decir es tan largo que requiere de un café o una caña, según la hora; pero también hay momentos en que te paras y piensas que decir algo ya no es necesario, está de más, no viene al caso... Resulta sorprendente ese contacto que da señales de vida muy de tarde en tarde, como si las personas fuésemos un monumento nacional que visitas algún que otro verano, para decirte qué bien conservado lo tienes. Todos, indudablemente todos, vivimos pegados al teléfono, la sociabilidad depende no sólo del escribir, sino del que te lean; la afectividad está en que te escriban: porque aunque parezca raro, extraño, impensable, porverdadero, también hay quien, alguna vez, se descuelga con un "¿Cómo estás?" Lo curioso fue un caso en que, al escribir para preguntarle por cómo iba un proceso de convalecencia, respondió: "Lo siento, no tengo tiempo para escribirte", sin caer en el hecho de que ya lo estaba haciendo, muy groseramente por cierto. ¡El tiempo!... eso que pasa mientras decimos que no tenemos tiempo.

7 de agosto de 2017

Música para feos...

En mitad de la canícula -o de la posverdad, según nos dé la gana- todos entramos en un lugar concurrido: pongamos por caso un bar, restaurante, tasca, tugurio o chiringito... y siempre estamos rodeados de lo que en otras eras glaciales se denominó ser humano. Pero, he ahí que cuanto más cercanos sean, peor: mucha gente decide de qué tipo es el resto -como las cédulas personales de la Restauración-; o sea, de tecera, de segunda o de primera... Son cosas de la posverdad y del modelo de clasificación de la tele, así como el que no quiere la cosa. Uno se toma un café, saluda, mira el móvil, lee la prensa, responde al camarero y mantiene una breve conversación con uno u otro, porque la gente pregunta, opina o quiere saber... lo normal, salvo esas personas escogidas que disecionan a simple vista y saben a qué categoría pertenece cada cual y sobre todo saben la cuenta bancaria de los demás sin verla. Cada día somos más los que alzamos la voz contra la superficialidad en la que está cayendo la mayoría, el ombliguismo del mundo, el mirar por encima del hombro... Posiblemente sea por el calorazo, como dice una amiga de acento extremeño; probablemente es que yo soy de esas conversaciones a los postres con acento murciano... quién sabe. Lo que me sorprende es el ejemplo de una persona así, muy de clasificaciones, muy de considerarse de la jet, que al hablar dice almóndiga, alvertencia y de-que-sí.

1 de agosto de 2017

Conversaciones a los postres...

Así, de repente y en donde menos lo esperas; así, como de improviso, sin espera ni búsqueda... Así nace una conversación en la que salen a colación experiencias, querencias y pasiones. Como las mejores conversaciones y que le den a esas otras del tiempo, en el ascensor de tu comunidad. La mejor marca es escuchar, más esta vez con esos ojos tan expresivos, vaya usted a saber si por su color o su vida, o ambas cosas... Y uno escucha con la atención del principiante, con la lentitud del alumno que aprende... allí, ella hablando; enfrente, yo escuchando. Como hace tiempo que no has escuchado, con el interés de cuando estás encantado de escuchar: sin atender el aire que se respira ni el entorno, con su ruido y sus misterios; absorvido por el interés como hace tiempo. Y todo a los postres, todo una conversación a los postres.

24 de julio de 2017

En el tren

Uno de esos días insulsos que existen y que uno tiene; uno de esos trenes medio vacíos a horas intempestivas de la mañana; una de esas ciudades de provincias en mitad de la nada o de todo; una de esas épocas en las que uno debe buscar un camino entre dos... Me siento en el 7B y frente a mí, dos estudiantes, que se bajarán más tarde en otra pequeña ciudad de provincias: esos lugares que son imprescindibles por su gente. Ella: rubia, joven, ojos azules... me mira todo el tiempo, con ese tipo de mirada penetrante y fijadora que hace dudar entre el cotilleo, el espionaje o la nada. También yo me fijo en ella y en su acompañante, otra chica con una maleta enorme, pantalón corto y medio bocadillo de bacon, que deduzco por el olor. Hablan de un examen jodido de una materia jodida y un profesor jodido, pero no me quita ojo. Como uno no es ya universitario, me levanto al baño: quizás voy manchado, o con la barba excesiva, o despeinado lo poco que queda en las cumbres, pero no. Ella allí, mirando, sonriendo. Es una estudiante normal, de una edad normal, de una carrera normal en una ciudad normal. La megafonía avisa; ellas bajan, pero le da tiempo a decirme: "Te conozco del Facebook de una amiga; me gustan tus cuentos, los leo en el móvil camino de la Uni... yo también soy de Albacete". El tren continua, sin ellas...

22 de junio de 2017

Timidez en defensa propia

Dice Marcia, con media sonrisa y mientras el resto la miramos, que lo que somos muchos (hombres) es tímidos... Si me paro a pensar -y a decir- concluyo dándole la razón; es cierto, detrás de muchas miradas hay timidez; detrás de muchos triunfos incluso, hay timidez... Es cierto que ella ejemplifica en el tema amoroso, pero quien es, lo es para todo. Hablar, estudiar, opositar, comprar, reír, soñar, decir, pensar, querer, incitar, votar, opinar, defender, caminar, gritar, soñar, beber, vivir... verbos para el tímido; el que es tímido, lo tiene dentro del círculo. Sólo que algunas personas se ponen como una coraza que parece ser timidez y es defensa propia; a veces, esa gente lleva demasiadas batallas -no necesariamente con vencedores y vencidos- y esa mirada, esa pose, esa cara de timidez es, sencillamente, defensa propia, no otra cosa.

15 de junio de 2017

Lo que hicimos bien...

