7 de diciembre de 2011

"Su habitación estaba helada"



El maestro decía siempre que el tiempo y el silencio son los mejores aliados para curar las heridas; lo decía él que tanto había sufrido en su vida: una república convulsa, una guerra civil cruenta, una posguerra plagada de hambre… me lo decía aquellas tardes de hastío del pueblo, cuando en el aula dormitábamos porque la sangre había abandonado nuestros obsoletos cerebros para alojarse en el estómago. Éramos críos. Yo ya no tanto.

Eran esos mensajes a destiempo, esas frases inconclusas, esos tiempos muertos sin decirnos nada, todo eso, lo que me hizo pensar que lo nuestro no iba bien; es más, que lo nuestro se había acabado… Me apliqué el cuento, me prometí ser feliz y hacer de todo; comerme la vida por los pies y olvidarla del todo.

Diez años después, sentado en la butaca de la consulta, ese chico viene con mal de amores, o con un trauma que le curaré pronto. Uno olvida lentamente a una mujer: el primer día es duro, el segundo piensas algo menos en ella, el tercero acabas recordando algún retazo y al cabo de un mes es simplemente un recuerdo atenuado por el Lexatin.

“No te preocupes, amigo, tengo la experiencia de que siempre se arrepienten de haberse equivocado conmigo”, dije mientras me ponía la chaqueta, en busca de un whisky y unas piernas bonitas.

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