30 de diciembre de 2011

"Una extraña conversación"



Pues sí, reflejar la realidad tiene sus cosas. Como una anécdota cotidiana, propia de estas fechas. Cierto es que podría haberle sucedido a otra persona, pero al respecto he de decir que me ha ocurrido a mí; y francamente tampoco sé cómo calificarla. El caso es que esta mañana, cuando iba camino de comprar el periódico, que venía cargado de suplementos puesto que el domingo no hay tirada, he decidido no tomar el café yo sólo. Me ha venido a la mente una amiga y he optado por llamarla para invitarla al desayuno.

“Nena, ¿quieres un café ahora?”, he abierto abruptamente el fuego de la conversación.
“Espera, que es que estoy comprándome unas bragas rojas”, dispara ella.
“¿Unas bragas rojas?”
“Sí, claro, para mañana… tú qué prefieres, ¿braga o tanga?”
“Mujer, ¿yo?”
“Sí, venga, di”.
“Pues tanga, no sé. ¿Lo voy a ver?”
“No”.
“Pues entonces refajo”.

Y el café ya ha sido lo de menos.

(©Foto: La Chica del Pastel)

27 de diciembre de 2011

"Lo que pienso de ella"



Esta tarde he ido a la compra, como algunas tardes; tardes de esas extrañas en que tardo un tiempo incesante en comprar cuatro tonterías; generalmente se trata de reponer la nevera, buscar algún libro a pesar de que tengo miles a medio leer y otros cientos por empezar. Tardes en las que el café que uno se toma es largo, mientras ojeo la prensa fijándome en noticias absurdas (“Un perro ha mordido a su dueño en Burgos”, “Una señora lega toda la herencia a su serpiente pitón”, cosas de esas, en esa línea: las que anoto en la Moleskine verde). También me paro en el horóscopo: “Su pareja le es fiel, descuide”, te sueltan dos días después que has salido de casa con la maleta porque la susodicha (o susodicho) te ha puesto los cuernos con no sabes muy bien quién y dónde. Bueno, otras veces es peor, porque cuando discutes con la mujer que te gusta (si la hay, of course) te señala: “Todo va viento en popa en tu relación”.

En fin, que al ir a la compra me he encontrado por la calle a Fulanita de Tal y a Menganita de Cual y claro ya que uno iba sin prisa aunque sin pausa, me he parado a hablar. “Sí, claro, como esos mensajes del Facebook para ella”, dice una; “claro, claro, no lo dudes: no te esfuerzas en olvidarla”, añade otra. Y obvio, pienso en si es que se me nota demasiado nítidamente en la cara lo que pienso y lo que siento. Empiezo a pensar que sí. Ya no ha sido lo mismo el resto de la tarde: que si me equivoco en el peso de las gambas, o en el del jamón (¿qué hago yo con medio kilo?) o compro manzanas como para hacer sidra en vez de sobremesa. Me aturdo, lo sé. Y me pregunto… ¿qué sabrán estas? ¿Me leerán el pensamiento? Y claro, voy a pagar y me dice la cajera: “Señor, que se deja los cincuenta euros de vueltas”. ¡Menuda está la cosa para dejarse los cincuenta pavos!

Menos mal que llego a casa y veo esa foto de Sabina delante del metro (de Praga, supongo: yo es que cuando estuve allí usé el tranvía), con esos ojazos azules y me digo: sólo faltaba que Sabina también lo supiera, porque cara de lista tiene y sabe un montón de idiomas.

(©Foto: Libor Spacek)

26 de diciembre de 2011

"Una musa y otros personajes de la Historia"




Cuando llegué a la redacción me pidieron que escribiera algo sobre el mundo choni, aunque, francamente, conozco tanta gente choni que lo más apetecible era cambiar de tema; y eso que la noche anterior había soñado con una choni que conozco y todavía estoy por establecer si fue un sueño o si una pesadilla… Uno se recluye detrás de la pantalla del ordenador, atiza el machete contra algún tema, bajo la batuta de que la cosa es del cuarto poder… y ande yo caliente…

Decía Picasso que si las musas existen (y yo creo que sí, ¿por qué se iban a inventar algo así los antiguos griegos?) te deben visitar mientras trabajs. Bueno, la mía vaya usted a saber por dónde anda estos días de Navidad (y lo de visitarme, en fin, dejémoslo), además de que muchas veces me queda la duda acerca de si es tal musa o no lo es, porque hay que ver cómo es de rara, a la variedad me remito. Pero voy a lo que me pasó ayer, al cuento.

Entonces llega el director y me dice que en la Tercera (¡madre mía la tercera!) publique algo el día de Navidad. Y pienso en los plastas de la Historia, esos que nos han amargado los estudios: Aristóteles (venga a soltar el rollo… ¿es que no tenía vida social este muchacho?), Shakespeare (matando a todo el mundo en sus tragedias: siempre he creído que llevaba comisión de la funeraria), Mendel (con los guisantes verdes y guisantes amarillos… mola más la Teoría Simpson: aquella por la cual las chicas son monas e inteligentes y los varones de la misma estirpe tontos y feos), Pavlov (¡no me digáis que no era un poco capullo haciendo maldades a los perros!), Napoleón (con lo feo que era), Gorvachov y Reagan (misil para acá misil para allá) y así unos cuantos… Y que no se me olvide el tipo que se inventó la regla de tres simple, que siempre suma, por muy bueno que seas, 99,98%... la cuestión es quedarse con el cambio.

Y lo que nos queda… En fin, voy a poner una foto de Sabina que hay que ver lo mona que sale en esta… y ya de paso le mando mis mejores deseos hasta la República Checa, por si no le ha llegado mi mail o no ha leído mi mensaje del Facebook.

22 de diciembre de 2011

"Buscando a otra"



Preso en lo oscuro.
Encontré una gran sombra
en un par de ojos
.
(Tomas Tranströmer. Premio Nobel 2011 de Literatura)


“¿Cuándo fue que empecé a olvidarte? ¿Dime cuándo? ¿Cuándo dejé de soñar a cada instante contigo? ¿Cuándo fue que perdí la pasión por ti?”, me oí diciéndole al espejo mudo, vacío, inacabable, de un baño de una gasolinera en mitad de la nada, ¿Iowa?, ¿Vermont? (sin duda hace cinco horas), qué sé yo donde me llevaba la furgoneta Ford desvencijada de finales de los setenta que le compré a Mike Donovan, el de la cafetería, por doscientos cincuenta malditos dólares que había encontrado tirados junto al cajero de un banco.

Me iba de West Lebanon, New Hampshire, dejaba atrás todo lo que había sido mi yo durante tanto tiempo; quería llegar a California, a empezar una nueva vida, quizás de camarero o de dependiente en una gasolinera o algún trabajo de esos… Buscar una latina con la que casarme y tener los hijos que aún no tenía; olvidar a la señorita indiferente que me atormentaba con sus idas y sus venidas y sus ausencia y esa forma de ser que, ¡Oh my God!, no entiendo. La furgoneta tiraba, pero con ruido.

Lo que ocurre es que la carretera es toda igual, indiferente, rectilínea, ancha, monótona… llena de neones que enloquecen. Pides un bourbon pero si te pilla alguien de la policía te cagas. Desierto, ¿Arizona o Nevada ya? o yo qué sé. Moteles con las paredes sucias. Un móvil viejo con 57 mensajes de ella… la tía me quiere, no lo sé, pues no lo sabe demostrar, no sabe nada. Olvídala, me dice la televisión por cable. En la otra habitación una pareja gime, ya se sabe para qué son los moteles…

Y yo a California. En busca de otros ojos… y de que me miren de otro modo.

20 de diciembre de 2011

"Hablar de amor"



"La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho habla poco" (Platón)

18 de diciembre de 2011

Adiós, Václav, goodbye



Hay personas como Václav Havel que marcan una época, que definen un momento; que por sí mismas son un emblema… (Carta 77, Revolución de Terciopelo, 1989, Plaza de Wenceslao…) Un autor teatral magnífico, un checo de pura cepa enamorado de su país y de su gente; un anticomunista impenitente. Eso mismo es lo que me llamó siempre la atención de él: un dramaturgo excepcional, un tipo con la misma alergia ideológica que también tengo yo (a los totalitarismos, al pensamiento único, al comunismo), un caballero con saber estar, incluso en esos años de cárcel que tan intensamente plasmó en sus Cartas a Olga. Ahora se ha ido, dejando una República Checa democrática, una ciudad de Praga abierta, una obra literaria digna de leer, un gran recuerdo. Adiós y que la historia te recuerde con una sonrisa.

17 de diciembre de 2011

"Ella es otra"



Lo que yo digo, y que quede bien claro: ‘uno mira siempre en una dirección y lo realmente interesante está en la dirección contraria’. No, no es una frase sacada del contexto de algún famoso filósofo ni de un observador de la realidad… Es mía, es una frase mía… Mira que me jode tener que darla por buena, pero es así.

Hace unos días entré en un restaurante con la intención de cenar algo frugal y al volver a casa ver la tele: uno de esos recursos que tenemos los días raros y que tenemos todos aquellos días raros, que son más de los que uno se piensa. Llevaba la Moleskine verde y tenía varias cosas anotadas para escribir en The Boston Globe al día siguiente. Y bueno, llevaba en la mente el cuerpo y el alma de una mujer, a lo mejor la niña mala, o no o yo qué sé: no lo recuerdo ya.

Y allí estaba ella. Esa otra persona que dice con la mirada y que a veces también me dice con sus palabras (ahora lo sé, no en aquel instante). Esa otra que me ha enseñado su juego. Esa otra que sabe dar en mi punto flaco. Esa otra…

15 de diciembre de 2011

"Mujer imperfecta"



Siempre habrá un terrible abismo entre las letras y las ciencias...


En la cafetería de Recoletos en donde leí la noticia la entendí como una estupidez: “Unos científicos descubren a la mujer perfecta”. Así, sin más, parece como si hubiesen hallado a la mujer biónica o la hubiesen fabricado artificialmente en el laboratorio. Pero no, después de examinar a no sé bien qué cantidad de chicas han llegado a la conclusión de cuáles deben ser los diez parámetros que debe reunir una misma mujer para ser perfecta. Y claro, como yo soy de letras y soy literato y soy profesor y he conocido cientos de mujeres, únicamente me queda exclamar algo así como “qué gilipollez”.