Mientras tomo un café -que ayuda contra el calor- pienso que no todo se ha hecho mal en España; no es cierto que todo el pasado sea revisable. El episodio político que mejor hemos llevado a cabo colectivamente los españoles ha sido, sin duda, la Transición: ese periodo del que algunos reniegan y que, a pesar de algunas opiniones, entra para la EvAU, se estudia en facultades universitarias de medio mundo y resultó un ejemplo de pragmatismo, sensatez, diálogo y... política. Hace ahora cuarenta años -que se cuentan pronto- que todos los españoles mayores de veintiún años acudieron a las urnas por primera vez tras el final de la guerra civil y de la larguísima dictadura; además, dejando de lado los extremos, los libros de filosofía sesuda, la películas de arte y ensayo subtituladas y los miedos del miedo mismo los españoles votaron mayoritariamente por dos grupos centrados (UCD y PSOE) que, así como el que no quiere la cosa, representaron la socialdemocracia y la democracia cristiana que configuró Europa como el lugar de libertad, democracia e igualdad que aún hoy es. Sí, creo que fue un ejemplo que debe enorgullecernos, más allá de estar en los libros de Historia y de ser ese tema de estudio que apenas se ve porque cae en junio, como todos sabemos. Claro está que desde ahí hasta hoy hay cosas a medio construir, realidades sin hacer y otras mal hechas, pero para eso está la democracia y estarán las generaciones políticas venideras -que no sé si se sientan ahora en el Congreso- para subsanarlo. Se dice, de vez en cuando, que hay que revisar la Transición, probablemente porque no se sabe lo que fue y lo que implicó, claro está, en cuanto a cesión de ideas y de proyectos y en cuanto a consenso en los procedimientos: todos tenían un muerto, detenido o represaliado en la guerra en su familia; en un lado u otro, que asimismo era un mito en casa, pero en 1977 se trataba del interés general: más tarde vendría la memoria histórica. Hoy, sin duda, evocamos a Adolfo Suárez -que a la postre ganó- sentándose a diestra y siniestra y plasmando la realidad nacional en los Pactos de la Moncloa, algo que desconocen quienes a veces dicen haber leído tanto y cuanto y, con el debido respeto, permítanme que lo ponga en duda. La Transición política española es, sin lugar a dudas, lo mejor que han hecho los españoles por la libertad desde que lo intentase por vez primera en serio el general Prim en 1868. Tengo para mí que lo que uno hace bien se mantiene, se defiende y se muestra con orgullo. 

10 de junio de 2017

Con la mirada en lo improviso

En estos tiempos absurdos de la posverdad a mí aún me gusta observar a mi alrededor, incluida la gente, claro; es sencillo, por seguridad y porque del mirar nacen las historias... "Con la mirada en lo improviso", como escribió Gerardo Diego. He quedado con ella, una mujer joven a la que debo explicar cuatro o cinco cosas básicas; me ha citado en un lugar elegante, no sé si lejos de su alcance económico o qué... Mientras me ponen la copa pienso en que ando huérfano de musa, eso que parece absurdo a los de la posverdad, tan poseídos de su mentira sin alma, esa que no pisa la calle. A mí, si unas manos no me sugieren un poema, si unas palabras no me llevan al relato o si unas ideas no me sirven para el teatro, los cardos de las cunetas tampoco me señalan nada, más que el nefasto calor que abría Las uvas de la ira. Llega la autora, con esas ganas de comerse el mundo de los veinte años y me sonríe, sin saber que ese mundo de lobos sólo se combate con altas dosis de paciencia, aderezada de mala leche. Me encanta ver cómo ahora estas generaciones llevan una libreta de tapas duras, un boli y el móvil, bajo cuya carcasa guardan el deneí y veinte pavos que, en un sitio pijo como este, no llegan ni para la propina. Le digo las cuatro básicas y me mira como si yo fuera el tío que lo inventó todo, sin caer en que un día estuve ahí, con las mil pesetas bien dobladas que no daban más que para un par de libros de segunda mano y la copa de vino malo que nos ponían en Alonso Martínez. Además, que me encanta lo que escribe esta generación de ahora; me gusta echarles una mano por decirles que las letras, fuera de un maravilloso libro y un alma que lo dicte, no sirven de nada posverdaderamente... Cuando piensa en que un par de copas, aquí, cuestan más de veinte pavos, se pone roja y le digo que pronto, cuando sea conocida, me pagará la revancha (me mira con asombro). "¿Y tú?", me interroga. "Yo tengo bastante con buscarme una musa...".

22 de mayo de 2017

Les fabuleux

Así, a ratos y en las redes, los posverdaderos -sabiendo de todo y acertando en todo- les entran bien al público y, si nos ponemos, al narrador también. Es modernidad -recuerdo ahora- todo cuanto se crea con el fin de una pervivencia cultural; pero, como si esa nueva gauche divine tuviera la llave para configurar cualquier relato, tomando cualquier punto de vista novelesco que le parezca y con la "suerte" de que siempre ilustran al vulgo... oye que ya no existe otra cosa: "después de mí, la nada", decía aquel. Ahora bien, he ahí que me encanta aguar la fiesta de ese modo que hace pensar que a ver cuántos parados, jubilados que no llegan a medio mes, estudiantes que están atacados con los finales, autónomos con el IVA en ciernes, familias que con cuatro días de veraneo se dan con un canto en los dientes -así, como en 1975, paralelamente comparando- y gente ni siente ni padece, están al día de los dictados electrónicos de estos chiots. Allá por los noventa nos enseñaban que uno va y lee y sale a la calle y se sienta con la gente y escucha -permitiendo al otro su parte de expresión- y palpa la realidad... así sin poses, que "la mejor vida el favor", como dijo Lope en octosílabo. Ocurre que este individualismo en ego mayor nos está haciendo perder la noción de que cualquier arte, idea, expresión, proyecto, solución, si no es para la mayoría "fuese y no hubo nada", pero ahí está esa troupe posverdad que ni come ni deja, ahí es nada.

