
Dos antiguos compañeros de estudios se encuentran una mañana tenue en el centro de una gran ciudad del Sur de Europa:
-¿Sabes tú algo de aquella gente?
-No, realmente no. Dicen que una persona puede conocer a una media de cuatrocientas personas distintas a lo largo de una vida, pero que realmente sólo se puede fiar de tres o cuatro.
-¿Volverán?
-Es mejor que no. Lo pasado, pasado está, ¿no crees?
Otoño. Un día de esos nublado, amenazante de lluvia, encapotado. La calle se llena de gente que va y viene de su trabajo; los carteles de Madrid 2016 se multiplican, aunque la gente tiene más o menos claro lo que pasará: una cosa es la realidad y otra bien distinta el deseo. Llega el autobús número 19, subo, y tras el ‘buenos días’ de rigor, pago el euro y me acomodo de pie en el centro. La gente no entiende si es que soy tonto, teniendo casi todo el autobús para mí con los asientos vacíos. Prefiero ir de pie y mirar la ciudad por el ventanal en el que hay una enorme ventanilla que dice “Salida de Emergencias”. Es como observar el flujo de las grandes arterias de la urbe. Bajo tres o cuatro paradas más adelante y, casi al entrar en la Biblioteca Nacional, veo una cara conocida; una cara que, al reconocerme, gira noventa grados para simular no haberme visto. Decido no darle importancia al incidente: al fin y al cabo es una persona que me debe 300 euros y no quiere pagar.
-¿Sabes tú algo de aquella gente?
-No, realmente no. Dicen que una persona puede conocer a una media de cuatrocientas personas distintas a lo largo de una vida, pero que realmente sólo se puede fiar de tres o cuatro.
-¿Volverán?
-Es mejor que no. Lo pasado, pasado está, ¿no crees?
Otoño. Un día de esos nublado, amenazante de lluvia, encapotado. La calle se llena de gente que va y viene de su trabajo; los carteles de Madrid 2016 se multiplican, aunque la gente tiene más o menos claro lo que pasará: una cosa es la realidad y otra bien distinta el deseo. Llega el autobús número 19, subo, y tras el ‘buenos días’ de rigor, pago el euro y me acomodo de pie en el centro. La gente no entiende si es que soy tonto, teniendo casi todo el autobús para mí con los asientos vacíos. Prefiero ir de pie y mirar la ciudad por el ventanal en el que hay una enorme ventanilla que dice “Salida de Emergencias”. Es como observar el flujo de las grandes arterias de la urbe. Bajo tres o cuatro paradas más adelante y, casi al entrar en la Biblioteca Nacional, veo una cara conocida; una cara que, al reconocerme, gira noventa grados para simular no haberme visto. Decido no darle importancia al incidente: al fin y al cabo es una persona que me debe 300 euros y no quiere pagar.
