Hace dos días que no duermo en casa, ni siquiera en el sofá. Tarifé con ella y decidí largarme, pero por supuesto, al rato, empecé a echarla de menos. Me pasa siempre que lucho por dejarla y olvidarla y cambio de humor a los diez minutos para pensar qué suerte he tenido en conocer a mi imperfecta niña mala. Digan lo que digan los científicos, que algunos se aburren como una ostra. No respondí sus sms ni luego ella los míos y como pilló un sábado por en medio se fue con las amigas de juerga, para darme celos; lo sabe y así disfruta, aunque finalmente ella me quiera sin decirlo y con mis propias manías.

Entro en casa y descubro la realidad de los dos días: nuestra cama sin hacer y los platos en el fregadero. Mi parte y la suya sin hacer. Un manojo de cartas -generalmente de bancos- sin abrir. Mis fotos boca abajo (ella lo hace así para no verme), sus zapatos tirados de cualquier manera y la nevera vacía. Es decir, yo creo que se ha quedado a dormir en el trabajo por si llego y tiene que verme… Nuestra bronca es similar, la de siempre, la que dice que entre un hombre y una mujer no hay comunicación o debería ser una comunicación de otra manera.

Yo no sé si estoy enamorado o no, puesto que el amor realmente no existe; pero a esta tía la quiero de una manera que no sé expresar y por ello convivo con ella, pese a sus imperfecciones, al mal genio que saca algunos días o que me toque a mí hacer lo que a ella en ese momento no le da tiempo, pues su agenda es un caos. Y fui yo, libremente, el que decidí que ella era ella. Y no me arrepiento más que los días impares, porque los pares me nace de dentro decirle que es estupenda. Imagino que ella podría decir de mí mil cosas por el estilo.

Y ahora salen los tontacos de los científicos a decirme que saben que hay una mujer perfecta. ¿Y a mí qué? Si yo quiero a las mujeres con sus imperfecciones, con sus cambios de humor, con sus malos genios, con sus manías, con sus… No quiero lo perfecto: lo perfecto quiero que lo vean mis ojos, incluso lo perfecto lleno de imperfección. Mis ojos deciden junto a mi alma, no la ciencia.

10 de diciembre de 2011

"Gran Vía"

Cuando llegué a Madrid, en la prehistoria de los años ochenta, cuando adormecía ya la movida y la gente quería entrar en la jet set (que, por cierto, salió rana) la luz era tenue, gris renegrida, velazqueña. Aún teníamos pesadillas con el Caudillo y algunas cosas se decían en voz baja (¡Chissssst!): habíamos nacido hacía cuatro días y no era cosa de enredar.

Si uno viene del pueblo como yo aquel día, como si llega de Vigo, qué sé yo, se encuentra la City así a lo grande, pasmosa, ruidosa, llena de gente. Unos que van, otros que vienen, nadie que mira, todo el mundo a su bola. Gente guapa, gente fea, gente del extranjero… Claro, uno no siempre ha sido observador, o plumilla como hoy que toma nota de todo en una Moleskine para luego ponerlo negro sobre blanco. Como me decía ayer la escritora Irene Rodríguez Aseijas: “Paco, que acabemos juntos en una Redacción”. ¡La de caña que iba a dar yo! Así es todo.

Ya digo, luz negra. Hasta que toda una generación cambiamos los plomos, pusimos bombillas de bajo consumo y apareció el mundanal cosmopolitismo; luz y color, la sonrisa, el siglo XXI. Una copa aquí… ¡taaaaaaaaxi! Y todo aquello. Pero hay algo, seguro, que jamás cambiaré… ir de compras por Gran Vía.


(A don Agustín Rodríguez Sahagún, in memoriam).

"La chica del metro"



En Madrid hace frío un 10 de diciembre como hoy y en la Puerta del Sol aprecio vendedoras de lotería, que dicen llevar el gordo; unos jóvenes cogen firmas porque es el día internacional de los animales: las consignas están claras, hay que ser decentes con los animales, no más animales que las propias bestias. Más tarde, cuando salgo de la Casa del Libro decido entrar en el metro.

La Gran Vía bulle en Navidad. Mucha niña mona, al final de un puente, paseando palmito. Creo que los rostros más hermosos que he visto en mi vida los he visto en la Gran Vía. Jovenzuelas de la Universidad que van de compras… el Ayuntamiento ha limpiado lo que no puede ver el turismo. Tomo nota de algunas cosas en mi Moleskine verde, compro un manual del comentario de textos: algo moderno, algo in, made in France, y como está cayendo la mundial bajo al metro.

Me fijo en la universitaria tímida, que está claro que viene de prácticas. Lleva el bolso marrón conjuntado con las botas y esa bolsa de lona amarilla, chillona, que no le pega. Mira y me sonríe como hacía años no había visto una sonrisa así. Entra el cansino de la guitarra con una melodía desafinada, pidiendo perras en mitad de la crisis… ¡pero si estamos tiesos todos! Y tengo que apagar mi mp3 ante el estruendo guitarrero. A la chica mona de enfrente, la que lleva un bolso de imitación, la que escribe un sms probablemente al novio, le pone el tipo el platillo en los morros; ella ríe y saca unas monedas de esas rojizas y feas y se las echa.

La otra pareja son turistas. Él mira el plano y ella se sienta: es italiana, me digo, porque se parece una barbaridad a Laura Pausini, pero se bajan en Callao. ¡Mira que venir a Madrid para meterse en Cortylandia! Cuando salgo en Núñez de Balboa, mi parada, está el quiosquero, al que saludo, y en el semáforo se me pone al lado, de nuevo, la tímida del metro; con su bolsa amarilla. Entonces recuerdo la sonrisa de antes y pienso que igual me conoce del barrio.

Un día gris que se ha vuelto naranja por la sonrisa de la niña tímida de la bolsa amarilla.

9 de diciembre de 2011

"La rubia del antro de anoche"



Cuando entré en el antro aquel, un pub irlandés, todos íbamos de malditos. Una caterva de actores, actrices y músicos bohemios… Escritores del tres al cuarto que empiezan; los consagrados que hablan al whisky. Un antro de un lugar anglosajón imitado al modo español y plagado de la élite intelectual. Y allí estaba yo, buscándola a ella, aunque no la encontré. Fue cuando me iba, al pagar en la barra los veinte euros que costaron mis dos whiskys secos: un robo que dirían en Albacete.

Uno habla a medias en esos sitios: entre lo que uno debe callar y lo que entiende porque está embotado por el alcohol; se me acerca la rubia inglesa a la que he visto alguna vez en el cine. Se me acerca rápidamente y en un inglés que, realmente, entendía a medias, me dijo que si yo era el amigo de no sé qué otra chica, una pintura del Soho londinense –lo cual supe dos horas más tarde-. “No, te confundes, yo habito los mismos lugares, o casi, que Don Quijote; no soy tu hombre”. Y nos dieron las siete de la mañana, juntos, hablando en la plaza de enfrente, en un banco al frío de diciembre. Ella descalza y con mi bufanda. Yo diciéndome que a una mujer así no se la conoce tan fácilmente en Madrid y que si lo cuento no se lo va a creer nadie.

Con la resaca aparecí en su Hotel a desayunar por la mañana… pero no fui capaz. Se lo dije claramente: “no, yo no soy de esos que se toman un continental, soy un medio escritor sin un duro, y prefiero cruzar al Sturbucks e invitarte a un americano con un muffin de vainilla”. Dos desconocidos que apenas se entienden por la escasez del inglés; una rubia soñolienta sentada en una butaca, bostezando y yo con dolor de cabeza. “Tú tranquilo -me dice-, lo bueno se hace esperar”, mientras me mira, sonríe y me toma una foto con el móvil.

“Sienna -respondo con una voz de no sé de dónde-, a un Sagitario no le puedes hacer esperar”. Y comienza a sonreír como solo saben hacer las actrices ante la cámara. Prometo que la llamaré…

7 de diciembre de 2011

"Gente por sorpresa"



Siempre, siempre. Cuando el mundo cierra sus puertas en tus narices. Como entonces, como siempre. Surge de la vida una sonrisa nueva y descubres que entre tantos miles, entre tantos millones de personas como ves cada cierto tiempo, nace una sonrisa. Sí. Smile. La sonrisa suficiente de alguien distinto. Entonces me lo digo… Cuanto más cosas malas vivo y veo, más hermoso me parece todo lo bueno.


"Su habitación estaba helada"



El maestro decía siempre que el tiempo y el silencio son los mejores aliados para curar las heridas; lo decía él que tanto había sufrido en su vida: una república convulsa, una guerra civil cruenta, una posguerra plagada de hambre… me lo decía aquellas tardes de hastío del pueblo, cuando en el aula dormitábamos porque la sangre había abandonado nuestros obsoletos cerebros para alojarse en el estómago. Éramos críos. Yo ya no tanto.

Eran esos mensajes a destiempo, esas frases inconclusas, esos tiempos muertos sin decirnos nada, todo eso, lo que me hizo pensar que lo nuestro no iba bien; es más, que lo nuestro se había acabado… Me apliqué el cuento, me prometí ser feliz y hacer de todo; comerme la vida por los pies y olvidarla del todo.

Diez años después, sentado en la butaca de la consulta, ese chico viene con mal de amores, o con un trauma que le curaré pronto. Uno olvida lentamente a una mujer: el primer día es duro, el segundo piensas algo menos en ella, el tercero acabas recordando algún retazo y al cabo de un mes es simplemente un recuerdo atenuado por el Lexatin.

“No te preocupes, amigo, tengo la experiencia de que siempre se arrepienten de haberse equivocado conmigo”, dije mientras me ponía la chaqueta, en busca de un whisky y unas piernas bonitas.