7 de mayo de 2017

Encrucijadas del decir

No, no es lo mismo decir que callarse; como no es lo mismo decir una cosa o la contraria. Ahora la vida, por lo que sea, se está poniendo en plan desafío constante: no es lo mismo decir que estás con el que defiende la democracia republicana, la idiosincrasia europea y la convivencia que con la heredera de aquellos que, como explicó Churchill, costó 'sangre, sudor y lágrimas' expulsar de Europa en los años cuarenta, no. Tampoco es lo mismo gritar el lema del partido único español, que representaba a la mitad de la nación victoriosa que el grito de viva tu país, que representa a la totalidad de la población, incluidos aquellos que quieren dividirla o que no saben ni en dónde viven, no. Tampoco es igual hablar claro en contra de la corrupción -sea cual sea y sin miedo- que empezar a hacer distingos porque si los míos han metido la mano menos, o mira tú que los tuyos en... no, no es lo mismo ser independiente y condenar al corrupto que atarse a un titubeo que te retrata -lameculos se les decía antiguamente-. En política se puede meter la pata -obviamente, todos somos humanos-, pero jamás la mano. Y escribo esto porque lo peor es actuar como si todo fuera relativo: lo mismo da un presidente de Francia que una presidenta; igual es gritar una cosa, que otra, etc. Pues no, porque no es lo mismo pagar a Hacienda que el te devuelvan; tampoco es idéntico el que te den días de vacaciones o no te los den; para muchos no es igual madrugar que levantarse tarde y como no es lo mismo, tampoco nos valen aquellos que al hablar, al opinar, al pedir el voto no saben ni lo que dicen ni dónde están. No, no es lo mismo llamar que salir a abrir.

2 de mayo de 2017

Lo que faltó por decir...

No sé si ya merece la pena -nos merece la pena a todos, puntualizo-, pero mientras el café sabe esta vez amargo y me acompañan unos versos de Gerardo Diego -tan identificado con él como he estado siempre- pienso en todas las cosas que se me quedaron por decir, algo así como emociones, sentimientos, identificaciones, reproches, indulgencias y toda clase de versos que no nacieron -y si nacieron, nadie los sabe-. Todos tenemos palabras que no dijimos, que no llegamos a decir de tan pensadas... de amor, de pasión, de reproche, de admiración; gente que se ha ido porque hemos tarifado, o hemos cambiado de ciudad, de abrigo, de pasión, de ideología y hasta de cama, pero con quien te ibas de viaje, de cafés o de copas... qué sé yo, esas cosas que tiene la vida, ese tiovivo en el que estamos subidos y que da vueltas cuando menos te lo esperas. Recuerdo ahora, justo ahora -hoy-, nombres y lugares en los que la vida transcurría al precio de confidencias, ilusiones, proyectos; aún parece que queríamos ser todo, hasta que decidimos ser nosotros. Lo que ocurre -tengo para mí- es que eso de mantenerse callado empieza a parecer poco provechoso: con el permiso de una mirada, o del vino que se nos sube, creo que nos toca ser sinceros y decirnos, no vaya a ser que el tiempo y el humo de las revoluciones nos lo impidan. Eso de callar está bien, siempre que no se oculten palabras de futuro, o intenciones de provecho. Ahora que, a estas alturas... Algunas cosas faltaron por decir, sí, a no ser que...

22 de abril de 2017

Torres más altas...

España es un país de incrédulos... y es que el tiempo nos había susurrado al oído caerán. Volemos a un pasado de hace pocos años: allí ellos, pisando fuerte, con la arrogancia del poder y la soberbia de la ignorancia; aquí nosotros, pagando la crisis. Se les veía venir, el perfume que exhalaban ya olía a podrido y en el camino dejaron un reguero de gente útil, muchos de los cuales, sobrevenida la crisis, tuvieron que emigrar: ingenieros, arquitectos, profesores, médicos, enfermeras... gente normal, de esa de la calle, hijos del trabajo, gente que sabe qué es el mérito y el esfuerzo y que no llevan apellidos rimbombantes de familias de cuando las calles eran de tierra, ahí es nada. Tuvieron sus minutos de telediario; guapos, sonrientes, engominados, entaconadas... Pero nos lo decía el olfato, solo que alguna gente creía que el tiempo iba a fallar en este caso, pero se barruntaba: como aquella vez que esperaban que un mafioso de Chicago cayera por sus delitos y la pista estaba en los impuestos; ahora, sencillamente, era cuestión de mirar en otro lado, de preguntar a una víctima, porque esos individuos tan soberbios siempre creen que el que está enfrente es una mierda, hasta que acaban durmiendo en duro, lloren o no lloren. El tiempo es como aquel viejo de un pueblo de Castilla que salió y le dijo al nieto "cógete una silla y siéntate a esperar el cadáver de tu enemigo pasar por tu puerta, pero no te olvides la paciencia". Eso que Calderón llamó justicia poética; justo Calderón, el padre del conservadurismo español. ¡Qué cosas tienen en España!