25 de noviembre de 2011

Reflexión sobre la Violencia de Género




Sin ocupar tu aire, respiraré por ti (Ella Baila Sola)

Hay una forma de violencia de la que apenas se habla o sobre la cual se pasa de puntillas: la violencia verbal o violencia psicológica. Muchos hombres, con sus palabras, con sus actitudes verbales, con sus ironías (especialmente ironías en público), con sus gritos y sus manos a medio levantar, menosprecian y humillan a la otra persona. Por desgracia, prestamos más atención a la violencia física (que aparece en los medios de comunicación) que a la psicológica, que mina tanto o más, que desgasta y que derrumba a la persona cada día, poco a poco.

En la actualidad he podido observar cómo se está volviendo a usos amorosos que eran habituales a inicios del siglo XX, pero que mirados con la perspectiva de nuestros días y la modernidad consecuente suponen un retroceso significativo en la mentalidad de los jóvenes; es decir, he percibido una regresión generacional hacia cómo actuaban nuestros abuelos. Esto se traduce en algunas actitudes que se vislumbran de la siguiente forma:

1.- Se cuestiona la forma de vestir y de actuar de la pareja en sociedad; a veces, incluso, se hace ver a esta las cosas que no gustan en público, menospreciando delante de gente a la mujer: se suele hacer con ironía, con palabras hirientes pulcramente escogidas, o montando un ‘pollo’ (v. gr. ‘escenita’) en la que sale triunfante el hombre dominante sobre la mujer equilibrada. Tengo que añadir que esto es fruto de un complejo, inseguridad o trauma.

2.- Se registra el teléfono móvil. El individuo toma el aparato celular y revisa las llamadas, los sms, los textos recibidos, las fotos…, violando de esta suerte la intimidad de la pareja. A veces, la pareja se ve cohibida y no suele responder con normalidad esas llamadas o mensajes para evitar el doloroso trance de la ‘escenita’ que le producirá dolor por encima de cualquier otro síntoma.

3.- El chico tiene permiso (psicológico y social) para hacer cuanto le venga en gana en sociedad; la chica, por el contrario, debe recibir ese permiso (por ejemplo: salir con las amigas, asistir a una cena navideña,…) y si no lo obtiene debe renunciar en aras de la relación (que se esgrimirá como un todo por encima del cual están ambos) a la independencia que se tiene como ser humano, se esté emparejado o no.

4.- El individuo está autorizado para interactuar con otros de su especie; la chica no, la chica debe reprimirse de hablar con el sexo opuesto, por ejemplo. Y si lo hace debe estar presente su pareja, que supervisa la conversación.

5.- Los celos. Nadie ha descrito aún los celos como “la falta de respeto del individuo hacia la pareja”, es decir, la duda ofende y sobre todo ofende a quien se quiere, puesto que se pone en duda el respeto, la lealtad y la confianza. Los celos se usan como arma arrojadiza. Generalmente el maltratador es un celoso compulsivo, teniendo los celos como la actitud que desencadena los cuatro puntos anteriores que he descrito. Añado que desde el punto de vista psicológico los celos son un problema, pero no todos los celosos son maltratadores.

Parece absurdo que de esto se esté hablando en pleno siglo XXI, pero es así. Indiscutiblemente en los institutos hay un poso de este tipo de actuaciones que son fácilmente modificables mediante la educación y el fomento de la igualdad a través de tareas y actividades conducentes a establecer la normalidad de la convivencia. Lo peor en todo ello es la falta de solidez en la educación de casa y la mala imagen que se desarrolla por la televisión (eso que denominamos “telebasura”) en la que las mujeres se presentan casi como objetos y prácticamente como ‘algo’ sexual y los hombres como ‘macho dominante’.

Hoy, Día Internacional Contra la Violencia de Género, no sólo debemos educar en valores sino también reflexionar sobre el estado de cosas en nuestra sociedad y cómo combatir de forma efectiva esa lacra que nos sitúa más cerca de la Edad Media que del siglo XXI.

(Hoy, como se ha escrito, se celebra el Día Contra la Violencia de Género).

23 de noviembre de 2011

"Peatón versus conductor"



Un día de lluvia, tal como el de hoy. Tengo la monótona costumbre de salir a comprar el pan recién hecho y el periódico, esto último indisciplinado (un día El Mundo, otro El País; algún otro ABC; casi nunca ningún otro) y claro, viene de ello el problema.

Tú vas con las bolsas y observas que los conductores te salpican a mala leche; imagino que piensan “jódete capullo y mójate”, y es obvio que yo no tengo la culpa de sus frustraciones. Normalmente suelen circular sin luces, lo que es obligatorio. No respetan las señales de Stop y de Ceda el paso. Cuando salen (y esto es verídico: me sucedió tal que ayer) no tienen la obligatoria costumbre de mirar por los espejos: me barrunto que muchos piensan que los espejos sirven únicamente para mirarse mientras uno se hace la toilette.

Y es más, esas velocidades. En un día soleado y seco los automóviles van por el casco urbano a la velocidad que se denomina “pisando huevos, es decir, mirando hacia las aceras para ver a alguna chati mona (de tal guisa los trompazos, minichoques y demás temas de chapa y pintura); pero, claro, un día lluvioso, a toda pastilla, para mojar al personal y, de paso, frenar de mala manera y estamparse contra otro automóvil (que es, generalmente, el que circula bien).

Si yo fuera Guardia Civil, con la recaudación de un día lluvioso acabaría con el problema de la prima de riesgo.

21 de noviembre de 2011

"Los vecinos de Juan"



Juan llega cansado todos los días desde hace un año. Ya no se habla con su mujer; incluso algunas noches ni duermen juntos; él lo hace en el sofá, con la televisión de fondo, y como al despertar sobresaltado por la teletienda sufre de pereza y de insomnio, pues no se llega al dormitorio conyugal. Se lo decía la madre “hijo mío esa muchacha no es para ti”, obvio es que no se equivocó doña Ernestina y se debió haber ennoviado con María, la hija del fontanero. Ahora, veinte años después y tres churumbeles mediantes ya es tarde. Fábrica, sueldo, no llegar ni al quince del mes y así las cosas.

Los sábados trabaja medio día, así que pasa por el Bar Casa Juan y se toma dos o tres cervezas con los parroquianos, que tienen soluciones para todo, singularmente para arreglar el país en tres meses. Luego toca paella (eso sí, ha de reconocer que su mujer tiene mano para el arroz) y siesta. Fútbol de pago, que es su único lujo y poco más. Vida monótona sin remisión.

Pero… ahí está la choni de la vecina, una rubia de bote con dieciséis piercing esparcidos por toda la cara que saluda, todo hay que decirlo, pero que cuando viene su cani en el coche blanco a toda pastilla la música se enteran hasta en el Elíseo de París. Una vez quiso protestar, pero su mujer se mostró reacia (no hay más que señalar que el 20-N fue ella quien le preparó el voto; ¡menudo genio!) y es que el cani tiene pinta de entreverado. Ya se sabe que la camiseta de tirantes les da mucha autoestima.

Cada sábado la misma música del mismo grupo mismamente asqueroso… las canciones de amor pastoso y merengón, el cani saltando en el asiento; la choni que se sube y mientras se morrean un rato la música sigue. Así que, de seguir así, el próximo fin de semana les tira una botella vacía de J&B en el parabrisas, para que espabilen.

11 de noviembre de 2011

"Belleza"



La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora.
(José Ortega y Gasset)

9 de noviembre de 2011

"La niña mala"



Hace un tiempo que la niña mala habita mi casa; que su veneno se extiende por mi alma. Y esta mañana he decidido hacer una terapia intensiva: contar la historia de la niña mala. ¿Acaso no tenemos todos alguna vez a alguien malvado en nuestra vida? Yo la tomo como es, ni más ni menos, con sus ratos de amor y sus ratos de odio; con sus pisadas de esquiva protagonista de cómic, años sesenta. Protagonista de cine. Cuando un escritor quiere hacer de algo historia o deshacerse de un demonio, lo pone por escrito. Y a mí el destino me hizo cruzarme con la niña mala.

Yo no me quejo. Yo no suplico ni implico ni compro ni vendo. Sólo digo que es la niña mala: ese veneno que lo impregna todo: los sueños, los cuentos, las historias, los poemas… Y cuando el veneno atenaza, sólo vale el antídoto
.


(Fragmento).

8 de noviembre de 2011

"Antes que el diablo sepa que has muerto"



Lo dijo Jack el otro día: “procura hacer todo el bien que puedas antes de que te visite el demonio”. Eso, así, en un bar del Medio Oeste, huyendo de la policía y sin rumbo acertado, te hace pensar; reflexionas de golpe sobre todo aquello que dejas detrás, en California. Pedí otro bourbon y seguí escuchando.

“Mi hija no me ha visto desde el 74. Fue la última vez que las visité en Palm Springs aunque más tarde se han mudado varias veces”, decía inexpresivo mientras sorbía un brebaje que haría estremecer los cimientos del Chrysler Building. “Las espío siempre que puedo, aunque la temporada que vivieron en Nueva York salí por piernas delante de la policía metropolitana”, añadía, ignorando mi presencia. Le servía de terapia.

“Se ha casado, tiene hijos, se graduó… todo lo que hace una joven como ella y yo no estaba allí; yo, amigo, soy un delincuente, un ladrón de bancos venido a menos; una suerte de gilipollas que no sirve para nada”, continuaba explicando. Yo sabía que era su interlocutor, pero él no pensaba en mí, era su interior el que hablaba…

“Déjalo, Mike, déjalo. Coge la vida ahora, búscate una chica, un trabajo, una casa; ten hijos… Antes que el diablo sepa que has muerto”.

5 de noviembre de 2011

"El hombre silencioso"



Nace el día lluvioso y salgo a pasear; botas altas, un paraguas y Merlín, el perro que guarda la casa correteando alrededor. El lugar es sombrío, tenue, incesante. El camino sinuoso, de tierra mojada que deja barro: hay algunas mujeres que vuelven del campo y labriegos que recogen enseres, que suben más tarde al carro municipal. Eso es hoy, un día extraño.

¿De qué huye un hombre silencioso?