17 de abril de 2017

El lugar de una ausencia

Entro en un lugar, un café o un centro comercial -me es indiferente- y parece que la veo allí, de espaldas, como esperando que yo llegue. Algún resorte que mueve la ausencia e implica que parezca que está allí quien realmente está a cientos de kilómetros... Dicen que por ahí, en el mundo ese que aún no hemos recorrido del todo, existe alguien parecido a nosotros; lo cual yo descarto, pero un parecido, así como un aire rubio a ella sí puede ser... yo no hice el mundo, ni lo entiendo... El caso es que uno va caminando por la Gran Vía, o Sol, o cualquier calle de provincias -pongamos por caso la calle Ancha de Albacete, que no se llama así, pero por entendernos- y parece como que la veo... entonces echo de menos mirar sus ojos, pararme en sus manos, el eco de su voz... no sé, esas cosas que entonces fueron cotidianas y que ahora son recuerdo, instinto y poesía. Claro que eso es así cuando la distancia no es olvido, sino pausa, un esperar a ver de nuevo, cuando sea, donde sea, como sea, con la venida del tiempo, con el fulgor del deseo de volverse a ver... Siento ganas de acercarme a ver si es ella, aunque no lo hago porque, en este caso, la incertidumbre alimenta las ganas de volvernos a ver... así que no caiga el telón, si no es ella.

15 de abril de 2017

La barra del bar

La soledad: a veces, esa gente busca un rato de soledad... Cuando entré en aquel sitio y me situé en la barra del bar, la reconocí inmediatamente. Una actriz famosa, autora además de un poemario solvente, con cierto interés literario. Estaba sola, bebiendo whisky. Pensé que esperaba a alguien, de esas veces que se llega antes y vas esperando con un Martini en la mano. Saqué mi cuaderno y fui leyendo despacio, anoté otras cosas: yo también busqué estar solo. Alguna vez nos miramos fíjamente, quizás recordando aquella noche en la que, tras una representación de aficionados, ambos nos fuimos a cenar juntos con el resto del elenco en un bar interesante de Vallecas, poco más. Sacó una novela y leyó, mientras un camarero silencioso le servía una Texas Burguer. Mi timidez me ha hecho perder el tren muchas veces, pero aquella noche me acerqué a saludar, pensando en que me mandaría a la mierda por molestar o que, de repente, entraría en el sitio una persona que rompería el embrujo. Fui. Copa tras copa, paseo, risas, conversación... hasta que nos dieron las cinco y ambos habitábamos en el mismo hotel de la ciudad.

2 de abril de 2017

Tiempos de posverdad

Me ha ocurrido varias veces que la joven que me sirve el café, o un vino, se sorprende porque le dé las gracias, acostumbrada como está a que le suelten toda clase de impertinencias y onomatopeyas. Claro que soy de aquellos que quedaban, entre finales de los noventa e inicios de este siglo, en el Café Comercial -antes de su cierre y reapertura-; mis compañeras de Filología y yo íbamos por la cosa literaria; además, allí me reuní con poetas que empezaban y que hoy tienen ya su nombre y premios... No hace tanto, pero ciertas tribus urbanas -y sus réplicas rurales- lo verán como en el Pleistoceno, detrás de sus tablets, sus debates en la Red y demás apelaciones a la posverdad -entérense que ya no existe decir verdad o soltar una trola-; ahora empiezan con matices, algo así como la demagogia de entonces, que a los universitarios nos daba alergia. Estaba hablando de la joven a la que yo, como cliente, le doy las gracias porque se pasa no sé cuántas horas de pie en la barra por un sueldo que habría que verle en nómina, si está dada de alta, claro. Los de la Red gritan a veces que decir "buenos días", "por favor" y "gracias" a una camarera es querer ligar con ella y se quedan tan a gusto. Es este mundo de la posverdad en que todo el mundo debate en las redes, la monta, se crean alarmantemente noticias falsas, etc., eso de leer, ser educado, caminar, sentarte a escuchar a alguien, conversar... en fin, queda como anticuado. La afectividad, el mérito, el esfuerzo, la lealtad y hasta los besos y los abrazos han sido sustituidos por los 'me gusta' fáciles de las redes, constantes, permanentes, ubicuos; a veces, incluso, no se dice la verdad sabiendo que no se dice para que aplaudan otros. No hago eso y hace tiempo también que no voy a ciertos eventos, precisamente porque yendo con mis compañeras al Comercial aprendí a escuchar, a contraponer ideas y opiniones -aunque generaran polémica o malas caras- y uno ya no tiene tiempo para hacerse de menos con estas cosas. Una noche de antes de la posverdad regresábamos un grupo de universitarios a casa tras una cena de aquellas eternas y, tras una hora de caminata por el Madrid de entonces, parecía que habíamos descubierto la verdad, la literatura y hasta el amor... claro que nos separaban centímetros, a lo sumo metros, nada de ordenadores ni conspiraciones mediáticas.

12 de marzo de 2017

El autobús rural...