Quise perder todo contacto mundano poniendo tierra de por medio. La dejé incluso a ella, allí, perdida en mitad de la civilización absurda y opresiva. Aunque a ratos me arrepiento, pero no daré marcha atrás.

Usted o la nada.

3 de noviembre de 2011

"El ángel enamorado"



Algunas veces quisiera conocer a una persona irreal, estar enamorado, por ejemplo, de alguien que no existe, de alguien a quien yo alimento, únicamente, en mi propio imaginario. Una persona que no me ponga en un brete, que no me haga elegir entre dos opciones, entre ella u otra persona otra cosa otra cuestión. Eso. Y no me vale un mito, no me sirve una actriz una pintora una cantante una escritora, no; únicamente me vale un ser inexistente. Dicen, además, que así la querencia el amor la ternura las caricias las acapara uno mismo, no las comparte y… tampoco existirán los celos: es el final de los celos.

Siempre dije que si los ángeles dejan de ser etéreos, seres que únicamente son sustancia de alma, debían ser mujeres, como en la Edad Media representaban en el teatro al Amor, siempre una delicada dama, muy femenina, perfecta: sin mácula alguna. Pero la censura me dice que no: uno llega un día al periódico, por ejemplo, y lo dice, y el redactor jefe o el director o el metomentodo de turno -que espero que no sea la secretaria, aquella muchacha que una noche me dejó tirado en mitad de la Gran Vía- me quita la cuestión. “No, los ángeles son los ángeles, no elucubres…”.

Siempre he esperado que en mi casa caiga una ángel, una de esas que aparecen en una conocida campaña publicitaria. La espero, la sigo esperando: que suene el timbre y se instale a vivir conmigo, sin más, sin avisar, irrumpiendo en desenfreno. Pero no lo tengo muy claro.

Mientras me conformaré con seguir silenciosamente interesado en una mujer morena que habita mis sueños y pasea mis mismas calles.

2 de noviembre de 2011

Una actriz... Celia Freijeiro




En la antigua Grecia la mímesis era un arte. Bueno, así lo veían ellos, tan filósofos para todo. Y quienes nos hemos deslumbrado siempre por el Teatro, esa leve representación del mundo, hemos creído que el espectáculo supera con mucho a la realidad. La realidad y el deseo se funden, indudablemente, como decía el magnífico poeta que fue Luis Cernuda. A los de la Escuela Española de Filología nos ha espabilado, generación tras generación, don Ramón Menéndez Pidal diciendo con más razón que un Santo que no hay nada sin Lope ni Calderón -y ya que estamos, sin Tirso ni Valle ni García Lorca ni, obviamente, Buero Vallejo-.

Hace tiempo que la interpretación es para mí esa doble cara de la Literatura: poner imagen a las mil palabras. Y España ha dado grandes nombres para la escena. Este 2011 yo he descubierto a Celia Freijeiro a partir de la televisión; aunque, bien es cierto, si una mujer que tiene todas esas capacidades -que desbordan el guión, así opino- y ha sido capaz de interpretar sobre las tablas una obra de la magistral Paloma Pedrero; en fin, una actriz así marca un registro, hace época y tiene futuro. Es fácil: los filólogos, esos desastrados intérpretes de la obra escrita -que somos capaces de disfrutar del libreto-, llevamos a la mente unos actores, quienes pensamos que están capacitados para recoger la esencia de aquello que el dramaturgo ha puesto por escrito.

A veces, incluso, los más arriesgados vamos tan lejos que adaptamos obras literarias a la medida del registro -por lo general aceptable- de un determinado intérprete. Pero eso, sencillamente, lo dejo para otras cosas que no son un Blog.

Celia (o Cecilia) Freijeiro tiene una mirada que dice mucho al texto; gesticula de una forma magistral; juega con la cámara -imagino que en el teatro olvidará que pisa un escenario- y su rostro dice mucho, aporta, completa, complementa, ayuda… Lo cual me alegra. Además porque es una actriz joven, también como todos los que nos movemos ahora después del ’75 y eso significa que es artista del siglo XXI. Y encima le pondría por música Anywhere Is de Enya.

Y, en fin, como tantos de nosotros hizo sus Américas en Estados Unidos, donde se graduó, lo cual curte e imprime carácter y ese acento sureño que no cogimos los que pisamos el Norte. En fin, que a esta gran actriz a la que deseo mucha suerte en adelante, la podemos ver en Homicidios, una serie junto a Eduardo Noriega que es de lo mejorcito que se ha hecho en España últimamente.

26 de octubre de 2011

A Usted, señorita




Es y será imposible mientras habites el silencio, el escurridizo deseo de burlar la verdad y la vida. Ese silencio instante que ya no se produce; esas noches de hastío entre la necesidad de encontrarnos y de huirnos. Es y será imposible todo esto, pese a lo mucho que mutuamente nos queremos. Es una opción arriesgada; un juego de cartas fatal en el únicamente nos vale el todo o nada. Hace tiempo que he querido huir de ti, irremediablemente; esos envenenamientos que me llegan, que me dicen que salga huyendo allí donde el aire me lleve, allí donde cada instante, pese a tu recuerdo, sea lejano. Y no, cuanto más te busco más me huyes y cuando la paz me domina te me vienes como enjambre y me pides ruido. No sé si de verdad te quiero o no, es difícil saberlo en ti, pero a nadie he dado tanto, óyelo, a nadie. Sólo o a vos o a la nada.

Te viniste a mí tan de repente que apenas pude digerirte. Me costó decir ‘te quiero’. Y del mismo modo te me largas, sin recuerdo ni rastro ni sonido alguno que me valga. Fuiste tú la única persona a la que mostré algún sentimiento que ahora pienso guardar hasta el final, sin que nadie ya lo conozca. Tú y tu divino verbo; tú, y tus labios eternos. Tú, esa tormenta helada.

No podrá ni el tiempo ni el sonido ni el silencio ni el desdén. A cada paso irás conmigo y yo iré contigo. Nunca pasan las cosas por nada, como aquel día que vi todo aquello que eres tú, sonrisa alada y memoria y emoción y sinsentido. Tú y yo y nada.

A Usted, de nuevo y siempre.

24 de octubre de 2011

"Camisetas verdes: defensa de la Educación"




España es un país que adolece de muchos defectos, muchos de ellos de siglos. No obstante, tiene algo encomiable: el sistema público educativo y el sistema público sanitario. Ahora, en 2011, ambos sistemas se ven en retroceso por aquello que se viene a denominar ‘recortes’ y que no son más que argumentos para poner en peligro la calidad de la enseñanza y, a medio plazo, harán que los logros que hemos de obtener estén mucho más lejanos.

Yo no defiendo la Educación Pública porque me lo pidan los sindicatos, tampoco respondo a consignas políticas; no soy sospechoso de antisistema ni pertenezco a grupo alguno que no esté dentro de la legislación vigente. Eso sí, siempre he estudiado en instituciones públicas hasta leer mi Tesis Doctoral. Y siempre he sido docente en centros públicos, a excepción de una estadía en 2002 en un College norteamericano. Al contrario que los asesores políticos, yo tengo por costumbre pensar por mí mismo: hasta el momento nadie me ha tenido que imponer posición alguna en casi ningún aspecto cotidiano.

Tampoco con esto pretendo ni quiero mover el voto de nadie en las próximas elecciones: allá cada cual con su conciencia electoral. Pero de lo que sí que voy a hablar es de la Educación Pública, que considero un pilar básico e importante de la sociedad española.

En España, desde Isabel II -habrá que recordar a Claudio Moyano- el objetivo social es que todo los niños del país estudien, y para ello era imprescindible institucionalizar la Educación, que pasa por la igualdad: es decir, que todos estudien en las mismas condiciones con las mismas oportunidades y, por ello, habrá que poner los medios al alcance de todos, colegios y profesores también. Durante la monarquía de Alfonso XIII los gobiernos liberales intentaron que parte del monopolio educativo que estaba en manos de instituciones religiosas cesase para ser el Estado el depositario de la Educación. Se creó, por tanto, el Ministerio de Instrucción Pública. Durante la II República se invirtió en la formación del profesorado, intentado que la capacitación de los docentes permitiera una educación más sólida. Por evolución social, bajo la dictadura se crean un gran número de colegios e institutos, se dispara el número de matriculados en las universidades -y de becas- y se crea la ley de 1970 que hablaba de la EGB y el BUP y el COU. Más tarde, con la democracia, al ministro Maravall, socialista, le hicieron una huelga enorme que permitió equiparar el salario del docente. Ahora, dicen los reinos de taifas que son las regiones, tocan los recortes.

Y dice esto de los recortes gente que -confesado en entrevistas- llevan a sus hijos a centros educativos privados, que merecen todo mi respeto en cuanto a libertad de elección pero que, entiendo yo, al ser centros privados está de más que una comunidad autónoma los subvencione. En este sentido, si se requiere que sea así, El Corte Inglés tendrá derecho a subvención pública, y el Real Madrid, y REPSOL. ¿O en una economía de mercado no puede intervenir el Estado en lo privado? Sigo reflexionando, por mí mismo.

Algunos periodistas faranduleros; esto es, aquellos que estudian para luego hacer méritos que los encumbren a los puestos políticos que les apetezca, salen a decir varias perlas como que sin interinos la calidad de enseñanza está garantizada, que los profesores en España no vestimos acorde o que el bilingüismo en España sólo existe en institutos de la Comunidad de Madrid. La respuesta es obvia: el interino es el que garantiza estabilidad metodológica, la vestimenta -basta verla- está en consonancia con cómo visten otros docentes europeos y bilingüismo, que yo sepa, ni es invento de la Comunidad de Madrid ni está desarrollado sólo allí: Andalucía, Castilla-La Mancha, Navarra, etc.

La Educación es una inversión, no un gasto. O como dijo aquel: si no haces colegios hoy, deberás hacer cárceles mañana. Los profesionales de la Educación Pública están titulados y capacitados pedagógicamente; han pasado una o varias oposiciones importantes; dedican más de 37,5 horas semanales a la docencia y formación permanente; gestionan un entramado educativo de calidad, con atenciones a la diversidad, etc., y han dado grandes beneficios a la sociedad. ¿O es que no resulta que los más importantes científicos e intelectuales españoles provienen de la Educación Pública? Y el futuro es la Educación Pública.