Ana es una estudiante de un pueblo pequeño; coge todos los días el bus para ir al Instituto, en Albacete, ya que para ella sola no hay transporte escolar. Mañana cerrada, algo lluviosa; en la parada del autobús de línea está también Deogracias, anciano que va al Hospital a que le hagan una placa y Marta, que va con su madre, anciana, a renovar el DNI. Cuatro, que deberán tardar un rato aún, pues el coche de línea pasa por otros dos pueblos igual de pequeños que este, "en vías de extinción", según dice Ana. Sube también una periodista joven, con su cámara en ristre y le van contando: Ana cree que cuando acabe el módulo en el Instituto se irá a Valencia, con una prima; pero Deogracias alega que cuando él y su difunta iban a la capital, el autobús se llenaba la mitad por lo menos... "ya ve usted lo que es para una persona que no sabe conducir". El vehículo entra en la Estación y la periodista se va a la compañía, allí le dicen que es deficitaria y que en breve se replantearán quitarla. "A ellos -piensa la periodista- les da igual que el gobierno haya asfaltado y ensanchado la carretera, o que esos pueblos sean pequeños, pero que entre todos sumen quinientos o seiscientos habitantes, un número que hay que tener en cuenta". Claro que... ella no estudió números, se tiró por letras... Me llama y le explico que esas compañías tienen subvención oficial que cubre las pérdidas, que tampoco es para que lloren tanto y que así también trabaja cualquiera: si ganan pasta, para ellos, pero si no, subvención el canto y a veces los autocares se caen a pedazos. En todo caso es el hecho de que la gente es un número y que, además, algunas zonas se quedan sin habitantes, a veces por la desidia de no intentar planes alternativos. Ana come en Albacete, porque luego tiene un trabajo de media jornada y la vienen a recoger su padre o su hermano mayor, ya que la única hora de regreso en bus le va mal. La periodista le inquiere y ella, después de masticar un trozo de hamburguesa regada con un trago de coca-cola, le dice "bueno, si hubiera trabajo, yo me quedo allí que es mi pueblo, aunque los findes me venga a Albacete o me vaya a Valencia". 'Buena idea', pienso yo, aunque mucho hablar las autoridades pero el trabajo para los jovenes...

5 de marzo de 2017

Sin ocupar su aire

Algo pasa, más allá de que se esté produciendo un contrasentido: toda una generación está viviendo peor que vivieron sus padres, a su edad actual y pese a que el mundo avanza; algo pasa, pienso, para que no sea sólo un eurodiputado ultra quien se despache contra las mujeres con ese intolerable e inaceptable tono de hace cien años... Empiezo a recordar cómo algunas veces he entrado en el local en que había quedado y allí estaba ella, con una copa de vino en la mano, o con un café si era la mañana... Recuerdo sus ojos; tengo nítidas sus miradas. Hablo de poetas, de estudiantes de letras, de profesoras de alguna lengua, de compañeras de clase... Ahora caigo en que lo que cambia desde los noventa a hoy, además de la edad es el desparpajo, la sonrisa, la locura con la que la genialidad de tantas chicas de artes y letras fluye; pero aquella capacidad de hablar mientras se encendían un pitillo o nos servían la segunda, o la tercera, permanece en todas ellas... Te dirán que aprendieron de mí de cuanto les dije, les recomendé o les pregunté: fui yo quien aprendí de ellas, por eso me sentaba ante sus letras y sus artes, ante sus ojos, para aprender... Algunas veces acabamos tarifando, como es propio de los egos filológicos (incluso alguna vez se ha producido el helador desprecio de la indiferencia, que se debe tomar como una opción del ser humano), otras acabamos enlazando tal amistad que podía derivar en explicar en endecasílabos una receta de cocina, si nos poníamos. Me paro a pensar y anoto que ayer hablé con dos mujeres que andan tras sus versos, me contaron de otra que baila como los ángeles y alguien estaba saturada bajo una pila de papel por corregir y anotar... Algo pasa si no entendemos esta vida (a veces jodida, claro está) de miradas, besos, adioses, quejas, principios y finales... No es sencillo explicarlo, pero tampoco imposible: nadie puede respirar el aire de nadie, salvo el de uno mismo.

26 de febrero de 2017

Cruzarse al tiempo

Unas veces dejamos de ver a alguien por decisión de ese alguien, con mayor o menor justicia; otras, tejemos un camino de silencio nosotros mismos... En ello, los adolescentes montan un drama cuando alguien se les va; algo mayores, sacamos lo bueno y lo malo del hecho y apechugamos. Aunque... una vez alguien me dijo que el tiempo sale al encuentro de uno mismo y, en la inconsciencia de mi juventud, no le creí: es cierto. Aquella mañana, mientras me anudaba la corbata y terminaba el café humeante en el hotel de la pequeña ciudad de provincias reparé en que en el programa estaba el nombre de una antigua conocida con la que mi carácter chocaba siempre, hasta que se rompió. Una vez en la sala, ambos compartimos mesa redonda; ella, tan competente a pesar de todo, intentó acaparar miradas, flaxes, parabienes y aplausos, siempre un paso por delante de los demás: su tema, candente, le propiciaba el éxito rotundo y, una vez más, quedar un peldaño por encima. La miré, estaba tan hermosa con su miopía que me recordaba las viejas horas de apuntes, juntos en la Facultad, las complicidades, los cafés, los trabajos en equipo hasta que... Llegó mi turno, con ese momento incial en que la timidez reside en el estómago; recordé con fidelidad el pasado, incluso sus putadas, sus comentarios hirientes, su competitividad atroz y empecé a hablar de mi tema. Solo que guardaba conmigo un viejo as en la manga, siguiendo siempre al magnífico Lope: puesto que el vulgo viene a oírte, díselo para que el vulgo lo entienda y, en esos fregados, uno siempre ha sido zorro viejo. Las miradas, aplausos y flashes, además de las preguntas, vinieron hacia mi ponencia. Terminó, la miré indiferente y repetí para mí aquellos versos de un poeta amigo: "que el premio del engaño es el olvido".

19 de febrero de 2017

People help to people

Quizás fue por lo de aquella mañana... El tipo del camión no miró por sus espejos; entonces, no sé cómo, reaccioné y viré con violencia gracias además a que el carril contrario no tenía circulación, de lo contrario me hubiera estampado. De poco sirve recordarlo, si no es después, con un nudo en el estómago y frente a un café. Antes éramos todos un grupo (people help to people), ahora ya no, entretenidos como estamos en juzgar, prejuzgar, clasificar y valorar sin conocer; así, sin medida, todos con la idea de que lo sabemos todo... Contaba un hombre ya anciano en un bar que antiguamente, cuando la gente era gente y las redes sociales no servían para alejar a unos de otros, todos se ayudaban: en una tragedia, en la cosecha, en el parto de un nuevo hijo... Ahora la frase es estupenda: "¿Y a mí qué?" Todo lo que no te toque en primera persona del singular (la primera persona del plural está prohibida) no existe, ya sea calentamiento global, educación, sanidad, violencia del tipo que sea la violencia, corrupción... Lo mismo da que nos necesiten niños en riesgo de exclusión social, nuestros amigos de ayer ante una eventualidad, tu pueblo... nada. La gente vive de su clasificación: "este es de primera, aquel de segunda, el otro acaso de tercera", así como los trenes de antes, o los fascismos, que la gente no ve que repite lo que siempre dijimos que nunca más repetiríamos. El día del camión, algo detrás, había visto cómo un automóvil se había estrellado con un quitamiedos y allí se andaban los guardias civiles, el ciento doce, los de carreteras... eso sí, si mi ombligo lo necesita que vengan todos, a cambio de nada. Esta sociedad tan individualista, tan egoísta que se entretiene en echar la culpa de todo a los otros... Menos mal que explicando una lección vi esperanza: un alumno pregunta "en 1936, ¿la guerra de qué?"; sonreí, porque minutos antes otro, al leer un relato fantástico de Galdós, había dicho "ah, sí, Benito Pérez Galdós, un escritor de hace cien años o más, mi calle se llama así". A ver si no los echan a perder los desocupados (o desocupadas) de siempre.

15 de febrero de 2017

El silencio de las piedras

Un día cualquiera, da exactamente igual. El coche me lleva por una carretera bien asfaltada, cómoda y, de vez en vez, me cruzo con otros vehículos de paso; la radio, además, recuerda que estamos en dos mil diecisiete: "Boletín de noticias; actualidad, en España, los partidos... bla, bla, bla". Al fondo, casas abandonadas; juntas, como sosteniéndose unas en otras; varias de ellas aún dejan ver persianas en alguna ventana; otra más, casi a su lado, tiene ya el tejado caído, la de la esquina recuerda que incluso tuvieron número y deja adivinar un cinco: imaginemos que es la calle de Albacete, por nombrarla de algún modo. Ahí, en ese pueblo o pedanía o aldea o caserío hubo un día gente; jóvenes que labraban las tierras colindantes -hoy olvidadas también- con sudor; mujeres que abarazaban a otros seres de corazón latiente; fiestas en verano y lágrimas en los entierros en algún camposanto olvidado por los deudos. La gente se fue, poco a poco, como sin darnos cuenta. Hace algún tiempo acudí a uno de estos sitios, ahora memoria de historiadores y poco más y fotografié su eco; una chimenea, decorada con pintura al fresco por un señorito con ínfulas de pintor; a la salida me dijo el abuelo: "pusieron el trasformador de la luz en el 61 o 62 y en el 63 ya no quedaba nadie aquí". Allí sigue el transformador, cortesía de Iberdrola, entre los cascotes de lo que un día fue caserío que albergó a trescientas personas, según un censo de 1916. Delante de mí un camión: reduzco, cojo velocidad y adelanto; así, contrapunto de la modernidad con el fondo de aquel pueblo de La Mancha, en que no quedan ni los ecos mudos en la noche; casas que en veinte o treinta años serán polvo; sitios en que hubo alguna tele y vieron al Caudillo irse, a Adolfo subir y bajar, a Naranjito o el petardazo de Chérnobil -en blanco y negro, eso sí-; aquellos días de frío hasta en los huesos, cortesía de las casas sin calefacción: hoy ni los reclaman los cazadores de herencias. Cada vez hay más pueblos abandonados, según las últimas estadísticas; cada vez hay más contaminación en Madrid o Barcelona, en los barrios que ya no son ni obreros, en opinión de la UE. Y digo yo...

5 de febrero de 2017

No tener tiempo

Le pasa a mucha gente: basta con escucharlos, con mirar sus estados del whatsapp o sostenerles la mirada. Sí, a ellos, a nosotros... hay gente que dice que "no tiene tiempo" (en la era de la comunicación esta, que crea más incomunicación y menos sociedad que en la Edad de Piedra). Nos engañan: nadie no tiene tiempo, porque lo tiene para otras cosas y para otras personas; les queda la pose esa de quedar bien: conmigo ya no cuela la trola, pero veo que con otra gente sí y cuanto más jóvenes son más duele la mentira. En la vida, la amistad y el otro tienen un valor fundamental: debemos tener tiempo para quien nos importa, para interactuar acercándonos a sus momentos malos, a sus momentos buenos; es natural, es humano estar ahí, verse, hablarse y ahora que un mensaje es absolutamente gratis hacerlo es sencillo. "No tengo tiempo", "no puedo", "no contesto a menudo...". Normalmente es mentira, con ese prurito occidental de irse a dormir con la 'mentira piadosa', que es la peor de las mentiras porque lleva premeditación y es una cabronada. Todo el mundo tiene tiempo todo el rato: para lo que quiere, para quien quiere y es normal que haya gente que sea excluyente, pero sin el derecho a quedar bien. Es mejor, creo yo, que la gente diga claramente que no quiere saber de ti, sin guardar en la recámara la posibilidad de quedar bien por si te necesita alguna vez (por el interés, eso que mueve a tanta gente): la gente clasifica, da prioridad y está en su derecho (recuerdo a una persona quejarse porque otra no le respondía y resulta que ella misma no respondía y clasifica por norma: a veces tragarse su propio purgante, jode, pero lo inventó ella). Ocurre que hay gente que se toma esto muy mal y al final le afecta (a todos nos afecta, seamos sinceros) pero no debemos dejar llevarnos por el pesimismo, no debemos considerar sus mentiras como algo factible; no necesitamos hacer creer a quien clasifica que su ego está por encima del resto, cuando es un ego mezquino: convencido quedo de que si necesita algo (apoyo, consuelo, ayuda, dinero) no vacilará en escribir. Es importante que en ese momento tú mismo estés fuera de línea. Ayer leí algo que me hizo reflexionar: quien no te atiende no te valora, quien no te valora no merece la pena porque, en definitiva, vivir en sociedad tiene doble dirección y para quien no vales, tampoco debe ser opción para ti. Una mentira duele un poco, la verdad prevalece siempre.