No pueden venir a gestionar y a decir lo que se dice quienes no conocen el sistema público educativo; quienes no escuchan a los profesores; quienes tampoco han entendido el sistema educativo privado norteamericano -en el que trabajé y no está organizado como se piensan- y quienes no han pisado en los últimos años los centros públicos españoles.

No, no me gustan esos recortes. Se está yendo demasiado lejos y hay que rectificar mediante negociación. Porque el cinturón no se lo aprietan nuestros próceres: sueldazos de más de 3000 euros, con su VISA y el móvil pagados por las instituciones regionales. Calculo que hacen falta, en tiempos de crisis, unos 50 millones de euros para pagar sueldos de quienes nos piden que nos apretemos el cinturón, que quienes han de educar o atender sanitariamente se queden en casa -si son interinos- que ellos invertirán en asuntos tan poco razonables como gastos de representación y protocolo.

15 de octubre de 2011

"La chica que habla en la noche"



Yo siempre he pasado desapercibido. Yo siempre he querido que me creyeran tonto. Yo he intentado casi siempre estar en el lugar adecuado. Yo nunca le he dicho a ella que la quiero. Yo nunca he tenido suerte en el amor.


Cada día tengo más casos que resolver y puedo asegurar que con esto de la crisis los delitos despuntan, como si la gente se entretuviese en hacer putadas en lugar de buscar soluciones. Así, algunos días, cuando salgo del gabinete entro en el bar que hay en la acera de enfrente; un tugurio bastante interesante y con parroquia habitual, llamado Tiffany's. Hasta ahí todo normal. Cada cual a lo suyo; unos su Budweiser y yo mi bourbon. Aquí uno no puede meter la pata, pues por un whisky escocés on the rocks te clavan 12 pavos y se quedan tan tranquilos. Antes había detrás de la barra un tipo gordo, sudoroso, asqueroso -si algún día hecho tripa pediré a alguien que me pegue un tiro-. Se debió ir o le cascó un infarto o algo, de tal suerte que han puesto en su lugar a una chica joven, morena, guapísima, española. Lo que se conoce con la expresión machista y castiza de "tía buena". O yo percibí eso.


Cada vez que voy allí pego la hebra con ella. Que si está aquí para perfeccionar el inglés, que si no le gusta la City (pero tiene ya un montón de amigos -así cualquiera, digo yo, simpática y hermosa: mira tú como el otro que había no tenía tanta predicación-) y todo eso. Es como si yo fuera aún adolescente, que se me cae la baba con la muchacha; sí. Y como yo también soy un español exiliado allí, alguna que otra vez hemos ido a cenar, a tomar una copa en otro lugar, al cine; cosas de esas que te ayudan a combatir el hastío de la City y a dejar de lado la soledad. El amor...


"Te invito a mi casa", me atreví a decirle -con las palpitaciones a miles de revoluciones por minuto-. "Vale", me contestó, con total normalidad. Yo, cuando por ejemplo llamo a una chica y le propongo que se tome algo conmigo, tiemblo; y si nadie me cree, hacemos la prueba. Ya se sabe cómo fue todo en mi apartamento: una peli en la FOX, otra copa y... cama. Hasta que más o menos de madrugada (las cuatro y diecisiete minuntos, para ser exacto) oigo una conversación intensa y monótona; alguien que habla. Ese diálogo, o mejor monólogo, se unía a una suerte de pasos, algún ronquido, quejido y todo eso que trae la noche, el cansancio, los nervios. ¡Madre mía qué suplicio! ¡Unas divagaciones! ¡Unos gritos! ¡Unas discusiones! Llegué incluso a creer que me había dejado encendido el televisor.


Hasta que me despierto y me sorprendo: "joder, para una vez que ligo, la tía habla sola de noche". Y su perro que le sigue el juego y al unísono ladra. La chica morena esa tan mona... ¿quién lo diría?

10 de octubre de 2011

"Ir corriendo y sin ver la tele"



Antes de irme a Yanquilandia he de hacer muchas cosas, como conocer a Lauren. El día que me instale otra vez en los Estados Unidos tengo que hacer dos cosas, aunque no inmediatamente; la primera es intentar no ir corriendo a todos lados, porque está claro que Nueva York, en donde habitan Philip Roth y Paul Auster, es inabarcable. La segunda es tomar un café con Paget Brewster, pero eso es otra historia. Me dijeron que Lauren había venido a España; algunos dijeron verla perdida por el Madrid de los Austrias, comiendo y cenando en tascas con sabor castizo, quizás habitadas aún por Luis Candelas y el resto de sus secuaces bandoleros. Hubo quien me vino con el cuento de que se había perdido por la calle Sierpes de Sevilla; incluso recibí un anónimo que la situaba en La Mancha, muy cerca de mi casa. Esta última nota decía que iba tras la pista de Dulcinea del Toboso, la cual, según la teoría de Lauren, fue una muchacha real de Montiel o del Toboso y a lo mejor en uno de esos libros tipo legajo, con letra sinuosa e ilegible, aparece su partida de matrimonio, o desposorio, como se decía en la época. Pero no, a mí lo que me importaba ese momento era localizar a Lauren, verle la cara, hablar con ella, posiblemente incluso pedirle que me leyera alguno de sus poemas. A mí mismo me pareció verla descender de un taxi en la Puerta del Sol de Madrid; iba vestida con un pantalón negro y una blusa roja, a tono con el carmín. Corrí hacia ella y descendió al metro, pero caí en un vagón distinto. Ya en Atocha quise alcanzarla, casi entrando en el cercanías que conecta con Aranjuez. ¿Iría al Palacio mejor construido por los borbones, fieles al estilo neoclásico? Posiblemente, puesto que ella es una mujer muy culta. Casi cuando estuve a punto de presentarme face to face se desvaneció entre la multitud dominguera que puebla el real sitio.Se volvió hacia mí, me reconoció y estaba a punto de decir algo. El reloj automático señaló las ocho cuarenta y cinco y el locutor dio paso a una canción techno. Definitivamente fue solo un sueño.

4 de octubre de 2011

"Buscar el modelo"



Cuando decidí abandonar la redacción, tirarme al monte con los indignados y gritar desesperado, alguien se preocupó por mi. Cuando cambié mi domicilio y me fui a vivir a una ciudad de provincias y me perdí días completos en el monte, como un ancaoreta, alguien se preocupó por mí; cuando mi ex dejó de percibir mis ingresos y la niña no vio a su padre durante semanas, se preocupó por mi. A buenas horas... "Lo que debes hacer es ir a la psicóloga", me aconsejó el médico, con la niña y la ex delante, con cara de preocupación... ¡Ay!


La antesala está llena de gente con miles de problemas, imagino que reconocibles: el ejecutivo con ansiedad (la crisis, ya se sabe), la chica joven con anorexia (se ve a la legua el problema), el señor del tic no sé y el matrimonio (imagino que en crisis, jodido) y yo que ni siquiera sé qué me pasa. La chica me llama, es competente, y mantiene la sesión con profesionalidad.


"Lo que te ocurre es que has buscado el mismo modelo, aunque quizás sin encontralo", me dice. Me paro a pensar y sí, Juliette Lewis, Yolanda Castaño, tienen más o menos el mismo tipo de cabello, de óvalo facial; bueno, alguna chica más, pero con menos notoriedad. "Si te ves perdido, busca otro modelo", añade. Sí, claro, una chica rubia con otro tipo de óvalo. Más trabajo...

3 de octubre de 2011

"Mirar veinte años atrás"



Cuando cocino, algo que hago frecuentemente como terapia, me falta algún ingrediente; lo reconozco, soy poco previsor. Aquella tarde quise trabajarme un poco más la cena, ya que había tenido un día duro y estresante. Me faltaban un par de cosas para la ensalada y debía comprar algo de carne fresca, pues no había tenido tiempo de descongelar nada. Se terciaba, pese a la lluvia, una visita al supermercado más cercano.


A tal hora y con un tiempo tan inestable lo habitual es que te reciba el personal y que haya dos o tres marujas despistadas, nada más, entre los estantes, pero aquella tarde la algarabía corría de parte de dos o tres chiquillos que correteaban, sin prestar atención ni a la madre ni a los demás clientes. "Cosas de críos", pensé, mientras buscaba la pimienta en el estante de las especias.


Entonces la vi. Veinte años atrás, en el Instituto, estuve enamorado de ella. De esos amores irracionales que tienen más de despecho que de aprecio. Su cabello estaba ahora teñido, era evidente, y el cuerpo algo más relleno. Claro, que yo tampoco estoy igual, qué decir. Percibí que los dos chiquillos eran suyos y que se parecían al hombre que iba con ella, también antiguo compañero, de los gamberretes que estaban hacinados en Jefatura de Estudios.


Miró hacia donde yo estaba, buscando a las dos fieras que tiene por hijos, pero me vio a mí. Es fácil reconocerme, sobre todo desde que salgo tanto en la prensa hablando de Literatura. Dejó al marido en la cola del pesacado (frecuentada por la típica señora que no sabe qué quiere) y se me acercó; cálidamente me dio dos besos y dijo el arquetípico "¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!" Dos o tres frases más de cortesía y se fue porque le tocaba el turno. Yo encontré la pimienta, por fin, y fui a pagar.


Al salir quise pensar en lo que me había perdido o había ganado si la historia hubiese sido otra, pero me di cuenta de que la vida te sale al encuentro: tenía invitados en casa y la carne sin hacer.

29 de septiembre de 2011

"La urna de Suárez"


Con Suárez había futuro; ahora no lo sé.



Ahora que dicen que hay crisis, según para quién, porque algunos viven de maravilla con sueldos, sobresueldos y abusos. Los jóvenes, esos, esos sí están vapuleados y sin rumbo; pero, qué más da, mientras haya dinero para coches oficiales... Ahora, ahora que dicen que hay crisis, que hay que gastar poco y recortar... "Miren ustedes que aquí se ha despilfarrado mucho". Yo no, yo no he despilfarrado, yo he trabajado toda mi vida, como el que más, y he pagado mis impuestos como el que más. Que es lo que pasa en este país, que si eres honrado te parten el alma y el espinazo. La madre que los parió.