30 de enero de 2017

Callarnos

Es lo más fácil, es lo que hace todo el mundo; es más, es lo que ha hecho todo el mundo todo el tiempo. Pero yo no quiero: están pasando demasiadas cosas, durante mucho tiempo y muy rápido y mi yo social no puede callar, no. Hace poco alguien me decía, quizás algunos alumnos, que era mejor no ver el Telediario: "Paco, es muy deprimente". Obvio, del silencio y del volver la cabeza para no deprimirse se levantaron y se levantan muros; por eso mismo sube la luz pero, aunque haya más agua y más aire no baja, sólo existe la inercia de encarecer; del silencio y del mirar para otro lado surgen los populistas y sus populismos; del callarnos se valen aquellos que no tienen el poder, sino que usan el abuso como norma (económica, social, particular de tu pueblo, barrio o edificio) para joderte el día, la noche o la semana entera. España siempre ha sido un país algo silencioso... a la hora de la verdad, porque a la hora del café o la caña todos hablan de cómo debería regirse el país, de quién debería liderar a los socialistas o a los ciudadanos, de cómo debería ser el tipo de IVA más adecuado o de cómo deben tirar los penaltis Cristiano y Messi (por no decir que en el bar todos dicen ser buenos en la cama, sin especificar que será durmiendo). "Yo me callo", "Yo no quiero líos"... Sí, callarse, cerrar la boca y no decir nada cuando una situación es injusta a sabiendas; no decir nada aunque te afecte (desestimar el derecho a dar por saco, al menos) y de ahí lo que ocurre. Si los que fuimos la primera nación de Europa en el siglo XV-XVI y traspasamos la segunda cultura más importante del planeta a varios continentes seguimos con la norma de callarnos, algún día seremos nosotros mismos los que debamos volvernos desde las terminales de los aeropuertos de esos países cuyo líderes montan muros, rompen con la Unión Europea o tienen ventaja electoral en las encuestas y derivan de aquellos otros que debimos expulsar de Europa con "sangre, sudor y lágrimas". Yo, al menos, no me callaré.

15 de enero de 2017

El teléfono móvil

Aquel día salí del lugar pensativo: las palabras que reivindicaban el derecho a consultar el móvil en un centro educativo (pese a las restricciones que marca la ley) habían sido muy bien escogidas, quizás un argumento que venía pensado de casa, o que había sido consultado desde el móvil. Porque, claro, es evidente que si tú estás frente a frente con alguien, explicando algo importante para su vida personal o quizás hablando de algo que cae en un examen, eso, sinceramente, puede ser ignorado por la respuesta a un whatsapp que lleva un meme de broma. Y digo que salí pensativo porque en ese caso todo el mundo tiene derecho a usar en cualquier momento del día (cien veces, en plan adicción... o más) su teléfono móvil (pese a las restricciones que marca la ley), sin importar dónde estés ni con quien estés. Vamos a suponer que a un cirujano cardiovascular le llega un whatsapp en mitad de una operación a corazón abierto, a vida o muerte para el paciente: ¿por qué no iba a responderlo y, mientras, dejar al paciente olvidado como si la intervención tuviese más importancia que responder un meme? Digo yo... igual antes está el derecho a usar el móvil que el deber de salvar la vida del paciente. Supongamos que te han robado el móvil, con todos tus datos, tus fotos, tus contactos y, rápidamente, vas a Comisaría: ¿por qué razón el policía no tiene derecho a ignorarte si le llega un whatsapp y quiere responderlo? Es más, imagina que vas en un avión y al piloto, en el momento de aterrizar y de estar en conexión con la torre de control, le llega un whatsapp de su hija con una duda sobre sus deberes: ¿por qué no tiene derecho a olvidarse del avión y contestar a su hija? Estoy convencido de que todo el mundo ha pensado que esos trabajadores (profesor, cirujano, agente de policía, piloto) no pueden usar el móvil en sus horas de trabajo, porque tienen una obligación, una responsabilidad con los demás; sin embargo, es como si el que está al otro lado tuviera el derecho a todo (incluso a lo que no hay derecho) porque vive en un país libre, en el que unos deben asumir la ley tajantemente y otros saltarla. El mismo absurdo que tener delante a la persona que te gusta y no decirle nada (face to face) y, sin embargo, escribir un mensaje sin mirar a los ojos: ¿le darás un beso también por whatsapp? Esto de creerse más que nadie es como cuando erupciona un volcán: tras los días de llamas, vienen los días de humos.