Ya no compro el periódico, porque la última vez la tensión se me puso en las nubes. Estos tíos y tías se creen con derecho a todo. A ver si salen y ven que hay gente que pasa hambre y es Cáritas la que da de comer; a ver si ven que no hay joven que se case porque no puede pagar ni la boda ni la casa; que tienen a una generación en el paro y las demás diezmadas. Uf, recortes y sacrificios; eso hacía yo con ellos: sacrificarlos y a la mierda, a su casa, a ver cómo se las arreglaban sin el coche oficial ni la secretaria ni la VISA ni el teléfono ni el mamoneo de comidas y besos, muac oposición que tenemos que aprobar que nos subimos el sueldo, que ya pagarán los parados... Jajajaja... Menudos cabrones... A trillar, en agosto, los mandaba, sin agua, como antes.


Llega el día de las elecciones y entra un viejo en el Colegio. El hombre viene tímido, con bufanda y gorra calada. Saluda. "Oiga, su señoría, ¿es aquí donde se vota?", dice. "Sí, claro", responde el de la mesa.


"Entonces, ¿cuál es la urna de Suárez?".

26 de septiembre de 2011

"La presentadora del telediario"



Desde que soy un adulto responsable, en la medida en que un tipo de letras es responsable, me fijo mucho en las penurias que anuncia el telediario; qué se le va a hacer, alimentan el morbo y luego a mí eso me sirve para escribir, o en el bar para decir "anda si esto sigue siendo la España profunda", mientras la parroquia habitual bosteza ante el partido de fútbol o los toros.


Tenía que participar en aquel programa de debate sobre los efectos de la lectura en el lenguaje de la calle. Vamos, un rollo que no se iba a tragar nadie, pero como siempre anda uno tieso se deja ver y se gana unos eurillos. Dos o tres escritores, algún periodista, el académico que sentencia el último y el presentador, que cuando más lúcido estás manda irse a publicidad y te quedas pasmado viendo un anuncio de detergente o de un coche, de esos que sale una señorita casi sin ropa y que no sabes qué anuncia. Reclamos machistas, of course.


Iba corriendo por el pasillo y vi a la famosa presentadora del telediario, pero no le di importancia: su cara me sonaba ciertamente de verla cada sobremesa en la pequeña pantalla, con esa dicción perfecta que tiene y el remate emotivo del final de la noticia, antes de dar paso a la imagen. Total, que me fui al plató y no le di más importancia que la de haberme encontrado con ella. Y cuando todo aquello hubo concluido, me volví a casa.


Pasé mal la noche. La muchacha me vino varias veces a la cabeza, me quitó literalmente el sueño. Me quedé en blanco. Intenté recordar y la única respuesta fue que únicamente la había visto en la televisión. Hasta que... El subconsciente en duermevela me hizo recordar una joven que vivía en mi edificio, a principios de los años 90; una chica espigada, delgada y con algunos granos de pubertad en la cara... Alguna vez hablaba con ella en la tienda de golosinas, pero un año de aquellos su familia se mudó y no la volví a ver. Ahora era la presentadora del telediario.

25 de septiembre de 2011

"Esos oscuros años de dictadura"



Cuando vi aquella niña llorar mientras corría, en el puente, supe que uno no puede ser insensible ni al terror ni al ocaso de la civilización. De un lado del puente los nazis, del otro los comunistas soviéticos; y en mitad de Polonia, lo mejor de una sociedad que iba a sucumbir de manos de unos y de otros. Ya sabe que la ideología mete en la misma cama a cualquiera, por eso, por encima de la opinión está la independencia y por esta se lucha.


Estaba allí enviado por Arriba, cubriendo la ocupación nazi de Polonia; pero cuando acudí al puente sentí una espeluznante desolación. Estudiantes, niños, ancianos, mujeres, militares derrotados; todos, todos andaban allí, heridos de muerte, con el orgullo escondido. Los nazis me dieron miedo siempre, con esa superioridad que acabó por fin en abril de 1945; los rusos, esa chusma estalinista que dominó media Europa durante setenta años: aquellos cabrones que surtieron al continente europeo de miedo y de muerte, aquella gentuza que quitó de enmedio a una generación de gentes que no hábían hecho nada; aquellas botas negras que destrozaron la vida de tantos y tantos jóvenes.


Se acabó aunque algunos fantasmas de hoy sigan fieles -y les rían la gracia- a los criminales que asesinaron a tanto europeos, gente que amó, que sintió, que lloró, que rió, que era exactamente igual a mí, un reportero del Arriba que había ido a cubrir una noticia. Miles de ojos llenos de terror, mujeres corriendo; aquella dama que preguntaba por su marido, un comerciante de Varsovia. La niña aferrada al cinturón de su madre... Y de fondo el terror, los fusiles de los soldados. Lo peor de la Historia.


Ahora que ha pasado el tiempo recuerdo la promesa que me hice entonces a mí mismo: ningún político, ninguna ideología, merece la pena si de antemano no respeta al otro. Yo sólo creo en las personas, sobre todo en los jóvenes que como aquella niña tienen toda la vida por delante.

23 de septiembre de 2011

"Es el tiempo, que pasa"

A todos los de 1977.


8.45 am, suena el despertador. Una música techno adereza el despertar y salto de la cama con una otoñal pereza. Mientras me miro en el espejo del baño acuso el paso del tiempo; todo empieza cuando uno pierde parte del cabello, pero ahora han salido unos elegantes reflejos blancos o grises; las canas, no sé si de tanto estudiar o porque aquel 1977 empieza a quedar sepultado en el baúl de la Historia, en el foso del recuerdo. A las chicas no les ha pasado lo mismo, pero la serenidad de sus rostros y otros efectos delatan que se unen a mí en el coro de la madurez; no somos jóvenes, lo reconozco, pero tampoco viejo.


La cama está ya vacía y reconozco que me gustaría tener algún hijo que llevar al Colegio; preocuparte por su catarro o por la varicela; pero lo único que sustituye el empeño es la veintena de adolescentes de Secundaria que presiden las clases. Menos mal que sus tonterías me despiertan del todo, del muermo, del paso del tiempo; y los secundo diciendo que yo era mucho más torpe que ellos cuando adolescente: "en mis tiempos no había móvil ni tuenti ni internet, así que si te gustaba alguna compañera te armabas de valor y a declararse a la cara", me oigo decir mientras ellos me ponen cara de guasa y más interés que por el Sujeto y el Complemento Directo.


Pero al mediodía regreso a casa. Sí, sí, allí está todo, mis libros y la prensa, las películas, el recuerdo de la gente, que ahora comparece en Facebook, pero esa cama sigue vacía (ya somos tan adultos para darnos cuenta de que hay que romper la soltería, que no aguantamos al jefe, que nuestro matrimonio no va bien, que no tenemos un duro para viajar, etcétera). Lo reconozco, algunas de mis nuevas amigas tienen diez años menos... ¿y a dónde voy yo? No me apetece hacer botellón, no me va su música; claro, ellas ven al amigo que te da el consejo que buscas pero nos separa un abismo... Hace diez años que dejé la Universidad y catorce que salí del Bachillerato. En ese tiempo todo el mundo ha cambiado, sí, no hay mas que mirar las fotos del Facebook. Al menos veo a alguno más gordo que yo y me felicito por no tener tripa cervecera; pero no hay ruido de niños en casa.


Mira que aún me quedan cosas por hacer en esta vida, y locuras, ya lo sé. Entonces me doy cuenta la importancia que doy al Telediario, y al Tiempo, aunque la señorita que lo da me tape Castilla-La Mancha y no sepa si va a llover o no mañana. El móvil no refleja ya la actividad de antes, quizás porque todo el mundo se serena, y el correo no es mas que de bancos y cajas de ahorro; en fin, cargos de tarjeta. "Cuando yo tenía vuestra edad me escribía a mano", digo a los alumnos, que resoplan. En eso están pensando ellos, en escribir.


Tengo un sueño en que mi subconsciente satisface mis imperiosos desvelos, pero al despertar, con la puñetera música, ya no salto con tanto vigor. Hay días, a pesar que soy más perezoso que un oso, que me despierto antes que suene la radio. Me miro en el espejo y cuando veo el paso del tiempo me digo que es el momento de dejar de ser joven y empezar a ser maduro.

22 de septiembre de 2011

"Estar a todo"




No siempre que suena el teléfono atiendo la llamada, por mucho que se diga que podemos estar a todo, por mucho que nos hayan entrenado para atender varios asuntos a la vez; ya lo dice el refrán español: "el que mucho abarca, poco aprieta". Así que el otro día, cuando estaba en el despacho y únicamente me acompañaba Mary, la secretaria, decidí rechazar la llamada de Charlize Theron. En fin, es obligado aclarar que me llamaba por temas profesionales, nada más, porque alguien como yo apenas puede permitirse unas pintas en Murphy's y algún que otro café del Sturbucks. Y Charlize debe tener unos gustos algo subiditos; de precio, claro.


El mundo está lleno de trapos sucios que detectives y abogados hemos de sacar a la luz o de tapar; ya se sabe, fraudes al seguro, a Hacienda; cuernos y dobles vidas; etcétera. Un aburrimiento, por eso me recluyo en mitad de la nada, o en mi cabaña del White River, entre Vermont y New Hampshire, o en La Mancha, aunque en este último lugar uno no pasa desapercibido tan fácilmente.


Llené el depósito del Ford viejo y me decidí a pasar el fin de semana en la casita del río, acondicionada como en los años ochenta, con vídeo VHS incluido. Por este tiempo empieza el frío y se está mejor junto a la chimenea. Al pasar por Hanover, para salir por Whest Wheelock hacia Vermont, me paré en el super que hay junto a la gasolinera, el que lleva el tipo ese tan serio. Iba a compra el USA Today cuando la vi. "Joder, no puede ser", dije poco discretamente.


Charlize Theron iba en mi busca. Será lo que sea, pero no deja de ser una clienta del gabinete, así que no es ético que nos mezclemos fuera del contrato. "¿No dijiste que me ibas a hacer la comida de mañana?", dijo un poco borde. "¿Yo?", respondí sorprendido. "Sí, tú, que me dijiste que hacías la paella que te cagas", añadió con esa saber estar que tienen las estrellas fuera de cámara.


Eso me pasa por haber sido cocinero antes que detective. O por bocazas.

20 de septiembre de 2011

En defensa de la Educación Pública



Defendemos la Educación Pública todos los que estamos comprometidos con la sociedad y con el futuro, a través de la transmisión del conocimiento, con el afán de hallar en nuestros jóvenes una generación con proyección de futuro. Y da la casualidad de que la inmensa mayoría de quienes estamos comprometidos con el futuro tenemos un amplio bagaje formativo e intelectual, adquirido en numerosísimos casos -la inmensa mayoría- en la Escuela Pública.


Cada mes necesitamos entre 40 y 50 millones de euros para pagar los salarios de los parlamentarios y ejecutivos autonómicos españoles; salarios que van a parar a políticos escasamente formados y carentes de entidad intelectual suficiente para dirigir nuestros asuntos. Ellos son, además, los que demonizan al profesor y menosprecian al interino, y lo hacen sabedores de que aunque haya crisis cobrarán tres veces más que un profesor funcionario interino a tiempo completo y cinco veces más que un profesor funcionario interino a tiempo parcial. Hablamos de profesores, que han de tener una titulación mínima, un curso de aptitud pedagógica y una oposición aprobada, frente a cargos públicos cuyo mérito está en ser fiel a un líder, sin exigencia alguna más.


Un profesor interino debe tener, como decía, una titulación mínima que lo capacite para impartir una determinada especialidad; un curso de aptitud pedagógica, obligatorio (y que en la actualidad es un máster de un año de duración más la práctica) y una oposición que consta de entre tres y cuatro pruebas. En Secundaria los temarios están alrededor de las 5.000 a 7.000 páginas y las pruebas prácticas (Programación Didáctica y Unidad Didáctica) deben acreditar una suficiencia docente que debe entender en metodología, programación, diversidad, evaluación, plan de lectura, legislación vigente, etc. Algo que, de hecho, demuestra que el profesor (interino o fijo) tiene una capacitación más que demostrada para pisar el aula. ¿Tienen todos los dirigentes educativos la capacitación suficiente para dirigir la enseñanza en nuestro país? ¿Trabajan los parlamentarios españoles más de 37,5 horas semanales?


Se ha demonizado últimamente al profesor hasta la saciedad en tertulias y columnas de prensa, en cartas al director y en programas de radio; lo cual critico porque el periodista ha de estar informado por encima de hacer méritos que les lleven a un determinado puesto después de lo que ocurra en las elecciones del 20-N. Se ha escrito, pues, que no vestimos adecuadamente (Sostres, en El Mundo), que no pasa nada porque no haya interinos (San Sebastián, también en El Mundo), que los interinos entran en el Cuerpo a dedo (Carta al Director en un diario que ahora no recuerdo -pero prometo buscarla-), etc. Todas esas absurdeces que retratan a la prensa y a la sociedad: mal le irá a un país que ataca a sus maestros.


Lo peor de todo quizás, después de tomar medidas políticas y puramente economicistas en el campo de la Eduación Pública (lo cual es un error, pues desde los últimos años sesenta ni la Dictadura llegó a tanto), es el tono, la falta de respeto a unos docentes que sabemos lo que ocurre, no necesitamos el pensamiento único de los partidos políticos para entender las cosas. No es de recibo que los dirigentes digan que sólo trabajamos 18 horas, no es de recibo que se nos mande callar y trabajar (como se hizo en julio en Madrid), no es de recibo que se nos compare con agresores y delicuentes, ni es de recibo que se nos diga que estamos politizados (¿Quién politiza al que se queda sin trabajo?). Se pueden hacer cosas, se puede explicar las cosas que se hacen, pero no se puede faltar al respeto.


Estoy convencido de que se deben producir dimisiones, en esto coincido con los líderes políticos, pero debe dimitir quien no entienda de Educación (y no son los profesores, que son quienes la construyen diariamente) y quien no sea capaz de escuchar a la comunidad educativa: da la casualidad de que serían dimisionarios todos los dirigentes educativos. El que solo ve votos en el horizonte haría bien en irse ya a su casa y dejar paso a quienes crean en España defendiendo la Educación Pública.


No hay derecho a que se invierta más en gasto político que en Educación. Primero está el futuro de los jóvenes, que es el de España, y después todo lo demás.


Si tengo que elegir, lo tengo claro: estoy firmemente al lado de los profesores y de la Enseñanza Pública.

18 de septiembre de 2011

Judith Torrea




Hay que ser muy valiente y hay que amar profundamente la profesión de periodista para ser como Judith Torrea. Por eso la admiro tan profundamente, desde que los periodicos me dieron noticias de ella y de la ejemplar labor de denuncia que hace desde la frontera con México, especialmente desde Ciudad Juárez. Hay que ser muy valiente y hay que ser ejemplar para denunciar con valentía, como Judith, todos los abusos que se comenten allí y las desapariciones interminables que se dan (esencialmente de mujeres jóvenes), muchas veces con la inacción policial y con la frustración del paso del tiempo en vano.



Recuerdo la sonrisa de Judith cuando vino a España a recoger su premio en 2010 y la entrevistaron en televisión: pocas personas me han resultado últimamente tan interesantes; tan aderezadas de decencia y de profesionalidad. Y, ojo, que ella se juega la vida luchando con la palabra en favor de sacar a la luz lo que es, sin lugar a dudas, un atropello entre las fronteras de Estados Unidos y México. Basta echar un ojo a su Blog (http://juarezenlasombra.blogspot.com) para ver la claridad de ideas, el compromiso con un periodismo puro y elegante, con la sociedad. Por eso la admiro. Ojalá en estos tiempos de tribulación todos fuéramos un poco como ella.

17 de septiembre de 2011

"Con la mochila a otra parte"



"No vuelvo jamás", me oí decir a mí mismo cuando abandoné el pueblo. Mi negocio había fracasado y tenía deudas con el banco y con algunos lugareños. Por si fuera poco, en los últimos años la mayoría de la gente conocida abandonó el lugar camino de Alemania. "Allí hay trabajo y se ganan buenos cuartos, Juan", me dijo mi primo, el último verano, cuando había vuelto por el pueblo para ver a la familia. Yo no, yo me quedé.


¿Para qué iba a irme? ¿Para que el dictador se quedara aquí para los restos? No, yo proseguía con mi fábrica de harinas y con mi granja de cerdos. Pero vino la peste porcina y un tipo de Zamora se llevó dos camiones de piensos que jamás me pagó. Ahí me dejó, plantado, con el pufo, y yo sin un duro. "No seas tonto, Juan, y vente a Alemania", me escribió el primo. Pero yo no. Estaba también Ella, aunque sé que no me quería: 'el que la sigue la consigue', oí decir a los chiquillos enamoriscados de la escuela. Y lo creí, absurdamente.


El día que llegó el coche negro de Madrid lo supe: la cosa era ya gorda. "Don Juan, el Banco Pirata le ha embargado la casa, la pieza de tierra del vadillo, la nave de fábrica y los muebles de todo", me comunicó el notario. Sólo me quedaban varios trapajos de ropa y la mochila. Así que, a la noche, cuando no me vio nadie, me fui; pero eso sí, pasé por su puerta y le dejé una flor. Daba igual que supiera quien había sido. Uno quiere porque sí y ello es irracional.


Ahora lo he visto. Peña, el candidato a presidente del gobierno, lo ha dicho claro: "hay que recuperar los pueblos abandonados para el turismo, son un pedazo de historia en mitad de la nada". Y yo le voy a votar.

15 de septiembre de 2011

"La mirada atrás del maestro"



Hubo un tiempo en que por sus calles había vida; en la escuela se formaba cada mañana una nítida algarabía, mientras la maestra pasaba lista; los perros corrían incesantes de lado a lado buscando acomodo. Las mulas llevaban la carga desde el campo y el cartero conocía a cada vecino por su nombre completo y, desde la estación, sabía quién tenía buena o mala fortuna: el novio desde el Servicio o Hacienda, "que viene el señor Recaudador". No, no añoro aquellos tiempos que no viví, pero que me cuenta María desde su butaca de la Residencia. "Mis hijos vienen los domingos, me llevan a misa y comen conmigo en el restorán del pueblo", me dice cuando sabe que no grabo.


España se había quitado el polvo del siglo XIX y se desperezaba en el XX. Las mujeres murmuraban mientras lavaban en el río y se contaban cuán hermosos eran sus hombres, y fuertes, y buenos. Alguna no decía nada, viuda o porque el marido le daba mala vida; pero en ello no se metía nadie, aunque ojalá hubieran visto estos tiempos en que les echamos el guante a esos hijos de Satanás y se cagan.


Cuando Paco llegó de maestro estaba ya la República. Entonces había una sola escuela mixta y él ayudaría a María con las clases; bueno, mejor con los críos, que eran más revoltosos. No había tenído novia y María le parecía una diosa de la fortuna. Hablaban mucho, aunque ella tenía ya novio (aunque nada formal ni serio) y él, él jamás le dijo nada. El pueblo, que era muy pobre, se fue despoblando y cuando llegó el treinta y seis apenas quedaban en la escuela cinco chiquillos y dos nenas. Poco, así que María se quedó y él, él tuvo que ir a Marruecos, a Tetuán, a donde lo mandaron. No hubo despedida, pues se fue de noche para no tener que mirar atrás un pueblo casi desierto.


Cuando se lió el Movimiento Nacional él se puso de su lado; a ver quién era el guapo que no lo hacía en Marruecos. Tampoco le costó mucho, lo mismo daba, decía, pues no supo ni entendió nunca de política. Estuvo en Guadarrama y en Teruel. Llevaba en la guerrera un 'detente bala' y la foto de María, que tomó prestada, o robada, de cuando el fotógrafo fue a la escuela en el treinta y cinco. Pero un día una bala, ya casi tomando Madrid, le atravesó el corazón y el alma.