11 de enero de 2017

Chernóbil

Perfectamente, lo recuerdo perfectamente. La televisión me acercó a la Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov (la sonrisa roja) cuando pegó el petardazo el reactor nuclear de Chernóbil, aquella noche rusa en que un tipo se atrevió a experimentar su resistencia. Si no es por Suecia, que detectó la radiación inmediatamente, mucha perestroika y muchas risas pero no nos enteramos de la mayor catástrofe nuclear de la historia. Así, jugando, como jugando, un tipo y sus adláteres provocaron el aumento indescriptible de radiación y, mucho me temo, que unido a ello, de casos de cáncer en toda Europa. Una catástrofe medioambiental de la que no hemos aprendido nada, tan concentrados en pasar olímpicamente de la naturaleza y del planeta: no sé qué puede ser más importante que el hecho de que el lugar en que vives sea medioambientalmente saludable. A mí, lo de Chernóbil me puso los pelos de punta (mi madre y yo nos preguntábamos si serían solterones los miembros del Politburó; allí, en la Plaza Roja, todos hombres, todos soldados... hasta que llegó Raisa Gorbachova, tan maja la mujer); algo me debió impactar porque después compré y leí ensayos (así, el plural pluralísimo) sobre el tema y cada uno que me leo entre pecho y mente me pone los pelos más de punta: los testimonios, las condiciones, las repercusiones... Aquello fue una aberración, sin paliativos, sin endulzar nada... por esa razón me opuse después al cementerio nuclear, lo cual me supuso caras de pocos amigos... de algunos. Me recuerdo en 1986 (aún no habían nacido muchas de las poetas que ahora leo o estudio como crítico, por ejemplo) ante la televisión, con sus dos canales y el color incipiente en muchas casas, explicando lo de Chernóbil y entendiendo que aquello era algo gordo, como tres años después cuando Informe Semanal nos puso la caída del Muro. Una aberración lo de Chernóbil... solo que yo, treinta años después, no lo he olvidado y, mientras escribo, aún se me ponen los pelos de punta. 

4 de enero de 2017

¿Estamos en 2017?

Lo más importante en este nuevo año parece ser el vestido, bañador o lo que fuera que llevó el 31 Cristina Pedroche; en su defecto, lo importante será la temporada enésima de la serie que vas a ver o la gente que vas a mandar a la mierda, según se oye en los cafés cada mañana. Algunos piensan que es prehistoria aquello de la guerra mundial, el telón de acero, la descolonización, la transición, los golpes de Estado y todo aquello que nos metían con calzador en el Bachillerato. Pero... ¿estamos en 2017? ¿En serio? Me da la sensación que no, así, con mala leche: niños que pasan hambre o no tienen un techo bajo el que cobijarse y, de además, niñas que tienen prohibido ir al cole en muchas latitudes; unos cuantos países aún viven bajo dictaduras, algunas casi medievales... Cuando nos quejamos de que hay pueblos sin wifi (y lo hacemos con razón), se nos olvida que hay otros sin agua, sin luz, sin carreteras ni escuela o consultorio médico en África, América o Europa, es lo mismo. Además, parece como que no sabemos que hay ancianos sin pensión; niños cuyos padres, al divorciarse, los catalogan como a la tele, la planta y el collar de pedida; empresarios que pagan salarios de esclavitud para poder hacer frente a sus viajes de placer, yates o al palco del fútbol; gente que se divierte maltratando animales, personas o quemando bosques así, que se nos ocurra... Paro, contratos basura, emigración obligatoria de gente altamente cualificada, salarios de antes de la guerra y precios de hacérnoslo mirar; extremismos que dan miedo, agresiones o atentados irracionales... Asimismo, mientras comentamos la casa del vecino, las piernas bonitas de Nochevieja de no-nos-acordamos-quién, el año ha comenzado con varias mujeres muertas, a manos de presuntos: algunas de ellas realizaban en vida trabajos por los que cobraban menos que si fuesen hombres haciendo exactamente lo mismo. Parece como que no pasa nada, cuando pasa todo lo que como generación no hemos sabido, aún, resolver. Eso sí, mientras el año comienza valorando a la inteligentísima Cristina Pedroche y su escaso vestido, nuestros líderes, los que presuntamente tienen que resolvernos todo aquí y en otros lugares, están ocupadísimos en congresos, primarias, tomas de posesión, elecciones, votaciones internas, bloqueos... para ver quién es el líder y a quien echan a la calle, con esa indiferencia hacia la realidad que, como poco, genera mala leche.

2 de enero de 2017

Falsas apariencias

Alguna vez caes en la cuenta de que alguien ha cambiado su imagen de perfil y te paras a mirar la nueva foto; así fue como hace unos días vi que una escritora amiga mía había puesto una nueva imagen. La típica cena navideña de amigas, todas muy sonrientes, todas elegantísimas, todas celebrando el reeencuentro, todas muy sanas puesto que sólo se ven cocacolas y fantas... Como quiera que me pareció expresiva, en sí misma, pensé que todas aquellas chicas podían ser lo que mi imaginación literaria les atribuyera, como a seres inanimados de ficción. ¿Acaso en una foto no hay algo de ficción? Pero no, aunque es mejor que sepamos cómo empezó la cosa: escribí a la propietaria de la foto y le manifesté mi positiva impresión del grupo, respondiendo ella con una electrónica sonrisa. Acto continuo, aproveché para atribuir a las jovencísimas amigas, en torno de aquella mesa de restaurante, una serie de cualidades que me devolvieron una puntualización cargada de más risas. No, no eran lo que yo creí (ni lo que cree toda la gente que juzga sólo con mirar de lejos, que es un grupo mucho más amplio de lo que el lector cree, pues vivimos en el país del juzgar y vivir las apariencias) sino que ella, con paciencia, me fue explicando. Me nació la idea de escribir la historia de la foto, aunque que para evitar posibles reclamaciones vía novios (muy español también), no puede el que esto escribe hacer uso ni de fotos ni de nombres, pero ahí quedan ellas, con sus sonrisas para siempre, la impresión del primer momento (¿para qué voy a cambiar yo, si soy quien escribe?) y su juventud andaluza postulándose para la posteridad; también este cuento, puesto que si no se escribe de la realidad y el deseo, la noticia y la ficción, se muere el momento, la libertad y el decir las cosas...