"Yo creo que Paco sí me quería, sí, pero no lo volví a ver y mira que lo busqué", dice ahora María con su lucidez. Yo, que sí sabía que el maestro había caído en acto de servicio no le iba a dar el disgusto de descubrile la verdad. Pronto se verían. "Creo que lo hicieron alto cargo", le dije por complacerla.


"Mira que yo lo quería, pero él jamás me dijo nada, de lo tímido que era. Lo busqué dos o tres años después de la guerra, pero no apareció", añade María mientras me enseña la foto de Paco que robó cuando pasó el fotógrafo por la escuela, el año treinta y cinco.

14 de septiembre de 2011

"El coche 'tuneao'"



Cuando me hice observador de la realidad nunca pensé que nos invadiría el mundo choni, porque más o menos hacia mitad de los años noventa del siglo pasado (¡Ay, el siglo pasado!) creí haberlo visto todo con aquel invento de la ruta del bakalao (así, con esa grafía), la corrupción, etcétera. Pero no, resulta que no lo había visto todo. Así que el otro día salí de casa con la finalidad de sacarme de encima el muermo del mal de amores (que se dice cuando, en mi caso, una joven te dice nones porque le da la gana o porque se ha fijado en otro) y mientras caminaba, observando la realidad, como dice mi jefe ("John, un buen detective ha de seguir dos premisas: mirar y observar", literalmente es la regla number one de mi jefe), oigo de fondo un estruendo. Y me quedo patidifuso.


El sonido se acrecentaba paulatinamente, en la misma medida en que se acercaba a mí. Pensé que podían ser los tanques enemigos que nos invadían, una nave espacial que aterrizaba en medio de la ciudad, un terremoto grado cinco en richter, o algo así. Pero no. Era un coche tuneado en cuyo interior se hacinaban un cani al volante, su respectiva choni, y detrás tres gruesas damiselas (por llamarles algo: es que gordacas, gordinflas o gordinflotas dicen que es despectivo), todos ellos aderezados de piercings en demasía, que en su momento debieron convertir en millonario al piercinero (digo yo que si el que está en la cocina es cocinero, el que planta en tu cuerpo los piercings es piercinero... ¿o no?), camisetas de tirantes guarripeich (¡Madre mía como los hubiera visto el pijis de Hércules Poirot!); y por si fuera poco bailaban al son de la música, probando la suficiencia de la amortiguación del vehículo, el cual, dicho sea por añadir, después de eso pasaría bien pasada la ITV.


Pero... ¿y el ruido? Pues nada, que llevaban los miembros de la cohorte choni la música a tal volúmen decibélico que todo el barrio, e incluso la ciudad, y mira que es pequeña, se enteraban de los lamentos, llantos y gemidos de Kamela. ¡Ay!, y yo que creía que lo había visto todo.

13 de septiembre de 2011

La poesía de... Luna Miguel




Cuando decidí ser filólogo, un tipo de letras, allá por el pleistoceno de los años noventa, sabía de antemano que iba a ser pobre, pero no me importó porque de mayor quería ser como aquel premio Nobel que interpreta Paul Newman en El premio; bueno, quizás no quisiera llegar a tal grado de alcoholismo (no como Ilya Ehremburg, por supuesto), pero de vez en cuando, confieso, he escrito alguna línea bajo los elegantes efectos del whisky. Hace un rato caminaba por el campo, en La Mancha, pero no como Don Quijote: yo visto camisetucha, esparteñas (warripeich) y pantalón corto, que es lo que aconsejan los médicos que baja el peso, el colesterol y no sé cuántas zarandajas más. Y en ese campo, al atardecer, en el ocaso, me surjen algunas de esas cosas que luego plasmo blanco sobre negro. O me acuerdo, of course, de alguna mujer fatal que me haya dado calabazas o que haya sido conmigo más mala que un dolor de muelas del juicio. O simplemente de aquella filóloga que había leído tanto y que se emborrachó conmigo una noche de invierno, durante un congreso, en Santiago de Compostela. Y en esto que mientas caminaba me venía a la mente un auténtico mundo de letras. Alguien me dijo este verano algo así como "bebes más whisky que Hemingway" y me quedé tan estupefacto como cuando Unamuno oyó al cerril de Millán Astray felicitar a la muerte. Y me han venido a la mente versos de Bécquer y de Yolanda Castaño, pero de esta última con esa dosis que me da al mezclar admiración y lejanía. Como si hubiera conocido a Manuel Machado en el París que habitaban otros muchos, incluída la sífilis prostibularia. Por eso soy de letras y porque se conoce a gente estupenda. Ser de letras es leer a Luna Miguel, que tiene una mirada de mujer fatal (y ojo, que todo el mundo sabe que yo amo a las mujeres fatales, con esos interminables cigarrillos, esos indescriptibles ojos y esa dosis de mala leche que Dios les ha dado) que me vuelve loco (con el permiso o sin él de todos y todas los respetables que la leen como yo y que la siguen en el Face). Así que sí, que ser de letras es ser pobre, pero conocer gente de todo tipo, y sobre todo leer a toda esa caterva que hace Historia con las letras, sean de derechas o de izquierdas, borrachos o fumadores, abstemios o gente de mal vivir. Eso que digo, el Paul Newman de El Premio:
 
 
 
"Tal sitio no se lo recomiendo, señor, porque van señoritas poco formales", dice el recepcionista.
 
"¿Cómo ha dicho?", corta Newman.
 
"Se lo apunto, señor, para que sepa que no tiene que ir", añade el amable recepcionista.

9 de septiembre de 2011

"El extraño suicidio de María"



En mi corta carrera como detective privado he aprendido por norma que quien avisa de que se va a suicidar no lo termina por hacer, simplemente llama la atención. Por eso, aquella mañana fría, en el despacho de la Gran Vía, decidí no prestar mucha atención al caso que me traía aquel ejecutivo aderezado de un pinganillo en la oreja, ademanes pijos y mucho dinero, como si el dinero pudiera comprar el alma de su novia. Vamos, de la que era su novia aquel día.


El caso es sencillo: el ejecutivo pijo se había liado con Ruth, su rubia secretaria en el banco (pongamos que un banco cualquiera, para no dar pistas: ya se sabe, el secreto profesional) y la novia, María, enterada del affaire, y como veía su mundo hundirse, había amenazado, vía sms (hasta para eso sirven las nuevas tecnologías, ¡uf!) con suicidarse. "¡Menuda tontería!", dijo la secretaria del despacho (Aclaro: somos doce o trece detectives, que a mí no me da para ir por mi cuenta). "Ya, pero conoces a la gente... parece que hay ojos que se enamoran de legañas y ya sabes que no se ve más allá de las legañas", le respondí; o pañuelo que se enamoran de mocos. Pero... como acepté el caso porque el jefe me dice un día sí y otro también que no doy ni golpe ("Ahí en Albacete pegándote la gran vida y Madrid lleno de casos, que para nosotros no hay crisis", me advirtió en su última llamada) me puse en marcha y salí a investigar a la tal María.


Morena, bien puesta y sonriente todo el tiempo, al menos eso es lo que vi cuando me hice el encontradizo con ella en el Centro Comercial. Simulé leer El Mundo mientras tomaba mi capuchino, así que con la excusa de una pequeña mancha que le hice adrede... "No tiene importancia, de verdad", dijo. A mí no me pareció muy hundida, vaya. Y menos el sábado cuando estuvo bailando en plan Ibiza en Serrano 43. La tía se metió entre pecho y espalda tres o cuatro gin tonics.


El lunes, bien temprano: "Paco, la que tú decías se ha tirado por un barranco y está muy mal". Una cagada profesional, ya se sabe, todo eso que no sale en la tele ni en las películas. Me fui al barranco, al hospital, vi al novio (que, dicho sea, me puso cara de perros), hice algunas de esas averiguaciones que no se pueden confesar y me fui a ver al jefe, que me dijo, con su humor de mil demonios: "¿Qué tienes?":


- Pues que si María muere, el cornudo, encima, hereda una pasta de un seguro de vida.

6 de septiembre de 2011

"La chica del tren"



"Ave destino Madrid, andén siete", dice la mecanica voz de la megafonía en la estación de Albacete-Los Llanos. Me quito el mp3 y sujeto con fuerza el portátil, que llevo en mi mochila marrón, que ha debido realizar unos 25.000 a 30.000 kilómetros en viajes. Subo al vagón número ocho, en la cola, asiento siete be y justo en el a se sienta una de esas chicas monas, que se esconden detrás de una montura de gafas negra, gruesa, de alguna pasta. Lleva bombachos y está delgadísima, pero ese aire intelectual la define, la hace atractiva. Ni se inmuta cuando me siento y saco El Mundo y me pongo a leer. Al fondo, una película española protagonizada por Eva Santolaria.


De vez en cuando, mientras observo el paisaje de la provincia de Cuenca, la miro y aspiro su olor, dulzón, como el de las pijas del barrio de Salamanca. Ella escribe, porque debe ser poeta o profesora o algo así. Viene de la playa, o algo así, porque está muy morenita. Saca el móvil: "no puedo, este finde estoy ocupada", pero se queda sin red y cuelga. Sabe que la observo, lo nota: se me ve que soy escritor porque tomo notas y leo, después del periódico, a Somerset Maugham. Igual que yo sé que es una intelectual de izquierdas, por cómo viste, por cómo habla, por cómo mira, ella sabe que yo soy un curioso impertinente indefinible, que viste de Springfield. Me impacta que sea atractiva: no es guapa, pero como si lo fuera, porque resulta atrayente hasta el mínimo detalle de llevar pintadas de colores distintos las uñas de los pies.


Entonces me digo: tú lo que necesitas es una chica así, intelectual, frágil, inteligente (más que yo, seguro), ácrata. No hay nada mejor que dos polos que no se atraen, opuestos, sin nada común. ¿O sí? ¿O no?


Y entonces pienso en el verano pasado y me digo: mira que te conformas con migajas cuando puedes comer caliente.